El rey que quería ser feliz

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Con 82 años de edad, mes más, mes menos, Don Juan Carlos, que fue Rey de España cuando los militares querían apoderarse de la Nación, se ha cansado y sin decir ni adiós mon amour se ha largado del país con viento fresco en uno, en dos o en catorce aviones.Se le echaba en cara su actitud algo chulesca de querer vivir, es decir que no le importaba si un jefe del mundo del petróleo al que le sobran los millones le daba una propinilla de unos saquitos de dólares. Y además era cuando estuvo enamorado de una noble austriaca o alemana, Corina, que ya no es una niña pero que sin duda le ha hecho olvidar más de una vez los rigores de una familia conformista y el aburrimiento de un palacio. No se le conocen grandes vicios salvo las mujeres, y como ellas con bendición de Dios, ¿qué malo tiene que reciban un regalito aunque huela un poco a petróleo? Ya nos gustaría a más de uno, ¿o no?El amor tiene esas cosas y hay mujeres que aman el dinero, es decir el poder. Eva, la del paraíso, era otra cosa, pero también hubo una bella manzana por medio antes de que se buscaran un rincón para probar a qué sabía el pecado. Cuando yo llegué a España como corresponsal de la Agencia France Presse, en 1988, lo primero que me dijeron en la Redacción era que estábamos amenazados por las fieras corrupias de los terroristas de ETA y que había que tener ojo si no queríamos quedarnos ciegos. Hoy que he vuelto a esta isla africana mía del sur total de España, los antiguos terroristas son personas decentes, hasta a veces con sillón de cuero en el Parlamento. Algunos de ellos tienen las manos pringadas de sangre por mucho que se las laven. Pero están de moda. Ya son gente decente.

En el plano informativo me advirtieron: el Rey es intocable. No se habla de él nada más que cuando hace falta y cuando te dicen que ha desaparecido, que no lo encuentran, que no está en la Zarzuela, la residencia real, etc. etc. te haces el loco. Y me contaron algunas anécdotas. Como cuando aprovechando un viaje de su esposa Doña Sofía a Grecia para visitar a su madre, la bruja dicen que la llamaban los griegos, Don Juan se encerró en su palacio con una bailarina de mil demonios por la que cualquiera de nosotros hubiese pedido prestadas unas cuantas vidas para cambiarla por sus favores. Aquellos duró dos semanas y cuando alguien, algún periódico, o cualquier fisgón mal educado quería saber del Rey se decía que estaba en Madrid, haciendo vida normal, meditando más o menos. Era una época muy cachonda en España, pese a que los bestias de ETA cometían todas las tropelías que le pasaban por la cabeza, desde el tiro en la nuca clásico por no pensar como ellos hasta secuestrar a un tal Revilla, rey de los embutidos y millonario patentado. Y casualmente a mí me llamó ETA una noche de casi llegado para decirme que el cadáver del prócer estaba en un garaje. Avise a la policía y resultó que era una “broma”. Los siniestros matarifes querían que se les reconociera el sentido del humor.

Habían embadurnado el lugar donde debía estar el cadáver con una pintura que los perros policíacos se volvían majaretas. Uno de los jefes de la policía, luego tomamos más de una copa, me hubiese expulsado en aquel momento del país si hubiese podido. En aquellos años había una revista que rompía todos los records de tirada, Interviú. Y no es que publicase documentos rompedores sino más bien unas portadas a pelo que el día de su publicación los kioscos eran tomados de asalto por una multitud ávida de sexo. Eran tiempos de gran actividad sexual en España. Si no habías podido alquilar una habitación de hotel y había prisas, el taxista de turno te abandonaba su vehículo por unas horas en un descampado y a condición de que ya hubiese caído el día. Ahora cada vez que tomo un taxi le sonrío cordialmente al chófer, que probablemente debe de creerse que soy un pervertido.

Un día, Interviú batió todos los records de tirada. Hasta la redacción nos había llegado el soplo y antes del amanecer dos aguerridos agentes de la AFP estaban apostados en el quiosco de Recoletos para llevarse cuantos ejemplares de la revista pudiesen cargar.Aquella semana, la estrella de la portada era una de las más elegantes, bella como el día cuando no deja de amanecer, mujeres de las esferas sociales más altas de la nobleza española o casi. Lo terrible es que no posaba y en la foto estaba perfectamente y elegantemente vestida. En realidad nos enteramos que a la muchacha, un bombón, la habían sorprendido en un bar de copas con las piernas cruzadas. Lo malo es que el flash del fotógrafo era tan inquisidor que había traspasados sus bragas y se le veía lo que nunca una dama enseña en una recepción. El reportero no se molestó en conseguir lo que los eruditos llaman una perspectiva atmosférica.

Eran tiempos simpáticos pese a ETA o quizá porque nos divertíamos con más rabia pensando que cualquier día podía acercarse un majareta de aquellos asesinos y volarnos la cabeza por apuntarse un tanto. Don Juan Carlos de Borbón seguía con sus líos de faldas, por sus manos pasaron algunas (creo que exagero, sería mejor decir todas…) de las más bellas y elegantes mujeres de España, y los nombres de las beneficiadas estaban en boca de todos.Claro que cuando la esposa, Doña Sofía, estaba en Palacio se le acababa la juerga.Y ahora, de pronto, en este año del bicho chino, después de haber cedido el trono a su hijo, Felipe, que no tiene su gracejo ni parece interesarse tanto como él por la lencería cara, Don Juan Carlos, convertido en Rey Emérito, ha tomado las de Villadiego dejando a todo el mundo con la boca abierta.Personalmente creo que Don Juan, que era chistoso, aunque un poco sinvergüenza en ese capítulo de la fidelidad conyugal, estaba harto del protocolo real y se ha marchado con la intención de usar como le de la gana los años que todavía le quedan.España está dividida con esta desaparición. Unos aplauden y otros le patean, como en todo. Pero no quita para que nadie pueda reprocharle no haber hecho por su patria lo que otros quizá no hubiesen atrevido a hacer. Fue el 23 de febrero de 1981. Una pandilla de oficiales de alto rango se pusieron de acuerdo para acabar con la recién estrenada democracia por el primer ministro Adolfo Suárez. Y quisieron meter a Don Juan en el ajo.

De muy buena fuente me contaron entonces que el Rey estaba un poco dubitativo y que incluso hubiese bastado un empujoncito para que se hubiese acercado demasiado a los amotinados.Pero finalmente, Juan Carlos, que todavía no tenía más experiencia que la que había podido darle Franco, el dictador que le había preparado para sucederle, cuando entonces ya le llamaban el Príncipe, se negó a subirse a los tanques de los amotinados, que fueron derrotados. Imagino que ande por donde ande, probablemente por el Caribe, Don Juan Carlos recordará aquellos días de zozobra y cómo, con la ayuda de algunos políticos, supo enderezar la barra y, sobre todo, no abrazar a los tanques de los militares que ya habían desfilados en plan intimidatorio y de poderío por grandes ciudades como Valencia. Porque Don Juan, el Rey Emérito, el rey que ya no gobierna, es un cachondo mental. Le gusta la juerga, cazar leones prohibidos y meterse en las faldas de las mujeres más bonitos que se tropiezan con él. Ahora se le abre una nueva vida. Y no creo que su intención sea terminarla encerrado en un monasterio, a menos que hubiese un convento de monjas que… Dejémonos de vagabundeos intelectuales. Creo que más bien lo haría en un burdel de los de antes y de los que deben de quedar todavía más de uno en más de un rincón del mundo.

Don Juan, diviértase, que la vida son dos días y apenas. Y usted ya ha cumplido. Viva su vida y no mire atrás. Y no pregunte más por el Almirante Cristobal Colón, aquel que nos dijeron, ¿se acuerda usted?, que había estado enterrado en la Cartuja de Sevilla. Que sus últimos años en este mundo sean como un baile de Quentin Tarantino. Todo locura. Baile, Majestad, baile, en La Habana, en Santo Domingo, en Jamaica o donde le venga en gana, sobre las olas del mar más bello del mundo. Pero aléjese de esta nefasta Europa, encorsetada en un pasado que ya no existe por prestigioso que pudiera ser. Y como le quedará tiempo dese una vuelta por Rio de Janeiro, pero no por cualquier sitio. Vaya a la playa y pregunte por la Garota de Ipanema, que una vez estuve a punto de encontrar en un modesto bar donde la música de la bossa nova hizo bailar al mismísimo Frank Sinatra. Y si la Garota aparece, ya sabe usted, Majestad, sonrisa y carretera.

