Cuba y la carrera en el Norte
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Sigo desde La Habana las encuestas y las peripecias de la carrera hacia la elección presidencial en Estados Unidos. Lo hacen también la prensa tradicional, la digital, la radio y todos los noticieros de tv; igualmente los analistas de la cancillería, aunque nunca se pronuncien en público por razones obvias, y hasta las gentes más distantes de la política y agobiadas por el nuevo coronavirus buscan tiempo para informarse de ese asunto, que quizá interese menos a quienes no son vecinos del gigante norteño. Y es que la suerte del país en el que vivo está ligada al Norte desde muchísimo tiempo antes de que nacieran mis abuelos, por lo que soñar, vivir, gozar, sufrir a 45 minutos de vuelo de la mayor potencia militar del planeta, tiene un costo. De allá llegan los frentes fríos añorados cuando vivimos largos meses amasados por un calor insoportable; cuando los independentistas tenían con la lengua afuera al ejército español, de allá llegaron las tropas en supuesto auxilio a los cubanos y de ahí partió la primera intervención; se desplazaron después los capitales que condicionaron la economía nacional; arribaron los turistas de lujo a pasar fines de semana en hoteles que la mafia italo-americana intentó convertir en alternativa a Las Vegas; desembarcaron tecnologías modernas, bellos autos, modas caras y baratas además del Helloween, y cuando Fidel triunfó con sus guerrillas y mandó a parar se formó lo que tenía que formarse, porque aquí se comenzó a vivir de otra manera. Lleva Cuba tanto tiempo bloqueada, amenazada, estigmatizada, que a veces tengo la impresión de que en otras latitudes la reiteración malévola de los norteños ha perdido trascendencia informativa.  Es como si el tema estuviera en evaporación, aunque Donald Trump insista en romperle el pescuezo a esa otra forma de vivir, al igual que ocurrió en los momentos más duros de las últimas seis décadas. Y todo ello en tiempos de crisis, en buena parte como consecuencia de la persecución enajenada, como resultado igualmente de una economía nacional improductiva extendida en el tiempo y como si lo anterior fuera poco, cuando la isla está obligada a enfrentar al nuevo coronavirus -los tratamientos y hospitalizaciones son gratuitos-, epidemia que hasta el 22 de septiembre había comprometido a cinco mil 222 personas, con el saldo de 117 muertos, cifra baja en fría comparación con lo que ocurre en el resto de América (EU se acerca a 200 mil fallecidos), pero que encierra un esfuerzo descomunal en momentos de escases de casi todo.

Comprenderá usted que vive del lado de allá con otros sufrimientos, por qué aquí hasta los despistados tienen la vista puesta en la carrera en curso en EU. Yo leo las encuestas que anticipan la victoria de Biden -parecería que son muchos los estadounidenses hartos de tantas barbaridades-, y no se me quita el susto, porque desde mi visión distante Trump tiene entre sus enormes “atributos” ser una especie de neofascista marrullero que hará lo que sea para volver a ganar, y otros cuatro años en el ala oeste de la Casa Blanca implicaría para este país la multiplicación de todas sus desgracias en 60 años. Si eso ocurriera, podría ser menester regresar a las trincheras y quizá entonces, lamentablemente, Cuba vuelva a ser noticia.