Cuba, ellos y Leal
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Del otro lado del Atlántico o del mar Caribe las verdades son otras, y en Cuba pudieron ser dos las décadas durante la cuales muchos se consagraron al desmontaje de una forma de vivir e imaginar y a la creación de otra, en la que soñaron no mandarían el dinero, ni los apellidos ni el vecino obcecado por tanto tiempo haciendo aquí lo que le venía en ganas. Entonces se unieron gentes viejas y muy jóvenes, dejando a un lado costumbres y hasta familias para edificar algo distinto, haciendo sin saber, y de aquel empeño titánico, porque se fundó a veces entre tiros y siempre con mucho menos de lo que se necesitaba, surgieron resultados que para bien o para mal han trascendido. Durante esa entrega, entre otros saldos, se alfabetizó de punta a cabo, se atrapó para siempre el agua perdida por millones de metros cúbicos, se convirtió al campesino y al zapatero en personas, la electrificación dejó de ser atributo de ciudades, se salvaron de gratis muchas vidas y se creó una comunidad de científicos que en estos tiempos de epidemia muestran su valía. Y también se abrieron heridas todavía sin sanar; nadie puede estar conforme con perder los paradigmas en que creyeron hasta que todo comenzó en 1959. En la consagración a crear sin saber cómo, se hicieron asimismo barbaridades: un “Cordón de La Habana” para cultivar café donde los que sabían alertaron que nunca se daría, perdido al final pese al esfuerzo de muchos; la estatificación de casi todo ; la zafra azucarera de los 10 millones como meta que nunca fue; la marginalización y el encierro de intelectuales y artistas que se consideraban distintos; y otros tantos desatinos, porque aunque alguien se obstine en convencer de lo contrario, la vida no es en blanco y negro. De esas décadas vinieron las luces y las sombras de estos días de nueva crisis. Desde allá fue creciendo el ordeno y mando, un estilo de dirección entendible quizá por la urgencia inicial, por la premura y la trascendencia de cualquier momento fundacional en tiempos igualmente duros. No obstante, la vida ha seguido y entre las mil y una cosas a cambiar en este país si quiere garantizar su independencia, estaría ese estilo de conducción y los atributos de algunas o de muchas de las gentes que dirigen, porque no basta con el esfuerzo en curso por descentralizar si los que mandan no lo hacen como líderes ciertos de una sociedad marcada hasta el cansancio por demasiadas promesas en espera.

Aquí hubo y hay líderes que marcan pautas. Ahí está la impronta de Eusebio Leal, quien recelaba según dijo muchas veces de las gentes sin aspiraciones personales. Primero, defensor en solitario y después restaurador de La Habana, y con él sus colaboradores; mujeres y hombres que se echaron a los hombros una tarea enorme con el deseo de transformar sin temor a equivocarse, a perder el puesto o a importunar a los que pensaban distinto. Leal, el recientemente fallecido Historiador de la Ciudad, quien constataba cada día la obra en marcha caminando su ciudad, que se preocupaba más por lo que había que hacer y se había hecho, que por las estadísticas o por esas muchas convenciones que suelen paralizar cualquier iniciativa ajena a los planes establecidos en la distancia. En función de los resultados, no de los deseos ni de las buenas intenciones, supo rodearse de personas con talento, algunas que habían sido tiradas al rincón; cubanos y cubanas con ganas de lo imposible; colaboradores que más que cumplir órdenes aportaron desde sus individualidades respectivas, porque no por gusto este país ha creado a tanta gente con talento que si no se les permite triunfar aquí, lo hacen en cualquier otra parte. Imposible refundar la nación que urge de este lado de los mares con repetidores de consignas políticas, con dirigentes que prefieren la actuación desde las sombras, con personas sin visión de largo alcance, incapaces incluso de darse cuenta de detalles ortográficos como que el repetido término APERTURAR no existe.