La limusina amarilla
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

De pronto, mientras la cabeza del vidente volaba hacia Marte embarcada por una prima de Leda, la limusina amarilla, larga y silenciosa, baja de ancas y con los faros apenas como velas apareció por el camino que llevaba a la barriada gitana, donde todas las noches las morenas más sabrosas bailaban y cantaban.Tardaba la limusina en llegar a puerto pero lo más impresionante era su silencio, como si quisiera escapar a los radares que vigilaban desde los aviones Mosquito el tráfico de armas del Estrecho de Gibraltar, donde las feroces barracudas se hartaban de comer migrantes caídos de barquitos de goma que se hundían en el mar.Era extraña aquella limusina amarilla de donde no salía ninguna voz, ninguna música y donde ninguna ventanilla se abría para celebrar un grito de placer o un chispazo de rabia.Por El Vedado, allá por La Habana de un mes de diciembre bochornoso, se acordaba haber estado en un salón de baile llamado El submarino amarillo.Frente al Hotel Nacional, se habían metido en un restaurante con escalera de caracol de hierro que se hundía en las entrañas de la tierra (quizá llamado Monseigneur), como otro submarino amarillo churreteado por un camarero regordete con smoking que ni siquiera estaba ajado.Una camarera esbelta con pechos respondones, pajarita negra y ojos verdosos como alguna matancera que había conocido en otro mundo, en otro planeta, en otro momento, le habló con la admiración de la belleza de la música de Bola de nieve, cantante y pianista que había dejado en el restaurante enormes fotos suyas con sonrisa incluida para que nadie le echara en olvido. La muchacha, que nos había estado sirviendo ron curtido por la intimidad de ambiente tibio y luces calladas, iba recitándonos, como una letanía, y hasta creo que la oí cantar en la octava copa, cosas de ese formidable músico que había llenado de alegría aquel restaurante, hoy ocupado por solo tres extranjeros. Quizá los cubanos iban a otros lugares. Yo adoraba aquel restaurante porque me recordaba, y no sé por qué, a La Cigale, un local de música que en tiempos de los años sesenta hubo en un rincón de la Place Pigalle, en París, cuando yo, con los pocos años de la inexperiencia y las ansias de quererlo todo, oía mi primer jazz por un jarro de cerveza que costaba unos francos.Es noche regañona ésta en la que ahora, mil años después. estoy viviendo en una isla africana donde he encontrado el último refugio. Ya no habrá más París, porque París ya no está para acoger a nadie. Ya no habrá más Habana, libre o no, porque La Habana también lucha contra el bicho chino. Y para cuando todo vuelva a la realidad, si es que algún día ocurre el milagro, las ilusiones ya estarán muy lejos.

Pasa en dirección contraria a las gitanas la limusina amarilla, que ahora lleva los ventanillas con luces de verbena abiertas sobre unos brazos garbosos que van y viene como si estuviesen bailando un mambo. Ay, Pérez Prado de mi corazón, cuaán feliz nos hiciste y cuando Silvana Mangano nos daba arroz amargo para enseñarnos sus muslos obscenos de gracia que acompañaban el movimiento de su pelvis como si estuviese haciendo el amor sola, con el mambo, o con un músico que le abría la boca de deseo.Ha vuelto a desaparecer la limusina amarilla que ahora iba vestida de negro, como del luto de lo imposible que nos agarra la garganta y no nos deja más que desear, porque ya hemos respirado contra los pechos de ella.Ay, bella Mangano, bella como solo aparecían en las películas que los cineastas italianos fabricaban después de los horrores de la II Guerra Mundial, allá por los años cuarenta y tantos, cuando las mujeres pobres y bellas habían dejado de hacer la puta con el soldado norteamericano de turno que había “liberado” su bragueta como canto a la libertad.

Sofia Loren, que provocabas “braguetazos” interminables entre las tropas liberadoras que no liberaban más más que sus deseos que se despertaban bajo el uniforme. Y cantaban Viva Italia! Pero no por amor patrio sino por deseo puro y constante. Tan lejos de América y tan cerca de un dios permisivo.Ninguna de las niñas que esta noche bailan en el tejado de la limusina amarilla sabe todavía que ya van a tener que guardar con más cuidado su virginidad. Porque ya no habrá posibles “arreglos” para reparar el himen roto una noche o una tarde de locura. El ministro del Interior de Bélgica, Gérald Darmanin se llama el pájaro, está preparando una ley para que el himen, la virginidad sea única e irremplazable. Dicho de otro modo, que cierra los garitos de algunos médicos que al parecer se dedican todavía a coser los virgos de alocadas mujeres que se lo dejaron destrozar por el falo de un macho cabrío. Con lo cual, una virgen valdrá un tesoro.

Y la limusina de mis entretelas sigue formando un jaleo de mil diablos con los tacones que tamborilean en su tejado.