Amor, cine y Paco Rabanne
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Creo que mi fama de mozalbete enamoradizo surgió en una butaca de cine, el Rex de Tánger, adonde yo acudía en los finales de los cincuenta para hacer crítica cinematográfica destinada al semanario local Cosmópolis,Cada vez que llegaba a la Redacción después de una de esas proyecciones, la secretaria del periódico, Miss Morterson, oriunda de Londres, abría cómicamente los ojos y me dedicaba una extraña sonrisa con estas palabras en voz alta como para que la escuchara toda la Redacción: “¡Ya se nos ha vuelto a enamorar!.”Y era verdad, de Patrice Wymore, compañera en el cine y en la vida de Errol Flynn, estuve para que me internaran. Y cuando la conocí en su yate atracado en Tánger me dí cuenta que era demasiado mujer para mí. Pero no me curaba. Seguía enamorándome. Y lo malo es que me costaba trabajo despegarme de mi obsesión, porque casi todas eran extranjeras y la posibilidad de que pudiésemos encontrarnos en la calle eran limitadas. Salvo en el caso de la Wymore y la desaproveché, pero es cierto que entonces yo ya tenía previsto marcharme a París… Tengo una amiga, no diré que es cubana porque hasta podría reconocerse, que sabe de mi facilidad para enamorarme. La verdad es que podía haberme casado y divorciado unas cuantas veces, pero en mis tiempos esas cosas de la separación estaban muy mal vistas. Con Diana Rigg,británica ella y mujerona ella, fue el flechazo más difícil, bueno, más o menos. Era la heroína de una serie que tuvo mucho éxito en Europa, “Los vengadores”, con el repulsivo Patrick Macnee –y digo repulsivo porque se las llevaba a todas de calle, y otra deliciosa actriz de cuyo nombre ya me acordaré. Y ahora que repaso me doy cuenta de que desde entonces esas plataformas que quieren hacer cine barato ya han repetido Los Vengadores algunas veces.

Diana, que acaba de marcharse, me imponía, porque era de una elegancia extravagantemente londinense y tan perfecta hasta en el gesto de mover, aunque ella lo hacía bailar, el azúcar en una taza de té. Además, te miraba a los ojos, aunque fuera en el televisor, que entonces creo era en blanco y negro –estábamos en los años sesenta, los benditos—y conseguía desconectarte tus circuitos para un par de días.

La serie, pues eso “Los vengadores, que tuvo un éxito fastuoso, como ninguna que yo recuerde, me fascinaba. Me enamoré locamente de Diana, pero esa solo fue mi primera locura. Luego le llegó la vez a otra de las intérpretes, Joanna Lumley, y la tercera también fue muy fuerte. Lo malo es que finalmente no me decidía. Y tuve incluso la oportunidad de hacerle un reportaje a dos de ellas, que estaban rodando no sé qué cosa cerca de París. No me convencieron. Decididamente, mi amor era Diana, que en el telefilme se llamaba nada menos que Emma Peel. ¿Imaginan ustedes que uno no pueda enamorarse de una mujer como ella, que además se llama Emma Peel?. Yo ya me imaginaba presentándola a mis amigos parisenses; “Es Emma, Peel”. Y claro, todos se volvían chochos, al borde de la demencia total. Pero, ¿y si me la quitaban? Después de todo con Diana Rigg no nos habíamos tratado mucho, aunque eso de verse a menudo aunque sea por una pantalla de televisión.

Con Joanna Lumley, que también trabajaba en la serie, estuve haciendo un reportaje cerca de París que alargué tres días por el placer de verla. Y la verdad es que debería haberme prestado más atención porque teníamos casi la misma edad. También se largó sin una sonrisa, que tenía muy bonita y ahora anda por la televisión haciendo emisiones varias. Creo que debe de acordarse de mi porque según un fotógrafo amigo, que murió de risa, y no bromeo, o casi, estábamos hechos el uno para el otro. Fue uno de mis grandes amores. Cuando nació mi segunda hija, mi esposa, porque yo era un hombre casado, me preguntó que le diera un nombre para la niña y yo sin pensarlo solté Diana.

La verdad es que me falló el corazón, porque he seguido enamorándome de actrices y pese a mi edad, ya avanzada, no dejo de pasar una ocasión para volverme loco por una cara bonita del cine o la televisión. Lo malo es que todo es tan complicado, y ahora con el bicho asqueroso chino que nos obliga a llevar mascarillas. Los malditos asiáticos nos han robado hasta el encanto de una cara vistosa. Fu Manchu era un malvado, pero los de ahora no tienen nada que envidiarle en maldad.

Por cierto, acabo de saber que ha muerto Diana Rigg. Creo que allí donde esté le saldrán enamorados a porrillo.Les he hablado de Jacques, mi fotógrafo, no es que yo lo hubiese comprado sino que trabajaba siempre conmigo, un tipo extraordinariamente maravilloso que como todos buscaba la felicidad. Tenía una cualidad es que siempre se estaba riendo. Pero yo creo que la risa le fue fatal.Estábamos en los talleres del modista español Paco Rabanne, en París. Paco Rabaneda para los cristianos y el modista, que creía muchos en otras vidas y en Jesús, nos contó algunas de sus experiencias que podrían pasar por extravagantes en el mundo tonto común. Mientras hablaba de experiencias que decía haber experimentado en el más allá, creo, ya hace muchos años, Jacques soltó una de sus homéricas carcajadas. Paco Rabanne dejó de hablar y le miró con unos ojos que daban susto.Unos días después, la esposa de Jacques me llamó de urgencia. Su esposo había sido hospitalizado. Padecía una enfermedad con la que los médicos no acertaban. Creo que hablé con uno de ellos que lo tenía aislado como si hubiese estado en Marte y el hombre no hacía más que mover la cabeza y decirme en todo de desesperación (Je ne comprends rien… Je ne comprends rien… ) No comprendo nada).

Estuve un rato con el moribundo y antes de marcharme me dedicó una de sus risas que no era ya más que una mueca.Dos días después fallecía. Le odié por dejarme solo, sin esa risa que calentaba el alma. Porque al margen de la risa, nos parecíamos muchos. Éramos casi tan desgraciados el uno como el otro. Quizá sea por eso por lo que le echo tanto de menos.