Añoranzas

César González | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Esta mañana, un amigo de los de antes  del cuplé, como decían los viejos, de esos que han vivido y con los cuales has tenido cosas buenas y sinsabores qua a veces te parten al alma, de esos que además visto la pobreza de los actuales , añoras. El que me lea, si es que alguien me lee, pensara, leches estos dos son de la acera de en frente, tranquilizo al lector eventual, sin que se me pueda tratar de homofobia, que soy de los mas hetero que se pueda encontrar, y no tengo nada, absolutamente nada contra los o las de la acera de enfrente. Cada uno/una encuentra horma a su pie, el caso es asumirlo y que sea respetado. Pienso que mi amigo Antonio tampoco, pero no puedo hablar por el… Vale vuelvo a esta mañana. Ese amigo, me envió un artículo suyo, escrito en newsonemagazzine, un periódico digital, como le llaman ahora y que es el nuevo método de escribir, y que tiene unos veinte y algunos años de existencia y en el cual escribe sus artículos muy a menudo, para nuestro jolgorio y bienestar, yo también envío mis “articulillos”, pero con mucha menos frecuencia.  Decía entonces, Antonio, un amigo de los de antes, de los de solera, me envío ese  artículo que habla de un  pasado y de unos recuerdos que me llevaron a subirme en la máquina del tiempo y transportarme unos cuantos años atrás. Es obvio que el ser humano, que somos, o pretendemos ser, tiende a embellecer los recuerdos y olvidarse de los malos momentos.  Mi Antonio del alma, me enternece cuando escribes eso y te metes de nuevo en el pasado, pasado que yo puedo agrandar con unas cuantas anécdotas más. Mi Antonio del alma, aquellos trasteros de archivos con olores y sabores a Sodoma y Gomorra, pero también aquellas sudadas cuando se corría a pie o en bicicleta por la pista en pleno verano para atender los aviones, con 35 grados, pero perfectamente uniformado, sin hablar de aquellos aviones cargueros, cuyo tratamiento además de ser, a veces un poco Gomorra, ah si las maquinas de télex hablasen!, te hacía pasar un frio de la hostia en la pista con 10 a 12 grados bajo cero y sin nada para abrigarse. Recuerdos también de las situaciones, cuando te encontrabas con 20 o 30 pasajeros en tierra porque el puto  avión estaba sobrevendido de plazas por el sistema de reservas de la Central, o cuando tenías 180 de un golpe porque el avión se había averiado, además de la tripulación que tenias que albergar y nutrir con sus egos de casta. La jerarquía aplicandose, los  “esclavos” se ocupaban de todo y el jefe se paseaba, a veces con el piloto  y a veces se largaba, dejándote con toda la mierda encima.  Gajes del oficio. Recuerdos de tus propios colegas, jefecillos de mierda, sentados en la barra del bar, que sabiendo que tu no tenias coche y que el ultimo autobús  salía del aeropuerto a las 21h, tu turno terminándose a las 21h, te respondían, cuando preguntabas si te podías ir 5 minutos antes, A qué hora termina tu turno? Con aire socarrón. Cuantas veces tuve que ponerme en la carretera haciendo auto stop para llegar a la ciudad.
También hacen parte de esos recuerdos, pero los hemos olvidado.
Añoranza, añoranza, querido Antonio!!!

Eso pasaba en un aeropuerto situado al norte de un país que es el mío




El teléfono maldito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Una amiga actriz que tenía su pisito en una callejuela de las inmediaciones de la Place Pigalle de París me contaba que su angustia era el teléfono. Pasaba el tiempo que estaba en casa, un minúsculo estudio donde a veces no tenía más que un bocadillo a dos francos para dos días esperando que la llamaran. Tenía que trabajar, como toda la gente que vive de esa profesión.Yo no soy más que escritor, periodista con cincuenta años, tres meses y unas cuantas semanas de experiencia y también espero que el puñetero teléfono, ahora son móviles, me diga que alguien me quiere. El otro día, cuando recibí una llamada desde un lugar perdido en México, me emocioné y pensé que ya tenía vía libre para irme a los estudios de Churubusco.Era una amiga a la que adoro sin que ella lo sepa desde hace muchos años. Me hablaba de sus cosas, la mejor guionista que he conocido. De sus dificultades sobre todo. Estuve a punto de echarme a llorar. Aunque no sé de qué me quejo. Últimamente recibo muchas llamadas y bonitas voces que me proponen cambiar de compañía telefónica, comprar un televisor nuevo, pero yo le digo que antes tengo que operarme de cataratas pero que con el bicho chino no hay quien se acerque a un quirófano. No hay quirófanos.Otras veces un tipo con una voz alegre como si me fuese a comunicar que he ganado el premio al Mejor –ya ven que no reclamo ni un Nobel, una vez se lo dieron a mi compañero de la Agencia France Presse Mario Vargas Llosa, Varguitas le decía su esposa, que trabajaba de mecanógrafa cerca de nuestra Redacción y era un monumento a la feminidad. Luego él la abandonó por una sobrina muy simpática que un día en Biarritz, maravillosa ciudad con su Hotel du Palais, antigua residencia que la lista española Eugenia de Montijo, le sacó de la ducha porque era yo. Aquel hotel era una maravilla. Me dejaron estar un día entre muebles de mil épocas. Todo era de Eugenia de Montijo, una española supremamente inteligente que se cameló al Napoleón III Bonaparte, que en nada se parecía por sus cosas de la vida al Napoleón, que ha dado hasta coñac y otros productos que alegran la vida. La gente que te llama por teléfono sabe lo que se hace. Los pobrecitos o pobrecitas mías están mal pagados pero tienen que conseguir clientes. Y desde que tenemos el bicho chino que se traga almas como tú una aceituna, los que más me solicitan vía telefónica son señores muy bien educados que sin esperar que acabe de coger el teléfono me sueltan: “Tenemos los mejores seguros de vida-muerte. Por unos pocos euros está usted seguro de que le quemarán, embalsamarán o lo que usted desee como a un faraón cualquiera o simplemente le meterán en un agujero para ratas llamados nichos”.

La primera vez pregunté a uno de mis queridos interlocutores si su padre era un orangután pero al cabo de un tiempo conversas con ellos y hasta les da correa: ¿Las flores las cuentan ustedes aparte?”. Qué más da que sean hijos de Chita, la mona de Tarzán.Voy por la mitad de mi tercer güisqui con hielo y un chorreón de agua Perrier y empiezo a entender mejor todo lo que a los teléfonos se refiere.Imaginen que no tienen trabajo, como tan frecuentemente ocurre en esta época maldita en que las economías mundiales se desmoronan porque una pandilla de bandidos chinos nos ha mandado un virus mortal que llena más cementerios que la Primera Guerra Mundial, cuando los bondadosos alemanes, los de un Kaiser cualquiera, ni Hitler, mandaba gases a las trincheras franceses para liquidar la resistencia de aquellos héroes que cuando en 1914 se declaró el primer conflicto mundial se fueron a la estación más cercana en taxis que requisaron en las paradas. Aquellos franceses era héroes y ganaron la guerra por puntos, porque todo el mundo se metió y le quitaron el bigote chulesco a los malditos alemanes que se chuleaban y se chulearían más tarde, sobre todo en 1940, buscando hembras por los bulevares de los Italianos de París.

Pero he decidido que al próximo valiente que me ofrezca telefónicamente una tumba paradisiaca, aunque sea sin la seguridad de encontrar en el paraíso las vírgenes de Alá, le firmaré de las dos manos. Hasta le encargaré una tonelada de esas margaritas que yo hasta entonces no he mandado más que a las mujeres que me han querido.Quiero morirme de güisqui y no de coronavirus. Por favor, Jesús, rómpeme el hígado antes de que esos animales bestiales enviados por los espantosos Chinos, que son peores que Fu Manchú, me coman por las patas arriba.




Y morir de placer

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Tiempos, ay que tiempos, mi amor, en que Francia era el centro del mundo del placer, donde se inventaba cada día una fiesta, cuatrocientos bailes apretados en apartamentos que olían un poquito a sudor, pero sudor de diosas, y sin embargo todos éramos jóvenes y decentes, los que todavía no habían saltado al ruedo. Serge Gainsbourg nos cantaba con Jane Birkin, Brigitte Bardot o su espejo aquello de “Je t’aime, moi non plus”, probablemente la frase más enigmática de la lengua francesa inventada por aquel anarquista de nariz de caricatura antijudía que no se afeitaba ni los domingos y menos los días de guardar y presumía de su voz melosa.

Todos éramos Gainsbourg, el apóstata, el anarquista mal afeitado pero elegantemente sucio que se permitía quemar billetes de 500 francos en un plató de la televisión.Ya se murió, se fue a no se sabe dónde, porque probablemente tenía prevista su muerte y el camino que tomaría una vez fuera de la vida.París, el París de nuestros amores, de cuando teníamos apenas diecisiete o dieciocho años, ¿te acuerdas, César, de aquellos güisquis que todavía se escribían whiskys en la cafetería del aeropuerto de Le Bourget?.Sí, querido César, no lo supimos nunca, y nadie nos lo dijo, pero en aquellos sesenta-setenta de una época que ya es ilusoria, que suena a película de Walt Disney, a Doris Day cantando, a Esther Williams nadando, a Cary Grant tratando de apuntarse el polvo del siglo, el de Grace Kelly, actriz con facha de Princesa, que luego lo fue, hasta sus últimas consecuencias, con un príncipe gordito y bigote de otros tiempos, éramos moderadamente felices. ¿Recuerdas, César con su uniforme azul que parecías el ayudante del guapísimo príncipe Alí Khan, que a veces pasaba por el aeropuerto y tú le paseabas hasta que avión que esperaba a Su Alteza estaba dispuesto a tomar los aires, con sus azafatas excitadas, las bebidas al fresco, pero no demasiado, la musiquilla de fondo que apenas de oía. Y todo el avión para él. ¿Quién te hubiera dicho, a ti que te creías el rey de Roma y de sus alrededores, que un día estaríamos congestionados, cagados por un bicho invisible que los malditos chinos, mil veces malditos, dejaron escapar, oiga no, se les escapó, como iban a querer ellos eso…No sabíamos en aquellos años de los sesenta y de los setenta, pese a todas las guerras, pese a los malditos piratas del aire que merodeaban siempre para ver si podían birlar un enorme jet y llevárselo a Cuba.Y nosotros, inconscientes, egoístas, no vimos llegar el peligro. Para nosotros lo peor era un terrorista palestino, los de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) cuyo líder, Yasser Arafat, tipo simpático y patriota pese a quien pese, fue a morir a París, al Hospital militar del Val de Grace, lo más granado de la medicina francesa.¡Qué inocentes éramos, querido César! Creíamos que aquella vida de relajo, preciosa, con sus apurillos a ratos porque un teletipo no funcionaba porque alguien le había dado un empujoncito en el ardor de una tarde de verano nutrida de calor y oscuridad.

¿Te acuerdas de la catástrofe de Nantes, cuando dos aviones chocaron a la vertical de esa ciudad? Eran los dos españoles, un Coronado de Spantax y un DC9 de Iberia.Cuando tú y muchos otros volvisteis de recoger cadáveres y todo lo que pudisteis encontrar, alguien de Iberia me entregó el dossier de aquella catástrofe, a todas luces imputable a los controladores aéreos franceses que, si la memoria no me falla, eran militares porque los civiles estaban en huelga.Se me caían las lágrimas leyendo los diálogos entre los pilotos; “Diles que nos preparen una tortilla de patatas, que ya llegamos”. Murieron y se acabó, Luego yo tuve el dossier. Se trataba de enchufarlo en un periódico para armar jaleo y deslindar responsabilidades. Nadie lo quiso y me explicaron lo que habría podido costarme de cárcel.Lo publiqué mucho más tarde, está entero en uno de mis libros, para la historia, pero me alegro de no haber ganado un duro porque hubiese sido vendiendo muertos. El aeropuerto de Le Bourget, donde una noche fuimos a recibir a un miembro de la familia real española que no sabía hablar. Hasta que le dieron tres güisquis y un tipo de la embajada de España tuvo que excusarse ante los tres periodistas que andábamos por allí, pasábamos por casualidad, claro, ¿no César?. ¡Daba unos gritos Su Alteza! Se acabó el cachondeo. Ahora no podemos pensar más que en sobrevivir. Conseguir que alguien, alguna loca, o James Stewart con su Winchester de cazar elefantes, se cargue al maldito bicho chino.

Pero ya nada será como fue.