Acuérdese, Majestad, que ese mar Caribe es mágico. Todo el mar, toda sus islas, salvo la pobrecita Haití. Si le llevan a dar un paseo a La Habana, y si alguien en la calle le quiere vender el PPG, cómprelo, es un buen remedio para muchos males. Pero no se olvide de ir al Malecón, donde las muchachas cubanas aman y padecen mientras las olas que seguramente hablan yanqui se estrellan con el ruido de un piano de Monseigneur o de cualquier otro lugar donde todavía la gente quiere vivir. Pese a los pesares. Y no deje de pasar por el Hotel Nacional. Si todavía los bárbaros han dejado vivo el ascensor inventado por los norteamericanos, métase en él, atrinchérese con alguna amiga y pida un Cubalibre. No hay mejor sitio para beberlo. Por ahora, medios bien informados dicen que anda por los Emiratos Árabes. Pero seguro que se cansa de contar camellos y pone rumbo a Latinoamérica, probablemente a República Dominicana, dicen algunos entendidos en la geografía amorosa.




Aquella china trigueña habanera

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

“Cuenta la leyenda que antiguamente la gente creía que, cuando alguien moría, un cuervo se llevaba su alma a la tierra de los muertos. Pero a veces sucede algo tan horrible que, junto con el alma, el cuervo se lleva su profunda tristeza y el alma no puede descansar. Y a veces, sólo a veces, cuando existe el verdadero amor aquel pájaro de color azabache devuelve a la tierra aquel sentimiento a quien lo perdió a través de algún antepasado para que este pueda conocer la felicidad en reconocimiento”. El verano se había metido de lleno en aquella ciudad habanera bañadas por las aguas del malecón tal y como aparecen aquellas auroras boreales en aquellos lejanos confines del mundo.   En aquellos días Luis era uno de aquellos jóvenes reporteros que quería comerse el mundo. Le gustaba habanear por aquellas calles pese al sol que barría aquellos caminos.Sin embargo, Luis no podía apartar el recuerdo de aquella trigueña que conoció días antes en casa de unos tíos suyos.En aquellos lares se sabía que sus tíos mitad napolitanos y mitad habaneros eran reconocidos intelectuales de alto calibre en aquellas noches habaneras que se solían codear con lo mejorcito de aquella vieja ciudad. Fuera como fuese, el recuerdo de aquella trigueña invadía todos los pensamientos de aquel muchacho que había llegado a la isla después del fallecimiento de una de sus hermanas en un accidente de carretera.Una de las tantas noches en la cual recorría aquellos largos pasillos de una casa que alquilaba cerca de la famosa calle Obispo. Luis decide llamar a casa de sus tíos para saber si algo se sabía de aquella trigueña que invadía todos sus pensamientos y sentidos. En aquella casa del municipio playa aquel teléfono sonó y sonó otra vez hasta que aquel tío de origen napolitano tomó la llamada:

– Soy Luisito. ¿Cómo anda la cosa por allá, como está mi tía bella?

– Mijo ya tu sabes, tu tía salió a buscar la jama y debía pasar por 19 y 42 por cuestión del trabajo de ella. Pero ella vira en un rato.

Oye mi tío ¿tú sabes alguna cosa de aquella trigueña que andaba por la casa el fin de semana pasado?

Pero aquel cubano – napolitano que era perro viejo aun sabiendo que él quería que aquellos dos se empataran le respondió.

– ¿Tú dices la amiga de tu tía? No, yo no la vi desde aquel día que estuvimos compartiendo aquí ¿porque tu pregunta?, ¿que tú quieres con ella?”.

–Ayy mi tío de verdad yo necesito que usted me dé una mano con ella porque no dejo de pensar en esa trigueña de verdad que no y no consigo centrarme en el periódico. Por favor hable usted con mi tía al respecto.

Del otro lado de la línea aquel tío suyo tenía la sonrisa en la cara, pues desde aquel momento supo que aquellos ojos de color canela y piel morena habían tocado de lleno a aquel sobrino suyo en lo más profundo de su ser. Desanimado Luis se despidió de su tío y colgó el teléfono para refugiar sus penas en una botellita de güisque importado que un amigo le había regalado. Los días fueron pasando uno tras otro sin importarle lo que podía ocurrir a su alrededor hasta que su redactor jefe lo llamara a su casa para preguntarle si ya tenía listo aquel artículo que debía ir en primera portada de la edición matinal. Cuando le respondió que aquella nota ya estaba lista el redactor jefe medio apurado le pidió que se preparase para partir en el primer vuelo con destino a Paris pues en la redacción se tuvo noticias de que una panda de terrorista planeaba secuestrar un vuelo de Aire France de forma a presionar el gobierno galo que tenían por entonces retenidos unos terroristas argelinos de la peor especie. Sin mediar palabra Luis partió aquella misma noche dirección Paris Charle de Gaulle sin saber cuándo volvería a ver aquella Habana que tanto amaba.

El drama comenzó durante una Nochebuena cualquiera, cuando cuatro terroristas, disfrazados de oficiales de policía presidencial argelinos, abordaron un Airbus con más de doscientos pasajeros.Por aquel entonces las autoridades francesas no eran ajenas al peligro que corrían, sobre todo las que tenía por destino la República Argelina, no eran pocos los que albergaban resentimiento contra el país. Con este escenario, los vuelos de Air France estaban compuestos enteramente por tripulantes que se habían ofrecido como voluntarios para cubrir la ruta. La tensión era de un nivel tal que la aerolínea le había consultado al Gobierno si realmente tenía que seguir cubriéndola. Pero para el momento del hecho, no habían recibido respuesta.

Inicialmente, la presencia de los “oficiales” en el avión no fue motivo de alarma. Dos de los hombres comenzaron a inspeccionar los pasaportes de los pasajeros, otro fue a la cabina, y el último mantuvo guardia. Sin embargo, poco después de que abordaran, un tripulante de a bordo advirtió que todos estaban armados algo que no era común y uno de ellos tenía una barra de dinamita.Habían elegido el avión como objetivo pues consideraban a Air France un símbolo de invasión extranjera llena de infieles. Luis quien veía desde la torre de control que la cosa se ponía seria decide llamar a casa de sus tíos quien desconocía que el joven reportero partió lejos de aquella tierra para cubrir con conflicto armado en toda regla. Eran algo más de las siete de la mañana cuando el teléfono sonó del otro lado del charco en aquel municipio cubano separado del barrio de Marianao desde 1976. Desde el otro lado, aquel tío italocubano quien podía haber inspirado a directores como Martin Scorsese para borronear el guion de aquella mítica película titulada Goodfellas “Uno de los nuestros” levanto aquel receptor apostado en una esquina de la sala preguntando:

– ¡Oigo!, ¿Quién habla? ¡Oigo!,

Del otro lado del cable y con una pésima comunicación Luis trata de comunicarse con aquel tío suyo.

–   – Oye … tio ¿¿¿tú me escuchas??? …Soy Luissssss, tuve que salir de La Habana para cubrir una noticia. Estoy en Paris voy a tardar unos días en regresar.

–   -ajan …Si está bien sí… escuchó… ajan ya ok yo aviso a tu tía entonces, sin problema pipo dale te queremos.

 Luis colgó minutos después colocando aquel móvil en modo avión de manera a no interferir en las comunicaciones de aquella torre de control.

