La messianica marabunta china

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrrocal Jr.

Cuando rugía la marabunta en aquellas pantallas de cine que te metían en otro mundo, cómo ibas a imaginar que un día, unos sesenta y pico años después, ibas a ser tú mismo el Charlton Heston de pacotilla al que amenazaban hormigas asesinas, salvo que esta vez no es una marabunta sino un ejército de bichos invisibles que te persiguen por un lavado de manos. Qué felices éramos en medio de aquella plantación donde el macho, más que nunca, Charlton Heston, trataba de impresionar a su esposa, a la que había casi comprado, la maravillosa Eleanor Parker, luchando contra riadas de hormigas carnívoras que no buscaban más que la muerte, como ahora el bicho chino que no nos deja en paz. Nadie podía imaginar que nuestro mundo iba a dar un vuelco tan terrible en apenas medio siglo. Éramos tan felices haciéndonos ilusiones con la bella e indomable Eleanor Parker que ni se nos pasaba por la cabeza que un día nos tocaría luchar como el chulo de Charlton Heston, salvo que él estaba seguro de ganar cuando terminara el rodaje de la película. Estamos en el maldito año 2020, extraña cifra para una catástrofe como la que tenemos encima. Porque ya no es que estemos esperando con ansias en los dientes una vacuna que nos libre del bicho chino sino que todo va de mal en peor. El New York Times dice con cierta razón que España es “el país donde las discotecas son más importantes que las escuelas… El ocio nocturno permaneció abierto semanas después de haber sido identificado como foco de contagio”. Ay, mi España, y para males peores el superfutbolista Leo Messi se quiere ir del Barça, y si eso ocurre, entonces España quedará huérfana. ¿Quién concibe una Liga de fútbol sin tener a mano la incógnita de Messi, su chulería con el balón, sus millones que ya ni se cuentan, su bella esposa, portada de cualquier revista, mientras los comedores de la misericordia no han cerrado sus puertas ni las cerrarán desgraciadamente en medio de un paro galopante y de hospitales rebosantes de caídos en el frente del maldito coronavirus que Satanás se lleve a su infierno abierto 24 horas?.

Ay, mi España, ¿adónde vas? El pánico no es otra película como cuando rugía la marabunta en aquella plantación en technicolor y tú esperabas hundido en tu butaca a que la esposa que no quería serlo, Eleanor Parker, se fuese a dormir por si se quitaba el camisón se seda, que las malditas hormigas se tragarían, a menos que se la llevaran a ella, a la bella de bellas, para convertirla en reina de sus agujeros metidos en el infierno. Y decir que de pequeño nos habían contado que las hormigas eran unos seres maravillosos, que ahorraban para la jubilación. Y ahora los jubilados de carne y hueso se mueren de miedo, porque saben que como el bicho les pique tienen la muerte a plazo fijo. En este país llamado España, algunas autoridades, entre ellas una mujer que ni siquiera es fea, han decretado que los viejos no sirven más que para estorbar y que ocupan camas de hospital inútilmente. A veces los humanos, incluso titulados de Medicina y con el juramente de Hipócrates en el bolsillo, son peores que la marabunta contra la que luchaba Charlton Heston. Y por la noche pones la radio cuando ya estás aterrorizado del día y aparece la verdadera preocupación de toda España: que Messi se nos va. Y, además, ¿tendría cara de fichar con los ingleses, nuestros enemigos de siempre? Messi, Messi, que vos sos argentino y que los catalanes te criaron y te hicieron un hombrecito lleno de millones y millones de euros. Chulo. Pero el amor es ciego y los españoles darían la vida por ese pibe, que les importa mucho más que saber lo que va a pasar cuando los niños se metan en aulas que no están preparadas para resistir a la bestia, porque nunca se ha dado un caso parecido. Pero los altos responsables, que ya se cuidarán mucho de mandar a sus bastarditos a esas escuelas, viven tranquilos y pueden pensar en Messi.

Mon Dieu, es verdad lo que dice el New York Times. Aquí te juegas la vida por meterte en una playa, en una discoteca o en uno de esos ruedos donde animalitos totalmente ajenos a las peleas de los humanos son sacrificados como cuando los griegos hacían sus sacrificios a los dioses, salvo que en este 2020 de muerte la gente ni conoce a los dioses griegos.Construyamos un monumento a Messi en la Plaza Mayor de Madrid y hagamos sacrificios, día y noche.Messi, Messi, ¿por qué se te ha ocurrido decir que te ibas? Mira la que se ha liado, porque probablemente los bichos chinos adoran verte jugar con la camiseta del Barça y se han cabreado que ni te digo. Por favor, que vengan otra vez las hormigas malditas de la marabunta a ver si se comen a los puñeteros bichos chinos.




Encabromamiento Social

Claudio Vainberg Cazado | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Si me van a seguir descontando la Seguridad Social de la nómina, exijo que me atienda el médico como es debido y no telefónicamente. Si no, exijo que se me devuelva el dinero y yo me busco un seguro privado. Esto deberíamos pedirlo todos. Ah ! y los bancos y oficinas de Hacienda, Suma, Seguridad Social, Ayuntamientos, SEPE, etc… que abran ya, con todos los empleados en horario normal, que todos esos también van al Carrefour, Mercadona, Consum… A LA PLAYA Y A LOS BARES A TOMAR CERVEZA COMO TODOS; no se van a «contagiar» por trabajar. Colas de gente en la calle para poder cobrar su dinero, para hacer gestiones con Hacienda, la Seguridad Social, el SEPE, el Médico, Ayuntamientos… y al lado, el bar «petao» !! ¿ Pero a qué estamos jugando ?? Ya esta bien !! ¿ o esos cobran por ser especiales y por no dar servicio a la ciudadanía ?? Que les pongan un metacrilato y la mascarilla y a trabajar todos, o no pagamos impuestos porque no nos dan servicio.




Flaubert y el teléfono verde

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El 22 de septiembre de 1866, Gustave Flaubert escribe a un amigo: “He soñado mucho y realizado poco”. Toda una filosofía de vida. Cuando le agarra la angustia de lo inacabado, el escritor francés ya ha parido La educación sentimental y antes, y sobre todo, esa cumbre de la literatura universal que es Madame Bovary. Corroído por la prisa, por la angustia de la inmortalidad, Flaubert ha tenido la suerte de escribir durante casi toda su vida sin demasiadas angustias económicas. Un poquillo de envidia le dan Emile Zola y Victor Hugo, dos amigos que no solamente brillan con sus escritos sino que, además, los venden muy requetebién, como hamburguesas chorreantes de salsas no identificadas y viudas de sanidad. Parece mentira pero, dice su biógrafo, Henri Troyat, que Gustave Flaubert era realmente un atormentado sin escopeta de suicida a lo Hemingway, orgulloso a rebosar como todos los escribidores que se precien.Cuánto le hubiese gustado saber – aunque tal vez se lo haya dicho algún ángel o cualquier demonio – que su Madame Bovary y su Educación sentimental han sido casi guías espirituales amorosas para infinidad de jóvenes que hoy rayamos aquella edad suya de cuando extraños ataques epilépticos le impidieron seguir disfrutando de la vida.Troyat afirma que para él escribir era un trabajo de mil angustias inextinguibles porque siempre andaba a la caza de la exactitud de una palabra o metido en el bailoteo de una frase. En un cajón de mi escritorio he encontrado un viejo registro negro con algunos recortes de esos tiempos pasados cuajados de ocasiones perdidas o que nunca lo fueron. Retazos de las prisas propias de los periodistas que, de tener los escrúpulos de Flaubert, nunca hubiesen ido a la imprenta. Hay un recorte de un diario colombiano del 17 de agosto de 1986 titulado “Tres personajes en busca de cine” En una foto que chorrearía nostalgia nada más estrujarla aparece María Emma Mejía, entonces directora de FOCINE (ente estatal cinematográfico colombiano). Sonríe como ella sola sabía hacerlo. A su lado, Víctor Nieto, director del Festival de cine de Cartagena de Indias. Y en un rincón, yo, con menos años y más ilusiones. Con María Emma Mejía, una de las mujeres más brillantes y valientes que tenía entonces Colombia, me ocurrió algo extrañísimo. Mucho después de aquella foto en Cartagena uno y otro vivimos en Madrid durante varios años sin aparentemente saberlo. Y eso que ella era embajadora de Colombia en España. También es verdad que coincidió con una época rara para mí. Fue cuando una tarde en la Redacción madrileña de la Agencia France Presse recibí una llamada telefónica que más de quince años después me quita el sueño. Había sonado el teléfono verde por el que en dos ocasiones una voz de muerte, un portavoz de la organización terrorista vasca ETA, me había informado de la inminencia de una de sus fechorías. (En esta playa del todo acabó han irrumpido unos malditos que confiando en el analfabetismo musical de un grupito de turistas extranjeros, empeñados en arrebañar el sol veraniego que nos regala el otoño, se han llevado unas propinas dando guitarrazos sin el menor pudor. Qué lejos han quedado aquellos músicos exquisitos que desde un soportal de la plaza de la catedral de La Habana cantaban alrededor de un café…)

Descolgué con repelos y en seguida oí la voz cantarina de una niña (¿cuatro, cinco años?): “Oiga, ¿es ahí el cielo?” Quedé mudo y la chiquilla siguió de corrido, como dando por hecho que estaba llamando adonde debía llamar: “Mire usted, señor, mi papá ha muerto hace poco y hoy mi mamá me ha dicho que está en el cielo. Querría hablar con él porque le echo mucho de menos. Mi mamá también está muy triste y a veces la veo llorar”. Cuando terminamos de hablar – ella me aparecía como rubita y una melena corta – la voz estaba casi risueña, tal vez medio feliz o al menos no tan triste como al comienzo. La imaginé sentada en un sofá blanco. Tenía una faldita de cuadros escoceses y unos calcetines blancos de perlé. Sus zapatos de charol estaban varados en una espesa alfombra de un azul desteñido. Hoy, mil años después, será una mocita. La veo viviendo una adolescencia feliz porque siempre recordará que siendo muy chiquita habló en el cielo, con un amigo de su papá. El rubio de sus cabellos – los mismos de su mamá, una finlandesa – se ha acentuado y su rostro ha conservado el blanco de leche que ella nunca ha querido perder en las estúpidas y repetitivas ceremonias de las playas eternamente encandiladas por el sol. Lo que no soy capaz de adivinar es si ya enamora y si otro hombre le ha quitado la angustia del padre desaparecido. Quién sabe si en uno de esos veranos multitudinarios de estas playas del sur de España no me habré tropezado con la niña del teléfono verde. Más de una vez he deseado secretamente volver a oír su voz angustiada. Pero también me da miedo porque ya no sabría qué contestar a ese esperanzado grito de amor “Oiga, ¿es ahí el cielo?”. Y tal vez hasta le colgaría el teléfono. Aunque ya no sea verde.

(Gustave Flaubert no era feliz. Yo tampoco. Nadie es feliz. Qué pretensión más abracadabrante. Sobre todo en un mundo donde millones de gentes creen que utopía es sinónimo de ornitología). Y con el bicho chino




Prostitutas contra el coronavirus

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Sesenta mil mujeres se calcula, 60.000 hembras como 60.000 soles, que se ganan la vida con lo que mejor conocen, sus cuerpos, han entablado una batalla sin cuartel contra el bicho chino, el coronavirus, por mor del cual pueden quedarse, si no se han quedado ya, sin su trabajo.La prostitución es una profesión muy arraigada en España. En todas las zonas industriales de las ciudades, las menos favorecidas por la vida, a veces con muchos años encima, ejercen el más viejo oficio del mundo y el que les permite vivir, sin lujos, pero salir adelante en una coyuntura mundial que en España es especialmente penosa. Todos los camioneros, todos los conductores saben dónde hay una luz en la noche cuando quieren vaciar el alma de congoja o necesidad. Se calcula que en España existen 1.600 casas de prostitución que ya no tienen el encanto de antaño sino que por mor de la cobardía de las autoridades están registradas como club de alterne.

Teóricamente esas mujeres que ofician en esos lugares, en plena carretera, tienen a su disposición una habitación con cuarto de baño para atender a sus clientes. Oficialmente, los canallas de los propietarios solo les alquilan el local, sin que ellos, dicen con toda la cara dura que las autoridades quieren permitirles, tengan nada que ver en si una vez cerrada la habitación con la arrendataria y el cliente dentro se dedican a hacer encaje de bolillo o a lo que los más finos llaman hacer el amor y los más vastos follar. Poco se sabe de los precios, pero ellas se ganan su vida.

Oficialmente esos garitos, montados con ciertos lujos, no son más que bares de carretera donde cualquier inocente podría tomarse únicamente una Coca-Cola o un vaso de agua. Todo el mundo juega el juego y las mujeres se ganan mal que bien su vida. Pero la existencia se las ha complicado la pandemia desencadenada por el horrible bicho chino llegado de un mercado cerca de Saigón.

Cuando hicieron los cálculos para saber cuánta gente había que atender en caso de infección –la enfermedad galopa en España y en toda Europa, los estadistas no cayeron en la población de prostitutas, esas 60.ooo personas que viven, es cierto, al margen de la sociedad corriente y moliente. Las autoridades habían pensado en cerrar todos aquellos locales donde podía prolongarse la pandemia, bares, discotecas, y otros lugares donde se respeta el culto al cachondeo y a la bebida, sin mascarilla protectora ni ninguna de las precauciones que exige el reglamento del gobierno. Pero olvidaron, o así lo dicen, ellas, esas 60.000 hermosuras que, mientras unos se ponían la mascarilla, ellas se la quitaban para ofrecer a su clientela todo lo que Dios les dio.

Cuando alguien se ha dado cuenta, probablemente un señor o una señora que no ama la profesión que ellas ejercen, las tropas de la decencia y de la higiene se han puesto en marcha para solucionar el problema. Aparentemente, las menos expuestas son las que ejercen en los bares de carretera porque en general los propietarios, muchos de origen extranjero, conocen la música y gente que puede echarles una mano para que el negocio, que por lo visto es muy rentable, siga funcionando con la discreción de siempre. Pero las prostitutas, y con mucha razón, tienen miedo. Quizá temen ser los chivos expiatorios de esta pandemia ante la cual los gobiernos no saben muy bien qué hacer, aunque ya se habla de posibles vacunas, ¿para cuándo? Pero también de inyectarse cuando llegue la hora productos que nunca han sido probados.

La lucha y la defensa de las prostitutas en España es un viejo juego entre los chulos, las prostitutas y las higiénicas autoridades. Y la verdad es que hasta ahora son ellas las que han salido ganando. Probablemente porque los encargados de reprimir este ejercicio profesional reconocen que muchos hombres, cientos de miles a juzgar por las estadísticas de memoria, necesitan la presencia de esas mujeres. Los que no tienen más que unos billetes y nadie que les espere en casa saben que en cualquier rincón de cualquier ciudad pueden satisfacer una necesidad que ya costó cara al primer hombre que hubo sobre la tierra, aquel Adán que por una manzana perdió el paraíso. Por el momento, las prostitutas saben que de una forma u otra seguirán ejerciendo la única profesión que conocen “y que nos da de comer”. Saben que en el problema del coronavirus ellas no san más que unas cifras más que alguna loca sin oficio ni beneficio ha lanzado a las autoridades para que se entretengan. Según los escritos más antiguos, la prostitución es tan antigua como el mundo. Ya en tiempos de Jesús eran mujeres que a veces dejaban por un rato de lado el oficio para ir a escucharle. Acuérdense de María Magdalena. Es casi como una tradición que se pierde en los tiempos y que probablemente no morirá por un coronavirus más o un coronavirus menos.




La última sábana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

No recuerdo y no creo que mucha gente recuerde lo que hacía el 4 de agosto de 1962 al amanecer. Eran los felices años sesenta que, por lo menos en París, vivíamos con un gran jolgorio pese a que, como siempre, sobre el mundo se cernían muchas amenazas. Pero los años sesenta, hasta el fatídico mayo de 1968, parecían flotar en un ambiente descuidado, donde yo diría que casi la preocupación más terrible era la de llegar tarde al metro y encontrarse el vagón elegido repleto de gente que empezaba a comprender que la ducha era una buena cosa. Olía a los perfumes más variopintos, todos con pinta baratos. Aquel 4 de agosto del 62, los que habíamos madrugado y nos apresurábamos por las escalinatas no estábamos todavía al tanto del drama que estaba punto de jugarse o ya había terminado en un lugar de Estados Unidos de cuyo nombre no quería acordarme. ¿Y quién diablos iba a recordar en su sano juicio un nombre como Brentwood Height, en un barrio para millonarios de Los Ángeles, y menos aún de una casa elegante estilo español, tipo hacienda?, decían los informes de los patrulleros que llegaron los primeros. Era una mañana cualquiera en el mundo complejo y abigarrado de unos Estados Unidos que para la inmensidad de los europeos no representaba más que un lugar que de vez en cuando veían una película o que surgía en un artículo de periódico. Yo probablemente ya estuviese sentado en mi mesa de la Agencia France Presse (AFP), donde acabábamos de inaugurar, bueno, dos años antes, el primer servicio en español para América Latina. Éramos los pioneros de un combate que se anunciaba rudo porque todas las demás agencias, entonces existía la United Press, invento norteamericano que tenía la técnica ya muy rodada de convertir una información en dos, la auténtica y la inventada. O al revés.