La última novela

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se acabó lo que se dio durante cincuenta años. Mi próxima novela, “La muerte de la hija”, que estará en las librerías y otros lugares de mala vida cuando lo decida mi editor, será mi canto del mono, sí, hay monos que cantan cuando van a morir. Eso del canto del cisne es una cursilada literaria. Ya no habrá más novelas y esta última es porque se la prometí secretamente a la mujer que más he querido en la vida. Mi hijo, Tony Berrocal Jr., periodista y director del digital Newsonmagazzine.com, me ha ayudado en esta ocasión, tanto en la concepción de la portada como en la selección de algunos documentos.

Hace veinte años, cuando volví de mis correrías periodísticas en Brasil, donde estuve tres años de corresponsal gratos y de una belleza solo comparable a la de la ciudad donde pasé todo ese rato, Brasilia, publiqué una novelita –yo nunca he escrito más de lo que podía encajar un lector. La mejor novela de Ernest Hemingway, “El viejo y el mar” tiene solo 127 páginas.Esa novelita era la confesión más dura que he hecho jamás y eso que he pasado la vida, me he ganado la vida, haciéndole vomitar a la gente todo lo que le quedaba en el estómago del cerebro después de que no les quedara nada por lo que luchar.

La titulé “Ojos verdes” porque me dio la gana pero en realidad estaba dedicada a una muchacha, toda mi vida fue ella, y sigue siéndolo, después de todo este tiempo, que tenía los más bellísimos ojos negros del mundo, dos trozos de carbón que miraban como una radiografía. Te taladraban, te juzgaban y entonces, tal vez, sonreía.Se fue de mi lado con dieciocho años poco más o poco menos, una noche de despiste mío en que me la robó otro hombre, un gañán que no la merecía pero ya saben ustedes que nadie puede con la voluntad de una mujer enamorada. Finalmente yo no era más que su padre. Lo malo es que se fue para siempre, sin explicaciones, si un ya nos veremos, seguro que mañana vengo a buscarte. Solo mis amigos más íntimos saben cuánto me costó en güisqui aquella separación, y sigue costándome.

Porque no se dice adiós fácilmente, ni siquiera difícilmente, a la mujer en la que has puesto todas tus esperanzas, incluso la promesa de ser mejor por ella, de enseñarle el camino menos difícil, el que yo nunca había recorrido. Cuando se marchó y comprobé que era para siempre, que ya no podría verla más que en las fotografías familiares o en las que ella misma posaba como una artista, porque su propósito era convertirse en una gran fotógrafo, tanto como el muchacho, genial tipo, que le enseñó a sacarle partido a una cámara, comprendí que había llegado la hora de salir de su vida si quería sobrevivir. Empecé a viajar, yo que nunca había querido quitar las suelas de la redacción central de la Agencia France Presse de París. Cuando vi que era el punto final de nuestra relación procuré por todos los medios correr fuera y primero fue Cuba y luego Colombia, Argentina y otros trozos de aquellas tierras lejanas donde ella no había estado nunca. La locura me hizo pensar que así no podría encontrármela. Porque se producen encuentros hasta después de la muerte. El otro día recibí una nota de una amiga cubana, un personaje extraordinario del periodismo cubano, que había seguido todo el proceso de mi duelo con aquella chiquilla y para consolarme me dice de una crónica mía: “Una página escrita con dolor y con un talento fraguado por los golpes de la vida, destellante”. Mi novelita que saldrá antes de que nos coman los bichos que los chinos nos mandaron tan gentilmente, o eso espero, es sencillamente el adiós de un hombre a una mujer, que muere estúpidamente en un accidente de automóvil. O mejor, el adiós de un padre a su hija, la niña que no debería de haber muerto nunca y ahora no tendría mi mesa de trabajo llena de sus fotos donde me sonríe día y noche.

 

 

 




Fu Manchú ha vuelto

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando nosotros éramos pequeños y la televisión no existía o casi no porque en sus primeros tiempos fue cosa de unos cuantos, los tebeos y el cine nos proporcionaban una serie de héroes de lo más rebuscado en el heroísmo y la maldad. Estaban tan bien contados, tan bien dibujados y luego tan bien cinematografiados que eran nuestros héroes negativos, aunque algunos los convertían en sus ángeles de la guarda. Eso fue antes que el cine nos enseñara a vivir. ¿Qué no ocurrían cosas malas en aquellos años treinta y pico, cuando la guerra civil española acababa de terminar? Claro que sí. Había hambre, necesidades de todas clases, enfermedades terribles como la llamada parálisis infantil y mil cosas para las que los padres tenían que tener medios si querían que sus niños llegasen a ser unos hombrecitos.Con diez o doce años teníamos nuestros héroes algunos de los cuales, curiosamente, eran malos de la muerte, y eso que la curia de la Iglesia Católica quería hacernos creer que el malo de todos los malos era el Diablo. Pero como nadie nos los había presentado no lo teníamos muy en cuenta. En los tebeos fue donde empezamos a encontrar terroríficos personajes inventados seguramente por los norteamericanos que entonces tenían ya una verdadera industria de monstruos, porque ellos siempre han sido, en el fondo, bastante monstruosos. No les faltó tiempo para ser la primera potencia atómica, y sembrar el terror, el de verdad no el de los tebeos lanzando las dos primeras bombas atómicas sobre Japón, Nagasaki e Hiroshima.El presidente que perpetró tamaño desaguisado, que ni los héroes negativos que leíamos los jóvenes hubieran podido con tanta maldad, había sido un vendedor de corbatas antes de que unos cuantos majaras lo llevaran a la Casa Blanca. Me lo contó en París, hace ya muchos años, Guido Orlando, el primer Relaciones públicas de los Estados Unidos. Un tipo capaz de cambiarte el invierno en primavera para que los ciegos de mentirijilla pudiesen ganarse unos cuartos en los Campos Elíseos. De monstruito en monstruito llegamos a encontrarnos un buen día con un tebeo en el que aparecía una auténtica pesadilla un tipo larguísimo, con cara de chino –la China era entonces misteriosa y no como ahora que nos mandan regalos como el coronavirus—unas uñas larguísimas, rostro de chino malo, delgadísimo, malísimo de la muerte, muy alto y estruendoso en todas sus manifestaciones. Se presentaba como un mandarín chino satánico que había decidido ajustar cuentas con unos y con otros, pero en general con los blancos, a los que parecía tenerle una tirria espectacular. Decían que gozaba de todas las riquezas del mundo y disponía de un ejército de matones pero también de toda clase de bichos horrendos, como serpientes, arañas espeluznantes y escorpiones que llevaban la muerte con ellos.

Un monstruo que usaba insectos para aniquilar a sus enemigos, algo parecido al coronavirus que nos mandaron hace apenas un año de China, bueno que se escapó y ha producido una pandemia de miles y miles de muertos en todo el mundo Occidental. Porque este bicho que ahora nos ataca nunca se revolvía contra los amarillos. Su objetivo son los blancos. Igual que las huestes amaestradas de Fu Manchú. Lo extraño es que lo creó en la ficción literaria un norteamericano, Sax Rohmer, allá por 1935, cuando todavía faltaban cuatro años para la segunda guerra mundial en la que Oriente, Japón, China y algún otro, pagaron muy caro lo que habían hecho o querían hacer.Da la impresión de que el tal Sax Rohmer era más bien un vidente que quería preparar a los occidentales a enfrentar el peligro amarillo que mucho más tarde, en 1974,daría lugar a uno de los libros más acertados sobre lo que sería el peligro amarillo fuera de tebeos y película, “Cuando China despìerte”, del diplomático francés Alain Peyrefitte.

Rohmer no podía imaginar que muchos años después de que él inventará al siniestro Fu Manchú, que nos quitaba el sueño y casi la razón, China se convertiría en una nación donde un tal Mao Tse Tung reinó como un pirata sin fe ni ley que esclavizó a millones y millones de chinos, convirtiéndoles en constructores de su imperio, pero sin tener más maquinaria que sus manos. El terrible Mao Tse Tung, paternalista y demoniaco como Fu Manchú, que hoy ha sido reemplazado Xi JImping. Comunista-ultracapitalista que viste siempre trajes cortados por los mejores sastres, quizá Armani ande entre ellos, y esclaviza al mismo pueblo pero con métodos modernos.Luego de aquellos tebeos que nos metieron en el mundo de Fu Manchú el malvado, al que le temíamos como una vara verde, vinieron las películas que eran más terribles aún, porque el sonido y la imagen que se movía hizo realidad todos nuestros temores. “El escorpión de oro”, creo recordar, fue uno de los títulos que más pánico nos causaban.

Uno de los primeros Fu Manchú fue el gran actor Boris Karloff en “La máscara de Fu Manchú”. Y así hasta el año 1943, ya en plena Segunda Guerra Mundial con “Los tambores de Fu Manchú”.Otro actor que nos hacía temblar era Christopher Lee, que también encarnó a un Fu Manchú con “El regreso de Fu Manchú y “El beso de la muerte”.Por supuesto que aunque éramos niños ya un poco mayorcitos o más instruidos por los mayores sabíamos que el peligro pasaba en cuanto se apagaban las salas del cine.Lo fantástico, lo terriblemente extraordinaria es que muchos de esos niños como yo estamos viviendo ahora, en pleno siglo XXI y en el año 2020 el mismo terror que antaño, salvo que ahora sabemos que el coronavirus llegado de China, no de la imaginación de un norteamericano aburrido, es de verdad y nos quita el sueño y la vida.




Cuba y lo que toca, aunque no queramos

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Ya lo dijo quien lo dijo, “la vida es un tango”, y machacando con ese decir clavado en las entrañas aunque no seamos argentinos, se nos van los años. Digo esto porque le ronca vivir entre carencias muchas cada día; con el nuevo coronavirus golpeando, 10 meses después de que comenzara a desplegarse desde China; con el mayor reajuste monetario en 60 años a la vista y las muchísimas dudas que despierta esa perspectiva en cuanto a si los ingresos alcanzarán para hacer frente a nuestra cara cotidianidad; y arriba de todo eso y mucho más, estar pendientes, se quiera o no, de unas elecciones en las que no tenemos ni voz ni voto y que, sin embargo, marcarán el destino de buena parte de los mortales del planeta y muy en especial de quienes vivimos en Cuba. Claro que no he descubierto nada nuevo, porque esto es así desde que el vecino norteño devino imperio a 45 minutos de vuelo de la isla, pero coño jode mucho constatar que junto con todos nuestros infortunios, la suerte esté ligada al devenir electoral ajeno.

El viernes pasado tomé una decisión que creí sabia: abstraerme de la avalancha de encuestas, pronósticos, tonterías y disparates que cada hora nos llega desde allá; nada puedo hacer para evitar lo que está por ocurrir, ¡que salga el Sol por donde salga !. Y ya ven, hoy vuelvo a escribir de este tema maldito. Cada lunes Vivian y yo lo iniciamos de la misma forma, haciendo Tai Chi en un parque cercano –cuando apretó la epidemia lo hacíamos en el patio de la casa-, y hasta el parque Kohly, antes de comenzar el calentamiento, llegaron los comicios en comentarios de esto y aquello. Aseguro que entre sistema y sistema, teniendo como remate la relajante Forma Ocho, logré el equilibrio que buscaba, y al regresar a casa el Messenger de una de mis hijas, contándome cómo había ido su fin de semana, terminó con la alusión a los 30 minutos de cola que hizo para votar en anticipo, y el asunto de marras volvió a atraparme.

No tenemos derecho a decidir -aunque Marx Twain decía que “si los votos cambiaran algo, no nos dejarían votar”-, y aun sin derecho al sufragio padeceremos los resultados, vaya que no es justo, porque además hay otro dilema, no votamos, sufrimos lo que acontezca y para colmo la realidad de aquí, es también tema de campaña allá.  Es injusto, pero ocurre que el mundo en que nos ha tocado vivir –igual que el anterior y quizá hasta el que está por venir-  nunca ha sido justo. Ante tal realidad, solo queda o meter la cabeza en un hueco o sumarnos a los piantao, piantao, piantao de Piazzolla o tratar de encaramarnos en la ola o, al menos en mi caso – no estoy haciendo invitación alguna- , esperar a que ocurra lo que tenga que ocurrir, echando pa´lante aquí con la vida en la que creo, pese a ser demasiados los entuertos. Y mientras las cosas van y vienen trataré de retornar a la decisión del viernes, que sigue siendo sabia.

