La vida en alpargatas
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He llegado a un viraje de mi puñetera vida, y sobre todo en mi cursus mental, en que he comprendido que hay que renunciar al héroe que hemos venerado toda la vida para comprometernos con alguien que haya sufrido de verdad los inconvenientes de todas las cosas.Y me refiero a Ernest Hemingway, que es mi héroe desde que aprendí a leer y comprendí el cuádruple sentido de las palabras. Y entonces me eché a temblar pero no sabía cómo salir del círculo maldito entre el héroe, el amigo y la heroicidad.Hasta que después de muchos años, cuarenta quizá, el nombre de Ferdinand Céline volvió a mis entendederas.

Céline le hojeé e intenté leerlo en Francia, pero gozaba de la malísima reputación que le dieron los ganadores de la II Guerra Mundial, cuando en 1945 quisieron casi fusilarlo, por traidor. Es cierto que el Doctor Ferdinand Céline tenía algunas ideas que tropezaban, se daban de bruces con el catecismo que reinó largo tiempo en Francia cuando por fin la Segunda División del General Leclerc entró en París a empujones casi, con Hemingway adelantándose para emborracharse en el Hotel Ritz, el 25 de agosto de 1944 y despedir con cajas destempladas a los alemanes que todavía resistían, aunque lo más importantes de las tropas del III Reich de Adolf Hitler ya habían tomado el camino de vuelta a Berlin. Se ha dicho mil veces, pero hay que repetirlo. Leclerc consiguió esa hazaña porque los que ocuparon vergonzosamente París durante un tiempo, pongamos una cortinilla, mandando, fusilando, apoderándose de las más bellas mujeres de la capital, para eso habían montado un cabaret, un puterío más bien, que fue célebre en las memorias por mucho tiempo, el One Two Two, salieron corriendo.Pero si Leclerc consiguió esta pequeña hazaña porque ya los germanos se habían hartado de París, también fue gracias a una pandilla de anarquistas españoles o algo parecido que desarrapados y a lomo de tanques querían comerse a todo el Ejército Alemán en retirada. Mientras tanto, a ver esa moviola, mi querido y admirado Hemingway había aparecido en 1914 en la Place de la Concorde de París para, dijo con el eufemismo y la desvergüenza de sus pocos años “ver una guerra”.Y acto seguido tomo rumbo a italia con sus buenas botas de cuero para el frio y los bolsillos repletos de travellers cheques y jugó al soldadito conduciendo una ambulancia que le habían dejado unos locos, porque la guerra, ya se sabe, es una locura perpetua.Incluso le hirieron, y entonces nació la leyenda de que un trozo de metralla le había dejado sin el aparato reproductor y eventualmente dador de buenos momentos a las damas.Mientras tanto, mi Céline también había tomado el camino de la guerra, solo que en alpargatas y quizá a ratos sin ellas, porque los tiempos del imperio francés estaban muy lejos y aquello era una catástrofe.Y en lugar de meterse en un hospital y tener un idilio con una morena norteamericana de la mejor familia del Este, como dice Hemingway que le ocurrió a su héroe, el pobrecito Céline se limitó a pensar que “la guerra en realidad es algo que no comprendemos”.

Puede decirse sin asco que su Voyage au bout de la nuit (Viaje al fondo de la noche) es una de las novelas (quizá ni siquiera es una novela, un método para no vivir…) más fabulosas que se han escrito desde que Gutemberg inventó la imprenta.Porque Céline no era un señorito. Era un cabrón de anarquista o algo que se le asemejaba mucho al que todo le parecía mal y combatía la imbecilidad, y así le fue, ya que terminó su vida en una casa de mala muerte de las afueras de París, como médico, y dicen que un excelente médico, que no visitaban más que los pobres, porque ya había sido señalado con el sello de traidor o por lo menos de poco patriota.Céline era más que un anarquista corriente. Era un rebelde con muchas causas. Decía lo que quería y cuando le daba la gana, lo cual en aquella Francia de perdedores, solo el general De Gaulle salvó su alma y porque se largó a Londres desde donde mantenía el halo de patriotismo que quedaba en Francia a través de filípicas en la radio con esa voz suya que hubiera podido llevarle a lo más alto de los teatros mundiales.

