Leer para amar
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El cine y los libros me están salvando la vida desde que las monjas de un colegio elegante del Marruecos colonial de antaño me enseñaron a descifrar letras. Desde entonces, cualquiera película, cualquier libro, por malo que sea, puede evitarme, y me lo ha evitado hasta ahora, un salto mortal de gaviota sin alas. Llevo muchos años aguantando las ganas de imitar el escopetazo de Hemingway gracias a la escritura y al cine ese que tantos disgustos te da con filmes para reventar de ese dolor abdominal paritorio que anda dando tumbos por el mundo engendrando más bocas de recién nacidos para el hambre. Así podrán vivir algunas ONG más y podremos rasgarnos las vestiduras por sólo unos euros por mes. Cuando saqué como pude “Güisqui con cine”, un compendio de crónicas mías, me preguntaron por qué empecé a interesarme por el Séptimo Arte (que es más fino que cine). En aquellos años cincuenta con tendencia a los sesenta, yo no tenía una idea demasiado precisa sobre lo que era y sobre todo lo que podía ser eso del cinematógrafo. Pero con la osadía boba de la juventud, la misma que ahora tienen críticos ya mayores que pontifican con el mismo aburrimiento para el lector que una heladería frente al mar a la una de la mañana, cuando el olor a yodo de las olas se confunde con el de las axilas y el de una cocina mal aireada, yo ya era crítico del semanario “Cosmópolis” de Tánger, el Tánger único e internacional del norte de África perdido entonces en la ensoñación de lo que no es verdad pero que todos queremos creer, el de multimillonarios caprichosos como Barbara Hutton y de bandidos internacionales como Lucky Luciano. Era el Tánger de nunca volverás y adiós muchachos compañeros de mi vida, que te jodas, peludo.

Ni millonario ni bandido, yo escribía reseñas de cine con el mismo desparpajo con que comía pipas o palomitas. Poco a poco caí en la cuenta de que si entraba en el cine “Roxy” con una penita pena en un corazón de 16 años el crítico más genialmente joven del mundo, el Mozart de la composición cinematográfica, genio y figura hasta el cementerio de celebridades del Père Lachaise (París, Francia, Europa, que no EEUU), donde a mí no me enterrarán, claro – cuando se encendía la pantalla y los espectadores tragaban más de prisa para que sus quijadas no les molestasen a la hora de limpiarse las lágrimas de arrepentimiento de vivir que se les salían por párpados aturrullados por las legañas de unos ojos que no ven, me sentía aliviado. Era pura magia. Como aquella dentista de Ceuta que con sólo tocarme la cara con sus guantes de latex que todavía hoy, veinte más veinte años después, que sí que Dumas ha pasado por aquí, se lo juro Milady, y que estaba herido en la mejilla izquierda, a mí sigue oliendo a la más sensual de las promesas, calmaba mis dolores de muelas y, sobre todo, mi aprensión. No, nunca le dije que la amaba, ni ella tampoco a mí. Se casó – en aquellos tiempos no había junteras a un cierto nivel social y para fornicar hacía falta, ellas lo exigían, el aval del Juzgado y de la Iglesia, aunque no sé en qué orden.

Un día de suerte, descubrí “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas. ¡Dios mío, qué locura, qué deleite! Leer – descubrí con exaltación – era mucho más agradable que los juegos de bragueta. Milady, Madame Bonacieux, d’Artagnan, Athos, Portos, el insigne cardenal Richelieu… Entonces decidí que seríamos todos para uno y uno para todos. (En este juramento de primera comunión con la vida que dura es, inexplicable y justiciera casi nunca, no incluyo a los capullos analfabetos profesionales convencidos de que los libros no tienen más función que llenar agujeros del mueble del salón, ese que nunca se usa.

Inefables muertos de espíritu que presumen de no tener el vicio de leer. Aunque tal vez sea porque temen que la lectura les cree adicción. Pobrecitos míos que no saben lo que es vivir en mil mundos y escapar de ese sinvivir del infierno cotidiano con sólo abrir un libro. El método más barato de “ponerse” y sin que luego tengas que seguir una cura de desintoxicación. En París había y tal vez siga allí una tienda que vendía suntuosos lomos de libros (con color a juego con el sofá) para rellenar falsas bibliotecas. Y cuando eso ocurría en Francia, da miedo pensar lo que será en otros países). Pero pocos mosqueteros tenía yo a los que hacer esa promesa porque siempre había sido un muchacho solitario hasta que llegué a París, cuando comprendí que un sostén vale una misa y media, cuando me di cuenta de que un beso puede ser lo más profundo de este mundo…