 

 




Futbol e Islamismo

César Gonzalez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

A donde vamos. La semana pasada un profesor de letras fue asesinada por un extremista islamista, bajo el falacioso pretexto que su curso sobre la libre expresión  presentación de las caricaturas de Mahoma, ofendían al profeta que su religión tomaba como fundamento. Libremen todos los dioses del Olimpo y algunos mas de la mitología hindú, de criticar las creencias de cada uno. Debo reconocer también que el libre albedrio y juicio que hace que una fracción del género humano tenga sus creencias y las otras fracciones no tengan las mismas, es a veces un poco… El Dios de  las tres religiones monoteístas, es el mismo con nombres diferentes. En ninguna de los estas  tres, está indicado, que Dios aborrece y odia a los otros hasta el punto de matarlos.

Evidentemente que cada una de ellas tiene sus no sé cómo llamarlos, extremistas, locos, fanáticos, frustrados sexuales, o solamente gilipollas? En las tres religiones, Dios proclama amor y comprensión Claro está también, que luego llegaron sus representantes, catolicos, musulmanes, protestantes, que interpretaron su enseñanza, ya sea por razones políticas o sexuales, de la manera que les interesaba. Los odios y venganzas fomentados por ellos, están en las mentes de todos. Inquisición, decapitaciones, lapidaciones y otras lindeces. Porque hemos consentido que estos….., sigo sin saber como llamarlos, hagan su ley y campen a sus anchas por doquier, imponiendo sus versiones de la religión? Debemos oponernos a ellos con sus métodos?.  Esto sería aplicar la ley del talión.

El problema empieza a complicarse, ya que si la inquisición católica no está en vigor, otra forma de inquisición esta remplazándola. Hasta los dirigentes de algunos países musulmanes, o bien hacen presión en sus fieles, para que manifiesten contra la osadía occidental, mezclando islamismo con  religión, o bien por boca de sus dirigentes ponen en duda la salud mental del  presidente de una republica laica, que se insurge contra el hecho, considerando esta fatua hecha a través de los medios internet, como una llamada al asesinato de los que no están de acuerdo con las pobres interpretación de estos asesinos. No tengo la respuesta aunque pienso que la base para ella sea una educación  laica partir de la infancia. La edad de la razón viniendo más tarde, aunque a veces lo dudo en algunos, permitiría a cada uno afincar sus creencias

Pues vale, prueba de que no se adónde vamos, resulta que hasta el presidente, dueño de un club de futbol, se insurge contra “el ataque” hecho por el Presidente francés contra, según él, los musulmanes del mundo entero, amenazándole además con “aténgase a las consecuencias”

Mon Dieu, a donde vamos…




José Mújica advierte: “La pandemia me está echando (de la política)”

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Y, de pronto, José Mújica, 85 años de edad, expresidente de Uruguay, un hombre de bien, de los que merecen el Nobel a cualquier cosa, pero los nórdicos los prefieren presidentes de Estados Unidos y negros, casi con la voz rota explica porque se va de la política, porque se tiene que ir, y abandona su último bastión político, el de senador: “Me está echando la pandemia”.Silencio en la sala. No sabes dónde meterte. Se va porque le tiene miedo al coronavirus amablemente cedido a Occidente por los chinos, ya que él padece una enfermedad inmunológica y la combinación con el bicho ese podría serle fatal. Y entonces te acuerdas de los kamikaze que en el mundo entero –cuando ya se han contabilizado más de un millón de muertos, y lo que no se sabe—prefieren ignorar las pautas que les da la autoridad que nada entiende de medicina para resistir al bicho y se lanzan en febriles zarabandas en bares y otros establecimientos cerrados para evitar la policía. Y se emborrachan, y bailan, y se besan, adiós mascarilla, porque quizá están desesperados. Y olvidarse. O tal vez quieren morir luchando imbécilmente. Suicidios de desesperación. En España, uno de los países donde los ataques del coronavirus son más implacables (más de 35.000 muertos hasta hoy, que se sepa porque los políticos mienten cada vez que hablan) es también el lugar de Europa donde se detectan más fiestas clandestinas, botellones, y toda clase de actividades prohibidas para frenar la pandemia. Una parodia a la Scott Fitzgerald. La verdad es que todo es mentira. El virus que nos ataca implacablemente lo prueba. En la mayoría de los países, la pandemia se combate en función de sus avances. Pero aquí es otra cosa. Es España. Este pasado sábado, el primer ministro socialista, Pedro Sánchez, no vaciló pese a su ateísmo en ir a postrarse a los pies del Papa de Roma para ganarse al electorado cristiano. En España, los políticos juegan a ese juego de a ver quién la tiene más grandes, sin tener más consideraciones que sus intereses, su ego y pare usted de contar.En el Parlamento no se habla de remedios que deberían estar surtiendo efecto, no se dice una palabra de estrategia contra el mal chino, se pelea, se trata de ganar puntos para que la coalición socialo-comunista pueda quedarse en el poder pase lo que pase. Todo es una mentira clamorosa. Ni siquiera `puede aplicarse aquel refrán o dicho de a Dios rogando y con el mazo dando. En la política española es el mazo político el que se utiliza en todas las secciones y los encargados de la pandemia, el ministro de Sanidad estudió Filosofía, el virólogo principal dicen que no terminó convenientemente sus estudios… En resumidas cuentas, España enfrenta al peor mal que le ha aquejado jamás mal armada y con improvisaciones, hoy te cierro una ciudad, mañana otra y como el país está dividido en 16 regiones con sus propios gobiernos, es una papeleta cuyas consecuencias paga la gente. La prensa extranjera, el último el Financial Times, aúlla ante la incapacidad y la dejadez.

La pandemia ha dado un frenazo casi mortal a la actividad comercial. España es el país que más tabernas tiene en el mundo y por lo tanto en su principal actividad. Miles y miles de españoles viven del servicio a esos locales. Si los cierran, como ya está ocurriendo para evitar juergas y otras actividades que ayuden a la pandemia, es la ruina.España está en quiebra. Lo saben en la Unión Europea, en el Fondo Monetario Internacional. Pero los responsables del gobierno no hacen más que aumentar sus gastos (más de diez coches para un ministro) sin aportar ningún remedio. Hay sesiones del Parlamento en las que no se habla de coronavirus ni de chinos. La única obsesión de sus Señorías es ganar puntos para sus partidos con intervenciones a palo limpio. Por supuesto que los principales industriales del país, los de cafeterías, bares, cabarets, restaurantes, etc. protestan y juran que les están arruinando. Algunos, otros dicen que muchos, han tenido que echar el cierre ya que les es imposible pagar personal y obtener beneficios. Y lo peor son los hoteles, que se llenaban hasta la bandera en cualquier época del año de turistas atraídos por el buen tiempo. La mayoría ha cerrado y los que quedan se nutren de mucha esperanza y de alguna subvención de alcaldías y organismos gubernamentales varios.

Para colmo de males, todos los días llegan a las costas españolas decenas de migrantes, procedentes en barcazas de Marruecos, Argelia y el resto de África del Norte. Al parecer, los amos de esos países, en primer lugar el rey de Marruecos, Mohamed VI, exquisito monarca y multimillonario al que le dan asco todos esos pobres, sobre todo jóvenes, que no sueñan más que buscar la manera de atravesar el estrecho de Gibraltar para colarse en Europa, quieren librarse de esa morralla y les dan acceso al mar. Lo peor es que corren rumores, parcialmente confirmados, de que estos refugiados cobran un sueldo que les da el gobierno español mientras estén en tierras españolas. Y, entretanto, las colas en los centros caritativos son inaguantables. Ya no es que cientos de miles de españoles busquen un plato de comida sino que los lugares donde se almacenan los productos recogidos de todas las tiendas y grandes almacenes que quieren contribuir con sus donativos, están medio vacías debido a la demanda tan fuerte.

Algunos observadores prevén hambruna pura y simple. El gobierno promete subsidios que no da y ocurre incluso que una clase de trabajadores, los trabajadores por cuenta propia, los autónomos, tienen que pagar casi 300 euros de cotización al Estados todos los meses. Noventa por ciento de estos artesanos llegan a final de mes sin haber ingresado un duro, porque nadie tiene trabajo que dar. Y los que no pueden más cierran. Y se quedan sin seguros sociales ni cualquier otra ventaja que le asegura la Constitución. Las escuelas y las universidades son una catástrofe. La ministra de Educación ha resuelto a su manera parte del problema al no exigir el examen de fin de curso a los que terminan bachillerato, y se calcula que pronto hará igual con los universitarios, para evitar la paralización de la enseñanza. Y de este modo, España tal vez no esté en los últimos lugares en las listas de la enseñanza en Europa, después del último país más pobre de Europa.Pero pese a multas y advertencias, las juergas clandestinas no se paran. Hace unos días, la policía detuvo en un bar con unas copas en el cuerpo y otra en la mano a la ciudadana Francina Armengol, mujer joven y de muy buen ver, que ocupa nada menos que el puesto de Presidenta de las Islas Baleares. Desesperación hasta en la alta sociedad.Comprenderán ustedes que con estos ejemplos, los ciudadanos de a pie siguen con sus juergas, por mucho pandemia que haya. Y es terrorífico cuando un hombre que ha conocido todas las canalladas que puede ofrecer la vida, hasta las cárceles más siniestras, José Mújica, una de las personalidades más entrañables del panorama mundial, dice en pleno Senado que se va de la política porque le echa el coronavirus, que le sería mortal en combinación con una enfermedad que padece. Entonces, aunque escuchen estas palabra, sabias y prudentes, los kamikazes siguen pensando probablemente, sin mayores consideraciones, que vivir un poco menos pero a gusto, con la cabeza llena de ese alcohol que hace olvidar todo, es preferible a esperar en casa que el bicho legado por los chinos te eche mano.




Angustia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El corazón parece que se me va a partir a ratos. Consulto y una señora en bata blanca y rojo en los labios trata de tranquilizarme: No es nada… No es nada… Cuando era un niño pequeño sentía ese dolor pero pasaba pronto y se convertía en dicha porque unas manos de mujer acercaban mi cara a sus pechos y olías el infinito. La sensación era tan placentera, tan tranquilizadora, que ya entonces desde mis nueve años imaginaba que estábamos haciendo el amor…Había oído hablar tanto de algo que no conocía… Me daban envidia los bebes que resolvían todas sus angustias agarrándose al pezón generoso de la mamá, que parecía gozar tanto como él. Y sobre todo los gritos felices de alguna pareja que llegaban hasta mi habitación.Hoy han pasado muchos años pero las imágenes son tenaces. Qué envidia cuando una señora pide permiso para amamantar a su hijo. En una consulta, en un auto. En cualquier lugar. Envidio al bebé y me viene la angustia. Es como si me arrancaran el corazón, como si el aire que estaba respirando hubiese sido desviado.A veces basta una mirada cómplice, de una mujer, claro, que ha notado por la angustia que estaba pasando y que sonríe y entorna los ojos. Entonces respiro hondo y la miro para agradecerle. Es como si me hubiese hecho la respiración artificial. Un médico ya mayor, con experiencia en angustias, me ha dado unas pastillas. Saben a rayos. En la caja he escrito Angustias. Y, como en otras ocasiones, ahora voy a tomarla. Me dejará tranquilo por un rato. Ese hombre debe de tener un máster en angustias. La angustia, mi angustia, sabe a pérdida, a falta de algo que sería urgente poder inyectarse, un beso dado con cierta compasión, o quizá simplemente con pasión. Uno por lo menos tres veces por día. Más si las crisis persisten.

Aquel cantante, de cuando los boleros rodaban por las radios hasta los oídos de los necesitados, decía así:

Angustia de no tenerte aquí

Angustia de no besarte más

Nostalgia de no escuchar tu voz

Pero ya no está ni el bolero salvador, que a veces, en casos graves, provocaba más angustia que ninguna música era capaz de remediar.

