Cuba y lo que toca, aunque no queramos
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Ya lo dijo quien lo dijo, “la vida es un tango”, y machacando con ese decir clavado en las entrañas aunque no seamos argentinos, se nos van los años. Digo esto porque le ronca vivir entre carencias muchas cada día; con el nuevo coronavirus golpeando, 10 meses después de que comenzara a desplegarse desde China; con el mayor reajuste monetario en 60 años a la vista y las muchísimas dudas que despierta esa perspectiva en cuanto a si los ingresos alcanzarán para hacer frente a nuestra cara cotidianidad; y arriba de todo eso y mucho más, estar pendientes, se quiera o no, de unas elecciones en las que no tenemos ni voz ni voto y que, sin embargo, marcarán el destino de buena parte de los mortales del planeta y muy en especial de quienes vivimos en Cuba. Claro que no he descubierto nada nuevo, porque esto es así desde que el vecino norteño devino imperio a 45 minutos de vuelo de la isla, pero coño jode mucho constatar que junto con todos nuestros infortunios, la suerte esté ligada al devenir electoral ajeno.

El viernes pasado tomé una decisión que creí sabia: abstraerme de la avalancha de encuestas, pronósticos, tonterías y disparates que cada hora nos llega desde allá; nada puedo hacer para evitar lo que está por ocurrir, ¡que salga el Sol por donde salga !. Y ya ven, hoy vuelvo a escribir de este tema maldito. Cada lunes Vivian y yo lo iniciamos de la misma forma, haciendo Tai Chi en un parque cercano –cuando apretó la epidemia lo hacíamos en el patio de la casa-, y hasta el parque Kohly, antes de comenzar el calentamiento, llegaron los comicios en comentarios de esto y aquello. Aseguro que entre sistema y sistema, teniendo como remate la relajante Forma Ocho, logré el equilibrio que buscaba, y al regresar a casa el Messenger de una de mis hijas, contándome cómo había ido su fin de semana, terminó con la alusión a los 30 minutos de cola que hizo para votar en anticipo, y el asunto de marras volvió a atraparme.

No tenemos derecho a decidir -aunque Marx Twain decía que “si los votos cambiaran algo, no nos dejarían votar”-, y aun sin derecho al sufragio padeceremos los resultados, vaya que no es justo, porque además hay otro dilema, no votamos, sufrimos lo que acontezca y para colmo la realidad de aquí, es también tema de campaña allá.  Es injusto, pero ocurre que el mundo en que nos ha tocado vivir –igual que el anterior y quizá hasta el que está por venir-  nunca ha sido justo. Ante tal realidad, solo queda o meter la cabeza en un hueco o sumarnos a los piantao, piantao, piantao de Piazzolla o tratar de encaramarnos en la ola o, al menos en mi caso – no estoy haciendo invitación alguna- , esperar a que ocurra lo que tenga que ocurrir, echando pa´lante aquí con la vida en la que creo, pese a ser demasiados los entuertos. Y mientras las cosas van y vienen trataré de retornar a la decisión del viernes, que sigue siendo sabia.