¿Se han dado cuenta de que en los boleros casi nunca se habla de hacer el amor pero sí de besar? Y tienen razón esos malditos boleristas. Hasta cuando la censura de Hollywood imponía que el beso fuese casto, sin abrir los labios, sin sacar la lengua, sin chupetones de ida y vuelta y me llevo una – la verdad es que eran más cursis que el esmoquin de Humphrey Bogart en “Casablanca” – un beso, un beso no se le daba a cualquiera. Crecí ansiando los besos de una mocita que vivía frente a mi casa y con la que yo me montaba unos guiones unilaterales que podrían haberme conducido a un Oscar de castidad aparente. Y hoy sigo quedándome con las ganas.

En París descubrí la fantasía maravillosamente neorrealista de un estudio de cine de los que ya no existen. Era en el barrio de Billancourt y cuando entrabas era como abrir la puerta de ese paraíso del que todos hemos oído hablar sin que nunca nos hayan abierto por mucho que hayas insistido con el toc-toc-toc, ¿quién es?.Para ir a cualquier sitio del estudio tenías que patearte una fría y sucia calle de un barrio pobre reconstruida con cartón de piedra y una imaginación delirante por arquitectos del país de las maravillas de Alicia. Durante las horas que pasaba a diario entrevistando a actores y a candidatas a estrellas nadaba entre olores de coloretes rojizos y gusto fuerte de pintalabios atrevidos. Cuando las faldas enseñaban el final de una media y el principio del muslo en su recta final hacia el pecado, los olores volvían a mezclarse en un misterioso almirez de mil promesas.Veinte años después, siempre el compañero Dumas, he vuelto más de una vez a los estudios y no he encontrado ese zoco de la ilusión. Sólo había olores vulgares o el exquisito de Marilyn Monroe.

Sin medias tintas, sin ninguna posibilidad de buscar el mal que conduce al bien eterno. Se acabaron esos olores a polvos más que íntimos que me persigue en mis desarreglos hormonales del fin del mundo, en habitación cerrada por necesidad de amor, al lado de un lavabo que servía para todo, las ráfagas de perfume barato o terriblemente caro me dejaban la cabeza llena de sentimientos confusos. La hora del bocadillo en el bar de los estudios era mucho más sensualmente agradable que una cena en Maxim’s (ese restaurante de la Rue Royale de París donde los turistas extranjeros se relamen de algo que nunca sabrán apreciar, desgraciados del carajo de mierda) con toda la parafernalia de elegantes camareros y violinistas bajados de un tejado judeo-ruso con relentes de propaganda antinazi y prolibertad norteamericana.

Mis amigas las actrices de poca monta (se les llamaba starlettes) eran bellas como el sol que aparece de pronto cuando crees tener la soga al cuello, que la tienes, no lo dudes, compañero, que te van a patear, escrito está. En los estudios de Billancourt aprendí (como diría el tetramaravilloso Manzanero) que la belleza está en relación inversa a la riqueza. Conocí y disfruté de unas beldades que ni siquiera podría tener usted en su imaginación, ricachón del carajo con viaje a las Fidji organizado por la Oficina de Información y Turismo.

El español Fraga inventó el turismo de playa-masas revolcándose por la arena de una Europa preocupada entonces por otras cuestiones y convirtió España en un basural de todos los espermas extranjeros. Primero fueron las suecas que se beneficiaban a los pescadores andaluces por un puñado de cualquier cosa y luego, hoy, mañana y pasado, desembarcaron en costas destruidas por la corrupción inmobiliaria, los ayudantes de camioneros de Manchester que deberían haber convertido la protección solar en balas .357 Magnum de homicidio justificado por el artículo 2 de mi Constitución que dice que todo imperialismo debe de ser castigado con la pena de muerte, la del tornillo en el cuello, garrote vil y que se jodan los artífices del hundimiento de Occidente que creen que los criminales de guerra de las vacaciones deben de ser tratados con tanta humanidad como podría admitirse para los bebés focas o para los camaleones multiformes de Almería. Pero ya ven, estamos en el glorioso año del coronavirus, ese animalito angelical que nos regalaron los chinos en su inmensa bondad aunque ahora la Organización Mundial de Sanidad ha lanzado una campaña para decir que los multimillonarios chinos nada tienen que ver en este desaguisado.

¿Por qué será tanta bondad en favor de la verdad de la que se han acordado ahora, cuando los cementerios de todos los países están llenos hasta la bandera de víctimas del coronavirus?