 

 




Olor de mujer

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El ciego ha aparecido de pronto a pocos metros de donde ando por el amplio paseo marítimo de mi isla africana, allá donde se pierde Europa para meterse en África a través del mar.Miro a mi alrededor. En este bostezo matinal con sabor habanero, dos enormes camiones se arrastran al lado de la acera. Pero no hay cámaras.No, no están rodando una nueva versión de Perfume de Mujer, aquella desgarrada maravilla que interpretó Vittorio Gassman hace treinta y dos años. Ni siquiera de “Esencia de mujer”, la tierna versión de Al Pacino.El invidente aporrea alegremente con su bastón blanco las lozas del paseo. Canturrea y sonríe como sólo saben hacerlo aquellos a los que ya no le queda casi nada que perder.Debe de tener 25 años y lleva, como yo, zapatones horrendos que permiten caminatas con menos agravios para los pies que aquellas botas que Nancy Sinatra proponía en su canción.El ciego me quiere vender un billete de lotería, a mí que estoy perdido para la suerte desde que la derroché toda en unos cuantos años de dicha. Le digo que no llevo dinero. Me sigue sonriendo y contesta que no importa. En realidad parece que le importa un soberano carajo.Le pregunto qué hace a estas horas intentando vender lotería. La sonrisa se intensifica y con un poco de cachondeo me cuenta que todas las mañanas hace el mismo recorrido y que vende un montón.No, no se parece a Gassman sino más bien a Al Pacino en la versión norteamericana de Perfume de mujer. Un rato más tarde lo veo en la otra acera esperando que abran los bares.Sigo andando asqueado. ¿Cómo diablos puede tocar la lotería a estas horas que Dios hizo para dormir o al menos para soñar entre sábanas todavía tibias?Esta mañana hace ansiedad. Trato de recordar los consejos de una amiga para ahuyentarla: controlar la respiración y, en caso extremo, meter la cabeza en una bolsa de plástico. Pero, ¿dónde diablos voy a encontrar una bolsa capaz para frenar mi locura a estas horas del amanecer, cuando ni el puñetero sol ha tenido todavía el coraje de salir del agua?.Las olas se estrellan contra la arena como si comprendiesen mi estado de ánimo. Procuran no hacer ruido.En el cielo vertiginosamente azul un helicóptero de la Policía se lanza hacia algo. Tal vez ande buscando una de esas embarcaciones suntuosamente precarias que de vez en cuando naufragan con cientos de africanos que intentar llegar al norte.

A veces consiguen aterrizar en la playa y perderse entre la gente. La mayoría de las veces no lo logran.Siempre tienen la misma cara de indiferente desgracia. Instintivamente saben que aunque les dejen quedarse a este lado del mar la dicha no es para ellos.En este mundo de blancos no triunfan más que los corruptos que desde las alcaldías hasta empresas de lo más respetables roban a espuertas si que en la mayoría de los casos les digan nada.En el preciso momento de escribir esta crónica, por tierras de España anda tranquilo y sin prisas un indivíduo que, según probaron los jueces, durante su corto paso por una alcaldía de esta Costa del Sol ha robado lo suficiente como para erradicar el hambre en una parte de Africa.El helicóptero pica hacia el mar. El sol se ha decidido a salir y por un momento he creído que el aparato arrastraba un gigantesco Cristo.

Ha sido sólo un espejismo de sed de justicia. La dolce vita hace rato que se acabó.Al lado de unos restos arquitectónicos árabes, aunque tal ves sean fenicios o probablemente falsos, que bordean el paseo, está el mendigo de la mañana. Es un tipo extraño. Va equipado casi como el Ignatius J. Really de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Una especie de Quijote con muchas causas pendientes, No sé si el mendigo tiene tantas cuentas que ajustar en el mundo.Lleva siempre una especie de gorro polar que algún turista finlandés olvidó una noche de borrachera. Un carrito de supermercado le sirve de alacena, armario ropero y vehículo utilitario.

Arrastra también una muleta digna de una película de Luis Buñuel. Me ha dicho que una pierna estuvo a punto de gangrenársele. El mendigo me mira. Tiene ojos jóvenes, brillantes y dulces como los de un amigo mío.Jesús, el Nazareno, ya saben.No me he atrevido a darle una limosna porque me inspira más respeto que piedad.Estoy terminando la caminata del corazón (un médico me ha asegurado que dejándose el alma en el asfalto el corazón dura unas horas más) cuando desde la orilla del Mediterráneo me hacen grandes gestos. Me acerco. Es ella. Me sonríe con la candidez que dan las mañanas sobrias. La otra noche no lo estaba tanto.

Me ha quedado su fotografía en la pista de una discoteca donde yo perdía el tiempo que no me queda con ayuda de una copa de algo: “La morenaza inglesa, trazada como un maniquí de Alta Costura perdido en el arrabal de las vacaciones se menea locamente en la pista de baile. Sus ojos negros se reflejan en los proyectores que de vez en cuando resbalan por su cuerpo casi perfecto un cachondeo desenfrenado que ella dedica exclusivamente a su compañera de baile, una rubia tan bien hecha como ella pero con pinta de dama de compañía vista por Dickens. La morenaza sólo cesa su danza del vientre, que ya empieza a provocar los murmullos de la indecencia en su estado más puro, para abrazar con gracia y desenfado a su pareja. Sus sandalias rojas que parecen levitar palpitan sobre el entarimado de teca y su vientre liso y prometedor recubierto de cuero verde suspira como si tuviese vida propia. Ahora ha cesado su alucinante danza del vientre. Majestuosa como una estatua empinada en un taburete, está sentada en el bar bebiendo vino tinto en copas tan cimbreantes como su cintura. Más que beber da la impresión de lamer la superficie del caldo. A su lado hay un tipo alto y moreno que también parece salido de una revista de modas. Ríen fuerte. El le ha puesto la mano en el cuello y a medida que la baja hacia la cintura como jugando ella suspira. Hasta que levanta los ojos cerrados hacia el techo en una expresión casi de plegaria y un grito que se le escapa es apagado por la música. Unas gotas de vino caen sobre su falda en una especie de traqueteo glorioso durante el cual sus pechos parecen pegados al vestido”.

Ahí en la playa tiene un bañador rojo casi decente. Quiero acercarme a ella pero un riachuelo me lo impide. Me mira a los ojos con una sonrisa que le da a mi corazón otras cuantas horas de vida más. Pero me vuelvo. Yo no soy Marcello Mastroianni ni en esta playa se está rodando de nuevo La dolce vita.




Cuba, Trump y lo que estaría por venir

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

 

 

 

 

 

 

 

Elecciones presidenciales en noviembre próximo, asunción en enero del nuevo gobernante de Estados Unidos, o del mismo que en el último año ocasionó pérdidas a Cuba por la ganga de más de cinco mil millones de dólares, y en mayo otra ronda de votación en la Asamblea General de la ONU a favor o en contra de ese bloqueo-embargo al país caribeño que lleva 60 años marcando la vida de cuatro generaciones. Y nada cambiará por esa vía porque el imperio del Norte no ha dejado de serlo. En la votación de 2019, ya con Trump al bate, 187 países votaron a favor de la eliminación del bloqueo. EU, Israel y Brasil lo hicieron por mantenerlo. Colombia y Ucrania se abstuvieron.

Y la clave de todo parte de 1960, muy poco después de que triunfara la revolución cubana y se dispararan los sueños de que era posible vivir de otra manera.  El vicesecretario de Estado de EU, Lester D. Mallory, argumentó entonces: “La mayoría de los cubanos apoyan a (Fidel) Castro, el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales; hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba”. Ya sé que para los lectores distantes de esta realidad, que por reiterada no aburre al menos a quienes la padecemos, las preocupaciones se centran en la vigencia del maldito nuevo corona virus, mientras quizá los más avispados se entretengan en especular si el Siglo XXI será el de China en sustitución de EU. Pero en este país donde todo escasea y las colas mandan para cualquier cosa por vital que sea, EU, sus reiteradas sanciones económicas, el impacto de su persecución financiera en los intentos de modernizar la economía nacional y los comicios de noviembre son prioridades o temas tan o más sensible que el virus.

Me disculpan, pero a mí que no me jodan con las teorías gastadas de que si el bloqueo es usado por el gobierno cubano para justificar sus fracasos económicos o que si la isla está a punto de una sublevación popular como me dicen anunció hace algunas semanas el diario español ABC o como alardean los ultras desde Miami y quienes aquí viven conectados a esa aspiración. Sí, falta de todo y el encabronamiento resulta inevitable, pero si llegara la hora del cuajo, no del bla bla bla, no sé si serán pocos, pero créanme que contarán los que se guarden en un bolsillo las molestias o los sueños por mucho tiempo sin llegar y vuelvan a defender otra aspiración de vida, porque la alternativa que representan Trump y sus gánsters eriza tanto que tiene la extraña facultad de unir.

Cuando la opinión propia es ejercida, el riesgo de la equivocación siempre acecha, pero el día a día vivido desde aquí, no desde allá; no flotando en una nube de ilusiones sino pateando la compleja cotidianidad y calibrando la particularidad de ser cubano; cuando se hacen esas sumas subjetivas, con el perdón de los sociólogos o los políticos de profesión, uno tiene, pienso yo, el derecho a hacer su vaticinio.

 

 




Dos niñas, un destino

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La joven estudiante que acababa ese año sus estudios de periodismo, como si pudiese estudiar algo tan misteriosamente absurdo, se ruborizó al pedirle al viejo profesor que le hablase de sus relaciones con las mujeres que había encontrado a lo largo de medio siglo de periodismo. Las mujeres son la secuencia más extraña que Jesús nos puso como castigo a los hombres. Las que he encontrado durante mis reportajes eran casi todas extraordinarias. Porque extraordinario es sonreír cuando acabas de escapar a la muerte o cuando te han dicho que tu hijo, el fruto de tu vientre, no el del hombre, va a curarse de ese mal que parecía incurable. Mientras desgranaba las palabras adecuadas, pensó de pronto en aquella actriz norteamericana que un día le mandaron entrevistar en París. Ella, Mary, apena tenía un año más que él y en seguida hicieron buenas migas porque ella era una amante de la Coca Cola en botella y él hizo como que aquel brebaje le gustaba también. Ella hablaba un cachito de francés suficiente para contarle su vida, sus ilusiones. Había pasado toda su vida en un pueblecito de Minnesota, que él ni sabía dónde estaba, ayudando a su padre en una pequeña empresa de papelería y siempre tenía tiempo de acudir a las clases de Interpretación que se daban en una universidad cercana.

Fuimos amigos, sin derecho a roce por medio, porque era puritana o sabía muy bien lo que quería. Se hizo famosa en menos de lo que cualquiera hubiese podido preverlo y de pronto desapareció, envuelta por el lujo de lugares donde él no iba más que de prestado.Pero lo que el viejo periodista quería contarle a aquella graciosa muchachita que le interrogaba lápiz y bloc en ristre, es que la vida es un espejo de coincidencias terrible.La muchacha de Minnesota murió de una forma atroz. La encontraron “suicidada” en el interior de su propio coche y en Francia se armó la marimorena porque había una gran aversión por los norteamericanos y la prensa afirmó que la muchacha había sido asesinada por un servicio secreto norteamericano, igual que Marilyn Monroe.

El viejo periodista no le contó a la jovencita que se preparaba para conquistar al primer periódico que le diese refugio que la vida es muchas veces cruel, y no porque unos desalmados hubiesen matado a su amiga la actriz.Fueron muchos años después, ya casado, con hijos cuando volvió a acordarse de la chica de Minnesota. Una de sus hijas, la más rebelde y la más bonita también, se parecía mucho a aquella actriz del pasado. Tenían la misma edad y las dos rebosaban de sueños bastante descabellados. Su hija adoraba el cine y quería ser fotógrafo de plató. Mientras tanto, vivía como alguien de su edad, con el novio que no le conviene raramente a los padres.

Una noche se marcharon para pasar el fin de semana en Deauville, no lejos de París donde vivían. Iban en un coche que los padres del novio, gente de dinero, le acababan de regalar para su cumpleaños.La niña estaba feliz y al viejo periodista le dio pena decepcionarla prohibiéndole ir a esa excursión. La madre apoyó a la niña y la parejita tomó la carretera.Al día siguiente, un mediodía de mayo radiante, dos gendarmes se presentaron en su domicilio. El viejo periodista, que ya estaba acostumbrado a los caprichos del destino no tuvo olfato. Creyó que venían por una multa, una pavadita.El más grueso de los dos gendarmes, que no sabía dónde poner su kepí, dio un paso al frente después de los saludos de rigor y se le oyó decir:

-Venimos para acompañarle a ver a su hija. Se ha matado a cien kilómetros de París.

El viejo periodista, que tantas cosas malas, tantas catástrofes había tenido que lidiar en su vida de periodista para todo, no reaccionó. Mientras la madre se deshacía en lágrimas y el otro gendarme tenía que atenderla, él solo dijo:

-Vamos cuando usted quiera.