Algunos minutos después el capitán de aquella aeronave consigue comunicarse con la torre de control: “Mayday Mayday, vuelo 898.989 de Aire France a torre de control, código de emergía 7500 activado, el avión fue tomado por un grupo radical argelino. Solicito activación del protocolo de emergencia alfa bravo”. Al mismo tiempo que aquella comunicación entre la torre de control y el piloto tenía lugar el supervisor que se encontraba pendiente de lo que pasaba da sin ningún miramiento la orden de activar el protocolo de emergencia. De origen asturiano y con cara de pocos amigos Luis que conocía muy bien aquel perro viejo de la aeronáutica le escucha decir por radio:

“Que nadie me toque los cojones… Llamen al GIGN de inmediato protocolo de emergencia alfa bravo activado. Más de doscientos rehenes y cuatro secuestrados que alguien llame GIGN al SWAT o a la puta madre que les pario a todos… pero ya”. Estaba claro, la cosa era mucho más seria de lo que se podía pensar… Hacer llamar aquellos hombres enmascarados no era una broma. Creados tras la masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, aquellos individuos tenían fama de ser especialistas en situaciones de máximo riesgo.

No pasaron ni quince minutos cuando aquel capitán se cuadró delante de aquel supervisor que apenas había encendido su cigarrillo para intentar templar sus nervios.

–   Soy el capitán Wahlberg, ¿cuál es la situación actual?

Nervioso y sin poder controlarse el supervisor ahoga el cigarrillo en un cenicero cercano y replica:

–   Coño, si usted no lo saben menos lo voy a saber yo… Putain de merde les mec… tenemos en actualidad cuatro secuestrados y más de doscientos pasajeros. Dejen de romperme los cojones y soluciones esta mierda ya, faite pas chier Putain de merde. En qué hora me levante de la cama. Coñooo”.

De repente aquel oficial decide intentar una táctica poco convencional y para ello era imperativo un cebo humano. Se trataba de hacer pasar un peón impuesto por el capitán por un alto cargo del ministerio de manera a poder eliminar la amenaza en menos de un minuto.  Sin comerlo ni beberlo aquel joven reportero se vio envuelto en aquella historia. Protegido únicamente por un chaleco antibala Luis se ve envuelto en el fuego cruzado. Pero lo que no sabía es que aquel oficial había dispuesto un franco tirador capaz de hacer diana a mil quinientos metros de distancia en una moneda por más chiquita que fuese. Al llegar a un lugar de la pista de aterrizaje previamente señalada, un negociador trata de hacer salir el principal terrorista apostado en la cabina para que aquella unidad de elite pueda neutralizar la amenaza y dar el salto definitivo.  Mientras el dispositivo se pone en marcha, aquel negociador deja saber al responsable de la unidad que se trataría de cuatro objetivos argelinos originario de séltif y exigen una entrevista con algún representante ministerial.

Segundo más tarde aquel negociador prendió el altavoz y dijo:  Eyy, el de la aeronave el representante del ministerio está aquí mira ha venido señalando aquel reportero.

Aprovechando el despiste del terrorista que estaba encañonando al piloto con una nueve milímetros el tirador apostado estratégicamente en lo más alto de la pista efectúa el disparo neutralizando el primer objetivo. El asalto dado, aquella unidad de elite penetra en la aeronave. Las órdenes son claras eliminar la amenaza. Para ello, el capitán Wahlberg jefe de aquella unidad decide usar la misma técnica que en Yibutí. Un único tiro coordinado. Los piratas abatidos, la operación había durado tres días y tres noches. Inconscientes de las consecuencias, todos los medios estaban televisando al vivo la noticia.  Del otro lado del charco el noticiero cubano relataba a su vez en imágenes lo sucedido en el aeropuerto Charle de Gaulle. No lejos del antiguo mercado de cuatro caminos aquella trigueña que tanto Luis rebusco atiende el noticiero en una pequeña telecita ubicada en la cocina mientras preparaba la cena. Con los medios presentes en el lugar gran parte del asalto se había conseguido grabar y conseguido retransmitir.

Cuando aquella trigueña reparo en la presencia de Luisito exclamo “Ayy dios miooooo…” dejando botado todo al su alrededor corrió agarrar el teléfono para avisar a los tíos del muchacho que estaban totalmente ajeno a lo sucedido.

El teléfono sonó una y otra vez en aquella casa de forma continuada hasta que al fin levantaron aquel antiguo receptor.

–   ¡Oigo!, ¿Quién haba?

Oye soy la china, ¿estáis viendo el noticiero? Mira tú sobrino donde se metió. Están hablando del vuelo secuestrado de Aire France y parece que Luisito actuó de intermediario para hacer salir los piratas candela…. Por favor mira ver y me dejas saber ¿sí?

– Asere, pero ¿qué le pasa a Luisito? Déjame que avise su tía a ver que hacemos después te tiro.

Fracciones de minutos después aquel napolitano transcribe un mensaje al celular del reportero. “Soy tu tio. Estamos preocupado nos dijo la jevita que tanto te gusta que te metiste en tremenda baracera. Llámanos de Inmediato he dicho.!” Segundo después otro mensaje es enviado: “Soy tu tio. Este es el número de la jevita llámala esta extremadamente preocupado he dicho.!”

 Al llegar al hotel donde paraba Luis encuentra aquellos mensajes de textos desfilando uno detrás del otro. Aquella misma noche el periodista que había participado involuntariamente a la liberación de aquellos rehenes llama para tranquilizar a los suyos. El tío de Luis sabiendo que había teniendo unos años antes una relación tormentosa con una mujer algo mayor y totalmente desubicada exclamo:

–   “ Luisito déjame decirte que aquella trigueña llamo muy preocupada por lo sucedido. Esta chica no tiene nada que ver con lo que tú has podido conocer es una mujer seria. Si tú de verdad quieres estar con ella ponte para ella ahora mismo y llámala, te queremos”. En la madrugada de aquella noche Luis y aquella trigueña comenzaron a comunicarse, con el tiempo adquirieron tal compromiso que unos años más tarde ya de vuelta en aquella habana ambos se casaron sin jamás separase el uno del otro. Se podía decir que en el aire reinaba una simbiosis entre ambos muchachos nunca vista. Un día paseando por el malecón habanero de la mano y entre carisias escondidas se encuentran de la nada con un viejo habanero que les explico que en su juventud se había consagrado al culto de Ifá. Con un semblante serio, vestido entero de blanco y collares religiosos, apoyado en un bastón que bien parecía antiguo exclamo:

“Vuestra relación esta bendecida por los dioses, dice Ifá que lo que está escrito no se puede borrar”.

Sonrientes ambos muchachos siguieron su camino, pero curiosos de saber un poco más, cuando ojearon para ver donde estaba aquel viejito se percataron que   había desaparecido.Fue entonces cuando Luis recordó aquella leyenda en la cual se decía que un cuervo de color azabache a veces, sólo a veces, cuando existe el verdadero amor devuelve a la tierra aquel sentimiento a quien lo perdió atreves de algún antepasado para que este pueda conocer la felicidad en reconocimiento.




Crónica cubana de otros tiempos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

