El hijo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

En esta noche de paz aparente, los gitanos levantan el campamento del sábado. Pero yo estoy en un pueblo de Judea, junto a un hombre todavía joven, un carpintero que solloza mientras termina una silla. Jesús ha sido crucificado. El rumor corre por todo el pueblo donde era conocido, por donde predicaba o más bien de donde salía para sus prédicas a través de los campos de otros pueblos. Hablaba el pobrecito mío de Dios, de otro mundo, de otra justicia, de la necesidad de ser todos igualmente felices. José, el carpintero, tenía miedo. De entre sus hijos, Jesús era el más querido porque el más sensible, el que miraba con unos ojos profundos, el que convencía a los ricos de dar a los pobres y a los pobres de ser mejores y menos vagos.

Entonces, en aquellos años, no existía la palabra revolucionario en la lengua que todos hablaban. Se decía profeta. Jesús recorría muchos kilómetros dando arengas, como un militar en campaña que no era, una especie de Che Guevara, de Fidel Castro, convencido de que podía mejorarse la vida de todos, convencido de que todos podían ser mejores. Cuando los bestias romanos apresaron a Jesús, el carpintero, su padre, el del cielo era una ficción, un truco de orador, lloró como una magdalena. Supo que le esperaba un espantoso final. Porque era su hijo. ¿Y que hay más grande para un padre que un hijo o una hija? Te los quitan y es como si borrasen de tu frente el título de padre. El niño que ha crecido entre palos de maderas, entre el chirriar de la sierra, van a crucificarlo. José sabe lo que representa un hijo. Tiene varios pero Jesús es el preferido, porque es el más débil, el más inteligente también, el que dice a la gente lo que se debe decir a los otros hombres para que sean mejores. Pero a los romanos no les gusta. Los analfabetos que no entienden a Jesús, los mercaderes del templo, a toda esa gente mala, tiene miedo de ese hijo que el carpintero adora, por el que daría su vida, pero se ha propuesto para reemplazarlo en la crucifixión y los soldados lo han apartado del camino del Gólgota.

“¡Que es mi hijo, ustedes no pueden hacer eso con él”!. “¿Cómo va a ser tu hijo si él dice que su padre está en los cielos? ¿Estás tú en los cielos, carpintero?”. Y lanzan desagradables carcajadas que apestan a vino barato. Era el hijo de dios, así lo proclamaba él mismo. Pero había nacido de una pareja modesta, de ese carpintero que todo el mundo apreciaba en el pueblo y de la honrada y bella María. Pero a José, infeliz, no le habían dicho que el niño había sido concebido de forma que él no entendería jamás, que por encima de él había un padre celestial que mandaba en la vida, más bien la muerte, de su hijo.Porque para que se cumpliese el advenimiento de una nueva religión, la que hoy conocemos como cristianismo, hacía falta un sacrificio supremo y en una cruz, que luego se convertiría en el símbolo de las nuevas creencias.Pero hasta el final, Jesús fue el hijo del carpintero, que lo lloró sin que nadie le hiciese caso. Porque el amor no tiene rango. Y si además el dios ese todopoderoso también lo reclamaba, tanto mejor.

Pero José nunca secó las lágrimas de la muerte del hijo. Al otro “padre” nadie lo vio. Vaya usted a saber.