Carla Bruni cantaba, Sarkozy politiqueaba
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No me gustan los políticos peleones y en Francia hemos tenido cantidad de ellos. De Gaulle, el más grande, el más respetable, fulminaba a sus enemigos con una voz de últimas voluntades y cuando se le ponía lo que consideraba una injusticia por medio no vacilaba en gritar con sui voz estentórea: “¡¡Vive le Quebec libre!!”, en medio de una multitud de canadienses de alma francesa que tienen para ellos el bonito Quebec. Y que odian todo lo que huele a inglés, los amos de Ottawa.Los políticos franceses, porque no se les permitía nunca la entrada a los chiquilines y a los paniaguados en esta casta de privilegiados, constituyen una clase que nos envidia el mundo.Nicolas Sarkozy, húngaro de ascendencia, con una mala leche a prueba de bofetada de ida y vuelta, se encaramó a la presidencia de la República un día en que todos andábamos de bailongo y de lo que antes se llamaba party y cha cha cha. Debió de ser un despiste y nos olvidamos de nuestras tarjetas de electores porque sin duda no hubiésemos votado por él.Este muchacho de padre húngaro era conocido por su malísimo carácter, mandaba a alguien a la mierda antes de que tuvieses tiempo de componer la eme. Y eso que era abogado y vivía en el barrio más sofisticado de París, según se cruza el puente de Neuilly.

Estuvo casado en primeras nupcias con Cecilia, una señora de postín que tenía un encanto muy particular. Y tuvo niños con ella, uno medio tonto pero al que naturalmente metió en la política que es la mejor carrera que puede cursarse cuando se está desesperado de las meninges.Luego, de pronto, como un torrente que hubiese dicho un cantante francés, la bonita y experimentada italiana apareció en la vida de Nicolas con su guitarra y su sonrisa. Se enamoraron porque, además, Nicolas es hombre de amores fulgurantes. Y por si fuera poco, Carla era una cantante que había conocido amores siderales, con estrellas del Rock, cantaba con una bonita voz, debía besar como las vírgenes reconstruidas y Nicolas es un enamoradizo. Y es millonaria, un detallito no más.

Yo que soy un romántico, que he escrito tantas cosas románticas mientras sollozaba porque ninguna era autobiográfica, me acabo de enamorar de la pareja como un ejercicio de redención.El luchador emigrante Sarkozy, que había llegado a presidente de la República, que era socio mayoritario en uno de los bufetes de abogados de negocios más próspero de París se había enamorado. Pero tanto que ya sonreía sin que el fotógrafo se lo pidiera.Carla amaba lo que siempre tuvo, la riqueza, pero quería ver a qué sabía un presidente vapuleado por todos y aguantando ventoleras de tormenta perfecta. Y ya llevan doce años juntos, cualquier cosa, cuando todos contábamos que fuera un amor de unas cuantas noches a la luz de la chimenea del palacio presidencial del Elíseo. Pero Carla canta y sabe hacer vibrar a los hombres. Curiosamente se parece mucho a la anterior esposa, Cecilia, de recia montura, que era más que nada una amiga y una fiel socia en los negocios del marido, que incluían hijos, vida lujosa y disipada, algún amante, alguna amante. Cosas de la vida que hubiese dicho el cineasta Claude Sautet dirigiendo a Romy Schneider. Pero ni Sarkozy tenía la estatura inteligente de Sautet ni Carla los ojos dicharacheros de Romy. Pero se entendieron, se amaron y ella le cantó sin hartarlo nunca.

Doce años de matrimonio con la millonaria italiana. Pero el expresidente, al que le corren detrás algunos negocios más o menos sucios que la justicia querría elucidar, sigue amándola, escuchándola y adorándola.En mi próxima vida quiero ser Sarkozy y que mi próxima esposa sea la hermana de Carla Bruni, la actriz Valeria Bruni Tedeschi, una magnífica intérprete italiana de una belleza especial a la que se ve poco pero que sabe a mucho.En Francia todos tuvimos la hora mala de Sarkozy, es decir que le odiábamos porque era feo y pese a ello millonario y afortunadísimo en amores. Luego entendimos que si además era capaz de mandar a la puñetera mierda a un tipo que le molestaba en la calle, ese era el presidente que nosotros queríamos. Y Cuando Carla la compañó con su encanto, esa sonrisa que solo tienen las italianas millonarias, acabó de conquistarnos.

I Love You Sarko!