A finales de 1995, cuando Cuba se disponía a entrar en el trigésimo Séptimo año de la Revolución, el XVII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano iba a innovar en sus esfuerzos de factor político y diplomático. Por primera vez en la historia, los organizadores del festival pedían a la Iglesia Católica, cuyas relaciones con el gobierno no son excelentes, que celebrase una misa, inscrita como otra actividad cualquiera en el programa festivalero. Ante la sorpresa de nacionales y foráneos, el presidente del Festival, miembro destacado del Comité Central del PC y amigo íntimo de Fidel Castro, Alfredo Guevara, presidía una ceremonia religiosa que se celebraba el 7 de diciembre de 1995 en la parroquia de San Agustín en la barriada habanera de Marianao. Pero si la misa constituía ya una sorpresa en sí, el  oficiante, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, cubano ilustre por su ascendencia y vicario episcopal, iba a ampliarla al pronunciar una homilía que al día siguiente era reproducida en primera plana e íntegramente por el diano del festival. Monseñor de Céspedes era considerado en ese momento como un interlocutor privilegiado del gobierno pese a que la Iglesia Católica en Cuba perdió una enorme clientela desde el triunfo de la Revolución. La catedral de La Habana suele estar cerrada pero, por uno de esos extravagantes contrastes caribeños que no dejan de asombrar, en la misma  Habana vieja, cerca  de la catedral, un inmenso edificio arzobispal que otrora fue escuela de jesuitas, sigue manteniendo un seminario donde se siguen  impartiendo clases a   los futuros sacerdotes cubanos. Porque aparentemente el gobierno prefiere tener en el país  curas nativos y no extranjeros. En ese mismo seminario vive una serie de sacerdotes españoles pero que entran a cuentagotas en Cuba, ya que necesitan un permiso especial para poder ejercer en el país.Monseñor Céspedes no tiene pelos en la lengua, da entrevistas a las televisiones extranjeras donde trata de temas tan complejos y tabúes como el malestar de la juventud, el SIDA y otros pormenores, pero las autoridades no sólo lo toleran sino que le consideran. Querer explicar todo esto con una mentalidad de europeo y sobre todo cartesiana es imposible. Pero los cubanos están curados de espanto. Ni les sorprendió la celebración de esa misa solemne en el corazón de Cuba ni tampoco que  Monseñor Céspedes pronunciase una homilía como si hubiese estado en una iglesia de Roma. También hay que decir que la “informaclón” no circula mucho en Cuba y que la prensa, radio y televisión oficial no hicieron alardes.  En un país donde el sincretismo es corriente, donde algunos especialistas explican que siete de cada diez cubanos son « iniciados », es decir adepto de la religión yoruba, exportada por los esclavos negros de Africa en tiempos de la colonia española, donde hasta  las imágenes más veneradas del catolicismo tienen para la inmensa mayoría del pueblo su equivalente en deidades africanas (la virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la isla, es Ochún, encarnaciôn de la feminidad y de la sensualidad, San Lazaro, el más venerado de todos los santos, es  Babalú Alé, patrón  de las causas perdidas y Santa Barbara el poderoso Changó, dios de la fuerza y de la guerra), cómo no quedar boquiabierto cuando el número dos de la Iglesia Católica Cubana, en una misa oficialmente consagrada a los libertadores de América Simón Bolivar y José Marti, terminaba diciendo:« Dios nos ayude a todos, desde nuestra vocación y circunstancias personales a conseguirla, paso a paso, ornada por nuestra diversidad rica, respetuosa, fraterna y tenaz ». Sonaba como una invocación a esa tolerancia proclamada dos anos atrás por la película « Fresa y chocolate ». En su larga homilía, Monseñor Céspedes diría también: « Somos hijos de un continente de matriz múltiple y de frustraciones muy diversas pero anudadas en la raiz por una apertura  a la que  podríamos calificar de trascendencia, a ese algo que es y está más allá de nosotros mismos e imanta nuestra vida personal y nuestra historia, alentándonos a encontrar la salida del laberinto casi inverosímil. Apertura a un Dios personal, pluriformemente concebido en su misterio insondable y que nos hermana en la Esperanza y en la Fortaleza y en la Paciencia sabia; virtudes todas que escribo con mayúscula… Hoy, 7 de diciembre, es la fiesta litúrgica de San Ambrosio, Arzobispo de Milán, padre de la Iglesia de Occidente y responsable directo de la etapa clave en la conversión del joven Agustín al Cristianismo, en el que su corazón intranquilo y hasta angustiado encontró el reposo necesario, capacitador para los grandes combates pastorales, intelectuales y espirituales que le sobrevendrían casi inmediatamente… Sepamos empinarnos juntos, con nuestras diferencias complementarias y   hasta con nuestras contradicciones que pueden ser germinales de nuevas síntesis, pero cuidemos el tronco y la savia que lo nutre y las raíces que penetran en nues tra Tierra, en la Madre común que no cesa de parirnos »

A continuación iba a pronunciar otras frases que dejan todavía más perplejo a cualquier observador: « No nos dejemos fascinar por encantadores de serpientes que desvíen el derrotero. Crecimiento, sí;  poda, también; injerto, por supuesto, ya que todo aislamiento seca y todo menosprecio de la interdependencia y de la planetarizacion de la cultura, acaba por darle muerte. Pero siempre trepados en nuestro árbol, solidamente insertados en él. Arbol mal tratado, pero recio; capaz todavía de amparar con su sombra salvifica a los hombres y mujeres que nos esforzamos por vivir como personas humanas desde el Río Grande hasta la Tierra de Fuego ».

Y « … En el siglo XIX, cuando el resto de América ya se había independizado del poder colonial español, las autoridades de nuestra Madre patria nos dieron el título de « la siempre fiel isla de Cuba ». Pues bien, hoy les digo yo que Cuba es la siempre fiel Nación de nuestro Continente iberoamericano y caribeño. Ya no a la entrañable España, a la que seguimos siendo fieles en otro sentido que el que tuvo la expresión decimononesca. La siempre fiel Isla de Cuba no es un simple decreto, ni un juego de cuatro letras, ni -mucho menos- una fruta madura dispuesta a caer en un patio ajeno. Cuba es una Nación real, abierta a todos, empeñada hoy, como desde hace más de un siglo, en la reafirmación de nuestro propio ser de cubanos que incluye -no lo duden nunca- el vínculo solidario -fiel- con el entorno hispanoamericano, mestizo y caribeño. Está inscrito en nuestra médula ».

Palabras e ideas algunas de las cuales podrían haber salido de la boca de un orador en la Plaza de la Revolución de La Habana. Unos días más tarde, en la misma barriada de Marianao. Estamos en una pequeña capilla donde cien lugareños, viejos y jóvenes,  ocupan los bancos de la iglesia bautista de Ebenezer. Sólo hay cuatro forasteros, un periodista que se ha enterado casualmente, Alfredo Guevara y dos personas que le acompañan. Esta misa ecuménica tiene lugar a pedido del Festival del Nuevo Cine latinoamericano. Es el tercer acto religioso que se celebra en estos días, ya que después de la misa católica, un rabino de La Habana tomó la iniciativa de una celebración en su sinagoga. Pero la de esta noche es sin lugar a dudas la más singular. El oficiante es un hombre de sesenta años de edad, de apariencia insignificante y con enormes gafas.

En su discurso estigmatizará a los ricos que, subraya, son cada vez más ricos, y habla en favor de esos pobre, cada dia más pobres. También se refiere a la cultura, al espacio cultural que los países del Tercer Mundo deben de conservar frente a los ricos. Y para ello pone esperanzas en el cine latinoamericano. Con la misma convicción rechaza para Cuba una solución de corte neoliberal, pero igualmente el socialismo real: « Nuestro pueblo se ha cansado de calcar y de copiar. Ahora no queremos ser ni como Estados Unidos ni como la Unión Soviética. Tenemos la posibilidad de hacer un proyecto propio que salga del alma.-

Esta misa, en la que todos —incluyendo al marxista Aifredo Guevara— se mueven al ritmo de los cánticos religiosos, quedaría en mi retina como la imagen más surrealista de esos últimos dias del año 1995 en La Habana. En la puerta del templo, comida por la oscuridad debido a los apagones que conoce todo el país en este período especial de crisis económica, el pastor protestante que acaba de oficiar, el reverendo Raúl Suárez, vestido con guayabera blanca,  despide efusivamente a  Alfredo Guevara. Son viejos amigos. Como Alfredo, el reverendo Suárez es diputado de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el Parlamento cubano. (De “Cuba, Revolución y dólares”)

 




Miedo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Siempre he sido miedoso e incluso a veces el miedo a la nada me ha dejado paralizado. Pero desde que apareció el bicho chino y nos obligaron a permanecer encerrados en casa durante dos meses, se ha agudizado. Ya llevo cuatro meses encerrado voluntariamente, aunque tengo que buscar el medio de hacer ejercicio, por prescripción médica. Creo que una gran parte de los cuarenta o cincuenta mil habitantes de esta isla mía africana, en la punta sur de España, último bastión europeo, sienten lo mismo que yo, miedo, aprehensión. Porque por más que las autoridades cierran los locales de ocio, léase discotecas y otros lugares hechos para beber y “divertirse”, cada día más, cada día en más lugares de España, la bestia avanza y se cobra nuevas víctimas. Los telediarios son un obituario. Lo último, hasta este instante de escribir, son dos asilos de ancianos, cuarenta o cincuenta personas contagiadas. Otras tantas en una cena de no sé qué celebración. Creo que todos los que llevamos la mascarilla tenemos pánico, aunque ni lo queremos hablar. Porque no se habla del bicho. Son ellos, la gente del gobierno, la que le dan una enorme importancia en las televisiones y las radios, probablemente para ablandar a la Unión Europea, que no quiere aflojar todo el dinero que el gobierno (24 ministros, cientos de consejeros, coches que ni se cuentan) reclama porque la situación económica es una catástrofe. Ni trabajo ni posibilidad de tenerlo. Y cuando lo hay a precio de saldo. Muchísimos comercios están cerrados, falta de clientes. Solo algún cafetucho resiste como puede.

