Cuba, ella y los demás
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Manuel Juan Somoza | Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Vivo y he sobrevivido gracias a ella durante más de 60 años y nunca la había honrado en público como merece, hasta que un amigo, Aurelio Pedroso, me la vistió con letras en progresosemanal.us. “Antes de la epidemia juraba y perjuraba que solo en una situación de guerra era que funcionaba sin equívocos el laboratorio hipotético que determinaba la calidad humana. Equivocado de pies a cabeza aun cuando ya había sido advertido previamente que no eran necesarios escenarios militares para corroborar la mencionada cualidad humana”, comentó Aurelio, quien como muchos por aquí sabe de guerras y momentos límites. Y es que en Cuba andamos de sus manos desde que se nos ocurrió vivir distinto y pagamos caro la osadía, y también desde esta isla caprichosa ella ha extendido sus bondades en muchas direcciones.  En escuela de curas conocí de niño a su antecesora, Caridad, y a los 14 años ella, Solidaridad, comenzó a desnudarse orgullosa ante mis ojos incrédulos y desde entonces sigue siendo joven, compartiendo lo que tiene y no le sobra. La pandemia, bien lo sabemos, nos ha puesto a mal vivir.  La ONU, la OMS y los líderes cuerdos aseguran que sin solidaridad no será posible la victoria; el papa Francisco apela una y otra vez a la caridad como única manera de que subsistan los más débiles; y un señor que se ha proclamado dueño de todo y de todos, Donald Trump, rechaza a ambas porque solo él, dice, podrá “salvar” al mundo. Posiciones éstas ante las cuales hay que tomar partido; lo que anda en juego es nuestra única aldea. No voy a aturdirlos aludiendo a relaciones internacionales, o a si el virus es chino o uno de esos inevitables males que de vez en cuando sacuden nuestra miopía. Tampoco acudiré a ejemplos de desprendimientos como los de esos médicos cubanos desplegados por 40 países ayudando a enfrentar la covid-19, porque tal referencia pudiera oler a propaganda y estamos tan jodidos en el planeta que ni la propaganda ni la política nos van a salvar. Les cuento solamente que cuando mi familia aquí soñaba con comida y se alumbraba con velas en las crisis de los 90, subsistió primero y vivó después para seguir en la pelea gracias a ella. No estoy hablando de la familia regada por medio mundo con creencias contrarias a las mías, que dejó a un lado los credos y plantó rodilla en tierra con nosotros. Estoy hablando de solidaridad llegada desde Euskadi, Galicia y Cataluña con apellidos Goenaga , Sobaler o Bendicho. Y ahora, cuando en Cuba vivimos otra crisis y llevamos más de cinco meses con las fronteras cerradas y la paquetería personal que ha podido entrar desde otros lares almacenada sin llegar a su destino, ella, la solidaridad entre los que aquí tenemos poco, se hace sentir una vez más. Les informo que Vivian y yo somos de los que sin café la vida se nos cierra en insoportables dolores de cabeza, y gracias a ella, con el nombre Helena, tenemos el café que no se encuentra en los mercados. Y como no se trata solo de una parte, mediante ella otro entrañable amigo de asma crónica recibió en casa uno de esos bulbos, también en falta, que lo ayudan a respirar. Aquí quedaban dos porque Vivian también los necesita.

Bien dice Aurelio que “en toda historia de malos y buenos, para que sea creíble y hasta humana, obligada (es) la breve mención al bando de los egoístas (…). Tiempos en que tres palabras enviadas por correo o dichas al teléfono o celular desde una amiga en Miami; un hermano en Houston; una prima en Montreal; un sobrino en Valencia; una pareja de amigos en Madrid o un primo en Ciudad de Guatemala adquieren un valor imposible de cuantificar: “Dime qué necesitas.” En lo personal, sobran las vivencias con ambos bandos. Mientras unos unen, otros desunen”. Entonces, creo yo desde una experiencia similar a la de Aurelio, urge honrarla a ella, SOLIDARIDAD.