La niña de Victor Hugo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me ha entregado un paquete feo y absurdo, nada que ver con los que mandan las grandes marcas del glamour, y entonces me he fijado en ella. Había subido en el ascensor siete pisos para que la entrega fuese en mano propia, como le exigen los mandamientos de los desgraciados que la explotan. Porque la esclavitud sigue existiendo. No tendrá más de dieciocho años y me ha recordado a Fantine, la heroína de Victor Hugo. Hoy que hay música en la calle pese al siniestro coronavirus ella debería estar coreando o bailando No he podido agradecerle ni con un kopek porque no lo tenía. Pero ella ha seguido sonriendo desde sus ojos negros de carbón en espera de que yo registrase los cajones de mi mesa. Y me ha dedicado otra sonrisa más confiada cuando le he pedido que me perdonase. Me sentí como el viejo de Hemingway que por una vez que cree que la suerte le ha sonreído se da cuenta de que no es más que un fracaso más. Le he preguntado por su trabajo. Está satisfecha, me asegura desde el fondo de su antifaz obligatorio en esta época de pandemia pero que a ella le da pinta de salir de una crónica de Ali Baba y los 40 ladrones. La verdad es que sus ojos relucientes de vida no parecían tan felices. Me dio la impresión de estar medio vencida por su paquete de pocos gramos que conservaba en su mano pequeña. Cuando me he acordado de Fantine, la chiquilla de su edad a la que en “Los miserables” un señorito deja embarazada, no me he atrevido a decírselo. Tendría seguramente otros paquetes que entregar a otros imbéciles sin propina.Cuando la he vista tan modosita, tan bonita en su ropa de no-puedo-comprarme-otra-cosa, me he acordado de Victor Hugo. Creo que al viejo revolucionario le hubiese gustado esta nueva Fantine de Los Miserables.

Pero ya no hay revolución en el mundo de la Europa podrida por las ambiciones, los trucos políticos de derecha, izquierda y del medio y quienes los emplean como malabaristas salidos de una escuela infierno del circo.No conocí a Fantine porque ya Victor Hugo se había marchado en un homenaje nacional pero en aquellos años sesenta (del siglo pasado, dicen los imbéciles) pero sí a muchas muchachas que trabajaban en fábricas; eran momentos difíciles, y se vestían en los Monoprix, tiendas donde había de todo barato y que yo adoraba. Cuando escribió su libro, el genio francés sabía que el país estaba lleno de chiquillas como su heroína que buscan la felicidad dentro de una clase media que no se alza. Y no obstante conseguían ser “les plus belles pour aller danser” (las más guapas para ir al baile) como cantaba Sylvie Vartan, que había llegado a París desde Bulgaria, un país que en aquellos tiempos era relamido por la miseria pese a que el comunismo quisiera decir otra cosa.

Los vestidos de popelina, nada de sedas, eso era para el distrito dieciséis de París donde las muchachas tenían padres ricos y vidas pobres, danzaban en las fiestas populares como la del 14 de Julio, gloria a la Revolución de 1789, o te las encontrabas en un guateque de aquellos que se organizaban en pisos de unos u otros. La Fantine de mi paquete hubiese podido estar en unos de esos bailes con discos de 45 y 33 rpm que alguien se encargaba de cambiar mientras los demás bailaban. Te bebías medio guisqui (entonces whisky) de los más baratos que podía ofrecerte el pirata de la tienda del árabe y creías que eras el amo del mundo.

Me acordé mucho de esos whiskys cuando por fin un día, al lado de la avenida George V fui a entrevistar a alguien que pidió dos “güisquis”. Los vasos salían de Italia, lo averigüé por el camarero al que le di mis últimos 10 francos del mes, y habían sido fabricados en una isla de Venecia. No había imaginado nunca que ese licor pudiese saber diferente según el vaso en que lo bebieras. El del bar todo recubierto de maravillosas planchas de madera que olían a montes ignorados, procedía de Murano, donde los obreros se dejaban los pulmones para convertir un cacho de cristal en un vaso que luego contendría güisqui y felicidad.

La muchacha de esta mañana que me trajo el paquete no habrá oído probablemente hablar nunca de ese lugar llamado Murano, donde los obreros escupen cachos de pulmón soplando por un tubo. Fantine tampoco supo cómo su abuelo robó los cálices y otros instrumentos de plata de la iglesia cuando se escapó del penal al que los malos le habían condenado. La vida está hecha de eso, de lo que se sabe y se ignora. Por eso Fantine quedó embarazada, porque ignoraba que el placer de los pobres empieza por un sacrificio que nadie esperaba. Porque amar no es solo eso. Es comprometerse. Es concebir, una niña que luego, tal vez, se llamará también Fantine. Y que subirá siete pisos, gracias ascensor, para entregar un paquete imbécil por un puñado de gracias. Porque el imbécil no tiene suelto para agradecerle el empeño.