Encerrado
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Ya sé que estamos en época de terrible pandemia ofrecida por los amigos chinos a los que damos de comer yendo a sus tiendas cada vez que se presenta la ocasión.  China quiere que el mundo entero bese los pasos de su amado líder Xi Jimg que, según un libro que acaba de publicarse en Francia, se prepara a dominar el mundo con la mentira y la falsedad. Quien lo dice es un periodista alemán, Kal Strittmater, considerado mundialmente como uno de los mejores conocedores de China. Estoy muy lejos de ese país de la desgracia. En una isla africana que ni es isla ni es africana y que se encuentra a orillas del Mediterráneo donde si empiezas a nadar llegas en unas horas al comienzo de África.Nadie me tiene prisionero. No soy un doble de Patrick MacGohan, aquel pobrecito, guapo y apuesto, que aterriza en una isla de la que nunca se sale. No te encañonan ametralladoras sino unos malignos globos que te persiguen por toda la isla hasta que vas a rendir pleitesía al maestro de todos, que no se sabe quién es. Y que tampoco es Fu Manchú. Estoy encerrado normalmente, voluntariamente, y ni siquiera porque el mundo está infectado de esos invisibles bichitos llamados coronavirus. Llevaba una vida muy feliz en Brasil, bájese en Brasilia y desde un ala perdida en el cielo de un salón del Palacio de itamaraty, vuele hacia Rio, donde le espera la vida más demente y maravillosa del mundo. Puede que incluso tenga usted la suerte de encontrarse con la Chica de Ipanema, una morenucha flaca que se escapó de una canción maravillosa de Jobim, cuando el genial compositor atendía a otra musa que se le iba corriendo de la guitarra. Soy el prisionero preso. No hay ninguna orden de detención contra mi y no he cometido más que un delito, no entender a tiempo que la vida no toca a tu puerta más que una vez, una sola, no como el cartero de Jessica Lange que se volvía loca de amor encima de una mesa de cocina de un perro bar de camioneros, allá en esos Estados Unidos que todos envidiamos. Cuando volví de Brasil estaba tan entusiasmado, tan maravillado que pensé que ya había agotado mi cupo de felicidad.

Después de veinte años viviendo de las rentas de ensueños con amorosas y maravillosas brasileñas me doy cuenta de que necesito algo más para seguir viviendo todavía un cachito, nada más.Pero ella no viene, no quiere venir. Prometió en Brasilia que me seguiría y que se vendría conmigo, a alegrar el ratito que todavía me han dejado. Pero cuando llegó a este lugar maldito por todos los dioses malos del mundo ni se bajó del avión. Le dijo a la azafata que se había equivocado de aeropuerto y se refugió en otro vuelo hasta Sao Paulo.Una vez más, me quedé solo, esperando. Pero me ha ocurrido tantas y tantas veces, salvo el rato de Brasil, que ya estoy acostumbrado.Cuando raramente salgo a tomar un café me focalizó en una muchacha que está enfrente y espero que me devuelva la mirada. Una vez ocurrió pero cuando empezamos a hablar me confesó que era muy miope. No quiero morir solo. Busco una mujer que me ame, aunque sea a plazo fijo y por un tiempo y un precio estipulado. Debe de ser muy triste morir sin amor. Ya me voy acostumbrando pero no quisiera que fuera así hasta que Jesús venga a darme la mano. Por lo menos me lo prometió, Y yo le pedí Magdalena. Y él me sonrió como un granujilla de Pigalle.

¡Perdonen, llaman a la puerta!…

No era nada, solo el cartero, el que no llama dos veces, y que siempre me trae carta de Hacienda…