“La mujer estaba echada, desnuda, bajo una sola sábana blanca, como si fuera una mesa de autopsias. La sábana estaba pegada a su cuerpo y dibujada perfectamente las caderas, los senos de una forma a la vez excitante y repugnante. Bajo la sábana, las piernas aparecían lascivas. Uno de los senos estaba casi desnudo. El Tirador de Élite hubiese preferido que estuviese tapada. Las mechas del pelo platino, como los de una muñeca, caían sobre la almohada. El Tirador de Elite había tenido oportunidad de ver a la mujer cuando aún estaba viva. Era lo que la gente llamaba una belleza. Como los grandes pájaros… Ahora usted ve lo que es. Ahora conoce el poder del Tirador de Elite. Como si la mujer le hubiese escuchado, sus párpados se movieron. Pero el Tirador de Elite no se asustó. En ese estado una persona podía abrir los ojos sin ver nada ya que estaban plagados de sueños y lejos de lo que les rodeaba… De su cartera, el Tirador sacó una jeringa que había sido preparada por un médico que trabajaba para la Agencia y que la había llenado de Nembutal líquido… Empezó a buscar el ángulo más propicio. Finalmente se inclinó por encima del lado izquierdo de la mujer que no había recobrado el conocimiento. Y cuando su pecho se infló para respirar, el Tirador le clavó a fondo la aguja de quince centímetros en el corazón”.

Lo cuenta la novelista norteamericana Joyce Carol Oates en su apasionante Blonde,1110 páginas de las que no habría que perderse una sola. En mi mesa de la Agencia France Presse, donde los teletipos ya llevaban un rato ronroneando, nada de eso sabíamos. Ni siquiera nos acordábamos de nada. Tratábamos de hacer lo mejor posible nuestro trabajo, éramos novicios, periodistas con muchas ambiciones, y procurábamos que los clientes del otro lado del mundo estuviesen satisfecho de nuestro trabajo. Todos nos esforzábamos al máximo porque nos dábamos cuenta de que habíamos tenido una suerte de cocu (de cornudo, decían los franceses) al haber estado entre los primeros elegidos.

Ya no recuerdo si aquel día de autos, como diría un juez, dos peruanos que acababan de ser contratados casi al mismo tiempo que yo, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, estaban en la mesa de al lado. Todos tratábamos de dar buena impresión y de que no nos quitaran la silla. La mañana fue calma hasta que bajé a tomar café a la que llamábamos la cantine, en el mismo edificio de la agencia. Las camareras estaban agitadas. La más joven, que me dedicaba sonrisas maravillosas cuando estábamos solos, se me acercó y muy bajito me dijoi: “Monsieur Berrocal, la radio dice que acaban de encontrar el cadáver de la actriz Marilyn Monroe”,

El café se desparramó sobre mi corbata amarilla con símbolos freudianos que acababa de estrenar y cuando cogí el ascensor para volver a la Redacción me di cuenta de que no había soltado la taza del café de estaba bebiendo.La Redacción ya estaba agitadísima. Empezamos a vociferar, a pedir cualquier cosa, a teclear sin saber todavía muy bien qué.Y de pronto vi a otro redactor, recién estrenado pero con veinte años más que yo, que se había quedado paralizado. Dos lagrimones como puños corrían sobre sus mejillas.Agaché la cabeza y empecé a apisonar la máquina de escribir, una Japy gris: “La actriz Marilyn Monroe…” Al más viejo seguían cayéndose los lagrimones y cuando le dije algo contestó en un murmullo: “Llegué a conocerla”.




Maupassant y los periodistas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando portentos de la literatura universal como Honoré de Balzac, Emile Zola, Gustave Flaubert y Guy de Maupassant convertían sus novelas en una implacable crónica de la sociedad en que vivían, nadie hubiese podido imaginar que muchas de las taras de la prensa del siglo XIX que ellos conocieron, vivieron, disfrutaron, describieron y hasta padecieron, saldrían intactas de ese largo caminar a través del tiempo. Ellos habían retratado unos diarios parisienses que como setas venenosas se habían adherido a los grandes periódicos como Le Figaro o L’Intransigeant.Eran publicaciones nacidas en su mayoría de los intereses de un hombre de negocios, de un grupo de negociantes, de bolsistas, de políticos en busca de un portavoz fiel que servía únicamente para vehicular la voz de su amo. Auténticos órganos oficiales de la estafa millonaria gracias a las informaciones privilegiadas que manejaban y de la corrupción a todos los niveles, desde el gobierno a la bolsa pasando por el menor negocio con pintas de poder ser provechoso. En estos años de pandemia china, los presidentes tienen que apelar al patriotismo con relentes de macartismo para que los periódicos no les hundan totalmente en la miseria profunda después de tanta chabacanería. Cualquier presidente norteamericano, como cualquiera de los políticos vendidos y vendibles que los grandes novelistas del XIX no se cansaron de fustigar estaría encantado si pudiese manejar el Washington Post como “el israelita” Walter (dixit Maupassant) manejaba La vie française (en la novela BelAmi) para provecho y satisfacción de sus negocios.

Entonces la prensa hacía y deshacía. Lo malo es que, ciento veinte años después esa misma prensa, al menos en el precioso Primer Mundo, no ha cambiado tanto como debería haberlo hecho en el plano estrictamente moral. A unos de los más leídos periódicos digitales de España, no le ha temblado el pulso para denunciar que treinta años después del fin del franquismo, en alusión al dictador Francisco Franco que manipuló España a su gusto durante cuarenta años a partir de 1936 (comienzo de la Guerra Civil española), hay “miles de periodistas e intelectuales vendidos”.

Los franceses tienen la más terrible sentencia para hablar de los periodistas: el periodismo es estupendo a condición de poder abandonarlo un día. Y – esta es la lectura correcta – “para utilizarlo como trampolín en busca de una sinecura: ministro, diputado, millonario”. Cualquier cosita así. Este cinismo fraseológico no impide que Francia sea el país que más ha contribuido al desarrollo del periodismo moderno en el que Charles Havas, publicista y sin embargo creador de una de las más gloriosas agencias de prensa del mundo, France Presse, se introdujo inventando la comunicación rápida, principio y fin de todos los medios de comunicación.

En 1835 no existía Internet ni ese regalo de los militares norteamericanos que es el correo electrónico. Pese a ello, la rapidez era esencial para comunicar informaciones (sobre todo las bursátiles, que todos los días organizan bailes de millones a través del globo). Todas las mañanas, Havas se leía la prensa francesa, inglesa y alemana y de ella entresacaba lo que le parecía más interesante. Redactaba sus “despachos” y los enviaba a sus clientes por paloma mensajera.

Era entonces la Agencia Havas que, ojo al parche, en el siglo XX se convertiría en una de las agencias de publicidad más prestigiosas del mundo.Entretanto, France Presse seguía la misión de Charles Havas, menos periodista que publicista o simplemente hombre de negocios y principalmente bolsista. Quizá no sea casualidad si desde siempre France Presse tiene su sede social en la Plaza de la Bolsa, y que desde cualquiera de sus ventanales se puede admirar la belleza clásicamente burguesa de la Bolsa de Valores, un palacio del capitalismo rodeado de algunos de los mejores restaurantes de París. Una bolsa mundial donde las fortunas cambian de mano entre el desayuno y el almuerzo. Tampoco es casual esa concentración de comederos y bebederos porque desde el siglo XIX en ellos calman su sed y su hambre periodistas y bolsistas.

Havas había intuido que información era poder y que quien tuviese la manera de manejar las noticias de cuanto ocurría en el entonces reducido mundo periodístico (Inglaterra, Alemania y Francia) podía ser el amo de Europa. La embriaguez del poder que supone saber a tiempo lo que todo el mundo ignora es uno de los raros privilegios que tenemos quienes lo hemos poseído sin usarlo jamás. ¿Por qué? Posiblemente porque habíamos llegado a esta profesión atraídos únicamente por la aventura y nunca pensamos en utilizarla como trampolín.

En el siglo XIX el poderío de la prensa era inmenso, el periodismo era el primer poder del mundo, la primera fuerza que movía todas las combinaciones de las cajas fuertes.La bolsa subía o se despeñaba con tal de infiltrar un rumor agudo y pertinaz minutos antes del cierre de las transacciones. (En el mundo entero esa captación del poder ha continuado hasta hoy).

Recuerdos perdidos en los recuerdos que me hacen pensar en Bel-Ami, el personaje con que Guy de Maupassant, un escritor que yo siempre había considerado como un niñato de buena familia más preocupado por sus erecciones matinales que por el trajinar del mundo, había crucificado – venganza a la Pilatos – a los periodistas que trajinaban por esas infames publicaciones corruptas que no obstante tenían en sus manos el éxito de un libro, el aplauso de una obra de teatro y el poder supremo de utilizar informaciones de que nadie disponía para ganar dineros a espuertas.

(Poseo – que no tengo – una amiga caribeña – vive en una ciudad cuyo sólo nombre me hace gimotear con la misma fuerza que a Adán cuando lo echaron del Paraíso Terrenal – que me dice que siempre hay que mirar el sol que se despierta por la mañana). Niño bonito de una raza de estúpidos mentales, nunca he querido mirar más allá de mi pasado. Y eso me ha llevado a darme de morros con el amigo Bel-Ami de Maupassant, prototipo del periodista que yo más odio (utiliza el periódico como plataforma y a sus amores como trampolines) pero que sigue prodigándose en nuestro supuestamente rico primer mundo, dador de lecciones de moral y democracia.No hay constancia de que a alguien se le ocurriera silenciar esa prensa a cañonazos como al parecer quería hacer en nuestro civilizado siglo XXI el presidente George W. Bush con la cadena televisiva árabe Alyazira. Un personaje digno de Guy de Maupassant aunque dudo si lo hubiese incluido en Bel-Ami o se lo habría reservado para uno de sus cuentos de horror.




Informar, desinformar

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En pleno siglo XXI, el mundo atraviesa la más feroz crisis de información. Los gulag informativos se multiplican por doquier aunque oficialmente existe una prensa libre. Incluso esa prensa libre “·oficial”, asentada tradicionalmente en los países del Primer mundo, padecen muchas veces enormes caries de información dirigida en nombre de la libertad de expresión. Europa conoce con la Rusia del zar Putin I un recrudecimiento de lo que fue la prensa soviética de la antigua URSS. Periódicos, radios, televisiones que bajo un frágil barniz de libertad son auténticos gulag informativos. Se dice lo que conviene que se diga en ciertos medios, que no tienen por qué ser el Kremlin. Alrededor de la antigua Unión Soviética, hay países independientes, con parlamentos, con presidentes y toda la farfolla de la libertad de expresión que no ha podido despegarse del modelo soviético de prensa.

La agencia de prensa Tass en su versión soviética original ha sido la madre de toda una prensa alrededor del padre de todos, Moscú, en la que no se concibe que haya más libertad que la que se decrete oficialmente. Pero el público está acostumbrado a que sus dirigentes ganen cualquier elecciones con grotescos y altísimos porcentajes de votos y llegan a creerse que quienes mienten son la gente del Oeste. Porque con tantos años de vigencia, la prensa comunista ha sabido implantar un modelo que en nombre de la libertad que ellos consideran, en nombre de los derechos humanos que ellos no respetan, en nombre de la patria, todo vale. La mentira fue impresa mucho antes de que Stalin supiera leer. Educar al pueblo en la convicción de que solo lo que decía Pravda, el diario oficial soviético de referencia, o la Agencia Tass, su nave madre era el objetivo de quienes estaban encargados de “informar” en el vasto territorio de la Unión Soviética y de los países comunistas europeos.

La falta de información fiable ha sido y sigue siendo impresionante. Y no hace tanto que se han producido ejemplos que cualquier periodista debería estudiar objetivamente. Un ejemplo es el opositor a Putin al que tratan de salvarle la vida en Alemania después de que supuestamente haya sido envenenado, como otros opositores en otros momentos. Silencio en Moscú. Ni siquiera un desmentido. Bielorusia, con el Lukachenko de Presidente que quiere eternizarse en el poder. Y cuántos Belorusia hay escondidos en las estepas, en lugares en los que hay fútbol para dar solidez democrática a dictadores que obtienen 98 por ciento de votos en cada elección.

El 20 de agosto de 1968, durante un discurso en Washington, el presidente Lyndon B. Johnson está haciendo un análisis de las relaciones en el mundo. De pronto, la calma chicha de un discurso presidencial, que normalmente es eso, un discurso protocolario, se convierte en un tsunami. Los teletipos de la redacción de la Agencia France Presse empiezan el concierto de campanitas que anuncia una noticia importante. La Casa Blanca anuncia que tropas soviéticas han invadido Checoslovaquia, con la intención de poner fin a la llamada Primavera de Praga, un intento para renovar el aire viciado de ese país del bloque soviético. Alexander Dubcek, primer secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia, de corte liberal, estaba facilitando esa operación puramente intelectual en espera de poder acercarse a algo que se pareciese a la libertad. Los relojes murales de la AFP París marcan la 01h48 GMT. Todo o casi todo el mundo debe de dormir en Praga.

En ese momento, la reacción sana de los que teníamos la posibilidad de encabritar al mundo con la información de la invasión fue empezar a verificar, aunque, naturalmente, lo que había dicho la Casa Blanca estaba ya en todas las radios y en todas las rotativas. Pero nos preguntábamos si no sería un intento de intoxicación montado por cualquier servicio que hubiese utilizado el momento en que hablaba el Presidente del país más poderoso del mundo, y el principal enemigo de la Unión Soviética.

Ahora se trataba de confirmar la información por nuestros propios medios. En el llamado Servicio de Escuchas de la AFP, donde periodistas especializados tenían por misión intentar entender los farragosos despachos que solían mandar las agencias de prensa del Este, no sacaban nada en claro. Entonces llamamos a nuestra delegación en Praga. Los teléfonos sonaban en el vacío de la noche o callaban. Ni siquiera habían cortado las líneas. Qué prepotencia. Entonces alguien tuvo la ocurrencia de llamar a la AfP-Viena, aunque era poco probable que hubiese alguien en la Redacción a esas horas, ya que, oficialmente, no ocurría nada que lo justificase en Austria. A la tercera llamada, el teléfono era descolgado por un periodista de la misma AFP que estaba asistiendo a un congreso científico en la capital austriaca y que acababa de pasar por la delegación para dejar sus cosas.

Y el milagro se produjo. Desde Viena, el colega consiguió conectar con el hotel donde dormía como un bendito nuestro corresponsal. Nuestro hombre en Praga creyó que todo aquello era una argucia de los norteamericanos. Pero mientras argumentaba en este sentido, calló, pareció escuchar algo y soltó el teléfono para abrir el balcón de su habitación. Dos segundo después empuñaba de nuevo el teléfono y a voz en grito decía; “¡Es cierto… es cierto, los tanques soviéticos están pasando debajo de mi balcón!”.

Afortunadamente, las grandes agencias de prensa ya existían. Y así, de esta forma tan insólita, fue como pudimos confirmar al mundo la que parecía increíble noticia de que los tanques del Pacto de Varsovia habían hecho añicos la Primavera de Praga en una calurosa noche de agosto de 1968. Ya pueden imaginar que la noticia del fin de las ilusiones en Checoslovaquia no corrió tan de prisa ni tan abruptamente por los teletipos de las agencias enfangadas en el comunismo redentor. Ejemplos de manipulación como este tengo un libro lleno (“La Manipulación de la información” (2003). Hasta ahora, y les hablo desde el año del bicho chino del 2020, esos parapetos informativos siguen existiendo, aunque poco a poco unos y otros tratan de roerlos, de menearlos para que no molesten a países que creen que la verdad está únicamente en lo que ellos dicen.

Cuando el general Francisco Franco se apoderó de España, derrotando a una República que no andaba muy acorde con los tiempos, en 1939, una de sus primeras decisiones fue fundar una llamada Escuela Oficial de Periodismo, donde se enseñaba la manera franquista de informar, que por muy fascista que fuera se parecía tremendamente a la forma en que se concebía la libertad en países como el que acabamos de ver con tanques de ataque paseando en una noche de 1968, en plena canícula de agosto.

