Cuba y las estupideces
image_pdfimage_print

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Cuba, con sus 11,3 millones de habitantes, debe ser el país con más burócratas per cápita en América a juzgar por la cotidianidad, y esa podría ser una de las causas de que cada día aquí lo increíble sea cierto para bien o para mal. La noche del 7 de septiembre, cuando se cumplieron siete días de las mayores restricciones de movimiento en 60 años para enfrentar un rebrote de covid-19 en La Habana, muchos televidentes quedaron atónitos al conocer que en los puntos de control que cierran el tránsito no autorizado oficialmente con la capital, se había prohibido también la transportación de los alimentos que tradicionalmente llegan de provincias vecinas. Fue tal el efecto de la decisión que esa misma noche dirigentes del gobierno provincial, según informó el Gobernador, debieron recorrer cada uno de esos controles para explicar que “no hay restricciones para la entrada de alimentos a la capital”, en momentos en que además el desabastecimiento en el país es abrumadoramente generalizado. ¿Había que explicar algo tan elemental? Pues sí.

Los servidores públicos son necesarios en todas partes y entre ellos crecen los burócratas, pero en la isla estos últimos tienen una maléfica dimensión quizá debido a la práctica de querer controlarlo todo por razones de seguridad nacional o por el descomunal tamaño del Estado o por otras mil causas que se pudieran argumentar. No obstante, el hecho cierto parece ser que aquí los burócratas deciden cosas tan vitales como dejar sin viandas, granos, frutas y hortalizas a una ciudad. Los hay en todos los países, aunque en dimensiones más o menos controlables. En su reciente cuento EL CHICLE Y YO, mi hijo Ariel reflejó esta vivencia: “Prácticamente todos los emigrantes que viven en Madrid tienen que pasar en algún momento por la comisaría de Aluche. Es una estación de policía ubicada en las tierras de Atreyu: la nada; una nada de concreto, rodeada del gris del asfalto y bajo un sol calcinante en verano, y un frío gélido en primavera, otoño e invierno. Pues ahí estaba yo con los 18 papeles que me pedían para prorrogar mi estancia como estudiante. Después de más de una hora de espera, llegó el momento en que me iban a atender, al fin. Solo era entregar todos los papeles que sabía estaban correctos porque era la 4ta vez que iba (…)  Y mascando chicle confiadamente me dirigí a la mesa que me indicaba la pantalla. Me senté, y antes de pronunciar palabra, el policía ahí sentado, mirándome con la que tiene que ser su peor cara, con la pierna derecha estira una papelera debajo de él, y me dice “¡escupe!” Me quedé de piedra, es que no podía ser, pero era: ¡aquí también molesta mi chicle!, no era un problema regional de mi país, es a nivel mundial. Molesto, comencé a sopesar pros y contras, y decidí no ceder. Ya llevaba tiempo suficiente en la Madre Patria como para saber que la mayoría de esos funcionarios, por alguna misteriosa razón viven amargados; y aunque dependas de ellos para hacer efectivo tu trámite, no pueden hacer nada deliberadamente contra ti, porque existen los canales para protestar y exigir lo que te corresponde; y ese trabajador público estaba ahí para recoger documentos, solamente. Así que, sin alterarme, y utilizando el mejor de los lenguajes, le dije que mascar chicle no era ilegal, y que no lo iba a tirar (…). Me miró algo incrédulo, porque es costumbre en Aluche maltratar verbalmente a todo el que se pueda sin recibir protesta alguna; y sin más vacilación pasó a hacer su trabajo: recoger mis papeles…”

Ohhh burócratas de todos los países, por favor, ¡¡¡¡NO OS UNÁIS !!!.