Era el destino. Sin haberlo pensado mucho sabía que aquella catástrofe se produciría un día. Aquí no habría que hacer ninguna investigación para saber qué servicio secreto la había matado. Su ejecutor era el destino.No obstante, después de los funerales consiguió por mediación de amigos el informe de accidente. Sabía que la Gendarmería era exquisitamente cuidadosa y no dejaba un cabo suelto. Pero no había nada de particular. Había sido un simple accidente, del que el novio había escapado solo con una pierna rota y remordimientos de conciencia.Pero habían sido dos muertes muy parecidas. Las dos eran jóvenes, bonitas y tenían la misma edad. Y Las dos se habían dejado la vida en un coche.




Se nos fue el mejor , José Mujica

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En mi isla africana son casi las dos de la mañana, de una mañana que se anuncia lluviosa. No sé qué hora es en Montevideo,una ciudad lenta y un tanto aburrida donde tuve el cóctel de despedida de la Agencia France Presse hace ya de eso más de veinte años. Era todavía relativamente joven, sesenta años, con fuerzas para pelear otros treinta años. Pero la cobardía pudo más, o tal vez el orgullo de saber que mis enemigos me habían acorralado y que si salía de Brasilia, mi último puesto de corresponsal, sería como vencido, rumbo al garaje de París, donde me esperaba probablemente un ajuste de cuentas.

Porque yo había sido uno de los miembros fundadores de la AFP en quienes se pensó en un momento para dirigir ese servicio Latinoamericano que yo había fundado con dos rostros conocidos, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, dos excelentes escritores peruanos. Amén de un montón de otros grandes periodistas españoles. Pero en el momento de decidir me encontré solo, algo así como Cary Grant cuando hasta la novia, la bella de bellas Princesa futura de Mónaco, le había abandonado. Y tomé el camino de en medio, el avión que pasando por Sao Paulo me llevaba en un salto a París donde me esperaba la nueva Directora de Recursos Humanos, con todos los papeles para darme el adiós y que dejara de molestar con mis pretensiones. Esto viene a cuento de que uno de los hombres que más he admirado en el panorama político latinoamericano, José Mujica, excelso Presidente de Uruguay, acaba de decidir que ya se aleja de la política. Ha sido todo a lo que puede aspirar un hombre político, que conoció la guerrilla, la cárcel y todo lo malo que tiene la vida. Luego le vino la recompensa y ha sido hasta el instante de describir este adiós el mejor Presidente de Uruguay, el más amado, el más sensato.

Tiene 85 años de edad y al parecer una enfermedad inmunológica que aparentemente le ha avisado de que ya era hora de retirarse, aunque fuese del Senado, su último puesto al servicio de la Patria.Y ha tenido esta frase maravillosa, que otros más orgullosas no han tenido agallas para sacarnos del bolsillo; “Me encanta la política pero más me encanta no morirme. Hay que darle gracias a la vida. Triunfar en la vida no es ganar. Triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae.El odio es fuego – ha terminado por lo que leo y copio—como el amor, pero el amor es creador y el odio nos destruye”.Ahora, yo, el periodista de la AFP, tiene 80 años. Pero me ha destruido el amor. No he sabido, como el sabio uruguayo, agarrarme al amor.




Aquella bella y deseada locura

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nada ha sido igual después de Vuelo por encima de un nido de cucos (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) de Milos Foreman, una película oscarizada y triunfada en 1975, que nos marcó profundamente a todos aquellos para quienes el cine, el bueno, claro, ha sido siempre néctar de vida y de saber. Cuarenta y pico de años que han llevado en su seno una serie de cambios sociales y políticos que nos han afectado a todos, a los cucos y a los otros. El mundo ha cambiado radicalmente en ese tiempo y a todos se nos ha pegado algo de esa locura liberadora que encarnaba Jack Nicholson. El manicomio era el planeta entero y los locos gentes que querían salvarse del horror de vivir en medio de la represión absurda y desarticulada. (En muchos países se han suprimido los manicomios, como si a nadie le interesara que el loco estuviese debidamente etiquetado) Todavía no habían construido Guantánamo ni Donald Trump se había proclamado emperador del Universo como en una versión mejorada y ampliada de La guerra de las estrellas. Nadie sabe hoy dónde están los malos y quiénes son los buenos. El cine con sus peripecias políticas taquilleras nos obliga a un maniqueísmo elementar entre el Bien y el Mal. Aunque sabemos que el mal de los males es el bicho que gentilmente nos mandaron los chinos, cariñosos como siempre, el CORONAVIRUS.

Vuelo por encima de un nido de cucos dejó huellas profundas en la gente que piensa, es decir uno por ciento de la humanidad, lo que no es mucho para ganarse la vida con la taquilla.Nos pegó en el hígado a quienes teníamos edad suficiente para comprender una parábola fuerte y sin remilgos y años bastantes para poder convertirnos en uno de los compañeros de Jack Nicholson, retorcidos por la represión de un ente político-social que ya entonces no admitía los francotiradores.

Para Jack Nicholson probablemente aquel filme marcó un antes y un después. A partir de entonces, su aspecto de chiflado sin compasión se ha acentuado actuación tras actuación. Y ha mejorado como actor y tal vez hasta como persona. ¿Será eso la locura? Don Quijote estaba profundamente demente y todavía hoy es el héroe de referencia lejos de Itaca y de las calles de Dublín de James Joyce.

El médico, que no estoy seguro de que hubiese hecho gracia a Molière que prefería a sus enfermos imaginarios y a sus doctores de mentirijilla aunque tenía frases como ésta “Es cosa admirable que todos los grandes hombres tengan siempre alguna ventolera, algún granito de locura mezclado con su ciencia”, asegura que no me estoy volviendo loco. Y si insisto que estoy metido en el túnel de nunca volverás se pone sarcástico. Eres un pretencioso, mira que creer que cualquiera puede volverse loco. La locura hay que merecerla. Es un grado de sabiduría que no se alcanza sólo queriendo. Repito, hay que merecerlo.

Ayer, 19 de octubre de 2020, estuve viendo a un psiquiatra que me recomendó un amigo, igualmente candidato a la locura. El tipo me gustó porque tenía aspecto de loco de película mala. Me interrogó durante una hora, me miró como si pidiese a pedirme una cita para salir juntos y al final, después de haberse embolsado los cien euros de la consulta decretó: Puede estar tranquilo, usted no está loco, ni mucho menos.

Me fui pegando un portazo. Los médicos no saben distinguir la locura porque ese estado huele a represión y porque ellos ignoran que mi máxima ambición es que me proclamen oficialmente loco. Quiero escapar al raciocinio, a la realidad, convertirme en un inocente, esos tontos que todavía existen en algunos pueblos y son vistos y tratados con el cariño de la condescendencia. No quiero tener que pensar. No quiero que nadie me cargue de culpas y de responsabilidades. Quiero estar loco. Estoy loco. Me ocurrió hace ya veinte años cuando miraba un coche verde Peugeot modelo 65 que se estrellaba al ralentí contra la tapia de una propiedad fastuosa donde el dueño mimaba probablemente plantas de adormidera traídas de un lejano Laos cuando la guerra de Indochina dejaba que los hombres eligiesen. En ese choque murió una niña, la mía.

Desde entonces me volví tonto. Seguí escribiendo pero nada más que para decir tontadas, gritar, aullar y asustar a editores que sueñan con la paz. Como si la paz no fuese la locura. Al mismo tiempo creció en mí una aversión patológica por la gente tan grande que un amigo médico, en la confidencia de cuatro güisquis con cine, lejos del estetoscopio oficial, me aseguró que Kafka con su monstruosa cucaracha había tenido más compasión por la humanidad.

El otro psiquiatra, el del portazo, cuando ya se le acababan los argumentos freudianos y lacanianos tuvo una gran idea: Si usted cree tanto en Dios, arréglese con él. Pero en ese momento Dios no pudo atenderme porque asistía a una conferencia sobre medio ambiente con Trump o quizá fuera Bush. Tal vez ni siquiera se hubiese enterado de que su hijo Jesús fue crucificado en una tierra que con los años se ha convertido en un matadero más o menos municipal donde ya no se sabe o nadie quiere saber quién mata a quién y por qué. Da igual. Quisiera que por lo menos asimilasen mi caso al PTSD (Post-Traumatic Stress Disorder) con lo cual me dejarían estar loco. Pero dicen que no, que yo no estuve en Vietnam ni siquiera en Irak. Perra vida, que hubiese mascullado Céline.

Pero Céline no ha inventado todo el horror. Cuando huyes de tu casa con cuarenta grados centígrados a la sombra y crees refugiarte en un parque que antes conocías allá en lo más profundo del sur de España, en una isla africana, te das cuenta de que todo ha cambiado. De los árboles que antes te procuraban la cordura de la sombra no quedan más que unos pocos y los bancos han sido reemplazados por lápidas mortuorias de granito gris que impide al mendigo de turno echar un sueño. Lo único que han dejado los hunos del modernismo arquitectónico es un trozo de columpio que una niña con pantalón verde y chaquetilla rosa le imprime un infinito pasar. Crujen los rodamientos, suponiendo que los tenga, y las cadenas que no parecen querer romperse. A tres metros, su papá la contempla embelesado desde un carricoche con motor y ruedas del que nunca podrá moverse. Sonríe debajo de unas gafas negras de ciego antiguo que parecen ocultar sus piernas sin vida. El pobre sonríe como si estuviese vivo. Como yo hace un rato, cuando se me ocurrió romper mi llanto en una exposición municipal de cuadros. Me senté para reponerme de la angustiosa visión de una Mona Lisa completamente desfigurada – lo que ya es difícil – y de cuadros mojados en la impertinencia del talento nunca adquirido. Quedé tan embelesado que de pronto oí el crujido de una cerradura. Me levanté corriendo. Me habían encerrado en aquella infame exposición de inmadura estupidez. Aporreé la puerta de cristal como podría haber hecho el personaje de Kafka cuando sabe que es un escarabajo. Por fin llegó una minifaldera atosigada por mil golpes inoportunos. Me explicó con toda la tozudez de una mente enfangada en la estupidez que había cerrado porque eran las tres. Y como no venía nunca nadie… Salí huyendo. Unas horas antes, en la playa había estado a punto de ahogarme. Los sádicos empleados de la municipalidad habían horadado trampas mortales en el fondo de las olas, allí donde antes no existían. Finalmente me quedé con la desgana de saber cuántos litros de Mediterráneo hay que beberse para ahogarse.

Era viernes y 13. Ahopra es martes y Coranovirus.

 




Donald Trump y la Muñeca Diabolica.

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Octubre de 1971. Una noche en el cine en Archidona, Málaga, acabó convirtiéndose en un escándalo público de la época. Los asistentes disfrutaban de un espectáculo flamenco cuando algunos de ellos se levantaron sobresaltados. Cuentan que era de noche y una pareja de novios disfrutaba viendo en el cine del pueblo una película musical de la época. De pronto, la muchacha, exaltada por la emoción del musical inició una maniobra de aproximación a la bragueta de su acompañante. Este, risueño, facilitó la laboriosa tarea mientras se espachurraba complacido en el asiento. Lo cierto es que el chaparrón seminal salpicó a los espectadores de la fila trasera e incluso a los de la posterior. Se armó un gran alboroto, alguien enciende la luz, la novia enrojeció al verse sorprendida; una señora de la alta sociedad estalla en gritos al descubrir gotas de semen en su cabello. Cincuenta años más tarde y tras el caos del efecto dos mil que hizo templar el planeta, el mundo fue testigo de una nueva forma de hacer comunicación. Había nacido Facebook. Internet empezaba a tomar fuerza en la población de a pie y la interrelación con otros usuarios del ciberespacio ya era una realidad. Era la época gloriosa del Messenger de MSN, nacido en 1999 en el seno de Microsoft. También era el momento de descubrir nuevos chats y foros de la red. En este contexto nació Facebook, una idea gestada por Mark Elliot Zuckerberg. La red social alcanzó en muy poco tiempo una popularidad nunca vista hasta el momento en el mundo de Internet.Al principio, Facebook se utilizaba de forma interna entre los alumnos de la Universidad de Harvard pero con el tiempo se abrió a todo aquel que tuviera una cuenta de correo electrónico. Así nació la leyenda de Facebook y así se inició una nueva era.Una era en la cual la supremacía de las redes sociales se había convertido en el segundo poder en torno a las masas. Ya la populación no compraba periódicos, todo su mundo se gestaba en internet y en las llamadas redes sociales conjuntamente con un nuevo oficio el de “Influencer”.