Casi todos los países europeos han desaconsejado a sus súbditos que vengan a España de vacaciones por miedo al contagio. No hay orden ni concierto. Es como si hubiesen crucificado a España que vive del turismo. Si no hay turistas no hay trabajo y si no hay trabajo ya saben… Pese a todas las prohibiciones, las fiestas donde caben cientos de litros de licores y miles de bebedores, ruido y alcohol cunden por todas partes y, según los especialistas, es ahí donde los bichos se sienten más a gusto. Los especialistas del Ejército han tenido que montar de nuevo hospitales de campaña. La guerra contra el coronavirus sigue y sigue pese a que pronto cumplirá cinco meses.

Ya ni los oficiales mejor pagados para ellos sonríen ni dan la menor muestra de querer exhibir un poco de optimismo aunque les paguen para ello. Es como si supiesen que la guerra no tiene día de cierre. Para distraer a los españolitos, se habla mucho de vacunas. El presidente de la Unión soviética, Vladimir Putin, dice regularmente y con orgullo de que ya tienen la vacuna y que pronto la repartirán a la población. El Presidente de Estados Unidos, sin nombre, afirma haber comprado no sé cuántas miles de ellas. Para el resto, ya se verá. En Europa nadie se atreve a decir nada. Saben que cuando llegue el momento los grandes laboratorios buscarán los mayores beneficios sin tener en cuenta a la gente. Así amanece la gran Europa en este verano plomizo de 2020.

Hace ya por lo menos dos meses que no vemos al trio de los Testigos de Jehová, que antes venían regularmente a mi casa a tratar de convencernos de no sé qué. Solo aparece regularmente el cartero con cartas amenazadoras de Hacienda, porque el gobierno está dispuesto a estrujar a los extranjeros que se han quedado.

En la vitrina del local de mi peluquero británico, antiguo boxeador, ha aparecido un anuncio de cierre: “Estoy con mi mujer en el hospital”. No sabemos si es el bicho o una indigestión pero creo que ya nadie más aparecerá a cortarse el pelo. El miedo va de par con la superstición. Es cierto que la nota está escrita con la misma desilusión que yo redacto esta nota.

Al principio de la pandemia, donde la autoridad ordenaba que la gente no saliera de casa o que si lo hacía era para trayectos muy concretos, ir a la farmacia, a la compra, con colas de formación militar, pero no hablaban nunca de misa, cientos de policías estaban por las calles pescando a los infractores con multa terroríficas. Hace ya un rato que no se ve la caballería por las calles. Como si se hubiesen aburrido y dejasen que cada cual o casi hiciera lo que le venga en gana. Y pese a las prohibiciones penadas con multas teóricas de muchos de miles de euros, los llamados lugares de ocio siguen haciendo su agosto. De una forma indecente, sin que le importe una cámara de televisión que le filma. Así hemos visto a una mala bestia beber en botella y escupirle el líquido a los parroquianos, en medio de un griterío extravagante. Ni siquiera le han llevado ante un juez.Es como si las propias autoridades hubiesen dado la batalla por perdida. Se ocupan a ratos de que las playas no estén saturadas, pero de mala gana. Los bichos han ganado. Peace and Love. Ya ni la gente se ahoga en el mar. Pero se mueren de aburrimiento y del bicho.




El rey que amaba mucho a las mujeres

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Eran por aquellos años cerca de los noventa que yo pasaba en Madrid como corresponsal de la Agencia France Presse, en un ambiente de constantes sobresaltos de los terroristas de ETA y de otras cositas simpáticas como las mocitas que por la noche paseaban por el centro, con sonrisa y garbo. Me dijeron que fuera al Palacio de los Congresos donde había prevista una “importantísima” conferencia internacional sobre el aceite de oliva, la riqueza del Mediterráneo, con la presencia de importantísimas personalidades. Como no tenía mucho que hacer y el telefim de la tarde había acabado me planté en aquella conferencia que por la guardia que custodiaba las entradas y salidas parecía efectivamente de muy alto nivel. Me dirigí a mi butaca recordando lo que yo sabía del aceite de oliva. Que estaba muy rico con ajos crudos recién cortados en el desayuno. Esa era toda mi ciencia sobre el tema. Al cabo de una hora y media de escuchar lo que señores muy trajeados y algunos con pintas árabe me cansé de aceite de oliva. No me habían regalado ni una botellita. Me levanté, me puse la gabardina y molestando a la gente sentada en mi fila me dispuse a tomar las de Villadiego.Estaba ya a punto de alcanzar una de las puertas de salida cuando dos enormes tipos trajeados y con insignia de no sé qué en la misma chaqueta, eran como uniformes, me cortaron el paso. “Por favor, acompáñenos, el Rey le espera”, dijeron con cordialidad de fusil ametrallador.

Ignoraba que hubiese llegado nalgún monarca árabe y me quedé mirándolos pero ya y casi en volandas me conducían hacia un saloncito donde había una serie de tipos con caras aburridas, ni una sola mujer, bien ataviados que parecían esperarme. El que me habían dicho que era presidente del No sé qué mundial del aceite de oliva, me sonrió y tomándome familiarmente por un brazo me llevó hasta un señor alto que parecía esperarme con una sonrisa en los labios. “No queremos que se marche usted sin saludar a su Majestad”, me musitó mi interlocutor.

Y yo que esperaba una caja de aceite me encontré con un tipo grande y simpático al que rápidamente reconocí. Era Don Juan Carlos de Borbón, rey de todas las Españas, que por lo visto lo habían puesto allí para estrechar la mano de los asistentes. Me entregó su palma, la estreché y me dije que había que sacar una sonrisita para la foto.

Y me fui. Ya por entonces Don Juan Carlos era un personaje muy querido y muy comentado. Decían que le gustaban a rabiar las mujeres y los yates. Los nombres de sus favoritas no las recuerdo, aunque mucho más tarde hubo una tal Corina Larsen, guapa de sacar en familia y con buen porte ella, que en este mes del coronavirus ha provocado que su antiguo amante haya tenido que romper con España y su palacio Real para refugiarse en el extranjero, lejos de la corte donde se le acusa de manejar los dineros ajenos, regalos de emires y otros personajes, como si fueran suyos.

Ah, sí, tenía un yate que se llamaba “Bribón”, nombre que ahora muchos malintencionados le ponen de mote al ex Rey exiliado. Por supuesto que no sé si es cierto que regalara millones a su amante, la bella Corina, o que espachurrara los millones con una facilidad linda, pero a mí siempre me pareció un tipo simpático. Tiempos después del aceite de oliva, el presidente del gobierno, Felipe González, socialista listo como él solo, inauguraba un tren veloz, el AVE, que ya era muy conocido en Francia, su lugar de nacimiento, para acompañar los fastos de la Exposición Universal de Sevilla (González es sevillano) que durante siete meses de 1992 constituyó un milagro español. Milagro porque, contrariamente a lo que pretendían algunos eruditos en la mismísima prensa socialistas, en España no podía circular un tren a 200 kilómetros por hora cuando los trenes españoles eran el hazmerreír del mundo. Podían descarrillar, eso sí. Pero el AVE no tuvo el menor incidente.

Felipe se había propuesto abrir Andalucía al mundo y qué mejor para ello que disponer de un tren lujoso como él solo que además corría de verdad, cargado de todos los invitados más ilustres, desde Madrid al interior de la Expo de Sevilla, donde se paraba suavemente en una suntuosa jaima donde te trataban, a condición de ser invitado de honor, como a los reyes de las Mil y una Noches.

