Genocidio en el Pantanal brasileño
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hace unos días, alguien me decía muy ufano desde Brasilia que las cosas iban mejor con el Presidente Jair Bolsonaro, el que metió a la cárcel dos veces al Presidente Lula da Silva, quien previamente había sido plebiscitado presidencialmente en dos ocasiones. Casi nada. Con su sonrisa de imbécil retrasado de todos los mentales, el exmilitar ha aumentado al parecer hasta su popularidad. Y mi antigua ayudante me sonríe por el teléfono para darme la buena nueva. Al día siguiente abro Le Monde, que no es precisamente el periódico más patitieso del mundo. Brilla por su seriedad, Y bajo una foto donde se ve un yacaré (caimán) achicharrado, en un terreno alucinante de fuego, este comentario: “En esta temporada seca, el Pantanal brasileño parece un cementerio. Asolado por gigantescos incendios desde el mes de julio, esta zona de biodiversidad excepcional que reúne normalmente a 650 especies de pájaros, 98 de reptiles y 159 de mamíferos, ha perdido ya, según los expertos entre 20 y 25 por ciento de su superficie, o sea entre tres y cuatro millones de hectáreas, que han volado en humo. 20 y 25 por ciento de su superficie, es decir 3 o 4 millones de hectáreas convertidas en humo. Algo así como el equivalente de la superficie de Bélgica y Suiza”. Bélgica y Suiza, para que tengan idea de la magnitud de la catástrofe, reúnen unos veinte millones de habitantes. Mi teniente jubilado, ¿miente el mundo? ¿Será cierto que ha permitido usted por razones e intereses que más vale ni mencionar que el Pantanal se convierta en una caricatura de lo que fue? Sepa, teniente de poca monta, que hay leyes contra ese tipo de crímenes, incluso si los norteamericanos le protegen a usted, el católico de rezo dominical, en espera de llevarse los despojos, el agua potable, que nos será necesaria un día según los expertos. Ya sé, Señor Presidente que Brasil no hay crímenes ambientalistas. Salvo los que los madereros y otros bandidos debidamente cualificados y autorizados cometen contra quienes se oponen a que se apoderen de las maderas más ricas que ha conocido el mundo.

Sin contar las plantas desconocidas que se esconden y de muchas de las cuales han nacido medicamentos más que necesarios para el mundo. ¿O ya no se acuerda, teniente, que las propias fuerzas armadas brasileñas, las que están en la selva tratando de evitar las atrocidades que usted deja cometer, han ayudado a los indígenas a construir pequeños huertos donde figuran todas las especies de plantas que pueden utilizarse para las enfermedades y las afecciones más diversas. Yo vi esos huertos, querido Presidente, con los que los indígenas no tenían que recorrer imposibles miles de kilómetros para mendigar un remedio de los blancos.

Conocí incluso a un alemán que llevaba años viviendo en una finca muy agradable cuyo punto central era un laboratorio donde él y sus ayudantes seleccionaban plantas, en busca de la panacea. Por cierto, eran dos bellas ayudantes. Porque usted, señor Presidente, sabrá que más de una vez los soldados que velan lo mejor que pueden por la Amazonía han incautado plantas a punto de salir de Brasil en busca de un laboratorio para ser procesadas y catalogadas. Cuando el SIDA era el flagelo de todos, oí decir a un especialista amazónico que laboratorios del mundo entero tienen destacados en Amazonía o envían gente de vez en cuando para comprobar que la planta maravillosa no ha surgido en el paisaje más útil para la vida del hombre.

¿Tampoco se acuerda, Señor Presidente, aunque usted entonces era un mero diputado al que no le hacía caso ningún periodista ni para preguntarle la hora, cuando Estados Unidos tuvo que pedir a sus más altos militares que desmintiesen a toda prisa el descubrimiento que había hecho una comisión del Parlamento. Una comisión de izquierdas, claro, que no eran los suyos, los que le auparon a esa presidencia que usted ha convertido en el cachondeo del mundo. Los grandes jefes del Pentágono tuvieron que desmentir que existieran planes perfectamente estudiados y probados para ocupar la Amazonía en caso de penuria de agua mundial.

Eran tiempos en que a Brasilia llegaba todas las mañanas un enorme avión carguero para llevar a los norteamericanos de la embajada USA hasta el mismísimo papel de culo y evitar así que pudieran infectarse con el papel brasileño. En Brasilia existe la FUNAI, un organismo oficial encargado en principio de atender a los indios, a los salvajes. Bueno, es posible que el camarada Bolsonaro lo haya convertido en otra cosa. Allí me encontraba a menudo indios que por un paquete de cigarrillos rubios te llevaban a los jefes para que te echaran la buena suerte. Pobres desgraciados que los anteriores gobiernos al suyo han tratado siempre como mierda enlatada en Portland. Estoy seguro, señor Presidente, que usted ni conoce el Pantanal, una especie de paraíso terrenal, lo era cuando lo visité, donde se vivía en plena comunión con la humanidad reservada para otros momentos. Qué lástima estar tan cerca del cielo y no verlo. Le aconsejo que vaya antes que sus esbirros terminen de quemarlo para más gloria de sus madereros y más gloria suya, supongo. Que dios le castigue, Señor Presidente.