El propósito de Franco, como ocurrió antes o después en países como Chile, era establecer un carnet oficial. Había que aprobar las enseñanzas abracadabrantes de aquella madriguera de mentiras y medias verdades para ser oficialmente PERIODISTA, cuando hasta entonces había sido una profesión de libre ejercicio. Porque lo que hizo Franco fue lo que hicieron otros países, derivar la autoridad sobre la prensa de una asociación profesional al GOBIERNO. Desgraciadamente esto sigue ocurriendo todavía en algunos lugares del mundo. El gulag informativo de Franco duró lo que él, alrededor de cuarenta años. Aunque…

Cuando los gobiernos se dieron cuenta de que tener en sus manos la prensa y manejar a su antojo a los periodistas era la única manera de asegurarse un poder consecuente empezó el gulag de la información. Todavía hay países donde los periodistas se forman en universidades oficiales, con toda la religiosidad del culto al régimen, y luego entran en la religión que les dicta una central de información. Todos esos periodistas son tratados como tales, se les permite viajar por el mundo entero en ocasiones, pero siempre dentro de la convicción de que la verdad es el que dicta la central de información.

Esto ocurre actualmente en Cuba, donde la Agencia Prensa Latina (PL), que nunca pudo llegar a ser considerada en el ámbito internacional porque su vocación es servir al régimen, al que esté en ese momento, sin apartarse un ápice de la religiosidad informativa, quiero decir que la verdad está allí y en ningún otro lugar. Y ello pese a que actualmente Cuba está inundada de periódicos digitales, que a veces son considerados como traidores y en todo caso como fuera de la normalización que impone Prensa Latina.

Yo colaboré durante varios años con PL, incluso con un contrato con muchas firmas que ellos rompieron unilateralmente el día que consideraron que no les convenía. Hoy me publican algún artículo de muy tarde en tarde en la rúbrica “Firmas selectas”, donde reinan un cura y un ex director general de la UNESCO. Supongo que es para que no se diga…

Pl está constituida por excelentes periodistas, pero no todos tienen el mismo estatuto ni las mismas facilidades y más vale estar en la órbita que manda su Presidente-director, quien a su vez es un hombre del viejo Partido Comunista, que edita el diario oficial de Cuba, el viejo Granma desde hace más de medio siglo.

Algunos de esos periodistas, excelentes, tratan de liberarse y trabajar para periódicos extranjeros. Toda la diferencia semántica entre la prensa cubana y la de los países capitalistas está en esta frase más que maquiavélica “cuenta con objetividad, pero nunca con imparcialidad”. Dicho con otras palabras, hay que ser parcial y favorecer siempre las tesis del Estado.

Las autoridades cubanas no quieren admitir que la libertad de expresión es indispensable en la prensa, y que la imparcialidad es indispensable. Un compañero cubano, que practica y sabe lo que es la libertad de expresión explica muy claramente: “Juzgar a este país con la lupa que empleamos para aproximarnos a cualquier otro es un error mayúsculo, porque ningún otro, al menos que yo conozca, lleva 60 AÑOS desafiando al mayor imperio de la era moderna. No sé hasta cuándo durará esto, pero lo que se juega aquí es la vuelta a un capitalismo que no es perfectible, porque ya enseñó todas sus cartas o la persistencia a favor de otro tipo de sociedad, ponle el apellido que quieras, que con todas las meteduras de pata en estas décadas pienso yo que puede ser perfeccionado”.

Es un argumento mayor e indiscutible. No obstante, tengo la impresión de que tarde o temprano quienes dirigen la prensa oficial en Cuba van a tener que tomar el peligroso viraje, porque desde que autorizaron todos los periódicos digitales existentes en las redes, e incluso algunos o uno por lo menos con una edición en papel, cualquiera que los lea lejos de Cuba está al tanto de casi todo lo que ocurre. Por lo menos de las carreras para buscar alimentos, peleas (en video) por llegar antes a la cola del establecimiento que vende lo que ellos buscan.

Hace ya casi quince o dieciséis años que un director de Prensa Latina me confió sus deseos de poner la agencia a nivel “occidental”, pero aparentemente los comunistas que reinan en la prensa nacional no le dejaron ni siquiera intentarlo. Y es realmente una falta que Cuba pagará durante muchos años.

Mientras la prensa cubana considere como traidor y otros adjetivos peores a todos los que no comulgan con lo que ellos dicen, no habrá apertura hacia Occidente. Con la irrupción en el panorama periodístico de un aparente e inocente Facebook (FB), al parecer ideado en Estados Unidos aunque es difícil saber cómo y por qué, Cuba ha vuelto a tener más calidad de vida, aunque este engrudo de MacDonald con Milanesa a la plancha deje un mal sabor de boca. Del lado latinoamericano, los cubanos, sean del bando que sean, de Miami o de La Habana, han tomado la delantera y se reflejan en sus páginas, escrito de cualquier manera, ese parece ser el “gracejo” de esta publicación, pero transmiten sentimientos, que a veces se traducen en fotos de colas en La Habana o de enfrentamientos con policías.

Prensa Latina aprovechó la aparición de este insólito “periódico” para hacerse una enorme publicidad, de una forma bestial. Tanto que daba la impresión de que había un contrato por medio. Pero PL y sus detractores siguen enfrentándose en FB. Uno de los directores de Prensa Latina, probablemente el que hablaba de “renovación”, duró poco tiempo en el cargo. A partir de ese momento el actual dirigente no se ha movido de su puesto. Estaba cuando todavía vivía Fidel Castro y sigue con el nuevo régimen. ¿Casualidad o intencionalidad de dejar bien sentado que aquí no se mueve nadie? En cuanto a FB no sé realmente todavía si hay que incluirlo en este desbarajuste de gulag, donde nunca se sabe muy bien quién es lo que no parece. Pero en todo caso, châpeau, es un golpe de alguien que conoce bien la prensa y sus lectores. Porque ellos no piden ni tan siquiera que los que intentan escribir cositas, a veces con faltas de ortografía horrenda, en cuanto a la sintaxis, mejor no hablar, tengan un mínimo de “formación”, pero consiguen crear un mundillo particular que hasta ahora no existía en la prensa occidental.

Termino citando palabras recogidas de Prensa Latina a través de Internet: “En Francia, el presidente Emmanuel Macron dijo ante Vladimir Putin que los medios rusos Sputnik y Russia Today difunden noticias falsas y por ello no les permitió el acceso a su campaña electoral”. Prensa Latina puede convertirse en cualquier momento en la gran agencia latinoamericana que se necesita en ese continente. Basta con que el Partido comunista le abra el candado.




El cine como arma política y diplomática

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

(Lean e infórmense de las fantasías que corrían por La Habana en aquellos años noventa, cuando apretaba el calor).

 

 Algunos de los actores de la transición que según todos los politólogos se producirá un día u otro en Cuba son personajes que nada tienen que ver con el mundo de la política pese a que desde hace cuarenta años trabajan entre bambalinas. Pero en la isla caribeña sería difícil hallar rastros concretos de ellos, al contrario de lo que puede darse en la historia de España, el país que en los últimos veinte años mejor supo pasar de un régimen monolítico y anclado en una dictadura a una  nación de corte democrático. Cualquiera es capaz de poner nombre y apellidos a los protagonistas de esa aventura política que apenas unos años antes de que muriese Francisco Franco  parecía  prácticamente  una misión imposible. Cuando llegue el momento, en Cuba quizá se citen personajes que de un modo u otro contribuyeron a que la Revolución de Fidel Castro desembocase en un régimen moderno y pluralista. Pero casi seguro que nadie les podrá poner a ciencia cierta nombres y apellidos a aquellos que actuaron al margen de las esferas politicas. Enajenada por una larga y casi interminable larga marcha de muchísimos años, la sociedad cubana se ha acostumbrado a vivir sumida en un delirio del secreto que ha hecho siempre muy difícil el análisis, sobre todo por parte de los extranjeros. La labor de la intelectualidad cubana para acabar con la etapa revolucionaria iniciada por Fidel Castro en 1959 es, sin embargo, innegable. Y en gran parte se encuentra concentrada en un fenómeno llamado Cine Cubano y, dentro del mismo, que cada cual reconozca a los suyos. Aunque fue creado con un afán propagandístico muy determinado y concreto, el cine cubano pocas veces cayó desmedidamente en la grandilocuencia partidaria que transformó a esa misma cinematografía de otros países en maquinarias pesadas que eran reflejo y semejanza, la voz de sus amos.

En la Unión Soviética y en la Alemania hitleriana, muchas veces a través de directores de gran talento y de estudios de fama internacional, los monolíticos departamentos de la propaganda  nunca  vacilaron  en ejercerla sin el menor pudor a condición de que fuese siempre en el mismo sentido único. Stalin fue convertido por los cineastas rusos en el padre de todos los pueblos e Hitler ejerció idénticas  funciones con un régimen que ideológicamente se oponía totalmente al otro pero que, en definitiva, perseguía los mismos objetivos.

El cine soviético y el nazi conocieron épocas muy precisas de guerras en un contexto mundial lleno de confusión. El cine cubano nace cuando todo eso no es más que recuerdo. Cuando se sabe que el cine soviético es oficialista sin la menor concesión y que el fallecido cine hitleriano más no pudo serlo. Y cuando el cine cubano ha alcanzado su plenitud,  el Muro de Berlín cae y con él van desmoronándose todos los  países  del  Este  de  Europa  todo  el  imperio comunista.

A miles de kilómetros de las frías calles de Moscú, La Habana permanece como una reliquia que ya no sabe dónde cobijarse. Todos sus amigos comunistas,  los que le permitían sobrevivir, han muerto, y los que desde Occidente, y especialmente desde los Estados Unidos podrían restablecer una nueva amistad tienen las manos atadas por consideraciones de política interna. Otra particularidad  del  cine  cubano  es  que,  al contrario del soviético o del nazi, nunca fue en dirección única. Cantó la Revolución pero también la lloró y la lamentó, dejando al descubierto los fallos materiales del sistema y sus deficiencias humanas. Denuncias de todo tipo que no  cuadraban  con  los  modelos totalitarios antes reseñados.

¿Ha tenido el Cine Cubano un papel en esa película preparatoria de la transición política en Cuba?. Hay indicios que apuntan en ese sentido. Los contactos que durante casi cuarenta años nunca se mantuvieron con Estados Unidos fueron protagonizados por los cineastas de Cuba. Dicho de otro modo, a través de ello, en festivales, coloquios, visitas, la comunicación siguió establecida en los peores momentos entre los dos países por las bocas y oídos de actores y directores de las dos nacionalidades. Y todos ellos siempre  estuvieron  muy  bien  vistos  por  el gobierno a ambos lados del estrecho mar que separa a Cuba de los Estados Unidos.

No deja de ser curioso que antes de que en 1995 el presidente Bill Clinton hiciera una tímida apertura permitiendo que periodistas norteamericanos pudiesen instalarse como corresponsales en Cuba, una película  cubana fuese seleccionada, por primera vez en toda la historia de ese cine, para el Oscar, un sueño que las dificultades políticas y diplomáticas hacían cada día más indispensable. No era una película divertida de dibujos animados sino una de las más logradas a la hora de pegar un puñetazo encima de la  mesa de la sociedad cubana  para  reclamar  tolerancia,   nada  más  que tolerancia. Se titulaba « Fresa y chocolate ».

El primero de diciembre de 1993, el gigantesco Teatro  Carlos Marx de La Habana iba a ser acontecimiento de algo que nadie, ni siquiera los más finos politólogos de la isla, habían podido prever. En la sala, con aforo para cinco mil personas, con lleno hasta la bandera, como en las mejores corridas de Las Ventas de Madrid, un público formado mayoritariamente de periodistas llegados del mundo entero y de cubanos. En el escenario, el telón blanco que preside las mágicas ceremonias desde que los hermanos Lumière hicieron del cine todo un método de exorcismo.

Al finalizar la proyección, una piña humana se puso de pié y bajo los comedidos proyectores aplaudió, aplaudió, aplaudió, hasta el delirio. A algunos periodistas se les saltaban las lágrimas. A Fidel Castro le hubiese sin duda gustado ser objeto de aquel frenesí que parecía no iba a acabarse nunca. En la pantalla, dos muchachos acababan de abrazarse en señal de despedida.

Era el fin del estreno mundial de « Fresa y chocolate », la última obra del más emblemático cineasta cubano, Tomás Gutiérrez Alea. Para terminarla, su amigo Juan Carlos Tabío había tenido que echarle una mano debido a una enfermedad que le venía royendo desde varios años atrás y el filme había aparecido finalmente con la doble firma.

Hoy todo el mundo o casi sabe ya que « Fresa y chocolate » es el más subversivo y talentoso alegato hecho por cineastas cubanos desde que la Revolución « inventó » el cine cubano, con el convencimiento de que sería un arma incomparable en el difícil diálogo que entonces empezaba entre una Cuba perdida en el pasado y otra que todavía no había perfilado su porvenir.

Pero aquella noche, la sorpresa fue para los más. Cierto, el cine cubano de los últimos años siempre había sido combativo, a veces hasta lo « imprudentemente incorrecto ». La larga tradición de irreverencia de ese cine no quitaba méritos al filme de Gutiérrez Alea, más bien los resaltaba.

Aquella noche en el Carlos Marx, en los primeros segundos que siguieron a la escena final, – el amor de hermanos y entre hermanos, de gente del mismo mundo, mucho más allá de las retóricas que quieren la separación de la misma gente nacida en la misma cuna de la humanidad, –  entre el joven homosexual y el machito miembro de las Juventudes del Partido Comunista, auténtico grito en  favor de la tolerancia, dejó bastante desconcertado al público presente.

Quienes habían tenido oportunidad de ver el filme anteriormente en contadísimas sesiones privadas no escatimaban elogios, tantos que los que estaban en ayunas de la novedad acudieron a la proyección con el escepticismo lógico de aquello de « ya verás, ya verás » pero con un fondo de ellos mismos dispuestos a gritar de felicidad.

Aquella noche, cuando las luces del cine se apagaron tras kilométricos aplausos que ni siquiera Fidel podría jactarse de haber conseguido en uno de sus maratónicos discursos, el calor húmedo e impacable de la calle medio oscura por obra y gracia de los clásicos apagones habaneros (periódicos e indispensables cortes de luz debido a las restricciones económicas) fue como un consuelo de frescor. Habíamos vivido quizá una minirrevolución que ni siquiera el Jefe del Estado cubano había previsto cuando dio el visto bueno para el rodaje.

Días después. Escena de día. Una suite del Hotel Nacional de La Habana, el más lujoso de la capital, una joya de otros tiempos recien restaurada. En un rincón de la habitación blanca y espaciosa que va a morir a una inmensa terraza que mira de reojo al mar, hacia un Miami que dentro de unos mese va a ser protagonista de esta historia, Alfredo Guevara, con la coquetería de sus 67 años, se aguanta con la mano izquierda una chaquetilla azul sobre una camisa negra, mientras con dos dedos de la mano derecha engulle un canapé. Como acostumbra durante el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, ha citado en lo que le sirve de cuartel general, como número uno del cine cubano (oficialmente es presidente del Festival y entonces ejercia también como, presidente del Instituto cubano del arte e industria cinematográfica (ICAIC), pero en realidad es mucho más…) a un puñado de amigos.

A la izquierda de esa primera habitación que abre una discreta puerta a un dormitorio donde Guevara suele descansar, dos camareros ofrecen bebidas. El clásico mojito es la más plesbicitada, aunque también se toma cerveza y Cubalibre. En el centro de la pieza, una larga mesa hace honor a los invitados: pollo, paella, gambas emborrizadas, canapés varios, aceitunas, patatas fritas. El sueño de una noche de verano para cualquier cubano que en estos momentos de recesión no tiene más preocupación que la comida.

Agazapado en un rincón como un gato afectuoso, Alfredo se relame de gusto. Las gafas grandes de miope coqueto parecen siempre a punto de abandonarle la nariz. De un manotazo las devuelve a su precario equilibrio cuando uno ya las ve rodando por el suelo. El poco pelo lo tiene peinado muy coquetamente hacia atrás. Su sonrisa es sin duda lo que más llama y enamora. Una sonrisa discreta, contenida, que casi nunca le sale de los labios y que se refleja en unas arrugas que cada vez que quiere reirse le saltan de los ojos y ponen en peligro la estabilidad de las enormes gafas. Es la misma sonrisa que hace como medio siglo conquistó a Fidel Castro. Porque todos los que están en la suite saben que este hombre pequeñito, de una fragilidad exquisita, fue el hermano mayor de un Fidel que en aquellos tiempos de universitario en La Habana, cuando un grupo de estudiantes soñaba ya con luchas políticas, le protegió, le cobijó y, dicen algunos, le llevó prácticamente desde Sierra Maestra al Palacio de la Revolución en La Habana.