Por supuesto, aquellos fastos, iniciados el 20 de abril y finalizados el 12 de octubre de 1992, que Felipe González quería para impresionar a los visitantes que mandaba hacia Sevilla en su tren nunca visto, hicieron que Andalucía, hasta entonces abandonada hasta por los propios españoles, se vistiera de gala. Y hasta un periodista francés escribió que Andalucía iba a convertirse en la California de Europa. Con el actual coronavirus y la crisis económica Andalucía es hoy todo menos California. Ni para una película de cuatreros.

No me da vergüenza revelar que fui yo quien soltó aquella tremebunda sentencia de California que recogieron cientos de periódicos del mundo entero. Creo que ya hay prescripción.

Pero como en España todo se hace a última hora, estuvimos horas esperando que los operarios terminaran de arreglar una pequeña pista de aterrizaje para que el entonces Rey Juan Carlos y su esposa, la Reina Sofía, pudiesen aterrizar en helicóptero.

Visita que te visita, el cortejo, del que yo formaba parte con otros periodistas, se detuvo en la tumba donde se decía que Cristobal Colón había estado enterrado, en La Cartuja. Hicimos círculo alrededor del agujero y en medio había una eminencia histórica que contaba la odisea del entierro. De pronto, en el silencio sepulcral, por decir algo, se oyó el vozarrón del Rey que dirigiéndose al historiador-explicador le decía a gritos: “Oye, ¿tu estás seguro de que Colón estuvo enterrado ahí?”. (El rey tuteaba a todo el mundo).

El historiador no sabía dónde meterse e imagino que estuvo a punto de esconderse en la tumba. Pero todos estallamos en una enorme carcajada mientras Su Majestad seguía preguntando y el preguntado enrojecía.El aceite y la Expo son unas pinceladas a propósito del hombre que después de haber sido Rey de España y haber tenido un papel preponderante contra quienes querían echar abajo la democracia, ha tenido que coger la puerta de Madrid para el exilio, aunque después de dejar desde hace ya tiempo la corona a su hijo Felipe. Dicen que Don Juan Carlos se llevó dinero que no era suyo y que en realidad había que llamarle Bribón. Pero ¿qué quieren que les diga?. Era un tipo simpático, al que no se le caía nunca la sonrisa. Y a mí la gente simpática me gusta, aunque él se olvidase de enviarme a casa una caja de aceite de oliva.




Cuba: Fin de un principio con dólares y Coca-Cola

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

(En 2002, viví la situación que más o menos vive hoy Cuba con el dólar como moneda junto al peso. En este capítulo de mi libro “Cuba, Revolución y dólares” no hay ninguna revelación, solo el recuerdo. Que a veces es más importantes). En 2002, nada más llegar al moderno aeropuerto José Martí de La Habana, el viajero sabe a qué atenerse. “Tiene usted que meter un dólar en la máquina para sacar un carrito”, le dice un uniformado funcionario. A partir de ahí, el dólar aparecerá durante toda mi estancia como indispensable sésamo para conseguir cualquier cosa. En 1985, el mismo viajero había tenido que cambiar dólares por pesos para pagar en una cafetería del bello barrio de Vedado donde una indignada camarera se había negado a aceptar la moneda con el águila imperial norteamericano. Por supuesto, era antes de que Fidel Castro autorizase la utilización del dólar como moneda de curso legal. Hasta entonces estaba sumida en la clandestinidad de improvisados cambistas que en plena calle proponían al turista un cambio más ventajoso que el oficial, que entonces era un peso cubano por un dólar norteamericano.En estos albores de comienzo del siglo veintiuno, mi interlocutor, un conocido periodista extranjero, Alfredo Muñoz-Unsain, que tiene reputación internacional de ser uno de los mejores conocedores de Cuba, no entiende mis reservas: “Está muy bien que podamos funcionar con dólares, de este modo se ha mejorado la vida de la gente”. La gente son esos cubanos que ganan una media de trescientos pesos mensuales, cuando el cambio oficial proclama que un dólar vale veintiún pesos. Es decir que el sueldo queda reducido a poco más de catorce dólares. Un café con leche en una cafetería del centro de la capital cubana cuesta dos dólares y cincuenta centavos. Por supuesto que ningún cubano se aventura en este tipo de establecimiento. En un supermercado de la Marina Hemingway se encuentra prácticamente de todo, desde carnes a güisquis y brandis españoles de todo tipo pasando por latas de calamares y terminando por cerveza de cualquier procedencia o casi. El único inconveniente es que hay que pagar en dólares.

Decir que Cuba se ha “dolarizado” provoca una reacción rápida en algunos cubanos “bien informados”, en general periodistas, que no entienden cómo se puede llegar a esa conclusión. Y no comprenden que se pueda abordar siquiera el tema. Para ellos todo está muy claro. La “despenalización del dólar” (antes se podía ir a la cárcel por negociar con esta moneda) ayuda a que Cuba soporte mejor el bloqueo norteamericano, que sólo se han atrevido a romper abiertamente Canadá y España. Estos dos países aportan una parte importante de los turistas que visitan Cuba y que para la economía nacional suponen 800 millones de dólares de ingresos anuales. Por otra parte, los canadienses se encargan de explotar los yacimientos de níquel (300 millones de ingresos por año) y, haciendo caso omiso de las leyes del poderoso norteamericano que prohibía toda colaboración económica con Cuba, se atrevieron a construir el moderno aeropuerto que hoy tiene La Habana. Otro rubro importante de ingresos estatales es la venta de puros (unos 240 millones de dólares), según cifras que, como las anteriores, proceden de buena fuente.

Quienes consideran que esta presencia del dólar en la vida nacional es una cosa excelente argumenta que una gran parte de los cubanos reciben dólares de sus familiares que optaron por exiliarse en Estados Unidos. Las mismas fuentes insisten en que estos giros totalizaban 800 millones de dólares anuales hace cuatro años y que ahora andan por los mil quinientos millones. Pero ni todos los cubanos reciben dólares ni las cantidades que les entregan las familias más pudientes son consecuentes. “Pero para el cubano que recibe todos los meses 30 o 40 dólares es ya una gran ayuda”, apostillan los partidarios de la teoría del dólar sin restricción. Un intelectual cubano, que ha ocupado altos cargos en la cinematografía nacional y que no quiere ser citado, encara el problema de forma muy distinta: “Hoy existen dos Cubas. Una que tiene dólares para gastar y otra a la que no le queda más remedio que arreglárselas con sus pesos y las libretas de racionamiento”.

Los cubanos, todos primos hermanos del Lazarillo de Tormes, se las ingenian para conseguir dólares en La Habana mismo. Los métodos son variados y todos ilegales o al límite de la ilegalidad. En el aeropuerto, un mozo se rinde a “la voluntad” por haber llevado una maleta hasta el mostrador de Iberia pero sabe que, por poca voluntad que tenga el viajero, no se la dará en pesos. En las calles, más de un muchacho se acerca al turista y con mil trucos, desde la venta de posibles falsos habanos hasta la mendicidad simple y directa pasando por propuestas de chicas fáciles, trata de conseguir algunos dólares. Y como toda la economía del turista está involucrada en la zona del dólar –taxis, ventas callejeras—todos los ingresos turísticos de que se jacta el Estado no van a parar a sus arcas.

En el espacio de tres años, se ha multiplicado considerablemente el número de taxis para turistas en La Habana. Aparte las compañías clásicas que tienen flotillas compuestas por los últimos modelos japoneses, ha surgido toda una industria de velotaxis y una flota de curiosos motos-taxis color naranja con capacidad para tres viajeros. Es indiscutible que los ingresos de las carreras van a parar a las compañías de que dependen, con lo cual el Estado está seguro de no dejar escapar esta fuente de ingresos. Pero siempre hay propinas, y siempre en dólares, que nadie ve y que van directamente al bolsillo de los improvisados taxistas. En estos tres últimos años, la sensación del recién llegado a La Habana es que las cosas han cambiado. Hay cafeterías, algunas tiendas, supermercados, y aunque los precios sean tan caros como en Europa, la impresión es que ha habido una mejoría en el aprovisionamiento general.