Tras la llegada de las redes sociales han aparecido nuevas formas de comunicación por encima de la profesión de periodista o de editor. Ahora cualquiera que tenga una cámara de video y un padrino que suelte dinero a troche y moche se hace influencer. Es decir que quien tenga un séquito de seguidores en plataforma tales como YouTube tiene carta blanca para opinar libremente y manipular una o varias informaciones a su antojo que algunos exiliados cubanos usan para sus propios delirios de grandeza. A raíz del embargo comercial impuesto a Cuba durante la época del régimen dictatorial de Fulgencio Batista allá por mil novecientos cincuenta y ocho se empezó a gestar e idear entre aquellos que no estaban de acuerdo con lo que se estaba viviendo en la isla diferentes formas de subterfugios para dejar todo atrás y buscar una “ansiada libertad” de la cual se decía estar prohibida.

En 1980, Fidel Castro levantó las restricciones a la emigración y alentó a los cubanos descontentos a abandonar la isla. Fue entonces cuando el puerto de Mariel se abrió unilateralmente dejando pasar una oleada masiva de cubanos exasperados entre los cuales había oficiales de inteligencias y delincuentes que partieron en dirección a Estados Unidos sin volver la vista atrás.

Aquella huida masiva sobrevenida en 1980 quedo conocida por los exiliados cubanos como “El éxodo del Mariel. Sin embargo dicho movimiento fue tomado de ejemplo por muchos “dichos perseguidos” para hacerse con una balsa cualquiera y tratar de cruzar a Florida pues hasta hace pocos años atrás Estados Unidos tuvo una ley que decía que cualquier persona que salió sin autorización de Cuba y entraba en los Estados Unidos estaría autorizada a obtener la tarjeta de residencia permanente un año después. Dicha ley que ya fue abolida por la administración Obama se conocía como la ley de los Pies secos, pies mojados.No obstante, el cese de dicha ley migratoria cerro las puertas a cualquier que intentase salir de Cuba y llegar a las costas de Florida de esa forma se neutralizo cualquier forma de emigración dicha ilegal.

Durante ese periodo o tal vez después no se sabe bien llegó a Estados Unidos procedente de Camagüey un supuesto “actor” y “eminencia” del cine llamado “Alexander Otaola” reconvertido en influencer en YouTube.Salido de los bajos fondos habaneros, llegó a Miami. Allí lo expulsaron de las televisiones y de los periódicos donde trabajó esporádicamente según se dijo, debido a deudas; hasta que se convirtió en influencer.

Hasta el 2016, Otaola era un furibundo seguidor de Hillary Clinton, tanto es así que publicó una carta abierta dirigida al senador Marco Rubio, quien había sido candidato a la presidencia de Estados Unidos, llamándolo de todo menos bonito. En la carta atacaba a Donald Trump. Sin embargo, el contenido había sido editado posteriormente debido a sus cambios de humor, no vaya a ser que un día tenga que llamar a su puerta. Y fue precisamente entre los chaparrones seminales que aquella víbora mal oliente llego ¿no se sabe cómo? a manos de un hijo de inmigrantes escoceses llamado Donald Trump. Durante aquel encuentro celebrado en el Hotel Trump National Doral de Miami aquella loca se entretuvo jugando a los periodistas con aquel mismo roñoso personaje, el cual había atacado años atrás mientras este militaba por Hillary Clinton. Sin embargo, el clímax de aquel encuentro sucedió cuando aquel personajito medito a periodista de las redes ofreció entregar al actual presidente una “lista roja” confeccionada por este en la que se incluiría a artistas cubanos con visa permanente en el país entre los cuales figurarían cantantes, deportistas y actores para revocarle dichos permisos.

A lo cual Donald Trump respondió:

“A esa gente que usted no quiere tener aquí, si usted me da la lista me hare cargo de ello, désela a Mario (Díaz-Balart), él tiene acceso directo a mí. Sepa que nosotros no solo hablamos las cosas, las hacemos”, agregó el candidato republicano a las próximas elecciones presidenciales. Lejos del mundo digital y de las salas de cine este morboso encuentro ya globalizado en cuestión de minutos parece sacado que una antigua película de terror tal como la del “Muñeco diabólico” en la cual un muñeco de aspecto inocente habitado por el alma de un asesino en serie comete atroces asesinatos a distro y siniestró sin importar quien se lleve por delante.Visto de lejos parece una mala broma sin embargo aquel muñeco diabólico pacto con el mismo diablo tal cual hacían antaño los capataces con aquellos negros esclavos refugiado en los palenques de sus amos. Pero en Miami, en ningún momento llovió semen en una sala de cine.




La vida en alpargatas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He llegado a un viraje de mi puñetera vida, y sobre todo en mi cursus mental, en que he comprendido que hay que renunciar al héroe que hemos venerado toda la vida para comprometernos con alguien que haya sufrido de verdad los inconvenientes de todas las cosas.Y me refiero a Ernest Hemingway, que es mi héroe desde que aprendí a leer y comprendí el cuádruple sentido de las palabras. Y entonces me eché a temblar pero no sabía cómo salir del círculo maldito entre el héroe, el amigo y la heroicidad.Hasta que después de muchos años, cuarenta quizá, el nombre de Ferdinand Céline volvió a mis entendederas.

Céline le hojeé e intenté leerlo en Francia, pero gozaba de la malísima reputación que le dieron los ganadores de la II Guerra Mundial, cuando en 1945 quisieron casi fusilarlo, por traidor. Es cierto que el Doctor Ferdinand Céline tenía algunas ideas que tropezaban, se daban de bruces con el catecismo que reinó largo tiempo en Francia cuando por fin la Segunda División del General Leclerc entró en París a empujones casi, con Hemingway adelantándose para emborracharse en el Hotel Ritz, el 25 de agosto de 1944 y despedir con cajas destempladas a los alemanes que todavía resistían, aunque lo más importantes de las tropas del III Reich de Adolf Hitler ya habían tomado el camino de vuelta a Berlin. Se ha dicho mil veces, pero hay que repetirlo. Leclerc consiguió esa hazaña porque los que ocuparon vergonzosamente París durante un tiempo, pongamos una cortinilla, mandando, fusilando, apoderándose de las más bellas mujeres de la capital, para eso habían montado un cabaret, un puterío más bien, que fue célebre en las memorias por mucho tiempo, el One Two Two, salieron corriendo.Pero si Leclerc consiguió esta pequeña hazaña porque ya los germanos se habían hartado de París, también fue gracias a una pandilla de anarquistas españoles o algo parecido que desarrapados y a lomo de tanques querían comerse a todo el Ejército Alemán en retirada. Mientras tanto, a ver esa moviola, mi querido y admirado Hemingway había aparecido en 1914 en la Place de la Concorde de París para, dijo con el eufemismo y la desvergüenza de sus pocos años “ver una guerra”.Y acto seguido tomo rumbo a italia con sus buenas botas de cuero para el frio y los bolsillos repletos de travellers cheques y jugó al soldadito conduciendo una ambulancia que le habían dejado unos locos, porque la guerra, ya se sabe, es una locura perpetua.Incluso le hirieron, y entonces nació la leyenda de que un trozo de metralla le había dejado sin el aparato reproductor y eventualmente dador de buenos momentos a las damas.Mientras tanto, mi Céline también había tomado el camino de la guerra, solo que en alpargatas y quizá a ratos sin ellas, porque los tiempos del imperio francés estaban muy lejos y aquello era una catástrofe.Y en lugar de meterse en un hospital y tener un idilio con una morena norteamericana de la mejor familia del Este, como dice Hemingway que le ocurrió a su héroe, el pobrecito Céline se limitó a pensar que “la guerra en realidad es algo que no comprendemos”.

Puede decirse sin asco que su Voyage au bout de la nuit (Viaje al fondo de la noche) es una de las novelas (quizá ni siquiera es una novela, un método para no vivir…) más fabulosas que se han escrito desde que Gutemberg inventó la imprenta.Porque Céline no era un señorito. Era un cabrón de anarquista o algo que se le asemejaba mucho al que todo le parecía mal y combatía la imbecilidad, y así le fue, ya que terminó su vida en una casa de mala muerte de las afueras de París, como médico, y dicen que un excelente médico, que no visitaban más que los pobres, porque ya había sido señalado con el sello de traidor o por lo menos de poco patriota.Céline era más que un anarquista corriente. Era un rebelde con muchas causas. Decía lo que quería y cuando le daba la gana, lo cual en aquella Francia de perdedores, solo el general De Gaulle salvó su alma y porque se largó a Londres desde donde mantenía el halo de patriotismo que quedaba en Francia a través de filípicas en la radio con esa voz suya que hubiera podido llevarle a lo más alto de los teatros mundiales.

Mientras Hemingway, señorito en la guerra, hacía manitas con su exquisita enfermera, a Céline ya para entonces le habían herido en el frente, en una carretera o en cualquier bar. Y fue a parar a un hospital, repleto hasta el gallinero, porque los franceses no tenían el encanto de la puesta en escena que tanto le gustaba a mi amigo Hemingway.Céline las pasó canutas, cuenta en su Viaje extravagante y extraordinario (a leer únicamente en francés o sino en una muy cuidada traducción).Relata el charlatán de la eternidad que los heridos o los que parecían estarlos –la debacle del ejército francés fue bastante histórica, y hablamos de la I Guerra Mundial, porque luego vendría la II—se amontonaban en salas donde había menos sitio que en el metro a la hora de la entrada a las fábricas.Pero él, el novelista, el médico, el desarrapado de la confusión y de la mala suerte, quería brillar, tener también una enfermera perfumada y bella que le contara los cuentos de las Mil y una noches en versión turca. Y no lo conseguía.

“Brandedore, mi compañero de habitación—cuenta—cuya imaginación iba con retraso con relación a la mía… se empeñó en pasar por un héroe y todos los días se inventaba nuevas historias guerreras. Era increíble, inventaba e inventaba y no había quien le parara cuando empezaba a contar historias heroicas que eran puro delirio”.Qué quieren ustedes que les diga. A Céline hay que leerlo del mismo modo que en otros tiempos se pasaba por imbécil con retraso mental evidente si usted no había leído a Proust, que no contaba batallitas pero que también tiene lo suyo, sin llegar a inventar la lengua que Céline manejaba como le daba la gana, sin hacer la menor concesión, contando siempre lo peor que atravesaba por su vida con palabras sacadas de unas alforjas de mal humor que olían a mierda.

Céline no tiene piedad del lector de Hemingway, al que atosiga, envuelve en la mierda de su propia existencia y ni siquiera se limpia. Les cito un trocito de página de Voyage au bout de la nuit, para que comprueben que no miento. Es la página 432 y un poquito d la 433 en la edición Folio.“Le hablé de una niñita a la que había atendido cuando todavía era estudiante (en Medicina) y que falleció de meningitis. Su agonía duró tres semanas y su madre, que estaba con ella en una camita al lado, sin querer separarse de ella, no podía dormir debido a la pena. Entonces la madre se masturbaba constantemente, no podía pararse, y nos fue imposible pararla incluso cuando la niña murió. Esto prueba que no se puede existir sin placer ni un segundo y que es muy difícil tener pena. Así son las cosas”.

Unos pensarán que era tremendismo. Yo pienso que era surrealismo puro. Veía y contaba con toda la crudeza que merecía el momento.Céline fue un monstruo de la literatura, que no alcanzó un Premio Nobel seguramente porque su pasado político lo impedía, sobre todo en una época en que en Europa la pérdida de una batalla era como dejarse en camino un ojo.Pese a todo Céline sobrevivió a sí mismo y sus libros, en miles de ediciones, desde esta, Folio, en la que yo lo leo y que es la más barata, hasta en las colecciones más elegantes e incluso lujosas. Y en la más prestigiosa de Francia, La Pléiade, que es la consagración máxima, el panteón de cualquiera que escriba.El médico de los pobres, el escritor de la verdad. Pongan el adjetivo que quieran y tendrán razón.Céline fue el único héroe real, auténtico, sin maquillaje que andaba en su cabeza con   las alpargatas del que no tiene nada y no reclama más que un poco de justicia.




Un sorbito de esperanza en el Bagdad Café

El tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado.

