Una copa de  vino
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

“Una buena copa de vino lo arregla todo”, dice con la ampulosidad de los imbéciles un personaje de un telefilme austriaco. Me dan ganas de estrellar algo en la pantalla o de pedir la dirección del actor para buscarme un sicario que lo mate de un tiro en el corazón.¡Una copa de vino! Hay que ser un imbécil, no creer en Jesús, que se sacaba el vino de la manga, para decir semejante chiquillada.En treinta o cuarenta años he tomado tantas copas de vino bueno, malo y peleón, desde el más melindroso al que los borrachos suelen tomar en París, donde los compras en cajas de seis con tapones de aluminio para no necesitar un sacacorchos. Porque los medicamentos cuanto antes se ingieran mejor.Deberían de haberme ya cambiado el hígado por lo menos tres veces con todo lo que me he metido en el cuerpo en todos estos años. Pero hay un diablillo que juega al dios borrachín y que protege a los que tomamos como prescripción médica. Ese diablillo nos mantiene vivos para que podamos sufrir más y más y más, a veces una vez por copa. Y prohíbe que nos suicidemos, nos hace cobardes ante la muerte que más de una vez deseas. Hasta el final de los tiempos eso es lo que habrá en el menú de tu alegría. Cuando has terminado una botella te dices que ya el ataque no tardará y todo se irá al carajo. Morir es difícil, mucho, cuando bebes con la intención de no seguir padeciendo, de no tener que añadir a las botellas esas pastillitas que a veces te tranquilizan, otras te ponen al borde de la desesperación y hasta te hacen morir. Pero todo está calculado por ese diablillo de dios menor. Te deja dormir para que al día siguiente tengas fuerzas para seguir la partida, que a él le entusiasma, porque le divierte el sufrimiento verdadero.

Pero ahora, con cincuenta años de remordimientos, de incertidumbre, de miedos, de pánicos, de angustias, de esperanza, que es lo peor, lo más pernicioso esa esperanza que te hace pensar que con pegar una patadita en el fondo de la piscina volverás a la superficie. Nadie lo consigue. Además, te llena el maldito geniecillo de nuevas responsabilidades, con lo cual desaparecer es todo un dilema. Tienes otros hijos que atender, no era ella sola, la que se mató en una carretera. Y te echa lo más que puede todas las responsabilidades sobre hombros que no están acostumbrados a aguantar tanto peso de remordimientos.

Pero como tienes ese maldito oficio de escribir, no te faltan ocasiones para recordar, para sacar a flote y contarlo todo lo que has vivido. Y todo no ha sido maravilloso. Al contrario, has pasado lo tuyo pero el deseo de contarlo a otros, de reflejarlo en una página te hace imprudente, porque en el fondo estás orgulloso de todos esos dramas, porque si no qué le contarías a la gente que piensa o que sabe que has vivido mucho. Pero para ellos fuiste un suertudo que con 18 años te paseabas por París como si ya fuera tu casa. Porque fuiste un periodista de la Agencia France Presse, que para ti, como para mucho, era y espero que sea todavía ese monte africano que Hemingway quería escalar y a cuya cumbre iban a morir los leopaldos. Escribes todo lo que te ha ocurrido, sin filtro, a lo bruto, quizá hasta apretando las tuercas a veces, porque lo necesitas para que tu vida haya valido algo y para que los demás te consideren no como a un periodista cualquiera sino como una especie de héroe. En el fondo, no te matará el alcohol, te matará tu perversa necesidad de lucirte, de dar pena o conseguir amor. Y para ellos no te importa arrojarte una y otra vez en el pozo sin fondo del que el diablillo te deja salir para que puedas tomar aire. Luego al fondo otra vez, en busca de historias, de desgracias.Tu desesperación tiene 24 horas al día, sin contar los domingos y días festivos. Y sabes que será así hasta el final. Porque en el fondo estás pagando la deuda de aquella niña bonita que dejaste que se matara estúpidamente en una carretera. Es tu deuda. Es tu crimen. Y no la saldarás nunca. Porque ya suprimieron el garrote vil.