El purista de la Revolución, el que ha conocido la época en la que tener dólares sin ser extranjero era un delito, una especie de atentado contra la seguridad nacional, puede hacerse mil preguntas sobre esta evolución de la sociedad cubana en cuarenta años. ¿Valía la pena mantener tan alto el pabellón marxista, y a costa de un “período especial” que todavía padecen los cubanos, para que finalmente el símbolo más ruin del capitalismo norteamericano, el dólar, se haya convertido en el sueño de una gran mayoría de los cubanos? ¿Valía la pena mantenerse como único país socialista del Caribe frente al mastodonte del norte para llegar aceptar finalmente el billete verde, baluarte indiscutible de un imperialismo norteamericano que todavía padece una parte del mundo?

El periodista Alfredo Muñoz-Unsain considera que no ha habido más remedio que aceptar la situación, mientras una periodista cubana (“yo se lo debo todo a la Revolución”, la que cuajó Fidel Castro en 1959) se apresura a catalogarla  como “transitoria”.

Ante esta seguridad en cuanto a lo transitorio de esta “dolarización” que al menos por el momento sufre Cuba, cabe preguntarse cómo el gobierno cubano podrá conseguir un día restablecer el peso como la moneda nacional. ¿Los cubanos no estarán para entonces demasiado enviciados en una moneda de fácil manejo, de cambio seguro, como para dar marcha atrás, en una especie de volver a empezar que no convence a otros observadores? ¿Será tan fácil desintoxicar del billete verde a unos doce millones de personas que habrían pasado así de la prohibición de poseer esta moneda a la libertad de acuñarla para terminar con una nueva “penalización”?

La Habana de este comienzo de siglo es un sinfín de interrogaciones. En la plaza de la catedral, más bonita desde que el casco viejo de la ciudad está siendo restaurado, una orquesta interpreta sin mucha convicción un son mientras una nube de camareros con pajarita negra y de camareras vestida de estricto y elegante uniforme oscuro atienden a turistas que se dejan dólar y medio por un café, un “buchito” como dicen los cubanos, que hace unos años podía tomarse en un puesto ambulante por unos céntimos de peso.

Indiscutiblemente, el aprovisionamiento de La Habana no tiene nada que ver con lo que era hace unos años, cuando encontrar pan blanco en un hotel de cinco estrellas era misión imposible. Hasta los más modestos ofrecen ahora en el desayuno pan de dos clases y mantequilla a voluntad, sin contar los dulces, la fruta, los zumos y el desayuno “continental” con huevos y panceta.

A punto de meterse en un nuevo siglo como el único líder marxista del Caribe y sus alrededores, y sin contar ya con la ayuda de la otrora poderosa Unión Soviética y con poco o nada que esperar de la nueva Rusia, Fidel Castro no parece vacilar en jugar el dólar como moneda de una supervivencia de la que nadie se atreve hablar tras cuarenta años de permanencia en el poder.

En una entrevista concedida a la periodista Ann Louise Bardach, Fidel Castro contestó con su habitual socarronería sobre lo que sucederá una vez que él desaparezca: “Le puede hacer esta pregunta a la CIA. Honestamente no creo que ocurra nada. El Gobierno se adaptará a la situación. Tenemos preparados todos los mecanismos políticos y legales para que así suceda. La vida del país no se verá alterada ni un minuto. No hay un solo hombre que sea indispensable. Y yo merezco el descanso”.

Pero ni que decir tiene que esa preocupación existe entre los cubanos, agudizada por una situación internacional donde el enemigo número uno de Cuba, los Estados Unidos, juegan cada vez más el papel de decididores de la política mundial. Por mi parte, esta historia entre Cuba y yo no tiene fin ni termina, por supuesto, con estas páginas que sólo quieren reflejar mis amores y desamores con una tierra que en mí ha despertado tanta pasión como una de esas mujeres ardientes enamoradas hasta el sacrificio del desamor. Nadie, pese a lo antes reseñado, sabe cuáles serán los brazos que arrullarán a Cuba el día que desaparezca su amante de más de cuarenta años, que creo la habrá amado con ese amor que lleva a la locura de la perversión.

Puede imaginarse un día de Dios sabe qué mes y que y de quién sabe qué año La Habana recibirá la pintura y el cemento que tanta falta le hacen. Pero temo que esos pintores y esos albañiles nunca la querrán tanto como esos desesperados que en el Vedado o en Miramar, mis dos barrios preferidos, procuran darle algunos coloretes cuando pueden, que no es muy a menudo.

No sé si amaré tanto a La Habana cuando los nuevos amos restablezcan sus pinturas y asfalten las calles que adornarán, imagino, con farolas que tal vez tengan acento yanqui. Se ama mejor y con más fuerza en la desgracia y no en la felicidad facilona del bienestar absoluto. En otra versión, el personaje de ese cuento mío que figura líneas arriba, Luis, termina suicidándose de la forma más espantosa que a mí se me ocurre: arrojándose al vacío que a menos de una tetraplegia fulminante puede curar todos los males del alma.

A Cuba hay que amarla como es, sin condiciones, sin restricciones y sin esperanza de recibir algo a cambio. María, la cubana que Luis (personaje de un libro mío) ama, le dice en un momento que nunca podrán estar juntos porque pertenecen a mundos muy distintos. En más de cuarenta años del silencio de los corderos decretado por el Amo del Mundo, los Estados Unidos de América, el pueblo cubano ha aprendido a sobrevivir en una especie de resignación que implica no solamente pasar algo más que estrecheces, no tener un café, a veces ni un medicamento básico, aún a cambio de granes realizaciones –el amor de esos niños que estudian y no botellean y otras cosas—pero la renuncia a esos bienes corrientes para un europeo y que ellos no pueden comprar más que con dólares, el que los tiene, claro, les ha conducido a esa otra desesperación que se apellida frustración. Estoy convencido de que ni siquiera un gran amigo mío que lleva en Cuba lo que lleva la Revolución, y que pasa por ser uno de los mayores “cubanólogos” del mundo, se atrevería a predecir el futuro.

Ese amigo es periodista y argentino o por lo menos lo fue. Hoy vive su cubanía en una casa encantada escondido en un barrio de La Habana. Cuba tuvo otro ilustre argentino, el más ilustre de todos, el hombre que a la gente de mi edad tanto hizo soñar, Ernesto Che Guevara. Tantos años después, como el mosquetero de Alejandro Dumas, si enigmático rostro de esa foto suya que no cesa de dar la vuelta al mundo, sigue enalteciendo a las multitudes cansadas de luchar y que en los más variopintos lugares del universo persiguen el mito de una cierta felicidad a través de un poco de humanidad, igualdad y fraternidad. Desesperado, el Che se fue de Cuba y en los altiplanos de Bolivia militares de película mala le crucificaron, como hace dos mil años y pico otros desarmados crucificaron a Jesucristo. El otro argentino, mi amigo, sigue allí, en la capital. No me atrevo a preguntarle si espera algo. Si hay algo que esperar. Nunca se lo preguntaré porque temo que ni él conozca el principio de lo que podría ser el esbozo de una respuesta. O que no quiera conocerla.

 

 




Cuba y el viaje a la eternidad de otro de sus imprescindibles

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Han pasado 72 horas y las expresiones espontáneas de cariño y de respeto no decaen. ¿Qué tuvo y tiene este personaje para estremecer hasta los cimientos de la nación?, ¿cuál es su magia, que sigue aunando a las gentes más diversas, aun después de la partida ?.  Quizá el misterio radique en haber sido siempre un cubano auténtico y consecuente, tanto en el anonimato de sus primeras andanzas, como en los tiempos de esplendor, cuando le rindieron beneplácito reyes y presidentes. El doctor Eusebio Leal Spengler, uno de los intelectuales y oradores más prominentes en el último medio siglo en Cuba, falleció el 31 de julio en su Habana “víctima de una penosa enfermedad”, según dijo un escueto parte oficial. Después, la familia informó que sus cenizas serían preservadas a fin de rendirle tributo póstumo en el Capitolio, cuando el nuevo coronavirus lo permitiera. Sin embargo, desde la misma tarde del día infausto, como anticipo de lo que será ese homenaje, los cubanos encontraron las formas de agradecer a este hombre su entrega a la reconstrucción y restauración de una ciudad que agonizaba. Sábanas blancas fueron colgadas en balcones, evocando la popular canción del trovador Gerardo Alfonso dedicada a la capital de los cubanos; se multiplicaron las simples hojas de papel blanco puestas por cualquier parte con dos palabras “Gracias Leal”; se hizo fila para dejar constancia de lo que cada quien sentía en un libro de condolencias abierto en su oficina; y por toda la isla corrió el tributo: “Cuando lo olviden los hombres, lo recordarán las piedras”, había sentenciado la laureada escritora cubana Fina García Marruz.