“El otoño del patriarca”, Gabriel García Márquez

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando nadie que a ti te importa dice que te necesita, cuando parece que el suelo se derrumba bajo tus pies y nadie te responde cuando te arrastras para decirle que precisas un poco de amor, el cine puede ser el bálsamo que te libere durante noventa o ciento veinte minutos de las miserias del desamor cotidiano.Una parte importante de mi existencia profesional la he pasado agarrado al parpadear de las pantallas que me transmitían unas emociones tan fuertes que nadie puede sentir con tanta intensidad. He llorado, reído, suspirado y me he cabreado por y para una película.John Ford me ha llenado de sentimientos casi patrióticos y fervorosos, me ha hecho creer en la bondad humana. Billy Wilder me ha llevado a la ensoñación. Claude Sautet me ha dado ganas de seguir viviendo, de seguir luchando. Y a veces esas sensaciones vividas en ese confesionario que es para el buen espectador una pantalla animada me han permitido seguir adelante e incluso no mirar demasiado atrás. Para los cinéfilos entre los que me apunto, a Freud le ha reemplazado un conjunto de directores de cine que de una forma u otro han estado a nuestro lado cuando les necesitábamos.Hace tiempo que he perdonado la inmensa estupidez de casi todas las televisiones europeas, muchas de las cuales no giran más que alrededor de los escándalos y de cómo llevarlos al telespectador de la forma más “realista”, porque de vez en cuando se les escapa y de sus monstruosas entrañas sale una joya del cine olvidado.Por ejemplo, que ejemplos hay, Bagdad Café surgió de un canal alemán con la premura de las princesas violadas por los brujos y nunca despiertas por el beso de un príncipe mariquita. Una mayor parte de los doce lectores que tengo probablemente no han visto este filme que en 1987 realizó Percy Adion. Nunca podré agradecerle como se merecen estos noventa y un minutos de felicidad mojada. Y la verdad es que no entiendo cómo puede haber gente que todavía, en este año 2020, que no es precisamente el de la marmota sino el del bicho repelente chino, no han aprendido a cocinar historias bonitas. Porque cuando de pronto te sientas y de la pantalla sale una banda sonora que nunca olvidarás y un plano largo te empieza a descubrir a la enorme Marianne Sagebrecht, una actriz impresionantemente humana, casi traslúcida pese a su obesidad contemplativa, tienes que ser muy desgraciado para que no te sientas agradecido.

Jasmine, la gorda, es una turista alemana, bávara para ser más precisos, de la tierra de aquel Papa, lo que dicen que más se parece a la Andalucía española, al sur de todas las latitudes, que aparece como un tornado más en un motel de carretera del desierto de Mohave, allá por lo más profundo de los Estados Unidos. Nadie sabe y a nadie le importa por qué ha aterrizado allí. Es como un ET perdido y encontrado en un mundo hostil. Jasmine ocupa una habitación en ese simulacro de hotel sediento que regenta una mujer de carácter fuerte como la desgracia, Christine Kauffman, llena de dolores de la vida y de amarguras que las tempestades de arena del desierto traen y llevan con el capricho de toda meteorología que se respete.

En ese lugar perdido, en esa América profunda que el alemán Wim Wender nos hizo descubrir hace ya años con la delicadeza de un europeo cuando pisa tierra ajena, Jasmine descubre un amigo encontrado, un pintor que no sabe siquiera que a lo mejor tiene talento. Y uno queda encantado porque para ese papel casi diáfano, de película de derechos de nacer y de abortar, se ha elegido a Jack Palance, ese actor norteamericano llegado hace una eternidad de las frías estepas rusas. Como tenía un rostro desgraciado, en el que la naturaleza había escupido con rabia, una nariz de boxeador de KO en el primer asalto, todo el mundo le dio papelones de bandido, de asesino a sueldo. Un empleo con el que ha tenido momentos de gloria cuando el cine negro norteamericano rezumaba el talento violento de realizadores emigrados como Jules Dassin que con Naked City colaba el neorrealismo en el relato cinematográfico policiaco y que con Night and the City daba a Richard Widmark uno de esos personajes en blanco y negro que te permiten entrar en la historia del cine.

Pero el Jack Palance de Bagdad Café es un alma sensible, con un cuerpo de hipi metido en unos pinceles delicados que pintan con amor. Una delicia de papel.Cuando la cámara agarra el desvalido cartel que anuncia a los camioneros que están en Bagdad Café hay como una nostalgia de la magia de ese nombre propio. El Bagdad de los cuentos de las mil y una noches donde sultanes sátrapas obligaban a bellas esclavas a no parar de contar cuentos si no querían morir. El de Aladino y esa lámpara mágica con la que todos hemos soñado. El Bagdad de la más maravillosa civilización árabe que dejaría sus reflejos más gloriosos en esta Andalucía donde hoy, en este 2020, estoy varado en una playa que mira a Africa. Y, claro, el Bagdad de todas las muertes desde que el Imperio decidió llevar a Irak la democracia.

En ese desierto mítico, la gorda alemana – ¿habrá algo más entrañable que una mujer metidita en carnes, desbordante de carnes, que un hombre grueso como dicen los finos? – impondrá la magia que se ha traído de su lejano país. Habrá felicidad, como si ella fuese un hada buena, y hasta los camioneros embrutecidos por las hamburguesas de la eternidad yanqui sonreirán por un rato como si fuesen felices. En otro café, uno elegante de París, me encontré anoche a Nely y al señor Arnaud (Nely et Monsieur Arnaud) que a través del encanto de las mil y un sueños de Emmanuelle Béart y la madurez interpretativa de Michel Serrault, la mano experta de uno de los grandes del cine francés, Claude Sautet, me recordaba esa historia de amor fallido entre un sexagenario y una chiquilla que apenas está entrando en la vida.

(Anoche, entiéndase como anoche mi propio calendario, en una cena aburrida y de postín, una camarera que apenas había rebasado la edad legal de los dieciocho años estuvo pendiente todo el tiempo de mí. Me creí enamorado. Creí que la había enamorado. Una amiga libanesa a la que le he contado esta mañana la “aventura” me desinfló rápidamente al argumentarme que “probablemente te ha visto en la tele”. Y yo que soñaba…).Quizá algunos de ustedes piensen que es exagerado hacer creer que el cine es una terapia cuando uno se ve envuelto por el calor de películas como estas dos de las que les he hablado. Tal vez haya quien incluso piense que es remedio de tonto con aspiraciones elitistas. Podría ser. Pero a mí me han dado un ratito de felicidad. ¿Qué más se le puede exigir hoy a la vida? Hoy precisamente en que vivimos o morimos por los caprichos de una bestia china llamada coronavirus.




Cuba, periodismo y un viaje extraño

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

No sé muy bien por qué, quizá porque soy parte de un país siempre en riesgo en un año en el que las amenazas mandan, pero hoy me vino a la cabeza que en este oficio que practico desde hace demasiado tiempo los imprevistos y los riesgos siempre acechan.  No debería estar pensando en esto en tiempos de pandemia y ansiedad generalizada en Cuba, sin embargo, los recuerdos me halan hasta aquel viaje extraño y espero que mi editor lo entienda. Larga espera dentro de un avión en Argel por huelga en la terminal de París; cambio de ruta sobre la marcha a cargo de un colega que desertó de PRENSA LATINA poco después de trazarme el nuevo itinerario; en tren hasta Bruselas y corriendo para alcanzar la aeronave de Sabena, con la lengua afuera me acomodo y se sienta a mi lado un señor que dice ser francés y empresario en madera, con dominio perfecto del español, quien para colmo de coincidencias asegura haber hecho negocios en Cuba; escala en Costa de Marfil e incorporación de unos empleados del francés con caras retorcidas, según me los presenta; cambio de tema de conversación  (hablamos de democracia y libertades) ; llegada a Liberia, desaparición del francés y los suyos; asociación con un viejo colega de Le Monde y otro joven de Liberation; alojamiento en el hotel, cobertura de una reunión de la  Organización de la Unidad Africana (OUA) y en ese lapso el francés-empresario que reaparece para saludarme y vuelve a desaparecer.

Terminada la reunión de la OUA, hablábamos una noche en la habitación del reportero de Le Monde sobre cómo organizar la retirada cuando sonó el teléfono y se disparó la alarma.  -Me acaban de avisar que hay una reunión de líderes opositores, ¡vamos a ver qué pasa !- dijo el más experimentado, el de Liberation cogió su mochila  y yo rompí el encanto: “¡No voy!”.  Algo me sonaba raro, era el primer cubano que lograba entrar a ese país donde la policía viste como los sheriff de Estados Unidos, con colt 45 incluida al cinto, el anterior fue retenido y deportado. Turbación en mis colegas. -¿Pero qué clase de periodista es usted?-  preguntó el de Liberation y me dio por responder: “Uno muy devoto, yo me quedo leyendo la Biblia (había una en cada habitación) y ustedes me cuentan”. No venía al caso informarles que la situación interna en Liberia no era prioridad para PL. Dos de la mañana, regresan los colegas exaltados. –Lo que se perdió, llegó la policía cargó con nosotros y el Embajador de Francia tuvo que sacarnos- narró el de Le Monde y sonreí. Recordé entonces al amable empresario francés, el hecho cierto de que en ese país la represión era despiadada, al menos en la década de los 70, que además no había embajada cubana (lo supe en París), y llegué a preguntarme si el embajador francés habría tenido la benevolencia de interceder a mi favor, cuando por aquellos tiempos los cubanos en viaje de trabajo por el mundo solíamos ser clasificados como promotores de revoluciones truculentas o espías de Castro. Antes de salir de Argel había establecido con Vivian Núñez, esposa y colega, un sistema de llamadas telefónicas por si las moscas; algo tan extraño como aquel viaje, digamos que cierto instinto sugería en susurro casi melodioso mantener la chispa encendida.

Regreso a Paris y en el trayecto, sentado a mi lado, el de Liberation que busca convencerme de las ventajas de su modo de vida y las facilidades que brinda “la capital del exilo”, según insiste, y yo que respondo a las suyas con otras verdades, a lo mejor un poco más cabrón que de costumbre por tanto cortejo reiterado.  Aterrizaje en el Charles de Gaulle y desde lejos Andresito Escobar, corresponsal de PL en Francia, levanta una de sus manos enguantadas en señal de saludo con cara de ermitaño desvelado y el colega de Liberation se esfuma, como antes había hecho el empresario francés. Fue un viaje raro, de imprevistos, y recorriéndolo desde este inmundo 2020 tengo la certeza de que nunca podré descifrar las causas reales de tantas coincidencias, cuando hasta faltó muy poco para que perdiéramos el único vuelo de la semana (ya estaba sin plata), porque nuestro inexperto taxista (había invitado al cuñado para que le indicara cómo llegar al aeropuerto ¿?)  se quedó sin gasolina en medio del camino; por suerte otro más atolondrado que apareció de la nada nos llevó hasta la terminal tras entrar en la selva para llevarle pescado fresco a su familia. Nada, que son cosas que pasan y no se olvidan.




La imparable peste china

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

De pronto, aparecieron los coronavirus que parecían llovernos encima, como si algunos dioses chinos quisieran castigar a los occidentales. Empezó a llover y a llover y mientras las calles de todas las ciudades del mundo se inundaban sin remisión de esos bichos extraños que nadie ha visto, los virólogos seguían atentamente el curso de la pandemia que desde hacía ocho meses engullía miles de personas a diario.El primero en darse cuenta de que algo anormal estaba sucediendo fue un virólogo de poca monta, al que apenas si le habían hecho caso desde que apareciera en Occidente el coronavirus, directamente llegado de la ciudad china de Wuhan.Aquel ente tuvo desde los primeros momentos un efecto devastador. Lo que algún especialista español consideraba como algo muy pasajero y mil veces menos peligroso que una vulgar gripe, se había convertido rápidamente en una pandemia atroz. Hospitales llenos, médicos, enfermeras y cualquier ayuda sanitaria desbordados. Era una catástrofe que se había instalado para durar.Nadie sabía de remedios. Solo que los observadores empezaron a odiar aquel rostro impenetrable y altivo, el de Xi Jinping, jefe supremo de China que ni siquiera se había molestado en excusarse ante el mundo por aquel virus que se había “escapado” de sus tierras.En el séptimo y octavo mes, el presidente de Estados Unidos, que hasta entonces había estado muy calladito, mirando de reojo a las bolsas, porque estaba claro que podía perder su combate más feroz contra China, que, según especialistas occidentales, estaba dispuesto a tragarse a Occidente fuera como fuese, montó en cólera y dijo en Naciones Unidas que había que pedir responsabilidades a China. Silencio de todos los demás países, demasiado asustados y ocupados. Y finalmente demasiado acobardados.