El marxista Guevara—ningún parentesco con el Che—sigue en su rincón, como si la fiestecita no fuese con él. Habla bajito, casi musitando y los invitados se suceden calladamente a su lado, con el respeto y el sigilo de los fieles en un confesionario de la catedral de La Habana, consagrada a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la misma que en una medallita dicen que Fidel Castro llevaba colgada del cuello cuando entró por primera vez en la capital al frente de sus barbudos. En un país donde los santos del calendario han servido a los cubanos para ocultar sus preferencias por dioses y diosas de origen africano—desde los tiempos casi inmemoriales en que los españoles quisieron obligarles a ser católicos, apostólicos y romanos,– Guevara, en su rincón tan calladito, parece la reencarnación de uno de esos dioses que la gente venera en la santería nacional.

 Mientras al viento húmedo del Malecón (el paseo marítimo habanero) le cuesta los trabajos de Hércules para llegar hasta la suite, Guevara la goza en su rincón. Por mucha modestia que quiera derrochar, ¿cómo va a olvidar el estreno de « Fresa y chocolate »? ¿cómo se le van  a ir de la cabeza las imágenes de su triunfo, esos aplausos de toda una sala vuelta hacia él que, como siempre, esta intentando que no se le caiga la chaquetilla que jamás se separa de sus hombros?.

Esa noche es una de las más bellas de su existencia. Quizá lo suficiente como para olvidarse del amago de infarto de miocardio, del exilio dorado a que se le obligó hace unos años cuando Fidel no tuvo más remedio que nombrarle embajador de Cuba en la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, para, según algunas versiones, alejarle de sus más feroces enemigos del Comité Central. Pragmático hasta las puntas de las uñas cuidadosamente pulidas, Alfredo ha conseguido incluso cobrar los intereses de esa embajada forzosa. En la solapa luce el distintivo de la Legión de Honor, máxima recompensa civil francesa que el presidente François Mitterrand, hecho rarísimo, le impuso personalmente en el palacio presidencial del Elíseo. Dicen incluso que el viejo presidente, que en aquellos momentos ya daba las últimas caladas a su presidencia, había querido imponerle la condecoración, cosa que hizo en el transcurso de una brillantísima recepción en palacio durante la cual hubiese sido muy difícil saber cuál de los dos—el presidente o su homenajeado—era más gato.

Es cierto que la suite no es la sala de baile que sirvió a Luchino Visconti de escenario central para la escena capital de « Il gattopardo », un decorado en el, qué duda cabe, Alfredo Guevara se hubiese sentido más a gusto. En esta mediatarde caribeña, Alfredo está muy lejos de las exquisiteses versallescas. Estamos en La Habana, en un año más de la  Revolución que él ayudó a instaurar y en medio de momentos económicos de lo más penoso y en horas políticas de incertidumbre. El, mejor que nadie, sabe que después de 35 años de Revolución, va a ser necesario pasar la mano. El bloqueo absurdo de Estados Unidos, las reclamaciones de países de América Latina y de otros lugares del mundo y, sobre todo, la insostenible situación económica que viven los cubanos, perfilan tiempos de cambios. El lo sabe pero su fidelidad por el compañero de siempre puede más que la lógica más primitiva.

Con los ojos lascivamente puestos en las interminables piernas artísticamente bronceadas de una actriz mexicana que juguetea con los contraluces de la terraza, un periodista europeo (« centroeuropeo » como llamaba curiosamente Fidel Castro a los periodistas de la Europa capitalista cuando el muro de Berlín todavía no había sido derrumbado) recuerda lo que de este enigmático hombre decía el norteamericano Ted Szulc en su libro « Fidel, A Critical Portrait » (1986): « Alfredo Guevara… amigo de Castro desde hace cuarenta años; es una de las figuras más curiosas del mundo político revolucionario cubano y uno de los hombres en quien Castro ha tenido siempre más confianza ».

Las relaciones entre los dos personajes, el gordito y el espigado, una especie de Quijote y Sancho Panza de los años marxistas, las resume así: « Una sólida amistad se establece entre Guevara y Castro y juntos participan en una serie de enfrentamientos políticos en la universidad ».

Y después del triunfo de la Revolución: « Se había (Castro) apoderado de los medios de comunicación de forma total, fundando por otra parte un instituto cinematográfico de alta calidad, cuya dirección confió a su viejo amigo Alfredo Guevara, encargado de producir largometrajes, documentales y noticiarios ampliamente inspirados por la ideología revolucionaria ».

A todas luces, están lejos los tiempos en que el ICAIC servía para esa finalidad. El artífice de ese vaivén es para muchos Alfredo Guevara, a quien otros atribuyen el hecho de que con los años el ICAIC se haya convertido en una fortaleza en la que un montón de intelectuales, desde los más viejos, como él, a los más jóvenes como Tabío—coautor de « Fresa y chocolate »—se opongan a la eterna guardia staliniana… con el apoyo de Fidel Castro, musitan algunos personajes muy enterados. Esto es al menos lo que asegura el propio amigo de siempre, de los momentos más difíciles.

En su dorada madriguera de la suite del Nacional, Guevara me dice mirándome en los ojos: « Fidel sabía todo lo que era esa película (« Fresa y chocolate ») por mí ». Y enigmáticamente agrega: « Yo siempre cumplo con mi obligación de decir todo lo que yo creo ».

En ese momento de triunfo personal y cuando ya casi podía preverse que « Fresa y chocolate » sería la película latinoamericana más popular en el mundo entero, Alfredo se mostraba cauto, porque sabía que en el vestíbulo del propio hotel donde festejábamos el enemigo le esperaba: « Yo no veo el filme así (como una feroz crítica a muchas cosas que acontecen en Cuba: rechazo del homosexual, falta de libertad…). Sentí al joven comunista como muy limpio, sin cultura, sin una preparación para ciertas cosas… Yo veo a los jóvenes de un modo muy especial, pensando en el futuro y no sólo como son, en su potencialidad… Soy un protagonista de la película porque tengo que asumirla y soy también un protagonista de la Revolución. No estoy por las críticas acerbas, sino constructivas. Lo revolucionario es transformar. No le llamo revolucionario al levantar banderitas y correr gritando consignas y ni siquiera al momento del fusil, que es decisivo… El momento actual (en Cuba) no es el que estamos viendo en la película, el momento actual no es perfecto. Y muchas cosas siguen pasando pero no son oficiales. Pasan en la gente porque muchos ciudadanos están formados antes de la Revolución en principios « morales » que no responden a nada, que son idioteces ».

Un lenguaje que muy pocas personas se atreverían a utilizar en la Isla, incluso estando a la diestra del padre. En un medio periodístico cubano, el discurso de Guevara en el cine Carlos Marx fue referido de muy distinta manera pero perfectamente guiada: « Su mensaje resultó más sutil al indicar entre líneas que no se producirán retrocesos en la apertura a la creación artística… »

Pero ya antes de que « Fresa y chocolate » se convirtiese en fenómeno de sociedad—esos dos tipos de helado llegaron a formar un símbolo y pasaron a integrarse en el lenguaje corriente en Cuba como exponente de todo—Alfredo Guevara había dado algunos martillazos. Hay que decir que sus confidencias sobre la película hechas en la suite no fueron jamás publicadas en la prensa cubana. Es más, el diario Granma, órgano del Partido Comunista, había comentado que los realizadores del filme « no han tratado de hacer daño en irresponsble apedreo, sino como eficaz método para tratar de superar y ser mejores ». Esta dialéctica marxista, oficialmente reivindicada por quienes controlan los medios de comunicación en Cuba, no es precisamente el lenguaje de Alfredo Guevara.

Bastante antes de la salida de « Fresa y chocolate », había realizado un trabajo que la Unión de Jóvenes Comunistas presentó a sus adherentes con la siguiente advertencia: MATERIAL ESTRICTAMENTE PERSONAL E INTRANSFERIBLE, PARA ESTUDIO Y CONSULTA DE LOS CUADROS DE LA UJC (UNION DE JOVENES COMUNISTAS).

En este artículo que la UJC trataba poco menos que como documento ultraconfidencial, el presidente del ICAIC se refiría muy sabrosamente al papel del intelectual cubano en la sociedad que le ha tocado vivir.  He aquí algunas de sus advertencias: « En algunas ocasiones las grandes frases y fórmulas encubren la más completa indigencia ideológica, y no deben faltar los casos -y no han faltado- en que semejante oropel ocultaba el oportunismo, las actitudes simplificadoras o sectarias, o cuando menos una gran falta de humildad ».

« … Por eso se hace necesario estudiar y conocer, discutir y profundizar, rechazar la sospecha como método y evitar las descripciones facilistas y caricaturescas, las excomuniones y en general una inútil batalla sin principios, que ya bastante daño ha hecho -y la historia contemporánea se encarga de probarlo- al desarrollo de la cultura y particularmente de sus manifestaciones artísticas en los países socialistas. No debemos olvidar tampoco el grotesco y triste espectáculo que ofreció la filosofía marxista -centro de nuestra ideología- exudada por repetición, durante los años del stalinismo cultural ».

« … Es necesario abordar los problemas cuando éstos se plantean como tales y hacer un esfuerzo y una contribución que se traduzca en lucidez. No es posible esperar a que los prejuicios se conviertan en consignas. Hay que saber decir no a tiempo, y hay que decirlo ».

Y este trozo de antología: « … Cuando un militante revolucionario, o una organización de masas, o zonas de la opinión pública marcados por los aparatos de publicidad o divulgación, reclaman del escritor o el artista plástico, el compositor musical o del director cinematográfico, la apología al minuto de los sucesos de la actualidad nacional o internacional, las puertas del manicomio se entreabren como una amenaza no para los que esperan convertir a los artistas en « traganickeles-ideológico-agitativos », sino para los creadores que estupefactos se inhiben o rebelan ».

Hemos vuelto a la sala fría y desangelada del teatro Carlos Marx de La Habana. Acaban de proclamarse los premios y, como esperaban todos los periodistas presentes, desde los húngaros  a los franceses, « Fresa y chocolate » ha arrasado en el medallero. Nuevo triunfo para el caballero Alfredo Guevara en su discurso de clausura: « En Coppelia (parque habanero donde se degustan unos helados excepcionales y donde se sitúa el comienzo de la película, donde se conocen los protagonistas, el machito y el homosexual) como en toda nuestra sociedad, cada quien prefiere el sabor que más le conviene y todos vamos a defender nuestros principios desde el abrazo de David y Diego (los dos protagonistas), abrazo que se multiplicará en otros abrazos que nos unirán más allá de cualquier diferencia en lo que por sobre todo prevalece, la decisión de salvar a Cuba, nuestra identidad, nuestra independencia y soberania, el derecho a la dignidad, el derecho al futuro ».

Lejos de las focos que hacen sudar la gota gorda al presidente del ICAIC, el turista curioso visitaba Coppelia, una especie de parque frente a un cine en pleno centro de lo más sabroso de La Habana, y comprobaba que ya no era lo que le contaron que había sido. Frase banal pero llena de sentido para quien había conocido ese lugar unos años antes de que los balseros se echaran a la mar y de que los cubanos conociesen seriamente lo que la palabra privación quiere decir.

En la película, los protagonistas, el homosexual exquisito, con toques de intelectual refinado, y el joven estudiante perteneciente a las Juventudes Comunistas, mezcla de inocente en cosas de la vida y de adoctrinado en cosas de la política, se conocen en una mesa del parque degustando unas copas de ese exquisito helado, en una terraza agradable de lo que en otros tiempos fue el Hospital Reina Mercedes. En 1993 y en 1994 el parque se convirtió en un lugar por donde da miedo pasar en cuanto cae la noche, cosa que en el Caribe sucede muy temprano. Ha perdido todo el colorido y hasta el romanticismo que tuvo en otros momentos. La gente, bajo las sombras que dejan caer las lejanas farolas y que le dan tristeza a todo cuanto alcanzan, se apiña en su interior y hace una interminable cola para poder llegar hasta los helados. « Pero si suben arriba y pagan en dólares podrán tomar helado », advierte una señora sentada en un pollo, esperando no se sabe qué.

La solución más fácil y prudente para el periodista-turista es volver al hotel y pedir el helado, aunque en una copa de metal plateado ya no sabe lo mismo.

No lejos del parque Coppelia tiene su sede Prensa Latina, agencia noticiosa fundada por el propio Che Guevara. Hasta sus oficinas donde los acondicionadores de aire luchan en un combate perdido contra el calor húmedo que se filtra por todas partes, llegué días después de la escena de la « suite » del Hotel Nacional la fresa y el chocolate. (Tomado de “Cuba, Revolución y dólares”, de Sergio Berrocal).

 




El millonario futbolista y el viejo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Aterrorizado, horrorizado miro y oigo la televisión, donde una mujer acusa: a esos viejos los meten en una sala y con morfina espera que se mueran.Asqueado veo en la misma pantalla la llegada en avión especial (y muy particularmente caro, se supone) del holandés Ronald Koenan, el nuevo entrenador del Barcelona, que tratará de sacar al este equipo español, el más grande decían, del hoyo en que ha caído desde que días pasados el Bayern de Munich le metió la bestialidad de ocho goles a dos. Hasta Messi estuvo a punto de desmayarse, pero los millonarios sufren de pie. El nuevo entrenador llegó como un jefe de Estado para meterse rápidamente en una limusine. Aparentemente no le hicieron pruebas del coronavirus y eso que esta región de España es una de las más afectadas por la enfermedad china. Pero aún dentro de la pandemia hay clases. Pensé dos segundos en la señora que acusaba a Dios y a sus ángeles de dejar morir a los viejos, que imagino ateridos de miedo esperando en los hospicios donde suelen estar en España cuando ya los hijos y otros familiares los largan. Desde que empezó la pandemia en España, esos lugares parecen calderos malditos donde el diablo infecta al primero que le cae en las manos. Luego evacúan el caserón y ya se pierde la pista.No creo que hayan podido conocerse más atrocidades en una guerra de regulares dimensiones. El bicho avanza y cuando se mete en un hospicio muerde al primer viejo que se le pone a tiro. Luego, pues eso… El aislamiento y la muerte que a veces, eso dicen, tarda en venir. No hace mucho tiempo, un jefe médico de un gran hospital firmó la orden de no utilizar los servicios de máxima urgencia para los mayores. Y ordenó que los aislase en cualquier parte y los dejaran en paz. Había que salvar a los más jóvenes, que probablemente se han infectado por haber estado de juerga mientras el viejecito no había ni siquiera disfrutado una noche de farra.

Y se mueren esos viejos, que ya no se cuentan. Qué alivio para todo el mundo. Y pese a estas atrocidades, las radios dedican sus emisiones más importantes de la noche no al virus que nos mata sino al fútbol, donde ya florecen los nuevos fichajes con cifras de millones y millones, muchos millones, una infinidad, de euros. Unos cobran cuarenta millones, otros más, otros menos, Y si se infectan son jóvenes y tienen equipos médicos preparados y bien equipados para sacarlos del mal paso. Porque hay que curar las inversiones de los clubes. No hay viejos, por si tenían dudas.

Y las risas de los comentaristas da gusto oírlas. Se vanaglorian de su sabiduría futbolística, tutean a tipos de equipos que pagan millonadas mientras el taradito del periodista de guardia, que apenas le llega el sueldo, se inclina delante del presidente Fulanito, una bestia con mucho dinero que se compró un equipo, cuando no es un jeque del petróleo o un extranjero cualquiera que ha decidido invertir millones en una actividad tan culta e indispensable para la educación de los humanos.

Asco me da hablar de esto, pero hay que indignarse, patalear aunque nadie te oiga delante de tu ordenador.Y mañana, en el parte de la mañana de las radioemisoras, ¿cuántos viejos se habrá comido el bicho? Yo creo sinceramente que ya no le importa a nadie. Ni a los propios viejos. Aquí en esta novela que ya dura meses, no hay un Hemingway para sacar un héroe de uno de esos asilos de la muerte. Aquí no hay pez que arrastrar hasta la orilla. Y si lo hubiese visto, si lo hubiese sabido, seguro que el autor de aquel viejo y de aquel mar se habría pegado un tiro antes de tiempo. Y mientras el presidente del gobierno de España, que según las normas es quien debía de estar al frente de esta lucha sin cuartel, se baña en aguas guardadas por sus guardaespaldas. Y sonríe feliz en una foto para el recuerdo. En cuanto a los Reyes, Felipe y Leticia, y sus dos encantadoras hijas, pasan también sus vacaciones en Mallorca, uno de los más bellos parajes de España.Pero no he oído que hayan aprovechado la ocasión para darse un garbeo por uno de esos hospitales donde los médicos dicen que están desbordados, que ya no pueden más.