Nacido en la capital cubana el 11 de septiembre de 1942, Leal se transformó en una de las personalidades más populares en la isla por su labor de restaurador del llamado Casco Histórico, en la Habana Vieja. Por su dedicación, esa porción de la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 y cientos de familias residentes vieron transformadas sus vidas en apartamentos totalmente reconstruidos, contrario a la intención de los burócratas de entonces, que apostaron fuerte por repartir a todos esos moradores entre otros barrios, matando así sus raíces y tradiciones. Nací en la calle Jesús María de La Habana Vieja y sé lo que se siente por lo que hizo este creador, nacido en una de las ciudadelas de la capital. “Perdónenme que haya tenido que estar un poco sentado, porque estoy un poco fatigado; pero la fatiga no es el resultado de lo que no ha podido vencerme, ni derrotarme, es que vengo caminando hace mucho tiempo, hace muchas décadas, hace muchos siglos, el verdadero misterio es que yo viví hace siglos en otros cuerpos y estuve aquí cuando se construyó el castillo”, dijo herido ya de muerte en 2019, al asistir a la inauguración de la restauración del Castillo de Atarés, una de las fortificaciones coloniales de La Habana.

Extraño hombre éste, orgulloso de ser católico y comunista –no se hizo cura “porque me gustan mucho las mujeres”-; criatura curiosa que a los 25 años de edad y con apenas sexto grado de escolaridad entró a la Oficina del Historiador de la ciudad; un día incluso se acostó sobre la única calle de madera de la ciudad para impedir que la asfaltaran; y en paralelo a su quehacer de restaurador empírico llegó a cursar estudios universitarios alcanzando la Licenciatura en Historia en 1975. “Luego comencé el lento ascenso, a partir de leer los libros, mejor dicho, de leer con pasión los libros de las más disímiles temáticas: las ciencias naturales, la geografía, la historia como devoción, la oratoria como forma de comunicación, huyéndole siempre a la temida realidad de mis innumerables faltas de ortografía, que debía ir venciendo”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

No alcanzará nunca el espacio para contar a quienes leen desde lejos la dimensión de este cubano, por ello solo agrego para aquilatar lo que se ha ido, uno de los razonamientos del poeta y trovador Silvio Rodríguez: “Con su partida nos quedamos más huérfanos de mujeres y hombres patriotas y revolucionarios, que no sienten ni actúan por esquemas prefabricados, hombres y mujeres de caracteres disímiles, aunque de humanidades coherentes, en quienes las ideas no son pretexto de penitencia (propia y ajena) sino de emancipación y conocimiento”.

 

 

 

 




La carta

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El pueblo está desierto, bueno no del todo. Aunque el mercadillo de los sábados tenga la animación de los preparativos, el asfalto no suena cuando ellos pasan. Sabes que a todas partes te acompañan los bichos chinos que nos cayeron hace ya unos meses y que desde entonces no han parado de destruir vidas. Ya no les tengo miedo. Me he puesto la indispensable mascarilla que protege, ¿pero de qué Señor? ¿Te protegió el Padre cuando te arrastrabas penosamente por las calles hacia el Golgota donde te esperaba una cruz de madera mal tallada? Allí te colgarían, te clavarían, te azotarían hasta que la muerte te llegase, larga, penosa, espectacular, muerte. Decían que eras un profeta, y que blasfemabas porque te pretendías el hijo de Dios. Ibas hacia el calvario y no decías nada. Allá arriba, te esperaban los aficionados de la muerte, como si fuera una plaza de toros y tú la estrella preferida de los espectadores, acostumbrados al espectáculo de las siete de la tarde, porque ver la muerte da inmortalidad. Más de dos mil años después, los humanos seguimos haciéndonos daños, aunque a veces sea con la intervención de un bichito que nadie había invitado y que degüella como Jack el Destripador. Pero nunca ceja en su pasión por la muerte dolorosa. Yo soy de los que están aterrorizados en esta isla africana, que es el último pueblo antes de las aguas del Mediterráneo que atravesándolas llegas a África. Pero tampoco sé si me esperará allí. Otros bichos. Creo que en realidad a lo que más le tememos es a nosotros mismos. Vivimos en Europa una época de desasosiego espantoso, donde comer suena a necesidad africana, donde en un momento los niños han tenido que ir al colegio a mediodía para poder almorzar porque en sus casas muchas veces no hay nada. Cáritas, Cruz Roja, estrellas. Los psiquiatras se frotan las manos y los boticarios no digamos. Todos buscamos el remedio que nos quite algo de esta angustia que mata antes de que llegue el bicho. Y entonces te das cuenta de que cada cual reza a sus dioses y nada ni nadie se ocupa de ti. Y tú, que de pequeño te llevaban a una escuela de monjas donde eras el niño bonito, el hijo no reconocido del Coronel y de la comadrona, te sentías en seguridad. Ahora no hay monjas sino unas cuantas pastillas que entran y salen y tú pides nada más que un cachito de paz, que te dejen respirar en medio de tanto miedo.

Hace un rato venía por la calle medio corriendo de pánico y me iba acordando de Richard Widmark en aquella esplendorosa película de Elia Kazan donde el gran actor, con uniforme blanquísimo de agente sanitario en Nueva Orleans, busca desesperadamente a un hombre que ha desembarcado de uno barco y que se sabe lleva en sus venas el virus de una epidemia de peste.  Voy contándome la película para no asustarme (y se titula nada menos que “Pánico en las calles”) más pero cuando llego a mi portal Richard Widmark ha desaparecido y me tropiezo con un camarero que me dice hola. Sé que arriba, en la casa, cuando haya subido los siete pisos, encontraré algo con que refrescar mis inquietudes. Es una carta que recibí anoche. Viene de Cuba y la firma mi más vieja y fiel amiga, una periodista de primera.

“Destierra ese pesimismo absurdo. Tú seguirás siempre valorado por los lectores y los “pinos nuevos” del periodismo, que soñaban con escribir algún día uno de esos textos tuyos… Suelta las amarras y déjalos correr sin ataduras, libres, en pleno vuelo, sin mirar más que dentro de ti mismo. Y seguro verás resurgir a ese joven libre de ataduras formales, que deje de pensar solo en el mismo y se abra al mundo. Un beso.” Es la más bella carta que he recibido en mi vida, en el momento oportuno, cuando de veras quería imitar a las gaviotas y volar como ellas desde la terraza de mi casa. Nunca agradeceré lo suficiente a esa mujer con la que desde hace treinta o cuarenta años, toda la vida, nos peleamos, nos reconciliamos y creo que nos tenemos un profundo afecto. Pero ella tiene su vida a ocho mil y no sé cuántos picos de kilómetros de mi isla africana y no dejaría su Cuba ni con un regimiento de Marines empujándola con bayonetas. Es fiel a su patria y fiel a la amistad. La única auténtica patriota que conozco en esa islita. Por cierto, no recuerdo si Richard Widmark llega a tiempo para evitar que la pandemia, una como la que nosotros tenemos ahora a la puerta de nuestras casas, se propagase. Sé que el actor murió en 2008 pero ignoro si fue la peste de la película la que se lo llevó finalmente. Otra amiga me ha regalado esta cita de Alicia en el País de las maravillas, que ya me dirán ustedes; “El secreto, querida Alicia, es rodearse de personas que te hagan sonreír el corazón. Es entonces, y solo entonces, que estarás en el país de las maravillas”.