Mientras Hemingway, señorito en la guerra, hacía manitas con su exquisita enfermera, a Céline ya para entonces le habían herido en el frente, en una carretera o en cualquier bar. Y fue a parar a un hospital, repleto hasta el gallinero, porque los franceses no tenían el encanto de la puesta en escena que tanto le gustaba a mi amigo Hemingway.Céline las pasó canutas, cuenta en su Viaje extravagante y extraordinario (a leer únicamente en francés o sino en una muy cuidada traducción).Relata el charlatán de la eternidad que los heridos o los que parecían estarlos –la debacle del ejército francés fue bastante histórica, y hablamos de la I Guerra Mundial, porque luego vendría la II—se amontonaban en salas donde había menos sitio que en el metro a la hora de la entrada a las fábricas.Pero él, el novelista, el médico, el desarrapado de la confusión y de la mala suerte, quería brillar, tener también una enfermera perfumada y bella que le contara los cuentos de las Mil y una noches en versión turca. Y no lo conseguía.

“Brandedore, mi compañero de habitación—cuenta—cuya imaginación iba con retraso con relación a la mía… se empeñó en pasar por un héroe y todos los días se inventaba nuevas historias guerreras. Era increíble, inventaba e inventaba y no había quien le parara cuando empezaba a contar historias heroicas que eran puro delirio”.Qué quieren ustedes que les diga. A Céline hay que leerlo del mismo modo que en otros tiempos se pasaba por imbécil con retraso mental evidente si usted no había leído a Proust, que no contaba batallitas pero que también tiene lo suyo, sin llegar a inventar la lengua que Céline manejaba como le daba la gana, sin hacer la menor concesión, contando siempre lo peor que atravesaba por su vida con palabras sacadas de unas alforjas de mal humor que olían a mierda.

Céline no tiene piedad del lector de Hemingway, al que atosiga, envuelve en la mierda de su propia existencia y ni siquiera se limpia. Les cito un trocito de página de Voyage au bout de la nuit, para que comprueben que no miento. Es la página 432 y un poquito d la 433 en la edición Folio.“Le hablé de una niñita a la que había atendido cuando todavía era estudiante (en Medicina) y que falleció de meningitis. Su agonía duró tres semanas y su madre, que estaba con ella en una camita al lado, sin querer separarse de ella, no podía dormir debido a la pena. Entonces la madre se masturbaba constantemente, no podía pararse, y nos fue imposible pararla incluso cuando la niña murió. Esto prueba que no se puede existir sin placer ni un segundo y que es muy difícil tener pena. Así son las cosas”.

Unos pensarán que era tremendismo. Yo pienso que era surrealismo puro. Veía y contaba con toda la crudeza que merecía el momento.Céline fue un monstruo de la literatura, que no alcanzó un Premio Nobel seguramente porque su pasado político lo impedía, sobre todo en una época en que en Europa la pérdida de una batalla era como dejarse en camino un ojo.Pese a todo Céline sobrevivió a sí mismo y sus libros, en miles de ediciones, desde esta, Folio, en la que yo lo leo y que es la más barata, hasta en las colecciones más elegantes e incluso lujosas. Y en la más prestigiosa de Francia, La Pléiade, que es la consagración máxima, el panteón de cualquiera que escriba.El médico de los pobres, el escritor de la verdad. Pongan el adjetivo que quieran y tendrán razón.Céline fue el único héroe real, auténtico, sin maquillaje que andaba en su cabeza con   las alpargatas del que no tiene nada y no reclama más que un poco de justicia.