Y los viejos mueren alegremente mientras una pandilla de imbéciles se emborracha en un bar que debería estar cerrado y al día siguiente empieza de nuevo el recuento de los que se han contagiado mientras el alcohol corría por sus venas y el dueño del chiringuito les sacaba los cuartos. Y no hay paredón. Esta es la vida en estas tierras maravillosas del sur de España, con sus playas, que tienen que cerrar las fuerzas del orden para evitar que de noche los cretinos armen otra fiesta y las ambulancia tengan que recoger a unos cuantos. Pero qué más da. España es el recordman de la pandemia en Europa. Una copa para el señorito.




Cuba en la carrera mundial por una vacuna contra la covid-19

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Uno de esos secretos que suelen guardarse bajo siete llaves en este país acaba de ser revelado por una revista especializada que cuesta trabajo encontrar en los estanquillos, Juventud Técnica (JT), y la noticia rodó como polen disperso por el vendaval. Cuba iniciará el 24 de agosto los ensayos clínicos de su vacuna contra la covid-19 y espera obtener los primeros resultados en enero próximo, según el oficial Registro Público Cubano de Ensayos Clínicos, citado por la publicación. “Este proyecto quedó registrado el pasado 13 de agosto, día en que el Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos (Cecmed) aprobó someter a ensayos clínicos FaseI/II el candidato vacunal”, informó JT,  72 horas después de que el presidente Miguel Díaz-Canel se reuniera con los científicos que trabajan en el medicamento y afirmara que “aunque haya vacunas en otros países, nosotros necesitamos la nuestra para tener soberanía”, según la escueta información sobre ese intercambio emitida el lunes 17 de agosto por medios oficiales. JT agregó que “la investigación para desarrollar el fármaco profiláctico denominado Soberana 01 abarca a 676 personas de entre 19 y 80 años y está a cargo del Instituto Finlay de Vacunas”, con sede en la capital cubana, y especificó que “ese proceso deberá concluir el 11 de enero próximo y los resultados estarían disponibles el 1 de febrero para ser publicados el 15 de febrero”.

 

 

Es extraño, muy extraño este país que no tiene dinero ni para importar alimentos básicos y que sin embargo está en la carrera por alcanzar la vacuna, al tiempo que ha desarrollado un arsenal de medicamentos propios con los cuales evitó la saturación de sus hospitales y redujo la incidencia de fallecidos “a ocho por cada millón de personas, cuando la tasa mundial es de 67,9”, según especialistas. “El país cuenta con 16 proyectos de nuevos tratamientos y tecnologías médicas para prevenir y combatir la COVID-19. De estos, hay 11 productos que se encuentran en estudios clínicos o ensayos de intervención en pacientes y grupos de riesgo”, agregaron. Y quizá el misterio de esta contradicción entre economía en crisis y resultados impresionantes por la baja incidencia del virus en la isla (lleva 15 días sin reportar fallecidos y mantiene esa cifra en 88 tras cinco meses y ocho días de epidemia), se deba a la prioridad que desde hace medio siglo se le concede aquí a la salud gratuita desde la ciudades hasta las montañas ( reinvirtiendo en esa esfera lo que ingresa por la exportación de servicios médicos) y al desarrollo en similar tiempo de un sector científico imponente, articulado ahora hasta el detalle en el esfuerzo nacional contra el virus. No por gusto, los cubanos piden que sean también sus científicos quienes se sumen al empeño de sacar la economía nacional del hondo hueco en que se hunde.

Los rusos dicen que en menos de dos meses comenzarán a fabricar su vacuna, y que podrían coordinar con los cubanos para producirla también en la isla; EU busca la suya invirtiendo miles de millones de usd cuando se aproxima a la fatídica marca de 200 mil muertos; y los ingleses aseguran que producirán la suya con México y Argentina. Pero de momento solo hay expectativas. La Habana insiste en que no será hasta el 2021 que, en realidad, la humanidad pueda contar con un medicamente seguro de este tipo. Por lo tanto solo apunto a otro competidor en la carrera, un competidor muy especial por las condiciones en que se ha lanzado al ruedo.

 

 

 

 

 




La impostura de amar

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No se ama, se dice que se ama, porque es un verbo que nos enseñaron en la escuela y porque el amor tiene muchos siglos y a los viejos hay que respetarlos hasta que los meten en una habitación con morfina a gogo para quitarlo de en medio, porque estorba. El amor estorba. El amor no existe. Todo el mundo quería a Jesús, hasta ese padre que nunca dio la cara, y sin embargo lo asesinaron de la manera más vil y canallesca. Penetrarse a la horizontal no es amor sino pura necesidad de transmitir fluidos y sensaciones y puede ser con Drácula o con la Bruja Pelúa. Para ser amor tiene que ser infinito y puro. Como podría ser el parto de la Virgen. Tener un hijo sin intervención sexual es más que un milagro una prueba de amor inconmensurable. ¿Qué valentía, qué valor tiene crear un ser cuando se tienen los aparatos, una verga erecta y llena de líquido adecuado y un receptor donde se forma el engendro? Se hace todos los días miles de veces, a veces por puro juego en la cama, otras por una violación, otras porque a ella se le ha antojado un niño. O porque se ha roto el preservativo. Pero nada es amor. Todo es impostura, tonterías presumidas que no llevan la mayoría de las veces más que a criar a seres sin razón de ser, y que no entienden por qué tienen esos padres y no otros. Cuando Santa Teresa habla con Jesús, al que trata como un novio, no le pide un hijo. Se limita a amarle, a venerarle, sin que por cierto él responda o corresponda con un gesto de amor.Jesús tenía, dicen, a Magdalena que le seguía como una perra, como una esclava. Pero probablemente porque la respetaba, la amaba incluso, nunca le impuso la carga de un hijo que podría haber terminado como él terminaría. El amor tiene el preservativo de la conciencia. Se ama absolutamente, sin descargar el líquido seminal en una matriz donde puede producirse lo que algunos llaman el “milagro”, un niño, que ya se puede crear en una clínica y si me apuran hasta por correspondencia.

La castidad rima más con el amor puro. Mediten con Santa Teresa. Ningún biógrafo habla de relaciones sexuales fingidas como hubiese sido una autosatisfacción. El amor, por puro que sea, no es más que un sueño. Nadie ama lo suficiente para amar. Ni Dios amó a Cristo lo bastante para evitarle esa atrocidad de la cruz con el pretexto de crear un hombre nuevo, el cristiano que tendría que esconderse hasta encontrar su lugar en la sociedad. Amar es incondicional, a veces a distancia, casi sin rozar la seda de la braga, sin forzar una entrada por mero instinto animal. Lo más cerca del amor puro sería el beso, ese que ha cantado algún bolerista, el que se da sin amor, pero sin consecuencias, sin buscar otro ser que probablemente tendrá que pagar muchas penas. Porque la pareja tan enamorada para llegar “hasta las últimas consecuencias” no piensa que el niño, la niña, el engendro, habrá que quererlo.

Me horripila ver cómo cuando aparece un niño de un vientre todo el mundo, hasta la enfermera de guardia, parece sentir por la criaturita un amor desmedido, una pasión arrasadora. Pero si ni siquiera le conoce. Es una pose social, que se respeta. ¿Alguien ha visto a un padre o a una madre coger a su recién nacido en los brazos con un gesto de fastidio¿ Qué va. Sacan sonrisas de donde no las hay. Porque dentro de unos años no sabrás cómo criar a ese ser que no ha pedido meterse en ese nido que le habéis buscado. Amar es mucho más profundo. Es querer, adorar como, si es cierto, la virgen adoró al niño que le trajeron por obra y gracia de no sé que divinidad y sin que el carpintero, su marido, hubiese tenido nada que ver. Amar es comprometerse con algo que no existe, algo a lo que no se le sacará ningún partido social (“¿has visto que rico es el niño?”) ni de cualquier otro estilo. Amar es no esperar ningún reconocimiento. Porque todos los que fabrican un ser por los métodos más variados exigen como contrapartida que les quieran, que el niño o la niña les ame porque son sus padres. ¿Acaso la criatura ha pedido que le engendren y que le pongan en un mundo donde gran parte de su vida consistirá en luchar par sobrevivir, sin que él pidiese nunca nada?

No todos somos Santa Teresa:

Dichoso el corazón enamorado
que en sólo Dios ha puesto el pensamiento,
por Él renuncia todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento.
Aún de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso…




Hemingway, el torero y la muerte

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Emborrachadas de viento de levante, las olas aplastan la arena como la vida y la muerte exacerban el entendimiento en un Mar adentro que no es el que se extiende allende la playa en esta mañana de invierno con mucho sol caliente y un descafeinado con leche en este pueblo del sur de España, mi isla africana, que fuera pesquero y que es el más septentrional de Africa. Mar adentro es el título de una película española muy festejada en esos guateques cinematográficos donde se fragua la celebridad barata en función casi siempre de valores ajenos y a veces casi enajenantes. “Por muchos premios que le den no pienso ver esta película”, me dice con la rotundidez que le caracteriza un amigo con gafas negras, abogado sentimental. “Es una vergüenza que se haga apología de la muerte con el pretexto de la eutanasia”. Desde una sabiduría burlona adquirida a pulso en tribunales y plazas de toros – también fue torero este hombre – recalca: “La muerte no es bella como la arruga se coja por donde se coja”. Le indigna que a través de Mar adentro alguna gente haya podido promover ese suicidio ayudado que es la eutanasia. Y tiene razón este viejo picapleitos que dejó el toreo “porque me daba mucho miedo” y después de que un par de astados lo revolcasen por la arena aguada de algunos tentaderos. Que duda cabe, el cine es peligroso y su liturgia aún más porque abraza a multitudes. Hubo niños que quisieron volar como Superman, antes de que este héroe de la mitología norteamericana quedase varado en un sillón de ruedas. Y lo peor es que las salas oscuras siguen teniendo magia hasta en los multicines.

Aunque una gran parte de mi vida la he pasado frente a las pantallas que durante noventa o ciento veinte minutos nos hacen violar vidas que nada tienen que ver con nosotros, sigo rindiéndome a esa magia. Sobre todo cuando el agua de la lluvia invade un plano largo y las gotas rebotan en el asfalto de una noche de cine negro como si quisieran llorar. La muerte ha dado al cine tan grandiosos momentos como el amor que en sus diferentes vertientes y declinaciones es la razón de ser de miles de filmes. La muerte gangrenosa de Las nieves del Kilimandjaro. La muerte empalagosa de Love Store. La muerte de la humanidad en De aquí a la eternidad. Ese estado que nos iguala a todos y para el que no se necesita más que estar vivo.

Pero en la actual y descomunal crisis de valores que atraviesa Europa, algunos, muchos, como mi amigo el abogado metido a novillero, piensan que las apologías no son buenas y que es mucho más sano enaltecer el valor de vivir sea como fuere y no la cobardía de morir. Hace unos cientos de años, durante la presentación de un libro, hablé largo y tendido del suicidio como “remedio”. Era una noche de invierno y tenía el alma caída. Mis tres amigas me echaron una bronca y tuve que hacer casi un mea culpa patético y cobarde. Unos días después, durante una inauguración de algo, hasta creo que era de una biblioteca, esos cubículos que casi nadie frecuenta en esta Europa de los 28 y te rondaré morena, un profesor se me acercó y antes de que pudiese devolverle el saludo me estaba echando una bronca fenomenal por haber, según él, hecho una apología del suicidio. Sólo la presencia de otro profesor amigo mío impidió que me zarandease como me merecía.

En la playa, mientras el sol veraniego calienta el tinto Rioja de una copa, mi amigo el abogado me cuenta la historia de Juan Belmonte, considerado por los puristas como un enorme “lidiador” que no “torero”. Es un personaje de los años veinte que por lo visto – mi incultura alcanza todas las ramas del saber – hacía temblar los cosos, esas plazas redondas de grandes dimensiones donde el juego consiste en que un señor vestido como una verbena consiga matar a un toro al que por supuesto nadie le ha dicho que estaba allí para que lo descabellaran en vivo y en directo.

Después de escuchar su historia te das cuenta de que tal vez de ese montón de toros asesinados le vino el amor por la vida que en su forma más absurda conduce a una pasión desenfrenada por la muerte. La que el propio Juan Belmonte ejecutó en su propia persona en una de esas fincas suntuosas y repletas de mal gusto y de cabezas de toros cercenadas que en España tienen los toreros de postín. Pero no fue tan sibarita como Ernest Hemingway que, según dicen aunque vaya usted a saber si es verdad porque ya se sabe que la realidad no es más que la sombra de la mentira piadosa, se suicidó con un rifle carísimo de la muerte que llevaba siempre en sus cacerías africanas.

A Juan Belmonte, dicen, cuentan, murmuran aunque yo no lo vi, la imaginación no le daba para tanto y confió su asesinato a una vulgar pistola sin mayores apetencias literarias. De una vulgaridad absoluta. La mejor lección de exaltación de la vida, de fe en el vivir, que he recibido no me la dio el cine sino un médico de Brasilia. Tenía unos 75 años y su paciente, un servidor, andaba por los 60. Después de auscultarme encendió un pitillo, sonrió y me miró fijamente: “Esto es cosa de la edad. Los años nos desgastan. No hay tratamiento”. En ese momento se abrió una puerta disimulada por una cortina y entró una muchacha que apenas si había dado unos pasos fuera del zaguán de los veinte años. Era bonita como sólo puede serlo una brasileña cuando lo es. En los brazos llevaba un crío de apenas un año. “Tiene usted una hija muy guapa”, dije sin poder aguantarme. El médico, que me recordaba al Vittorio de Sica maduro de aquellas interminables comedias de la vida, desgastó su sonrisa: “No es mi hija, es mi mujer. Y el niño es mi hijo”. Y tras pensárselo un poco concluyó: “Este es mi remedio contra la enfermedad de los años que pasan y nunca dan marcha atrás. Aplíqueselo”.




Cuba y sus debates

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Pertenezco a una generación que anda de viaje a la semilla tras vivir en REVOLUCIÓN y tengo algunas cosas que contar. No por vanagloria, sino porque quizá puedan servirle a los más jóvenes de aquí y a quienes desde lejos quieren entender a esta isla especial. Entre los años 60 y 90 del siglo pasado, los escenarios de debate en Cuba eran por lo general cerrados “pa´que el enemigo(Estados Unidos) no se entere”, según se decía. Se discutía de todo con pelos y señales, y al mismo tiempo se apoyaba en mayoría un proyecto social sui géneris. Se discutía en tertulias de amigos sobre las contradicciones que iban lastrando el avance del país; se discutía en los núcleos del Partido Comunista, en reuniones sindicales en centros laborales o en excepcionales asambleas públicas, como aquellas que transcurrieron en la llamada “Rectificación de errores y tendencias negativas”, que quedaron como un desahogo colectivo porque después llegó la crisis de los 90. Se discutía sin ambages cuando la desidia echaba raíces. “¡No cojas lucha!”, era la recomendación popular de los 80, en antesala del “¡esto no es fácil!” que devino moda en la primera década del siglo XXI. Más recientemente fue la discusión de la nueva Constitución finalmente aprobada, ejercicio sin distinción de edades en el que no faltaron propuestas como la de reformar el sistema electoral por estrecho y poco convincente, iniciativa que no llegó a cuajar en la Carta Magna.

 

INTERNET

En cuatro décadas, a diferencia de lo que ocurría más allá de las fronteras, los debates quedaron en espacios cerrados y en los parciales informes de la prensa oficial. Sin embargo, con la explosión de Internet, aunque la isla llegó tarde a sus virtudes y defectos, las posibilidades de expresión individual se ensancharon y el país comenzó a parecerse un poco más a los demás. Cuatro millones de cubanos acceden hoy a las redes desde sus teléfonos móviles, en tanto unas 143 mil familias lo hacen desde sus hogares, y lo que informa, aplaca o irrita ya no lleva el rótulo exclusivo de Granma o el Noticiero Estelar de la TV. En las redes corren campañas falsas o ciertas, estupideces y cordura, ortografía mutilada e informes rebosantes de intencionalidad sin fuentes ni confirmación – creo le dicen “periodismo independiente”-, pero junto con todo eso hay también posibilidad para el ejercicio de la expresión personal lejos de los espacios cerrados de antaño, y los cubanos se han enterado.

CORRUPCIÓN

El 10 de agosto, Granma reprodujo una crónica sobre “esas actitudes negativas que acompañan a la actuación de coleros, revendedores, acaparadores, corruptos y ladrones”, y abogó porque “se arranquen de raíz tales plagas”. En la confección de la nota, el autor se apoyó con interpretación propia de la película “Conducta”, de Ernesto Daranas, filme multi premiado, emblemático y estremecedor por sintetizar el país que somos y no el que se quisiera, y ello desató la respuesta de Daranas y la apertura de un debate que se extendió por Facebook. “No has entendido nada”, replicó el cineasta al cronista para concluir que con su filme “intenté la parábola de una Cuba inclusiva, tolerante y diversa. Mi prioridad fue nuestra autoestima, el recordatorio de lo que realmente somos como cultura y como pueblo, mucho más allá de esos símbolos y consignas entre los que el significado de “Patria” se extravía”.

