Cuba, periodismo y un viaje extraño

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

No sé muy bien por qué, quizá porque soy parte de un país siempre en riesgo en un año en el que las amenazas mandan, pero hoy me vino a la cabeza que en este oficio que practico desde hace demasiado tiempo los imprevistos y los riesgos siempre acechan.  No debería estar pensando en esto en tiempos de pandemia y ansiedad generalizada en Cuba, sin embargo, los recuerdos me halan hasta aquel viaje extraño y espero que mi editor lo entienda. Larga espera dentro de un avión en Argel por huelga en la terminal de París; cambio de ruta sobre la marcha a cargo de un colega que desertó de PRENSA LATINA poco después de trazarme el nuevo itinerario; en tren hasta Bruselas y corriendo para alcanzar la aeronave de Sabena, con la lengua afuera me acomodo y se sienta a mi lado un señor que dice ser francés y empresario en madera, con dominio perfecto del español, quien para colmo de coincidencias asegura haber hecho negocios en Cuba; escala en Costa de Marfil e incorporación de unos empleados del francés con caras retorcidas, según me los presenta; cambio de tema de conversación  (hablamos de democracia y libertades) ; llegada a Liberia, desaparición del francés y los suyos; asociación con un viejo colega de Le Monde y otro joven de Liberation; alojamiento en el hotel, cobertura de una reunión de la  Organización de la Unidad Africana (OUA) y en ese lapso el francés-empresario que reaparece para saludarme y vuelve a desaparecer.

Terminada la reunión de la OUA, hablábamos una noche en la habitación del reportero de Le Monde sobre cómo organizar la retirada cuando sonó el teléfono y se disparó la alarma.  -Me acaban de avisar que hay una reunión de líderes opositores, ¡vamos a ver qué pasa !- dijo el más experimentado, el de Liberation cogió su mochila  y yo rompí el encanto: “¡No voy!”.  Algo me sonaba raro, era el primer cubano que lograba entrar a ese país donde la policía viste como los sheriff de Estados Unidos, con colt 45 incluida al cinto, el anterior fue retenido y deportado. Turbación en mis colegas. -¿Pero qué clase de periodista es usted?-  preguntó el de Liberation y me dio por responder: “Uno muy devoto, yo me quedo leyendo la Biblia (había una en cada habitación) y ustedes me cuentan”. No venía al caso informarles que la situación interna en Liberia no era prioridad para PL. Dos de la mañana, regresan los colegas exaltados. –Lo que se perdió, llegó la policía cargó con nosotros y el Embajador de Francia tuvo que sacarnos- narró el de Le Monde y sonreí. Recordé entonces al amable empresario francés, el hecho cierto de que en ese país la represión era despiadada, al menos en la década de los 70, que además no había embajada cubana (lo supe en París), y llegué a preguntarme si el embajador francés habría tenido la benevolencia de interceder a mi favor, cuando por aquellos tiempos los cubanos en viaje de trabajo por el mundo solíamos ser clasificados como promotores de revoluciones truculentas o espías de Castro. Antes de salir de Argel había establecido con Vivian Núñez, esposa y colega, un sistema de llamadas telefónicas por si las moscas; algo tan extraño como aquel viaje, digamos que cierto instinto sugería en susurro casi melodioso mantener la chispa encendida.

Regreso a Paris y en el trayecto, sentado a mi lado, el de Liberation que busca convencerme de las ventajas de su modo de vida y las facilidades que brinda “la capital del exilo”, según insiste, y yo que respondo a las suyas con otras verdades, a lo mejor un poco más cabrón que de costumbre por tanto cortejo reiterado.  Aterrizaje en el Charles de Gaulle y desde lejos Andresito Escobar, corresponsal de PL en Francia, levanta una de sus manos enguantadas en señal de saludo con cara de ermitaño desvelado y el colega de Liberation se esfuma, como antes había hecho el empresario francés. Fue un viaje raro, de imprevistos, y recorriéndolo desde este inmundo 2020 tengo la certeza de que nunca podré descifrar las causas reales de tantas coincidencias, cuando hasta faltó muy poco para que perdiéramos el único vuelo de la semana (ya estaba sin plata), porque nuestro inexperto taxista (había invitado al cuñado para que le indicara cómo llegar al aeropuerto ¿?)  se quedó sin gasolina en medio del camino; por suerte otro más atolondrado que apareció de la nada nos llevó hasta la terminal tras entrar en la selva para llevarle pescado fresco a su familia. Nada, que son cosas que pasan y no se olvidan.