Psicoanálisis de Chango para un amigo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace ya unos años, la eternidad, el 8 de febrero de 2010, falleció en La Habana, donde llevaba más de cuarenta años viviendo como periodista por voluntad propio, Alfredo Muñoz Unsain, más conocido en los medios periodísticos por Chango. Era cuando se lo llevaron al cementerio el decano de los periodistas extranjeros y eso le permitía saber muchas cosas. Cuando falleció, sin previo aviso, no le gustaba molestar, estaba sola en su casa de Playa, que a mí siempre me pareció inventada por Gabriel García Márquez. Un día en que nos preparaba unos espaguetis que él mismo elaboraba con un cacharrito que los cortaba minuciosamente y unas enormes carnes (bifes, creo) de un bicho de la pampa que se procuraba en la embajada de Argentina, hablamos de mujeres, de las tantas cuantas que le habían acompañado en su caminar. Pero cuando murió, me contaron, yo estaba al otro lado del mundo, Chango estaba solo, como una rata y eso que todo el mundo le conocía en La Habana, aunque unos le querían y otros le detestaban, porque no era de los que se mordían la lengua. Sé que Fidel Castro le tenía en la estima de los grandes y otros personajes que también perdí de vista o que quizá le acompañan en ese cementerio monumental de La Habana. Ignoro si Fidel rezó un padrenuestro por él. Curioso destino el suyo. Solo y sin embargo fue uno de los fundadores de la agencia Prensa Latina. Poco antes de marcharse me había hecho un regalo. Pese a que era sumamente callado, más bien secreto, con un rictus despectivo a todas las horas del día, amaba a quien amaba. Hoy que el viento suena a invierno y que el coronavirus sigue siendo maldades en mi isla africana quiero sacar ese regalito. Es esta “biografía” mía, escrita por él con vitriolo, que quizá tenga cosas demasiado ciertas. Porque el terrible Chango me llegó a conocer más de lo que yo mismo pueda conocerme. Ernest Hemingway y Sergio Berrocal comparten la frontera borrosa entre el periodismo y la literatura, pero Hemingway nunca escribió sobre cine. Las veces que vio películas en la penumbra de un cinematógrafo abominó del llamado Séptimo Arte. Estaban basadas en historias escritas por él y prefirió echarles la culpa a directores como Darryl F. Zanuck. No comentó que con “Los asesinos”, uno de sus cuentos, otro director cometió la proeza de trasladar a la pantalla una historia escrita mejorándola (una segunda proeza de ese tipo fue “Ambiciones que matan”, con los jóvenes Elizabeth Taylor, Montgomery Clift y Shelley Winters, sobre “An American Tragedy”, de Theodore Dreiser). Apúntese de paso que el famoso Premio Nobel de Literatura norteamericano nació y murió en Estados Unidos pero entre ambos actos, fortuito el primero y voluntario el último, pasó la mayor parte de su vida en otra parte. La leyenda que envolvió a Hemingway -de macho, de corajudo cazador, de pescador experto, de paradigmático soldado irregular- fue una cortina de humo generada por él mismo para ocultar ante los demás sus dudas internas. Sergio Berrocal también ha sido transhumante como el gitano que no es, aunque nació en tierras sospechosas del Norte de Africa (pese a lo cual, o por lo cual, ha elegido por sus reaños adoptar la nacionalidad andaluza). También lo rodean leyendas, aunque todas fabricadas por amigos suyos o, viceversa, por fulanos a quienes les cae gordo. Se dice, por ejemplo, que su madre fue una anarquista catalana o polaca que, enamorada, se ató a las riendas de uno de los jinetes del cacique bereber Abd El Krim. Eso explicaría su rechazo a los notables vinos del Penedés.

De su larga vivencia en París sólo aprendió a seguir usando agua mineral Perrier para atemperar la sangre en sus arterias. Una leyenda derivada de este dato verídico es que cierta vez, en Tokio, Toshiro Mifune evitó que contertulios japoneses le rebanaran los brazos por insistir en derramar Perrier en su vasito de sake (pudo haber sido Akira Kurosawa, según otros que narran el mismo incidente quizá apócrifo). En La Habana, donde ha estado demasiadas veces para su propio bien, en vez de Perrier sólo se encuentran aguas minerales locales comercializadas por la italiana San Pellegrino. Eso pudo tensionarlo como para que una vez, durante un corto viaje de tres pisos en el vetusto Hotel Nacional, su favorito, intentara introducirse por la vía angosta en una mulata de llamativo aspecto que operaba el ascensor. En cuanto a su radical diferenciación con Hemingway, es difícil suponer que exista algo más imprescindible para Sergio Berrocal que vivir cine y escribir sobre cine. En él ambas cosas son, podría decirse, una permanente ininterrupta eyaculación. Esta ficha biográfica del joven SergioBerrocal (que el 24 de setiembre del cuarto año del Tercer Milenio cumplió 65 años) podrá quizá ser leída en el volumen titulado “Cuentos Chinos” que se le ha ocurrido infligir a sus no escarmentados lectores. Pero ésta, y cualquier otra, quedarían incompletas de omitir tres datos y una conclusión fundamentales:

1 – Es profundamente creyente, pero de religión ignorada pues evade definirla con una excusa indestructible: “Cada hombre, dice, hace a Dios a su imagen y semejanza”.

2 – Afirma que lo que le gusta en las mujeres es que tengan ojos azules, pero en verdad lo que le gusta es que los tengan de color verde o azul o colorado o cucaracha o anaranjado o arcoiris o morado o ultravioleta o infrarrojo. Es decir, que tengan ojos, sean zarcos o bizcos o estrábicos o miopes o astigmáticos. Pero a fin de llegar al fondo de la verdad, hay que revelar que lo que le gusta es que sean mujeres serpenteantes y serpentinas. Un vicio que adquirió en Brasilia y con que se reinoculó en La Habana.

3 – Sus bebidas preferidas resultan un oxímoron: leche con café descafeinado (en el desayuno) y para explorar la penumbra astronómica (esto es, desde el atardecer hasta el amanecer) whisky escocés (con Perrier, como ha sido dicho). Sin embargo, se sabe que en diversas coordenadas geográficas cuando llegó el caso ha libado kvass en los Urales, chicha fermentada por las mandíbulas de desdentadas ancianas aymaráes, cachaça en Brasil, pisco en Perú y Chile, tequila y pulque en México, acquavit en Escandinavia, en los vastos territorios asolados por el Socialismo Real vodka descendida del zarismo y samogón (la imaginada por el mujik), slibovitza en los Cárpatos y un menjunje inuit sin nombre producida por la fermentación de orina y grasa de focas u osos boreales. En Cuba, desde luego, ron. Sin arribar jamás a la beodez.

Conclusión, no necesariamente extraíble de todo lo precedente: todo lo que hace Sergio Berrocal es gestado por su amor indiscriminado, un amor de ofrecer la segunda mejilla, de abrir carta de crédito sentimental a los otros, de perdonar las afrentas personales, de indignarse por las injusticias que percibe. El amor en la interpretación de los verídicos cristianos”.

Soy muy supersticioso y me pregunto por qué he dado con este documento ahora, precisamente ahora.