Flaubert y el teléfono verde
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El 22 de septiembre de 1866, Gustave Flaubert escribe a un amigo: “He soñado mucho y realizado poco”. Toda una filosofía de vida. Cuando le agarra la angustia de lo inacabado, el escritor francés ya ha parido La educación sentimental y antes, y sobre todo, esa cumbre de la literatura universal que es Madame Bovary. Corroído por la prisa, por la angustia de la inmortalidad, Flaubert ha tenido la suerte de escribir durante casi toda su vida sin demasiadas angustias económicas. Un poquillo de envidia le dan Emile Zola y Victor Hugo, dos amigos que no solamente brillan con sus escritos sino que, además, los venden muy requetebién, como hamburguesas chorreantes de salsas no identificadas y viudas de sanidad. Parece mentira pero, dice su biógrafo, Henri Troyat, que Gustave Flaubert era realmente un atormentado sin escopeta de suicida a lo Hemingway, orgulloso a rebosar como todos los escribidores que se precien.Cuánto le hubiese gustado saber – aunque tal vez se lo haya dicho algún ángel o cualquier demonio – que su Madame Bovary y su Educación sentimental han sido casi guías espirituales amorosas para infinidad de jóvenes que hoy rayamos aquella edad suya de cuando extraños ataques epilépticos le impidieron seguir disfrutando de la vida.Troyat afirma que para él escribir era un trabajo de mil angustias inextinguibles porque siempre andaba a la caza de la exactitud de una palabra o metido en el bailoteo de una frase. En un cajón de mi escritorio he encontrado un viejo registro negro con algunos recortes de esos tiempos pasados cuajados de ocasiones perdidas o que nunca lo fueron. Retazos de las prisas propias de los periodistas que, de tener los escrúpulos de Flaubert, nunca hubiesen ido a la imprenta. Hay un recorte de un diario colombiano del 17 de agosto de 1986 titulado “Tres personajes en busca de cine” En una foto que chorrearía nostalgia nada más estrujarla aparece María Emma Mejía, entonces directora de FOCINE (ente estatal cinematográfico colombiano). Sonríe como ella sola sabía hacerlo. A su lado, Víctor Nieto, director del Festival de cine de Cartagena de Indias. Y en un rincón, yo, con menos años y más ilusiones. Con María Emma Mejía, una de las mujeres más brillantes y valientes que tenía entonces Colombia, me ocurrió algo extrañísimo. Mucho después de aquella foto en Cartagena uno y otro vivimos en Madrid durante varios años sin aparentemente saberlo. Y eso que ella era embajadora de Colombia en España. También es verdad que coincidió con una época rara para mí. Fue cuando una tarde en la Redacción madrileña de la Agencia France Presse recibí una llamada telefónica que más de quince años después me quita el sueño. Había sonado el teléfono verde por el que en dos ocasiones una voz de muerte, un portavoz de la organización terrorista vasca ETA, me había informado de la inminencia de una de sus fechorías. (En esta playa del todo acabó han irrumpido unos malditos que confiando en el analfabetismo musical de un grupito de turistas extranjeros, empeñados en arrebañar el sol veraniego que nos regala el otoño, se han llevado unas propinas dando guitarrazos sin el menor pudor. Qué lejos han quedado aquellos músicos exquisitos que desde un soportal de la plaza de la catedral de La Habana cantaban alrededor de un café…)

Descolgué con repelos y en seguida oí la voz cantarina de una niña (¿cuatro, cinco años?): “Oiga, ¿es ahí el cielo?” Quedé mudo y la chiquilla siguió de corrido, como dando por hecho que estaba llamando adonde debía llamar: “Mire usted, señor, mi papá ha muerto hace poco y hoy mi mamá me ha dicho que está en el cielo. Querría hablar con él porque le echo mucho de menos. Mi mamá también está muy triste y a veces la veo llorar”. Cuando terminamos de hablar – ella me aparecía como rubita y una melena corta – la voz estaba casi risueña, tal vez medio feliz o al menos no tan triste como al comienzo. La imaginé sentada en un sofá blanco. Tenía una faldita de cuadros escoceses y unos calcetines blancos de perlé. Sus zapatos de charol estaban varados en una espesa alfombra de un azul desteñido. Hoy, mil años después, será una mocita. La veo viviendo una adolescencia feliz porque siempre recordará que siendo muy chiquita habló en el cielo, con un amigo de su papá. El rubio de sus cabellos – los mismos de su mamá, una finlandesa – se ha acentuado y su rostro ha conservado el blanco de leche que ella nunca ha querido perder en las estúpidas y repetitivas ceremonias de las playas eternamente encandiladas por el sol. Lo que no soy capaz de adivinar es si ya enamora y si otro hombre le ha quitado la angustia del padre desaparecido. Quién sabe si en uno de esos veranos multitudinarios de estas playas del sur de España no me habré tropezado con la niña del teléfono verde. Más de una vez he deseado secretamente volver a oír su voz angustiada. Pero también me da miedo porque ya no sabría qué contestar a ese esperanzado grito de amor “Oiga, ¿es ahí el cielo?”. Y tal vez hasta le colgaría el teléfono. Aunque ya no sea verde.

(Gustave Flaubert no era feliz. Yo tampoco. Nadie es feliz. Qué pretensión más abracadabrante. Sobre todo en un mundo donde millones de gentes creen que utopía es sinónimo de ornitología). Y con el bicho chino