Angustia
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El corazón parece que se me va a partir a ratos. Consulto y una señora en bata blanca y rojo en los labios trata de tranquilizarme: No es nada… No es nada… Cuando era un niño pequeño sentía ese dolor pero pasaba pronto y se convertía en dicha porque unas manos de mujer acercaban mi cara a sus pechos y olías el infinito. La sensación era tan placentera, tan tranquilizadora, que ya entonces desde mis nueve años imaginaba que estábamos haciendo el amor…Había oído hablar tanto de algo que no conocía… Me daban envidia los bebes que resolvían todas sus angustias agarrándose al pezón generoso de la mamá, que parecía gozar tanto como él. Y sobre todo los gritos felices de alguna pareja que llegaban hasta mi habitación.Hoy han pasado muchos años pero las imágenes son tenaces. Qué envidia cuando una señora pide permiso para amamantar a su hijo. En una consulta, en un auto. En cualquier lugar. Envidio al bebé y me viene la angustia. Es como si me arrancaran el corazón, como si el aire que estaba respirando hubiese sido desviado.A veces basta una mirada cómplice, de una mujer, claro, que ha notado por la angustia que estaba pasando y que sonríe y entorna los ojos. Entonces respiro hondo y la miro para agradecerle. Es como si me hubiese hecho la respiración artificial. Un médico ya mayor, con experiencia en angustias, me ha dado unas pastillas. Saben a rayos. En la caja he escrito Angustias. Y, como en otras ocasiones, ahora voy a tomarla. Me dejará tranquilo por un rato. Ese hombre debe de tener un máster en angustias. La angustia, mi angustia, sabe a pérdida, a falta de algo que sería urgente poder inyectarse, un beso dado con cierta compasión, o quizá simplemente con pasión. Uno por lo menos tres veces por día. Más si las crisis persisten.

Aquel cantante, de cuando los boleros rodaban por las radios hasta los oídos de los necesitados, decía así:

Angustia de no tenerte aquí

Angustia de no besarte más

Nostalgia de no escuchar tu voz

Pero ya no está ni el bolero salvador, que a veces, en casos graves, provocaba más angustia que ninguna música era capaz de remediar.