ESCUELAS

El 14 de agosto, la titular de Educación Ana Elsa Velázquez anunció que el 1 de septiembre recomenzará el curso escolar 2019-2020 tras unos cinco meses de receso obligado, con la excepción de La Habana, donde se mantiene el epicentro del coronavirus. El anuncio lo hizo 24 horas después de que especialistas pronosticaran “un segundo pico de contagios para finales de octubre” y la reacciones a favor o en contra de la reapertura también se dispararon en las redes. Desde los 60 hasta los 90, reacciones como estas, habituales en cualquier otro país, en Cuba habrían quedado en los escenarios cerrados. Bienvenida pues Internet con sus falsedades y certezas, si movilizando opiniones se ayuda a cambiar lo que le urge a la nación, y todavía no ha cambiado.

 

 

 

 




La extraña “resurrección” de Fidel Castro

 Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No sé mucho de política, pero sí de hombres. Cuando siendo todavía un periodista sin más experiencia política que la que dan los hechos, sabía por haberlo frecuentado que el general Charles de Gaulle era un tipo de cuidado, un político hecho y derecho que había salvado el honor de Francia cuando los alemanes la invadieron por orden expresa de Adolfo Hitler. A Fidel Castro muchos europeos, incluso periodistas, le conocimos por sus hazañas en las montañas, su sonrisa, su barba y sus discursos interminables. Había echado a patadas y empujones al malo de la película el general Batista, y eso le convertía para nosotros europeos despistados en cuanto al quehacer político de América Latina, en un héroe de leyenda, incluso cuando se declaró comunista. Fidel murió, la política cubana dio un giro monumental en el que los uniformes verdes oliva eran reemplazados por trajes y camisas tropicales. No había habido ninguna transición política, cambio de rumbo fuera del comunismo, como auguraban con alaridos de venganza algunos “especialistas” europeos, pero parecía que se cambiaba de rumbo. Y poco a poco Fidel Castro fue desapareciendo de las portadas de Granma, órgano del partido comunista cubano, o por lo menos quedaba un poco arrinconado. La nueva clase política tomaba el mando y se les veía a todas horas. Hace un par de semanas, tal vez no sea más que casualidad, en el extraño periódico digital que es FaceBook, invento made in Estados Unidos, que el mundo entero tiene en sus manos a diario, porque es gratuito y está metido, por lo menos en Europa, en los teléfonos portátiles, Fidel Castro reaparece como una prima donna que había caído un tanto en los segundos planos de la actualidad.

En FB le hemos visto todos estos días como nunca, mientras los otros protagonistas de la política cubana, incluyendo a su hermano, pasaban a un plano un tanto lejano. Las fotos y pequeños comentarios que se ven y leen son en su gran mayoría obra de cubanos, pero no de la clásica publicidad cubana emitida por la agencia Prensa Latina. Es como, si de pronto, un montón de fidelistas se hubiesen rebelado y hubiesen dicho: Ya está bien, hasta aquí hemos llegado. Coincide esta reaparición del líder máximo cuando, según los mejores observadores, Cuba atraviesa momentos dificilísimos, sin contar la crisis del coronavirus, ese bicho chino que hace solo un mes se creía vencido y olvidado.

La situación económica cubana es cada día más árida, sobre todo desde que el dólar y el peso pasaron a convivir de nuevo, en un desbarajuste que deja perplejos a muchos especialistas.¿Qué quiere decir este repentino regreso a las páginas de la actualidad, incluso se le ha visto con más frecuencia y tamaño en “Granma”? ¿Hay alguna “callada” rebelión puramente intelectual de fidelistas cansados de la situación y sobre todo de la forma en que no consiguen solucionarla los nuevos gobernantes que nada tenían que ver con Fidel Castro?.

Entre los firmantes de una de esas pequeñas notas en FB he reconocido la firma de un amigo que ocupó las más altas funciones en el periodismo cubano hace unos años y que luego desapareció, mientras se eterniza en la Presidencia de Prensa Latina un mismo hombre, al que nadie reconoce un talento especial como para mover esa maquinaria propagandística.

La semana pasada, aparecía en el digital de Granma una foto de Fidel Castro acompañado por lo que a mí se me antoja un enigmático pie de foto, que dice así::

“Lo que Cuba ratifica Cuando la contrariedad arrecia; cuando no asistimos al mejor momento; cuando el esfuerzo inmenso no es suficiente, y es preciso buscar otras maneras; cuando lo esperado se frustra, debido muchas y tantas veces a dificultades provocadas por un bloqueo económico que solo un ciego de sentido común se negaría a ver, nos preguntamos ¿qué haría Fidel?, como si en él estuvieran, como sabemos que están, todas las respuestas.” El panfletillo, por calificarlo de algún modo, termina claramente diciendo que en la persona del difunto Fidel estaban todas las respuestas.¿Respuestas a qué? ¿Por qué? ¿Y quién escribió esta nota que tiene de corta lo que puede tener de profunda en cuanto a las intenciones que quiera poner de relieve? Y, nosotros, también nos preguntamos: ¿Qué haría Fidel si viese el desconcierto que reina en un país que nació con su Revolución en 1959?

 

 




Cuba y los adivinos

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

 

 

 

 

 

 

Ni los adivinos de lujo, esos a los que acuden discretamente reyes y presidentes, logran vaticinar el futuro inmediato de este país, que pareciera saltar de una crisis a otra desde el mismo instante en que se convirtió en excepción socialista en América, pero ahora con la particularidad del nuevo coronavirus. Las otras causas son recurrentes: economía improductiva y oposición de Estados Unidos a las excepciones.

En el inicio del sexto mes de lucha contra esa inmunda epidemia, que ha convertido en riesgo de muerte lo que ha sido normal –tomarse un trago con los amigos en el bar cercano o irse de rumba hasta cualquier madrugada – , suman más de mil millones de pesos los desembolsados para contener la epidemia en un país donde son gratuitas desde las pruebas PCR hasta la hospitalización y los protocolos de tratamientos con medicamentos propios. Y eso pasa factura cuando no hay recursos financieros ni para importar alimentos de primera necesidad o materias primas y, además, lleva cuatro meses inactiva su principal fuente de ingreso de dinero fresco, el turismo internacional. Todo ello en medio de un rebrote del virus en momentos en que casi todos los cubanos cantaban victoria. Siete de sus 15 provincias están reportando enfermos y se predice para finales de octubre un segundo pico de contagios.

LAS CUENTAS QUE NO DAN

Hasta ahí sería una realidad similar a la del resto del planeta enredado con el mismo virus, solo que en Cuba las cosas siempre son distintas a las demás. Veinte años después del primer intento de sacar de un hondo hueco a la economía nacional, los que dirigen ahora retoman la idea de articular la empresa estatal, con las privadas y cooperativas, estas últimas en pañales, cuando la cantidad de isleños empleados en las formaciones no estatales rebasa el millón 300 mil. “Parece que el pie que acelera nuestra reforma/ actualización o como se le quiera calificar a este proceso que nos ocupa en los últimos diez años, no va a abandonar el pedal del acelerador”, consideró el académico Juan Triana, uno de los muchos economistas críticos del tiempo perdido. Pero del parece a los hechos suele ir un gran trecho y el tiempo no perdona. Largas colas de consumidores en cualquier parte para adquirir cualquier cosa; mercado negro al alza, abasteciéndose siempre de los almacenes estatales; estrés, desánimo, campañas contra el socialismo en las redes sociales, y para levantar espíritus hacia adentro una propaganda vieja y densa que más que animar aburre.

NOVIEMBRE

La economía nacional, sus remiendos y desastres, es el segundo ingrediente que complica cualquier pronóstico y haría fallar hasta al mismísimo mago Merlín del rey Arturo. El otro componente de este ajiaco ácido tiene una vida tan larga como el socialismo a la cubana y parte de la oposición del Norte al rumbo que se sigue aquí desde 1959.Estados Unidos suspendió los vuelos chárter privados a Cuba como otra medida para aumentar la presión y cortar los fondos que recauda el gobierno cubano”, dijo la prensa estadounidense el jueves 13 de agosto, al reseñar el anuncio hecho ese día por el Secretario de Estado Mike Pompeo, en un nuevo empeño por impedir que ingrese un centavo a este país, cuyo vínculo con EU y a la inversa data de mucho pero mucho tiempo antes de la confrontación surgida tras el triunfo de la revolución. “Ese espacio cubano-estadounidense es tan tangible que permitió a negros y blancos de ambos lados jugar por primera vez en un mismo terreno de béisbol, décadas antes de que Jackie Robinson lo hiciera (1947) en EU”, afirmó el politólogo Rafael Hernández en referencia a un acontecimiento trascendente en el mundo de las bolas y los strikes. Y tal relación entre dos países separados solo por 45 minutos de vuelo hace que los cubanos tengan la vista puesta en las elecciones presidenciales de noviembre como si fuera asunto nacional. “Si reeligen a Donald Trump, a llorar por los portales”, dicen muchos. Como otros países, Cuba saldrá empobrecida de la pandemia en curso, de acuerdo con pronósticos de la CEPAL, y “un cambio de rumbo en la Casa Blanca podría ser, al menos, un bálsamo”, en opinión de analistas. Pero hasta hacer pronósticos en tal sentido sería pare Merlín y los demás magos de lujo otro salto al vacío.

 

 




Las feminazis que nos robaron el cine

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hasta los franceses, que siempre suelen muy libertinos se quejan de los tiempos que vive el cine norteamericano con la censura no declarada e inventada por cuatro machos feministas que hicieron polvo la carrera de algunos grandes del cine porque habían “violado” a otras actrices, lo que otras grandes del cine mundial desmintieron a carcajadas.Pero los norteamericanos no siempre fueron así. Mae West Había dicho una frase que ha quedado en los anales del cine en la película Lady Lou, cuando se dirigía a un tio:“¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que estás contento de verme?”. Lo recuerda el semanario francés Le Point. Porque ya no nos acordamos que al comienzo de los años treinta el cine de Hollywood fue probablemente el más libre y libertino del mundo. Hasta que en 1934 el gobierno, harto de ver en las pantallas, alcoholismo, puterio al por mayor, tabaco y drogas, metió la mano. Y un senador, como cuando MacCarthy con los comunistas del cine, un tal Willian Hays, un presbiteriano que, dice la nota, no bebía ni fumaba, establece un código moral.. Este código ha estado en vigor hasta 1968 sin que nos hayamos dado cuenta. Y luego nos ha llegado el código no escrito de las feministas que de haber podido habrían fusilado al Adán de la creación y a Eva, la de la manzana, la hubiesen mandado a un convento para reeducarla.Por más que miro, escudriño, busco y rebusco con un sinfín de sinónimos que no caben en los doce gramos de la materia gris que en mi cerebro cansado se pelean con los recuerdos irrecordables, no las encuentro. Han desaparecido en un gigantesco naufragio del entendimiento. Un tsunami de estupidez ambiental ha arrastrado a aquellas buenísimas mujeres malas que a los hombrecitos cinéfilos de los años 50-60 nos traían por el camino del delicioso placer siempre inacabado, por el valle siniestro de la verás pero no la catarás. Poblaban nuestras películas y por tanto nuestros sueños. Entonces el cine todavía permitía soñar. No todo era violencia gratuita y maldad tres por dos.

Me quejo en voz alta mientras espero que mi güisqui con cine me llegue a ese alma que a ratos tenemos en algún lugar cerca del hígado y del estómago. Mi vecino de barra virtual construida con el esmero de un artesano del renacimiento, mezcla de maderas preciosas y de esperanzas sin realizar, un jovenzuelo que bebe algo turbio, me espeta con la perversa mala educación de la insensibilidad: “Pero si el cine está lleno de tías buenas: Ahí tiene usted a Angelina Jolie”. Le pregunto su edad y le sirvo la sonrisa número 22 de Humphrey Bogart en “Casablanca”, aquella que el negro con teclas blancas no gustaba demasiado. Pobres críos, sus referencias son esa muchacha de Hollywood que probablemente se puso ese nombre para parecer más bonita. Pobres críos. Ellos gateaban mientras nosotros nos agarrábamos a las butacas del cine para no chillar cuando Rita Hayworth se quita el guante largo y negro (y sigue quitandoselo) y nos hace imaginar una ristra de pecados que ni siquiera están en los catecismos más conservadores.

Las madres de siempre, las esposas de toujours y las novias formales de once años decían que esas mujeres eran malas.A mí me temblaban las piernas y me siguen castañeando cuando Ivonne de Carlo fruncía el entrecejo en un mensaje secreto que ni la CIA habría descifrado. Y no les digo cuado Maureen O’Hara (¿sería pelirroja pura sangre?) convertía a un hombre tranquilo en un ciervo desbocado con el rostro de John Wayne. A mi lado, una muchacha con cara de antes, antes de que se terminara la vida, antes de que se decretara que una mujer no podía ser despiadadamente femenina porque había que imitar a los machos, después de que con su ingenuo código de moralidad Hollywood nos permitiese declinar con los labios cerrados, sellados, lo deliciosamente prohibido, el oscuro deseo de Sylvia Kristel. Me llegan ramalazos del perfume de la piel de mi vecina de barra, de su cuerpo enjabonado hasta el orgasmo, del olor de su lencería fina que se trasparenta en los sueños de todas las noches de muchos veranos del 42 y derrama sensualidad cara, la única que vale. Por menos de unas gotas del Chanel 5, ni pensarlo.

Ahora que por fin he desollado el pollo del cocido del almuerzo me acuerdo que cuando yo pretendía ser el más joven reportero de la Keystone Press Agency, París, el jefe de reportajes me dio un billete de unos cuantos francos, una fortuna para mis ojos de huído de Tánger (Marruecos, norte de África, continente negro) y me ordenó: “Vete al bar del George V (que todavía sigue siendo uno de los grandes hoteles de rancia elegancia de París), te sientas y hueles con toda tu alma. Aprenderás a distinguir el olor de las mujeres que valen la pena ser miradas y el olor de individuos a los que habría que administrar garrote vil pero que algún día intentarán comprarte. Y quizá hasta lo consigan”.

Mi vecina de barra alta tiene un pliegue en su falda beige, en lo más profundo de los muslos, en los confines del comienzo y del fin, el mismo que me enamoró de Annie Girardot durante el rodaje de una película basada en las aventuras del Comisario Maigret (Jean Gabin visto por Simenon, s’il vous plait) en los estudios parisienses de Billancourt. Pero le faltaban unos pendientes de piedrecitas verdes que luce mi desconocida amiga del bar y que realzan labios sensuales que me recuerdan a Kim Basinger cuando te miraba con los ojos cargados de deseos impenetrables.

Ya no quedan pliegues ni nalgas de mujeres fatales. Ya no quedan mujeres en el cine. Y no quiero sacarme de la manga a Marilyn Monroe. O a Joan Crawford, Jane Wyman y Claudette Colbert, que consiguieron que hasta las feas pudiesen ser mujeres atractivamente malas. El perfume de mujer me ha perseguido toda la vida. Creo que el Chanel 5 lo olí por primera vez cuando me asomé entre los muslos de la mujer que estaba pariéndome. Esto me permite decir que el drama de mis enamoramientos crónicos es genético. Cuando huelo aquel perfume que en son publicitario Marilyn se ponía para dormir me vuelvo más majareta que el ciego de Dino Rissi. Pero cada día hay menos Chanel 5. Y menos poetas que canten el amor. “…toqué sus pechos dormidos/y se me abrieron de pronto/como ramos de jacintos”. Lo decía Federico García Lorca, que ya conocía mujeres malas, aunque no fuesen de cine.

