Las cigüeñas y el bicho
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Qué bonitos eran aquellos tiempos en que las cigüeñas volaban por encima de un grupo de bellas y robustas campesinas soviéticas. El comunismo reinaba en Europa, por lo menos en una parte de ella. Van a terminar los años ochenta. En Polonia, la patria santa del comunismo, hay malestar. Nadie se imaginaba que en 1989 todo el sueño socialista sufriría un rudo varapalo.En Polonia, un hombre, Lech Walesa, ferviente católico, es de los cabecillas de la revolución que se prepara, unos dicen que sinceramente apoyada por la Iglesia Católica y por el Papa Juan Pablo II. Bueno, la CIA y compañía probablemente ayudarían.Obreros y revueltas. Lech Walesa consigue fundar el llamado sindicato Solidaridad en los astilleros polacos. Y las cosas van bastante rápidas. Dicen que entre la cruz y la fuerza política de los servicios secretos norteamericanos, consiguen que el comunismo caiga en Polonia, bastión duro del comunismo soviético pero ahogado por los rezos de millones de polacos católicos.Walesa, la cabeza más visible de esta rebelión que acaba con las esperanzas de los prosoviéticos puros y duros, se hace con el poder poquito a poco, a través del gigantesco sindicato de metalúrgicos que preside tras las elecciones de 1989. Y Le Figaro Magazine saca una foto para el recuerdo. Un grupo de obreros preparando las elecciones delante de un cartel de cine en el que se ve a Cary Cooper en la escena más gloriosa de “Solo ante el peligro” barrado por la mención Solidarnosc en polaco. Todo un programa.Tiempos de cambios, tiempos de ilusiones y desilusiones. La Europa comunista se va al garete con la caída del Muro de Berlín. Temíamos cualquier cosa. Una guerra nuclear, una guerra clásica, el despelote europeo por todo lo alto. Ya teníamos ganas que cambiara todo aquello. Y mirábamos hacia el año dos mil como un momento lleno de promesas de bienestar. Íbamos a vivir instantes de emociones vivas, humanas, de andar por casa. Desparecían los llantos de una guerra más. Unos años después, en el 2020 nos encontramos metidos de cabeza en la revolución de la locura. No hay hombres frente a frentes, ni ideologías que se combatan. Solo un bicho, con el bonito nombre de coronavirus que se ha escapado, han echado, han mandado o Dios sabe qué. Y que nos amenaza a todos. Peor que en una guerra. Los muertos inocentes se acumulan. Porque aquí no hay tanques rusos ni patriotas. Solo un bicho chino. Ya lo decía aquel escritor francés, Alain Peyrefitte, en 1973, “cuando China despierte…” Y ha despertado hambrienta. Y día a día, sin más arma que una mascarilla de tela, las tropas de los desarrapados de este mundo, que somos todos, los que tenemos que trabajar o estudiar o inventar, frente a un monstruo invisible cuyo nombre ya no se pronuncia.Creo que hasta el mariscal Stalin o el sin alma Adolf Hitler hubiesen encontrado la situación absurda. No hay enemigos, no hay defensores de nada. Bueno, como mucho defensores de su propia vida. Y en no se sabe dónde el bicho que ataca cuando le da la gana, mata sin razón. Nadie le ataca, ni siquiera le busca o trata de cazarlo. En este Estalingrado de la mente, los combatientes no tienen más armas que su paciencia, su voluntad y hasta su valentía. Y cuando el gobierno ve que la batalla es muy desigual, que ya no le quedan ataúdes, ordena la retirada, y cada cual recibe orden imperiosa de refugiarse en sus casas y esperar. Mientras, la economía se viene abajo, los más menesterosos apenas pueden aguantar la embestida del hambre, de la desesperación.¡Qué bonitas eran aquellas batallas del frente ruso! Qué bellas eran las cigüeñas que nadaban en el aire en un esfuerzo de los cineastas por endulzar la tragedia. Pero eran hombres contra hombres, Y hasta nacían amores entre enemigos. Nacían unos y morían otros.El bicho maldito nadie sabe lo que quiere porque actúa como un perverso, acorralando a los más débiles y llevándonos a todos a la desesperación.Qué bella era aquella Europa dividida entre el Este (comunistas) y el Oeste (los otros). Cada cual luchaba por sus ideales, por cosas en las que creía. Y si un día te decían que cayó a la entrada de Estalingrado te conformabas. Era la guerra entre dos concepciones de ver la vida.Hoy, septiembre de 2020 no hay ideales que defender. Solo el pellejo. Y es difícil porque no hay enemigo visible. Te defiendes únicamente con la cobardía. Metiéndote en tu casa, acurrucándote y a veces rezando.Pero en este combate extenuante que nos ha tocado librar se diría que ni los dioses quieren saber nada.Y ya no hay cigüeña que se atreva a volar. Ni bellas muchachas que las miren pasar con los ojos llenos de ilusión. La ilusión ha muerto.