Porque la pandemia no era únicamente un hecho sanitario. Estaba arruinando todas las economías del mundo. El paro en los países más débiles, como España, adquirió tremendas proporciones y al octavo mes las colas delante de las organizaciones caritativas que repartían alimentos era espantosa.Entonces fue cuando la Casa Blanca dio la alerta. El presidente Trump había tenido que ser trasladado de urgencia al más prestigioso hospital militar de los Estados Unidos, víctima del coronavirus. No había que ser muy supersticioso para fijarse en la “casualidad” de que su hospitalización se produjera poco después de que el presidente de Estados Unidos se dirigiera a China pidiendo venganza…Fue entonces cuando muchos recordaron aquella película norteamericana, “Vinieron las lluvias”, (The Raims Came, 1939), en la que la India es asolada por inundaciones catastróficas. Entonces, pero era película claro, llega Rama, un indio que ha estudiado medicina en los Estados Unidos y se dedica cuerpo y alma a sacar a su país de aquella situación. El indio es Tyrone Powers lo que daba más esperanza al pobre espectador que veía desfilar en la pantalla aquellas imágenes catastróficas. Y la heroína, nada menos que Mirna Loy.

Pero nosotros no tenemos lluvia ni Tyrone Powers que acudan a salvarnos saltando por una pantalla de Hollywood.Un periodista alemán, Kai Strittmatter, que ha pasado catorce años observando la vida de China in situ, sacó hace pocos meses un magnífico libro “Dictadura 2.0. Cuando China vigila a su pueblo (y mañana al mundo)”. Curiosamente este libro ha sido editado con cierto bombo por una de las editoriales más poderosas de Francia, Tallandier, pero en España por ejemplo no he encontrado la menor traza. ¿Será que ha habido intervenciones siniestras para impedir su difusión? Porque el alemán se muestra muy categórico apoyándose en sus propias observaciones.

Les ofrezco lo que escribí hace unas semanas cuando el libro salió de la editorial. Hace tiempo que el mito de la China de Mao Tse Tung, la China aislada del mundo, la que conquistó el universo con un librito rojo, se ha acabado. Ahora manda Xi Jinping, un antiguo ingeniero químico que no tiene más objetivo que la conquista del mundo por su país, de donde casualmente vino el coronavirus que ha arruinado a Occidente.

“Xi –dice el autor—se ha dedicado a destruir los gérmenes de sociedad civil que habían hecho que China fuese más viva durante los años anteriores. Le ha callado la boca a Internet al mismo tiempo que a una prensa que se movía más de la cuenta… Xi ha dictado leyes draconianas para tapar la boca a aquellos que habían intentado utilizar los textos de ley china para proteger a los ciudadanos contra el Estado…”Dice el autor del libro que el objetivo del nuevo año es callar a la gente. Que no hable más que él (Xi Kimping) y que no se haga más que lo que él mande. Su objetivo: obediencia total … Los abogados defensores de los derechos humanos han sido las víctimas preferidas… La detención en masa de abogados (chinos) en 2024 han sido acompañadas de la mayor campaña de denigramiento mediático de la historia reciente”.

“Hace tiempo que China se encuentra, detrás de los Estados Unidos, como segundo a la hora de los gastos de desarrollo e investigación… Ningún país puede rivalizar con las ventajas que presenta China. La gente (se supone que los chinos) efectúan cincuenta veces más pagos con sus teléfonos portátiles que en Estados Unidos”. Y Xi Jinping no tienes pelillos en la lengua. En 2018 lo había dejado bien claro: “La profundidad de la reforma y del desarrollo del Instituto Confucius deben concentrarse en la construcción de una nación cultural socialista fuerte de obediencia china”.Hay una parte importante que el autor dedica a la importancia del cine. Es sabido que los Estados Unidos tienen en sus contratos comerciales la cinematografía como artículo esencial, indispensable para cualquier negociación con el extranjero. Aparentemente eso no se le ha escapado al líder.

“Lo más visible –afirma el autor—son las inversiones realizadas en Hollywood donde se cuenta una oleada de coproducciones con China pero igualmente frenéticas compras por parte de los jefes de empresas chinas, en particular le Dalian Wanda Group. No solamente adquirió en 2012 AMC, la mayor cadena de difusión en salas de cine de los Estados Unidos y cuatro años más tarde Legendery Entertainnment, el estudio de Hollywood que ha producido entre otras las series “Batman” y “Jurassic Park”… El PCC quiere que su industria cinematográfica deslumbre en Occidente para tener algo que oponer al soft power hollywoodense. Y el objetivo es conseguir que China sea de aquí a 2035 “una gran potencia cinematográfica mundial, al mismo nivel que Estados Unidos”.

(Está demostrado y más que probado que el país que sabe manejar la imagen, cine o tv, tiene una gran ventaja en todos los niveles. Es la mejor manera de vehicular publicidad. EEUU lo demostró cuando rodó “Casablanca” (1942), que le ganó más partidarios a la causa contra Hitler y en realidad contra todo lo que no fuera pronorteamericano que cualquier otra alta operación diplomática).

“Por encima de él no hay más que el cielo: Xi Jinping concentra hoy día un poder más importante que el mismísimo Mao. En el interior del país, China está convirtiéndose en un estado de vigilancia numérica perfecta. Las tecnologías más modernas, en particular la inteligencia artificial, propulsan la economía china hacia el futuro. Recogen, unen y explotan en gigantescos bancos de datos cada paso y cada pensamiento de más de mil millones de ciudadanos y de todos los visitantes. ¿El objetivo? El control total del Partido (Comunista Chino) sobre todo y todos. Como ejemplo está el llamado “crédito social”, un sistema inédito fundado en los puntos que da la llamada oficina de fiabilidad. De este modo emerge una China nueva, desafío directo para nuestras democracias que importan masivamente sus tecnologías”.

Ese alarde de aparatos capaces de controlar todo lo que ocurre en China en cualquier minuto, afirma el autor del libro, está destinado a engañar a los chinos y meterles en la cabeza solo lo que el líder quiere y nada más. Está dispuesto a gobernar por la mentira y con la mentira.

El líder chino tiene 67 años, un hombre joven, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de sus principales enemigos, los presidentes de Estados Unidos, suelen ser mayores y mal preparados para cumplir un objetivo como el que Xi Jinping se propone: la conquista del mundo, que ya ha empezado con manejos en las bolsas del mundo que ha preocupado mucho en Wall Street.

Mao, el líder comunista más hábil del mundo, un perfecto embustero, además, le dejó en herencia un pueblo de esclavos, que el viejo comunista amaestró de las formas más viles que supo. La famosa Revolución cultural, que fue una forma espantosa de deshumanizar a la gente, empleando métodos de los más humillantes que pueda verse, fue su triunfo. Seguramente porque los chinos, o eso cabría pensar, están hechos de otra pasta. Y el que ayer era el adorado profesor emérito en Cosmología se convertía en la Revolución Cultural en un burro de lo que dejaba constancia el cartelón que le obligaban a pasear día y noche, hasta que les diese la gana, los guardias rojos y otros verdugos a las órdenes del viejo y perverso Mao, el mismo que hizo creer a todo su país, caído en hinojos, que había atravesado a nado el dificultoso rio Yantseng.

Este pueblo acostumbrado a la bala en la cabeza que luego pagará debidamente certificado la familia del condenado, es el que aparentemente quiere utilizar el nuevo Líder con cara de hombre moderno y que parece eternamente vestido por Armani, para conquistar el mundo.El coronavirus que está destruyendo las vidas y las haciendas del mundo occidental salió, no se sabe cómo, de China, eso es indiscutible. Pues el camarada Jimping no ha tenido ni siquiera la delicadeza de presentar excusas. También es cierto que Donald Trump, que al principio parecía a pelear, se calló y no ha pedido más explicaciones sobre el bicho. ¿Se escapó de un mercado, versión oficial, o de un laboratorio militar, versión popular?Li- Meng Ya, viróloga china refugiada y escondida en Estados Unidas, declaró recientemente que el coronavirus había salido de un laboratorio de Wukan, ciudad que las tropas chinas vigilan y controlan estrechamente.Yo diría que lo que dice el periodista alemán se está verificando, pero en Occidente estamos demasiado ocupados con la pandemia como para entrar en un análisis más profundo.

 




Todos Céline

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“El alma es la vanidad y el placer del cuerpo mientras todo va bien pero es también las ganas de salirse del cuerpo cuando está enfermo o que las cosas van mal”. Así escribía Louis Ferdinand Céline, el más despiadado escritor francés, que estuvo a punto de ser fusilado por los franceses que le acusaban de haber colaborado con los alemanes cuando Francia estaba ocupada por las tropas de Hitler. Era Céline un gran escritor, quizá el más profundo que se hayan conocido en las letras francesas, aunque las rabias, las envidias, lo hundieron en la locura y entonces hablaba del alma como vanidad, mientras curaba a algunos enfermos que le quedaban en lo alto de Montmartre, porque también era un gran médico.Todos hemos querido ser Céline alguna vez, bueno todos los que le conocieron por sus escritos que nadie pudo igualar. Estaba loco, decían los unos, es un traidor apostillaban los otros. Loco sin todos los remedios que nos ofrece la farmacopea del siglo XXI, destinados a volvernos pasivos dementes, como aquellos corderitos amaestrados con los que la Reina María Antonieta jugaba a la pastora en una granja que le habían fabricado en Versalles. Eso era antes, claro, pero nunca se sabe hasta dónde va el desconocimiento, de que los revolucionarios de 1789 le cortasen su dulce cuello en la guillotina. Todos locos pero sin Prozac que llevarse a la boca. Las dos mujeres que ya llevan dos o tres años en mi salón paseando por una playa de arena ideal, con la autorización del pintor Sorolla, otro loco de la vida, porque nadie pasea por la arena con vestidos de seda, sombreros que se lleva el viento y ganas de hacer el amor allí mismo en la arena antes que de que llegue la marea. Orfidal, Zolpidan, Diazepan. Estilnox son nombre que permiten vivir a los locos que andamos sueltos, porque ya no hay manicomios. Es una forma de seguir viviendo sin provocar escándalos, locuras. Otros no los toman y degüellan a sus hijos, a sus mujeres. Mujeres que apuñalan al varón que les dio placer pero que ya no les gusta porque no tiene imaginación.

Un día en que mi locura estaba estable después del cóctel de pastillitas de la mañana quise ir a la playa que tengo a doscientos metros. Pensé que podría buscar a las dos mujeres vestidas de seda, como cuando Proust las perseguía con su fama de homosexual y sus magdalenas que solo tomaba con té, en la cama, y si mamá se las traía. Siempre pensé que estaba enamorado de su madre, como todos los hijos que no nacen homosexuales. El amor tiene que culminar y las madres saben. Una amiga me contó con cierto apuro de culpabilidad que su hijo tenía siete años y que le exigía mamar a todas horas. Pero le brillaban los ojos de placer cuando el niño chupaba con una técnica perfecta. Me gustaría vivir dentro de un cuadro, metidos entre las muselinas de las mujeres de Sorolla o en las bragas amplias y acogedoras de la joven de la perla que miraba a su pintor y amo, Vermeer, con ojos de enamorada. Vivían en talleres de madera construidos en las casa de muñeca que todavía existen en Amsterdam, por encima del canal donde no creo que nadie se suicidara arrojándose al agua. Vivir protegido entre los pintores flamencos, en medio de las faldas de las modelos que no tenían mucho reparo para ceder a la tentación de hacer el amor, en el silencio del estudio. Y luego, nueve meses después, parir con el orgullo marcado en la frente.

No me gustaría esconderme en un cuadro de Van Gogh porque estoy seguro de que terminaría como él, loco de pasión, loco de soledad, loco de locura, de esa locura que nada más que da la indiferencia. Claro, no le querían porque no conocían sus cuadros, los que atesoraba inmediatamente terminados su hermano Theo en París. Imagino la locura de las mujeres por aquel hombre que pintaba y pintaba sin decir nada ni reclamar más que la pensión que su hermano le mandaba todos los meses de París, porque si hubiese tenido que vivir de la venta de sus telas, Van Gogh no hubiese existido como pintor, quizá como paria, como loco en una institución caritativa.Muchas veces me he sentado con él en una mesa del café amarillo, en Arles, en el sur risueño de Francia. Y hemos bebido juntos, mucho y fuerte. Pero nunca hemos hablado. Van Gogh hablaba un francés que solo le valía para intentar conquistar mujeres. Padre nuestro que estás en los cielos… Cuántas veces debió rezarlo, acurrucado en un rincón del pueblecito de Auvers sur Oise, cerca de París, que hoy vive no de sus cuadros sino de su recuerdo. Se visita su cuarto de austeridad monacal, los cafés que celebró en sus pinturas, el lugar donde se pegó el tiro de gracia, con una pistola tan vieja que debió ser como el descabello de un toro. Le costó trabajo morir. Y morir solo que es lo peor.