 

 




La crucifixión de Che Guevara (1967)

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El contraste de esta realidad palpable e inevitable, contraste casi cinematográfico, casi buñuelesco por lo incongruente, eran los cientos de miles de retratos de Ernesto Che Guevara que poblaban Cuba en un mudo recuerdo. Como todo o casi todo en este país de cine, la imagen está contada en « Una foto recorre el mundo », documental de trece minutos en color realizado en 1981 por Pedro Chaskel. La instantánea de ese primer plano en el que el Che parece mirar a un punto impreciso bajo una boina con la estrella de cinco puntas y una expresión indefinible. Por una vez no puede tildarse de exageración patriotera o propagandística y hasta oportunista el título de ese documental, porque esa foto hizo realmente algo más que dar la vuelta al mundo. Se afincó en cuarteles generales de revolucionarios como en las habitaciones de estudiantes idealistas. Más de cuarenta años después de que se difundiera todavía aparece como recuerdo de una cierta pureza perdida en las manifestaciones más diversas. Y no sólo izquierdistas en los cinco continentes. Hasta las derechas europeas llegaron a cantar al Che. Y todavía en los años noventa, en cientos de versiones de posters a veces hollywoodenses, ilumina alguna habitación de joven o simplemente de nostálgico. Quizá porque unos años después del triunfo de la revolución castrista en Cuba, él rompió con el poder, el Che sigue siendo un mito. En la célebre « Bodeguita del medio », el restaurante más típicamente retro de La Habana, en la plaza de la catedral, en puestos callejeros, al lado de imágenes de lo más variopinto, aquella foto que dio la vuelta al mundo sigue siendo un bestseller de la revolución cubana. Lo menos explicable podría ser por qué los cubanos esperaron veinte años para contar la historia de la instantánea más célebre del mundo. Porque el documental « Una foto recorre el mundo » data de 1981 y, como cuenta, la foto la realizó el fotógrafo Alberto Korda durante un acto oficial en La Habana en 1961. Pero si se le hace la pregunta a un « cubanólogo », lo más probable es que se encoja de hombros y sonría como quizá lo hacía el Che aquel día en que Korda le fotografió casualmente o no en medio de otros personajes oficiales en una de las tantas y multitudinarias manifestaciones que se realizaban entonces. Revolucionario mítico, se va a combatir a Bolivia y explica a Fidel en una carta fechada el primero de abril de 1965: « Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria… Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de tí, de los compañeros, de tu pueblo, que es ya mío… Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte! ».

Una noche de octubre de 1967 llega la agencia de prensa France-Presse la noticia de la muerte de Ernesto Che Guevara. Ha caído en una encerrona de militares bolivianos que lo han cosido a tiros.Incluso el anuncio de su muerte tiene mucho de cinematográfico. Aquella noche, el general boliviano René Barrientos da una recepción en el palacio presidencial de La Paz. Es tarde y la recepción está terminando. Detrás de un mueble de estilo colonial, un fotógrafo se ha arrodillado para guardar su material. Está a punto de incorporarse para marcharse cuando sorprende una escueta pero curiosa conversación. El presidente Barrientos está inclinado sobre el Nuncio Apostólico. Cuando el reportero aguza el oído está a punto de derrumbar el mueble de la sorpresa. El presidente acaba de decir casi en un murmullo: « Eminencia, puedo asegurarle que el Che ha muerto ». Y como en una película mala, el fotógrafo empieza a moverse hacia la salida, procurando que nadie le vea. Cuando llega a su oficina descuelga el teléfono y llama a un periodista de una agencia de prensa internacional : « Tengo un enorme scoop ».

Veinte minutos después, en un lugar tranquilo, el fotógrafo repite la frase del general Barrientos contra algunos cientos de dólares. En el mundo entero se esperan noticias del Che, cuya captura por las fuerzas bolivianas sí que ha sido anunciada pero no su muerte. Cuando en un cuartel de la sierra boliviana ya han cortado a su cadáver las dos manos para que la CIA no pueda dudar de que los bolivianos han conseguido matarle, el corresponsal no sabe cómo dar la información de su muerte o, más bien, vacila en cómo atribuirla a una fuente suficientemente seria pero sin que nadie pueda sospechar que se trata de un soplo. Finalmente se decide y en su Redacción central se recibe un despacho que lacónicamente dice más o menos : « LA PAZ- El Che ha muerto, según la más alta fuente presidencial ».

El jefe de turno que lo recibe en la AFP de París queda perplejo y hasta algunas horas después, cuando por fin consigue ponerse en contacto telefónico con el corresponsal, no descubrirá que « la más alta fuente presidencial » es el propio Presidente de la República, pero al que no puede citarse, ya que su declaración la había hecho de forma confidencial al Nuncio Apostólico. Años, siglos después, en una película del argentino Fernando Birri, su padre hablaba de él, como sólo sabe hacerlo un padre de un hijo, diciendo que « un buen día quiso domar a un perro e intentar cabalgarlo como si fuese un pura sangre ».

El filme discurre por la vida del Che pegando saltos que hoy son historia. Su eterna sonrisa y su gusto por las bromas pesadas: cuando le nombran gobernador del Banco de Cuba, pone a la gente del Fondo Monetario internacional al borde del infarto firmando los billetes de banco cubano con un chulo: Che.

Todo esto, más la emoción y muchas lágrimas, se plasman maravillosamente en la película documental de Birri, que es casi una larga entrevista con el pare del revolucionario que encantaría al mundo más por lo que dejó de hacer que por lo que hizo. Y cuando el ya viejo padrazo -moriría poco después en La Habana— dice con los ojos a punto de chorrear lagrimones: « Si hubiese podido le hubiera vengado », la sala del cine de la capial cubana donde tenía lugar el estreno mundial en diciembre de 1986 empezó a sollozar entre aplausos de agradecimiento al viejo argentino que les había hecho descubrir un personaje que los propios cubanos ni siquiera imaginaban bajo el uniforme verde olivo. Pese à la existencia de este documental que llega al alma, no se destaca en la filmografía del ICAIC ninguna superproducción a la gloria de ese hombre que para generaciones enteras encarnó el espíritu de la verdadera revolución. Una actitud de vida de ser, existir y morir que todavía en los archi consumistas años dos mil sigue representado una secreta esperanza.

Desde su nacimiento, el 14 de junio de 1928 en Rosario hasta octubre de 1967, cuando las fuerzas armadas le asesinan en Bolivia, la leyenda del Che iba a conocer un crescendo de gloria. El punto culminante de esa andadura que en otras circunstancias probablemente le habría llevado a ser santo, se situó el primero de abril de 1965. Ese día, según la versión oficial cubana, Guevara escribe a su compañero Fidel Castro la famosa carta cuyo facsímil es vendido en los puestos de la plaza de la Catedral de La Habana. Una especie de testamento en el que el Che dice adiós y da a Fidel una especie de recibo de hermandad y en la que además lo exime de toda responsabilidad en lo que va a sucederle en Bolivia. La carta contiene recuerdos y sentencias que son como un legado menos para los cubanos que para los jóvenes de todas razas y lenguas cuyas vidas tuvieron un fogonazo de esperanza con su actitud.

Nada más que con esta carta, que según la versión oficial cubana, consta de poco más de cinco cuartillas, con una escritura regular y recia, encabezada con el nombre de pila de Castro y se cierra con lo que podría ser una magnífica sinopsis de ese filme jamás rodado: « En una revolución se triunfa o se muere… Hoy todo tiene un tono menos dramático, porque somos más maduros… Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de tí, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío… Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos… Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor… En los nuevos campos de batalla llevaré la fé que me comunicaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté… ».

El entusiasmo de Fidel Castro por el cine no tiene nada de anecdótico y los hechos, aún cuando son vistos por sus más fieles seguidores, permiten pensar que se debía más a un frío cálculo político que a un prurito intelectual.

Desde el comienzo del cine en la época postcastrista se observa un marcado interés por convertir este arte en una herramienta capaz de servir ambiciones de Estado y de responder a necesidades de educación política. No obstante, sería injusto negar el impulso que gracias a eso recibió el cine cubano y de rebote el latinoamericano. Algunos realizadores latinoamericanos que se codean regularmente con el jefe del Estado cubano reconocen que al hombre le va mucho la pantalla grande.

Todos los años, en el mes de diciembre, durante el desarrollo del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, algunos de los más destacados nombres del cine de América Latina, entre ellos el chileno Miguel Littin, comparten una copa con Castro en el Palacio de la Revolución cuando los enormes salones de piedra y plantas tropicales se transforma en una gigantesca recepción. Ese día, en general el que clausura la muestra, a Fidel Castro se le ve deambular por el palacio enfrascado en intensas charlas que en general versan sobre el cine.

En esa noche del fin del festival, entre inmensos langostinos y botellas de ron, el uniforme verde olivo del propietario de la casa se confunde por momentos en largos parlamentos con la camisa blanca de alguno de los cineastas que todos los años acuden puntuales a la cita de La Habana, la única en la que, también es preciso reconocerlo, pueden ver todo el cine latinoamericano que se ha producido en el año, el hecho en su país y en casa de los vecinos. De otra forma tendrían que ir a unos de los festivales europeos (Biarritz, Arcachon, San Sebastián) donde todavía hoy se da cobijo a esa producción.

Dicen que a Fidel no le gusta que le contradigan. Lo seguro es que a él sí que le gusta dar lecciones incluso en el dominio del cine. Lo mismo que se mete en la necesidad de plantar o no plantar tampoco le hace ascos a la hora de lanzarse en discusiones con profesionales del Séptimo Arte. En una clausura de un festival habanero pilló con la guardia baja a más de un cineasta que en la sala del Teatro Carlos Marx tuvieron que aguantar la lección magistral que el Comandante les dictaba desde el escenario. Durante un buen rato—parece que para él no pasa el tiempo cuando toma la palabra– les enseñó el arte y la manera de lo que él entendía por hacer cine, elogió lo que le pareció bien en el quehacer de los presentes y no tuvo remilgos la hora de criticar técnicas e incluso algunos puntos precisos relativos a la mismísima organización del festival recién celebrado.

Ese interés tiene, por supuesto, aspectos menos exquisitos. Su pragmatismo de gallego lejano le ha enseñado a aprovechar y explotar las cosas y las circunstancias cuando se le ponen a tiro. No olvidemos que para él el cine reviste tal importancia que decretar su reorganización de la mano de un amigo de la mayor confianza fue uno de las primeras decisiones que tomó al llegar al poder. Intuía o sabía que las imágenes iban a servirle de mucho en aquella etapa y desde el comienzo las utilizó a fondo a la hora de lanzar mensajes a sus compatriotas o cuando quería martillearles algo en la cabeza. Siempre ha entendido que el cine es un arma maravillosa. Este convencimiento puede llevarle a protagonizar situaciones que en otros hemisferios parecerían por lo menos curiosas. Como cuando en diciembre de 1986 estaba inaugurando la sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en Santa Bárbara. En un momento de la charla informal que mantenía con los periodistas y los estudiantes de cine presentes, Fidel Castro mandó que le trajeran cables de las agencias internacionales de noticias y leyó un artículo fechado en París en el cual se hablaba del éxito que estaba teniendo en aquellos momentos en Europa el cine latinoamericano. Otro caso bastante sonado es el que protagonizó el diario « Granma », órgano del Partido Comunista cubano y en realidad la única fuente informativa cubana que sale a la calle y la que permite a los periodistas extranjeros conocer alguno de la realidad oficial leyendo lo que dice, lo que deja de decir y lo que puede leerse entre líneas.

Siete de la mañana. Una habitación del Hotel Capri de La Habana en la que dicen durmió más de una vez el cantante Frank Sinatra cuando los adinerados norteamericanos y sobre todo la flor y nata de la Mafia norteamericana pasaba eternas vacaciones en Cuba. El día todavía no se ha abierto paso a través de las polvorientas cortinas del ventanal que cae sobre el mar. Es el primer viaje del periodista « centroeuropeo » y todavía tiene en la cabeza las imágenes de la llegada al aeropuerto José Martí: el minucioso control de policía, la oscuridad de una madrugada anegada en una humedad vertiginosa, el autobús que se niega a arrancar, la belleza de unas muchachas que esperan a no se sabe qué viajero. El timbre del teléfono le arranca a duras penas de sus sueños. Mira su reloj de pulsera y descuelga. Al otro lado del hilo, una voz se presenta como director de « Granma ». Entienden que le piden permiso para publicar en el diario una crónica suya enviada a su agencia al llegar a La Habana en la que mostraba su lógica sorpresa ante el gigantismo del Festival de La Habana.

Cuando llega a la delegación de su agencia son apenas las nueve y media. Una de las empleadas le trae un « buchito », una taza de un magnífico café cubano que quita el sueño. El director local anda liado con el teléfono. Le dicen que están averiguando por qué no ha salido todavía « Granma ». Normalmente, cuando se retrasa la edición es porque se está preparando algo que normal y fatalmente va a interesar a la prensa extranjera. Media hora más tarde llega la explicación. El retraso ha sido para poder publicar el artículo del que le había hablado por teléfono el director del diario. Efectivamente, la crónica aparece en el diario que por fin llega a dos columnas y con recuadro de destaque.

Por la tarde, un compañero de la prensa nacional cuenta que el artículo había sido leído la noche anterior por Fidel Castro, que acostumbra a seguir la actualidad internacional directamente a través de los despachos de las agencias noticiosas mundiales. El mismo informante agrega con sorna que después de leerlo, había preguntado a sus asesores por qué no lo había visto en las páginas de « Granma », que está suscrito a esa agencia. Finalmente, siguen contando, el director del principal medio de comunicación de la isla tuvo que escuchar a altas horas de la noche algunas observaciones del propio Fidel, lo que le llevó a sacar de la cama sin contemplaciones al autor de la crónica, al que al día siguiente daría personalmente las gracias invitándole a una charla informal en los locales del periódico, cosa poco habitual, al menos en aquellos tiempos.(De “Cuba, Revolución y dólares”, 2002, del mismo autor)




Futbolista rico, futbolista pobre

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

España es el único país del mundo donde el fútbol no es un juego, ni una distracción sino un imperio que implica una industria todopoderosa, un Estado en el Estado que maneja miles de millones de euros y no siempre a gusto de todos. Porque no hay que encandilarse con los Cristiano Ronaldo, Messi y otros Benzema, que tienen cuentas corrientes que necesitan un banco solo para ellas. Son los que de forma vulgar la gente conoce y reconoce con una pobre e imbécil sonrisa de satisfacción como “los putos amos”, los que mandan en los equipos a los que pertenecen, los que manejan más dineros que cualquier banquero. Están tocados por los dioses y por los millones que les caen de fichajes que dan vértigo, se pagan treinta o cuarenta millones de euros por un traspaso de un jugador de un equipo a otro, publicidad que se abona en millones, y popularidad que les permite hacer lo que les da la gana. Pueden rodar por la carretera con el último automóvil que la marca les ha regalado a la velocidad que les apetezca y en lugar de ir a la cárcel recibirán una cariñosa amonestación que saludarán enfervorecidos hasta el embrutecimiento sus millones de seguidores que en el actual panorama económico que vive Europa apenas tienen a veces para dar de comer a sus familias. Pero no se suba usted al tejado de la indignación. España es la tierra del fútbol, mucho más que la de los toros que debía ser por tradición, donde un latino que un representante listo ha sacado de una favela o de una casilla de adobe y ha presentado en el Bernabeu se convierte en un dios analfabeto, al que una murga de periodistas entrenados y pagados para ello lo siguen con más cuidado que si fuera el Presidente del país y a los que ríen las gracias y convierten en intocables personajes de un mundo, el del fútbol, que nada tiene que ver con nada. Pero este año de pandemia, cientos de jugadores se han rebelado. Son los que juegan en las divisiones menores, la tercera por ejemplo, donde según buenas informaciones un jugador gana modestamente, suficiente para tener una familia pero no mucho más. Pero este año están en pie de guerra, hartos de la Federación Española que les maneja a su guisa y se empeñas en considerarles “no profesionales”. Hombres ya de pelo blanco en el pecho, con una carrera sino genial sí honestamente pagada con el talento que tengan durante años se encuentran a la merced de decisiones de los entes que mandan en el fútbol español y que ellos temen puedan dejarlos en pelotas.

La pandemia el coronavirus ha hecho polvo muchas ilusiones. Como los mandamases han ordenado desde sus despachos con moqueta de la más cara que las ligas hay que jugarlas por mucha epidemia que haya, la situación es cada vez más difícil.

“Yo tengo una familia, hijos, un piso que pagar, gastos, y no puedo vivir como un rico pero no quiero vivir peor”. Este era el espíritu de lo que decía la otra noche en una de las cientos de emisiones deportivas que surcan el panorama radiofónico español. El hombre, que ya no era ningún jovencito y tenía las piernas rotas de muchos años de fútbol en las divisiones modestas, quería, suplicaba que no les quitasen la etiqueta de profesional, metiéndoles en una categoría que Dios sabe lo que puede dar. Ellos, aunque no sean Messi ni Benzema, tienen su dignidad, sus galones ganados con muchas patadas a través de años de carrera, eso sí, en clubs modestos que ahora no se sabe adónde pueden ir a parar. Porque todo depende de los ingresos por televisión y otras triquiñuelas que los dirigentes de la UEFA (máximo organismo de fútbol europeo) o la Federación Nacional manejan a su antojo, sin necesidad de pegar una patada.

