Cuba, los niños y las dudas
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Seguro que quienes saben, sociólogos, sicólogos, tendrán respuestas, pero yo arrastro muchas interrogantes en cuanto a cómo afectarán a los niños y a los jóvenes en Cuba estos largos meses de epidemia y crisis económica.  Y hablo de ellos y no de otras edades porque obliga sin querer mi nieto Juank, quien como los demás debió interrumpir su segundo grado de la escuela primaria para pasar seis meses encerrado, con sus padres haciendo malabares a fin de que no perdiera ni la candidez ni lo aprendido. Escribo de ellos y no de los demás porque no olvido que los niños y los jóvenes de la crisis anterior sin epidemia, la de finales del Siglo XX, quedaron marcados para siempre. Devinieron pragmáticos por sobre soñadores, mientras la sociedad cambió, acentuándose las diferencias entre quienes más y menos tenían, agudizándose la sangría migratoria, transformándose en urgencia la necesidad de modernizar la economía nacional. Todo indica que a partir del mes que corre, junto con el despliegue de recursos en hospitales, centros de aislamiento, pruebas masivas de PCR e ingentes esfuerzos por lograr una vacuna cubana, junto con todo ello determinará la responsabilidad de cada quién en protegerse. Los que mandan aseguran, y lo entiendo, que es imposible mantener seis meses más los centros de trabajo cerrados o a media máquina, los niños y jóvenes ausentes de sus escuelas, los aeropuertos sin tránsito, las restricciones de movimiento y hasta el toque de queda nocturno que por primera vez en 60 años rigió en La Habana en septiembre. Sencillamente hay que continuar la vida conviviendo con el virus a la espera de que la vacuna cubana en ensayos clínicos, SOBERANA 01, pueda ser inoculada de gratis a todos -como son los tratamientos y hospitalizaciones aquí- en algún momento del primer semestre de 2021. SOBERANA 02 pudiera ser registrada este mismo mes, dicen los científicos. Esa es la perspectiva si el nuevo coronavirus no vuelve a inflarse por descuidos – los cubanos se parecen demasiado a los andaluces en eso de inconstancia y mucha juerga-, porque de cebarse el virus supongo que habrá que volver al encierro para que no colapsen los hospitales.

Siete de las 15 provincias cubanas y el Municipio Especial Isla de la Juventud tienen la epidemia controlada y algunas no registran casos nuevos desde hace varios meses, pero en el resto va en zigzag. El curso escolar se reinició en algunas partes y en otras no; a los universitarios le ajustaron los estudios para reducir las clases presenciales; desaparecieron las pruebas de ingreso en algunas especialidades –método tradicional que buscaba la llegada a la universidad de los mejores-; se informa que La Habana debe recomenzarlo en noviembre; varios municipios tuvieron que suspender el aprendizaje después de reiniciarlo a causa de rebrotes del bicho. En fin, como en otras latitudes la lucha continúa con avances, retrocesos y en este país signada además por la obcecada decisión de Trump y su banda de borrar del mapa otra forma de vivir e interpretar la vida.

Estoy en el grupo de los “vulnerables”, como le dicen aquí a quienes corremos mayor riesgo de no llegar a la vacuna, y sin embargo estoy también entre los convencidos de que se ganará la batalla. No obstante, sigo sin imaginar con certeza el porvenir de mi nieto y los demás.