Esperando
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Llevo treinta o cuarenta años esperando, ya no sé, porque a medida que el tiempo pasa en vano dejas de contar o es que no quieres contar. Ni un mensaje, ni una carta, nada de nada. Y esperas porque te han dicho que hay que ser paciente. Pero, oiga, ¿dónde está el dios ese que lo podía todo, aunque parece que poco porque a su hijo lo crucificaron bestialmente? ¿De veras que dios existe, porque no se merece ni la mayúscula? Sé que su hijo, Jesús de Nazaré existió. Hay libros que dan fe de ello. Era un treintañero bien parecido nacido en un hogar humilde, que en La Palestina de aquellos tiempos se metió a predicador y poco a poco, había estudiado en la sinagoga, como los ricos, con el tiempo fue un profeta. Andaba hablando por los caminos y a medida que pasaba el tiempo más gente se unía a él. Era una especie de Messi, un poco cabizbajo, pero en lugar de saber dar patadas a un balón lo suyo era hablar, contar cosas a gente que necesitaba escucharlas.

Hasta que los romanos, esas bestias con falditas de cuero que solo servían a los cineastas para contar historias de Cleopatra y Marco Antonio, de serpientes mágicas y de tesoros, se metieron por medio y ordenaron que lo detuvieran por hablar más de la cuenta de un reino que no era el de los romanos. Y terminaron por clavarlo en una vieja cruz, con enormes clavos más o menos roñosos. Pero el cuento es que yo llevo todo ese tiempo que les he dicho esperando porque cuando hablo con Jesús, él apenas abre la boca, me dice que tenga paciencia, que ella volverá. Porque le he contado mi historia y al principio él creía que era una historia de amantes, de novietes como ha escuchado tantas. Dice que Maria Magdalena le ponía al corriente de todos los romances que corrían por aquellas tierras donde los fariseos eran unos tipos aburridos y malos.

Pero creo que Jesús no me hace caso. A ese que dicen que era el padre, el dios, ni me dirijo. Nada más que tiene tiempos para las pandemias y no para hasta que liquida a la gente. Ella murió, se mató, no de amor como la cretina de Julieta, la de Romeo. Ni siquiera eso. Dejó que un cretino de machito con su pichita de atormentado la estrellara en un coche. A lo James Dean, que se mató el muy cretino con un Porsche que costaba un riñón, pero así eran los niños mimados del Hollywood de los años 50-60. Caprichosos, mentecatos, como esta mujer mía que se pegó con una pared que estaba allí por capricho de unos cretinos de campesinos adinerados. Que ni siquiera estuvieron en el cementerio, porque yo estuve contándolos, para ver quien faltaba.

El otro día, mientras miraba estúpidamente al mar Mediterráneo esperando que llegaran las pateras llenas de la peste china que nos mandan desde Marruecos cuando los traficantes, que dios los bendiga, envían por vía marítima a los desgraciados pateros. Se me acercó a mi mesa una gitana de las que llevan tomillos entre los dedos y una buena aventura de mentirijilla en la boquita de clavel.

–Payo, que la niña va a venir a verle. No sé cuándo. Quizá esta mañana o dentro de ocho días.

Entonces la imaginé con aquel vestido de seda verde que llevaba a juego con los labios rojos reventones y su pelo ensortijado donde podían perderse amores a porrillo. Era bonita como nadie imagina. Por eso la mató el cabrón del picha yaciente. Me fui a dormir la siesta para soñar con ella. Pero solo se me apareció un recaudador de impuestos. Y entonces, Jesús omtervino de pronto y a zurriagazos echó a aquellos mercaderes del dolor. Y esperé que llegara ella pero solo encontré un rato de sueño moribundo.