El sueño y la realidad
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Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr.

Llevo treinta o cuarenta años esperando que un sueño se haga realidad. Ya me dirán ustedes que la mitad del universo es igual. Tengo un amigo, intelectual riguroso, que sin embargo está convencido de que un día ganará a la lotería y no para de comprar trocitos de suerte. Porque un número puede salir, no ha previsiones, aunque fuese haciendo trampas. Es más difícil en los pronósticos de fútbol. Pero acertar tres o cuatro números en su orden no es finalmente, no lo parece al menos, una heroicidad.Todos los días, alguien que ha comprado un billete en el que viene estampada una cifra se hace millonario. Hay en España una lotería que si aciertas te propone además un sueldo bastante apreciable hasta el final de tu vida. He conocido a uno que le ocurrió con una marca de café y hoy regenta precisamente un bar. No parece muy feliz, pero nunca me he atrevido a preguntárselo porque, finalmente, es algo muy personal. A menos que la felicidad consista en una resolución material de nuestras necesidades.Yo juego poco porque sé que no estoy hecho de la pasta de los ganadores. Todo lo que he hecho en mi vida ha sido manualmente, con mucho estudio y esfuerzo, y un poco de cabezonería y perseverancia. Nunca me han regalado nada, seguramente porque no he estado nunca en el lugar idóneo. En Madrid, por Navidad, un boliche de venta de lotería nacional es asaltado día y noche por gente que llega incluso de otros lugares de España para obtener un décimo vencido en ese lugar y no en otro. Y no es que tenga números especiales. Es el azar. Pero la fe de la gente es incomprensible.He cumplido lo incumplible. Esos años que te dejan al otro lado de la barrera de la aduana, del derecho a nacer. Y me obstino en que quizá pude hacer que el milagro de la vida ante la muerte se operara. Que la vida venciera al mal del ya no ser con la voluntad de un padre. Pero todo me dice que, al menos por ahora, no era el buen camino. O que si lo era no tuve los arrestos necesarios para tomarlo y seguir adelante hasta conseguirlo.

En estos momentos mis preocupaciones son metafísicas, sé que no dependen de mi sino de lo que no hice cuando tenía que haberlo hecho.Ya no podré recuperar a la niña que se quedó muerta en el asiento delantero reservado a los invitados. Ya era hora de los cinturones de seguridad y estoy seguro de que ella lo llevaba puesto, porque era muy metódica.

“Fue un golpe seco contra las cervicales. El golpe las rompió”, dice el gendarme al que le han dado la fastidiosa tarea de explicar lo inexplicable.Uno de los directores de la compañía de seguros que ha aprendido en su perra vida que con un poquito de dinero los duelos son más fáciles de llevar. Quise que me pagasen inmediatamente y en mano, porque quería tocar, manosear el precio de la vida de la niña. Tanto valía la pobre… Todo ese dinero le hubiese servido a ella para cumplir sus sueños más locos para correr por el mundo de manos de un artista de la fotografía que la adoraba y dejaba una lágrima en cada una de las fotografías que le hacía.

Con el dinero del asesinato, del delito de haberla dejado salir aquella noche cuando mi corazón me decía que algo malo, terrible, podía ocurrir.Aquel dinero que finalmente debió emplearse en tapar trampas, porque un periodista de medio pelo en París, con cuatro o cinco hijos, y un sueldo de vocación daba para poco.Luego vinieron otras preocupaciones. Otras catástrofes a punto de ocurrir y hubo que correr para vencer a la nueva mala suerte.Y cuando me di cuenta estaba tan harto de luchar, tan roto de orgullo partido, que durante años no fui yo mismo, aunque haya ahora quien me quiera hacer creer lo contrario.

¿Saben ustedes lo que es perder a un hijo, a una hija? Un consejo. Dejen insatisfecha su curiosidad y no prueben. La muerte es la eternidad de los que creyeron en suntuosas auroras boreales, en soles nunca apagados.Las ganas de recrearla, de hacerla de nuevo, algo relativamente fácil, me han venido cuando ya estoy casi fuera del ring. No me quedan, o muy pocas, fuerzas suficientes para emprender tamaña aventura. Resucitar al ser que más has querido haciendo nacer otro que pueda parecérsele o que a ti te lo parezca. Con eso ya bastaría.Pero me he vuelto cobarde, comodón, pensador de que los sueños incumplidos son los más fáciles.Me deberían de echar a los corrales, tirándome por la cola, como a esos toros, pobres míos, que se han asustado y no han podido embestir con la bestialidad y audacia que hubiese querido el señor que ya tenía la espada en la mano para degollarlo.¿Acaso no se matan a los caballos cuando ya están viejos, cansados y con ganas de parar de andar de un lado para otro? Hace tiempo que alguien debería de haberse apiadado de este cobarde y ayudarlo a marcharse todavía con la cabeza medio gacha.Pero ni suicidarme pude. Demasiado cobarde, hubiese dicho el psiquiatra de turno.

Entonces, entonces no me queda más que aguantar, porque ya es tarde para mi romántica solución, aunque si encontrase…