Ganas de llorar daban escuchando a aquel hombre que le pedía a dios en voz alta que no le agarrara el coronavirus porque entonces sería su ruina. Temía que lo apartasen del equipo, de su pobre equipo medio bien pagado, hasta que venciera la infección… ¿Y entretanto? Oyendo las palabras de este futbolista de tercera por abajo, que no sabía si el bicho chino no se le acercaría demasiado y lo apartaría de los terrenos de juego, pero convencido de que los médicos que le atendiesen para que pudiese volver a calzar rápidamente las botas no serían los prestigiosos todo terreno que ponen a disposición de las estrellas intocables. Oyendo a este pobre hombre se te ponían los pelos de punta.

No sé por qué me acordé del cine neorrealista italiano, de aquel padre que intenta robar una bicicleta para poder llegar a tiempo a la fábrica y llevarse a casa el sueldo que esperaban su mujer y sus hijos. Pero eso son cosas de cine. Aquí estamos en la vida ruda y real, la que enseña a los analfabetos con pies de oro a coger una pluma entre los dedos sin que se les caiga y a trazar una firma que vale oro. Ese es el fútbol que les gusta a los paganos aficionados que se juegan sus dineros difícilmente ganados por acompañar a su equipo fuera de casa, donde se hartarán de cerveza aullando todas las imbecilidades que dan la felicidad pasada por alcohol a los afortunados y dejan sin bicicleta a los más débiles o simplemente que no saben cómo hacer para que el entrenador no te deje en el banquillo y el mandamás de la federación no te quite el título de profesional, que aunque mal pagado es lo único que te queda.




Criar Cuervos

César González | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Sol y ligero viento matutino, temperatura primaveral. Llego al aeropuerto y como de costumbre, directo al bar, dosis de cafeína, 2 como mínimo y 3 si necesario. El despacho tranquilito, los aviones matinales se habían ido y el resto de la jornada se presentaba bien, los aviones no completos, la meteorología, clemente y el equipo en forma, como diría John Wayne, good like, good day La mañana se paso sin más pormenores, dos o tres paridas con ciertos pasajeros, un poco ariscos y pretenciosos, que se creían el rey del mundo porque tenían un billete de Bolsines y a los cuales hubo que meter en su rango. Uno de ellos, cliente asiduo, ya calmado, le espeto
‘-No entiendo como un tío con tus responsabilidades no tiene un teléfono móvil, bajo entendido para poder ser contactado por los clientes…
La respuesta fue tajante.

Sabes que tengo uno, pero carga con el alguien de mi equipo, seleccionan las llamadas y si es verdaderamente importante y no pueden arreglarlo, entonces me pasan el teléfono. El cliente se callo definitivamente, chulitos de poca alcurnia, con tarjetas de visita alargadas y hojas de paga menguadas. El único incidente, si a eso se puede llamar incidente, ocurrió con una pareja en viaje de bodas, habían comprados los billetes en bussines, pero no quedaba más que una plaza, sobreventa como pasaba alguna vez que otra. Vete a explicarle a los recién casados, enamoraditos que deberían viajar separados. Al incidente asistía, ya que salía del salón Vip, para embarcar, un señor, un caballero, además de ser un escritos apreciado, José Luis de Villalonga, acercándose, me pregunto

– Aparentemente tienes un problema
Le explique la situación y ahí salió la cortesía de todo un caballero y haberlos hay pocos. Dirigiéndose a la Señora y en un perfecto francés
señora, no puedo admitir que en una ocasión tan señalada como esta, viajen los dos separados, permítame ofrecerle mi sitio en primera Todo ello con una gran sonrisa seductora. Carajo, se merecía el título nobiliario que tenia. La pareja, más bien ella, un poco seducida y halagada, se lo agradecieron y mi José Luis intercambio las tarjetas de embarque delante de mí, diciéndome con una gran sonrisa
– No tienes inconveniente??
Que va, al contrario, te lo agradezco.
Y la tarde se pasó

Último avión de la tarde. A la frecuencia el comandante pidió hablar con el responsable,  de un asunto muy delicado.
Bajo al despacho y estableció en contacto El comandante le explico que un directivo de la cía. que viajaba en primera, había robado dinero en un bolso de mano de una pasajera y quería la presencia de la policía a su llegada. Hostias, problema gordo Se presento a la llegada del avión. Desembarcaron todos los pasajeros y el apercibo sentado en un sillón  al directivo, conocido suyo. Entro en el avión y se dirigió a él

– Que ha pasado?
– No sé lo que me paso por la cabeza, me fui al baño y al volver en el asiento a mi lado estaba el bolso de la señora con la cartera abierta y un billete medio salido y no sé lo que me paso por la cabeza repitió, me lo metí en el bolsillo.
EL, entro en la cabina, donde estaba el comandante acompañado por el sobrecargo
El sobrecargo le explico que la señora había constatado que su bolso estaba abierto y la cartera también y quería depositar una denuncia?
El comandante dirigiéndose a él pregunto
-Te responsabilizas tu del hecho o llamamos a la policía

– Vale, voy a intentar calmar la situación, ya que una intervención de la policía, nunca es agradable para la reputación de la casa.
Volviendo a la cabina, hablo con la señora y otro pasajero que decía que la señora decía la verdad. A él le pareció reconocerlo y a ella también
Les acompaño a la recogida de las maletas y ahí su memoria le vino. Ella venia casi todas las semanas a pasarla en Paris y el era el hijo de un antiguo alto directivo de la compañía.

Dirigiéndose a ella, le dijo
– Tenemos dos posibilidades, la primera les acompaño a depositar una denuncia a la policía  y serán llamados a testimonio más tarde cuando sea juzgada la causa, no se preocupe les mandaran la convocación su domicilio en España, habrá que contar también que la prensa siempre al corriente de esas cosas, se apresurara a sacar trapos sucios, o bien yo me encargo personalmente de gestionar el incidente a nivel local y no habrá traza alguna.
Ella se puso blanco, le miro y dijo, ya calmadita
– Bueno si Vd. me asegura que gestiona el incidente lo dejamos en sus manos
– Personalmente, me encargo
El otro hizo un poco el gallito para hacer ver que…, pero se marcharon los dos
Volvió al avión y hablo con el cuatro barras.
– Incidente zanjado
– Cono como has hecho?
– Simple “la Señora” viene casi todas las semanas aquí a pasar el week end, pero nunca con su marido, al que conozco por lo menos de nombre y el otro se ha callado
– Y que hacemos con “nuestro” directivo
– Si estás de acuerdo, me voy con él, le hablo duramente, zanjamos el incidente y nos olvidamos.
-OK
el acompaño al capitoste de la casa y le pregunto
– Que carajo has hecho, como un tío como tú que gana un sueldazo has podido robarle un billete de mierda?
– Con trémolos en la voz, el repetía
– No lo sé, no lo sé, perdí la cabeza
EL dio el incidente por terminado.

El problema se presento al día siguiente. Resulta que a bordo del avión viajaba un supervisor de sobrecargos, que dio parte del incidente y todo ello subió hasta la presidencia de la compañía. Y ahí ya no había forma de pararlo
El presidente exigió la cabeza del interesado, pero para ello hacía falta el testimonio de EL o en su lugar la denuncia a la policía. Como denuncia no había habido, todo reposaba sobre EL, convocaría delante de la altas jerarquías. El Gerente, el jefe de personal, etc, etc, todos los altos mandos de la casa en el país
Le pidieron  que dice su testimonio, ya que era necesario para comenzar un procedimiento de despido.
Se negó rotundamente, alegando que lo que había pasado, quedaba entre ellos y nada más, y añadió que su actitud seria la misma con cualquiera de ellos, un deslice lo tiene cualquiera y visto que nadie había depositado la denuncia, para el el incidente estaba terminado.
Fue puesto en acusación y todos menos dos le agredieron verbalmente, diciéndole que su carrera estaba terminada, y otras lindeles por el estilo
El argumento, que había dado su palabra y que para él su palabra valía todo y que asumiría las consecuencias si necesario.
Joder como se pusieron, la presidencia quería su cabeza en una picota ya que no podían tener la del “directivo”
El Gerente, logro convencerles de que su posición de delegado sindical, delegado de personal, amén de las múltiples relaciones que EL tenia a nivel prensa, diplomáticos, etc. harían la cosa un tanto complicada? Finalmente se saldo por una sanción de 3 días sin empleo y sueldo.
En la reunión del comité de empresa, a la cual asistía en tanto que delegado sindical, el Gerente hablo del incidente en términos claros
– Creo que todo el mundo está al corriente del incidente habido con un mando de la casa.
Quiero dejar constancia, que esa persona, sigue teniendo toda mi confianza y no admitiré que se hable más de ello. Un delegado sindical murmuro.
– Claro, dos pesos y dos medidas…
Respuesta tajante
– no pretenderá Vd. compararse con el no???
Terminada la reunión, el gerente le dijo
– Los tres días de empleo y sueldo los tomas cuando quieras, y yo proveeré una prima excepcional para cubrir el sueldo.

El jefazo, al que había salvado su cabeza lo invito un día a comer y nada más. Unos meses más tarde se arreglaron para que el “jefazo” se fuese, con una fuerte indemnización, nunca más volvió a saber de él. Cría cuervos…. Y la vida continuo en ese aeropuerto situado en un país situado al norte del que es el mío




Mentiras

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

¿Qué sería el mundo sin las mentirijillas, las mentiras piadosas o las más extravagantes que pueden enfrentar a países y a gente de importancia decisiva?Todo el mundo miente, a veces simplemente por presumir, otras por necesidad de aguantar el tipo pero quienes más lo hacen y siempre con intenciones aviesas son los políticos, a los que pagamos para que sean virtuosos, irreprochables.Pero es la naturaleza. La verdad es aburrida y casi nunca totalmente conveniente. Una mentirijilla, aunque solo sea para caso de emergencia, da picante a la vida. Se mienten los enamorados o que ya no lo están, mienten los niños porque les han enseñado y sobre todo los grandes de este mundo que basan su poder en no decir totalmente la verdad. Desde los tiempos más antiguos. Ulises mentía probablemente a Penélope, Hemingway también lo hacía cuando se jactaba de haber llegado a Europa desde la entonces lejana América sencillamente para ver una guerra. ¿Imaginan qué atrocidad? Como para asistir a un espectáculo.Como si los libros que unos y otros han escrito no contuviesen más que verdades a prueba de todos los artefactos que se han inventado para sacar la verdad de la boca del otro. Porque no se puede estar diciendo constantemente verdades y querer que te quieran. Cuando una mujer hace el amor con un hombre o con una mujer, la fantasía a la Anais Nin se mezcla con la emoción y los sentimientos imperantes en ese momento. Decir “Amor mío” no compromete a nadie pero da una sensación de confort, de alegría y ya es bastante.

¿Dónde empezó la mentira? Probablemente en los primeros libros que se escribieron tras la llegada del hombre a la tierra. ¿Alguien puede creerse realmente el cuento de la serpiente, la manzana y la Eva desnuda como en un cabaret de gogos para decir que allí y con el pobre Adán se cometió el primer pecado fatal? Habría que llevar encima un detector de mentiras cuando nuestro tendero nos asegura que los tomates que nos está ofreciendo son los más naturales que puedan encontrarse en la tierra, que no han pisado nunca una nevera sofisticado y que no se han criado con materias que normalmente estarían prohibidas. ¿Pero quién se come una ensalada escrutando cada hoja para tratar de averiguar si su procedencia es “bio” o un campo cualquiera mal regado, mal pensado y peor recogido? Pero lo principal es que el tomate nos sepa maravillosamente aunque tal vez los ingredientes que lleva en lo más profundo de su alma provocarían una pandemia. Pero somos gente de razón. Los pesos de los tenderos mienten, sus productos también y él es el rey de los malabares, el falso pastor que en las películas del Oeste se paseaba llevando en la mano un frasco con líquido milagroso, capaz de curar todos los males, hasta los balazos.

Podríamos averiguar la verdad, indiscutiblemente, aunque fuese con mucho esfuerzo. ¿Pero a quién le interesa saber realmente que el amante que dice a su amada que llega de una reunión urgente y pesadísima viene en realidad de un hotel donde ha pasado la tarde con otra mujer, o con otro hombre? Nos arregla la mentira, hace la vida más fácil y en todo caso menos penosa y grasienta. Los niños saben que sus padres les mienten cuando les dicen que son el alma de sus vidas, les mienten los profesores que quieren quedar bien. Y cuando cumplen los doce años están perfectamente diplomados en mentiras.

Hay que reconocer quizá que las mujeres mienten bien, porque tienen facilidades que en un teatro les valdría aplausos y porque es necesario que él, que se cree el amo, el dueño del universo, no sepa por todas las angustias que ella pasa para que todo funcione bien, en la casa, en el garage donde el coche pasa más tiempo que lo normal, y en cualquier pequeñez de la vida. Decir la verdad automáticamente, sin medir las consecuencias, es un crimen que trata de evitarse por todos los medios. No olviden nunca que las mujeres tienen la regla, lo pasan regular a hora fija todos los meses y son la caverna del nacimiento. Un hombre que trata de abrirse paso en un mundo donde tiene que competir con embusteros más refinados que él, donde el chanchullo prima sobre las cualidades reales, no tiene más remedio que inventarse, jugar con las mentiras, aunque solo sea al límite de la verdad, para no parecer un desgraciado, un perdedor de capa y espada.

Recuerden la chulería de los mosqueteros del Rey en cualquier obra de Alejandro Dumas. Más que con sus espadas, perfectamente afiladas y de un acierto temible, hacían sucumbir a los malos con su verborrea, sus engaños, la vistosidad de un uniforme recién salido del sastre pero todavía no pagado. Y llegamos a la madre de todas las mentiras, la prensa, los medios de comunicación que en los últimos años, con el desarrollo de la informática, se han convertido en vectores de todas las opiniones que cualquiera quiere tener y exponer. La prensa, radios, televisiones, luchan por la audiencia que les garantiza el empleo y para ello hay que tenerla contenta. Cualquier observador poco agudo es capaz de darse cuenta de que la versión sobre el accidente de coche en la Nacional 1 difiere según el medio que lo cuente. El interés, los intereses creados más bien, hacen que haya que buscar un acomodamiento entre la verdad absoluta y los arreglos que se pueden hacer para no molestar a tal sector de la audiencia o de los lectores.

Todos los gobiernos tienen un batallón de asesores, periodistas ya de vuelta en su mayoría, que están ahí para contar lo que el gobierno quiere que se sepa pero sin provocar clamores de rabia. Al contrario todo tiene que estar bien. Si el presupuesto no alcanza, habrá que inventarse una triquiñuela para que los obreros no se enfaden demasiado cuando ven que una parte de ellos dormirá los próximos meses en el paro. Todo se hace por la felicidad de la gente, el elector, el que tiene que dar su voto y esto es importante. Estados Unidos inventó los llamados relaciones públicos, mitad periodistas mitad truhanes, encargados de hacer pasar las más aviesas mentiras por verdades mal entendidas. Todavía en este siglo XXI en el que la prensa es un batiburrillo que se extiende por las pantallas de los ordenadores, las ondas y hasta por el papel del diario clásico, la imagen del periodista, del public relation, del encargado de convencer de la bondad del senador tienen la primera fila de la importancia en el constante pelear por imponer al público lo que se quiere imponer. Y luego están los aficionados que no saben nada pero que quieren lucirse.

En el siglo XIX y más allá, los judíos eran representados como gentuza a la que no interesaba más que el dinero, la rapiña más bien. En tiempos de Hitler, creador de los campos de concentración donde perecieron millones de judíos y otros que ni siquiera lo eran, el judío era el ser más detestable, al que se le atribuían todos los males del país. Hoy los descendientes de esos mismos judíos, asentados en un próspero Estado de Israel que cuenta con las simpatías y la ayuda infinita de los Estados Unidos, se han olvidado de lo que hicieron con ellos y tratan de destruir sin miramiento a los palestinos, en cuyas tierras viven por decisiones políticas después de la Segunda Guerra Mundial. Pero aquí nadie o casi nadie dice nada. Los famosos combates de piedras contra balas de calibre máximo entre palestinos que apenas pueden vivir y tropas del ejército de Israel perfectamente preparadas ya pasan por anécdotas. Y si se tiene la dicha de tropezar como actualmente con una pandemia que está destruyendo el mundo, mejor que mejor. Los palestinos tendrán menos derechos, se podrán ocupar más fácilmente sus territorios mientras el gordo presidente de Estados Unidos se prepara a instalar su Embajada en Jerusalén, dejando a los palestinos sin más recursos que las piedras contra los cañones.

Pero todo esto contado por una cierta prensa no sabe igual. Los partidarios de Israel, muchos y poderosos, saben manejar las fichas de la credulidad, y los campesinos que no quieren más que les dejen cultivar sus tierras y vivir en paz pasarán hábilmente por bandidos.