El millonario futbolista y el viejo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Aterrorizado, horrorizado miro y oigo la televisión, donde una mujer acusa: a esos viejos los meten en una sala y con morfina espera que se mueran.Asqueado veo en la misma pantalla la llegada en avión especial (y muy particularmente caro, se supone) del holandés Ronald Koenan, el nuevo entrenador del Barcelona, que tratará de sacar al este equipo español, el más grande decían, del hoyo en que ha caído desde que días pasados el Bayern de Munich le metió la bestialidad de ocho goles a dos. Hasta Messi estuvo a punto de desmayarse, pero los millonarios sufren de pie. El nuevo entrenador llegó como un jefe de Estado para meterse rápidamente en una limusine. Aparentemente no le hicieron pruebas del coronavirus y eso que esta región de España es una de las más afectadas por la enfermedad china. Pero aún dentro de la pandemia hay clases. Pensé dos segundos en la señora que acusaba a Dios y a sus ángeles de dejar morir a los viejos, que imagino ateridos de miedo esperando en los hospicios donde suelen estar en España cuando ya los hijos y otros familiares los largan. Desde que empezó la pandemia en España, esos lugares parecen calderos malditos donde el diablo infecta al primero que le cae en las manos. Luego evacúan el caserón y ya se pierde la pista.No creo que hayan podido conocerse más atrocidades en una guerra de regulares dimensiones. El bicho avanza y cuando se mete en un hospicio muerde al primer viejo que se le pone a tiro. Luego, pues eso… El aislamiento y la muerte que a veces, eso dicen, tarda en venir. No hace mucho tiempo, un jefe médico de un gran hospital firmó la orden de no utilizar los servicios de máxima urgencia para los mayores. Y ordenó que los aislase en cualquier parte y los dejaran en paz. Había que salvar a los más jóvenes, que probablemente se han infectado por haber estado de juerga mientras el viejecito no había ni siquiera disfrutado una noche de farra.

Y se mueren esos viejos, que ya no se cuentan. Qué alivio para todo el mundo. Y pese a estas atrocidades, las radios dedican sus emisiones más importantes de la noche no al virus que nos mata sino al fútbol, donde ya florecen los nuevos fichajes con cifras de millones y millones, muchos millones, una infinidad, de euros. Unos cobran cuarenta millones, otros más, otros menos, Y si se infectan son jóvenes y tienen equipos médicos preparados y bien equipados para sacarlos del mal paso. Porque hay que curar las inversiones de los clubes. No hay viejos, por si tenían dudas.

Y las risas de los comentaristas da gusto oírlas. Se vanaglorian de su sabiduría futbolística, tutean a tipos de equipos que pagan millonadas mientras el taradito del periodista de guardia, que apenas le llega el sueldo, se inclina delante del presidente Fulanito, una bestia con mucho dinero que se compró un equipo, cuando no es un jeque del petróleo o un extranjero cualquiera que ha decidido invertir millones en una actividad tan culta e indispensable para la educación de los humanos.

Asco me da hablar de esto, pero hay que indignarse, patalear aunque nadie te oiga delante de tu ordenador.Y mañana, en el parte de la mañana de las radioemisoras, ¿cuántos viejos se habrá comido el bicho? Yo creo sinceramente que ya no le importa a nadie. Ni a los propios viejos. Aquí en esta novela que ya dura meses, no hay un Hemingway para sacar un héroe de uno de esos asilos de la muerte. Aquí no hay pez que arrastrar hasta la orilla. Y si lo hubiese visto, si lo hubiese sabido, seguro que el autor de aquel viejo y de aquel mar se habría pegado un tiro antes de tiempo. Y mientras el presidente del gobierno de España, que según las normas es quien debía de estar al frente de esta lucha sin cuartel, se baña en aguas guardadas por sus guardaespaldas. Y sonríe feliz en una foto para el recuerdo. En cuanto a los Reyes, Felipe y Leticia, y sus dos encantadoras hijas, pasan también sus vacaciones en Mallorca, uno de los más bellos parajes de España.Pero no he oído que hayan aprovechado la ocasión para darse un garbeo por uno de esos hospitales donde los médicos dicen que están desbordados, que ya no pueden más.

Y los viejos mueren alegremente mientras una pandilla de imbéciles se emborracha en un bar que debería estar cerrado y al día siguiente empieza de nuevo el recuento de los que se han contagiado mientras el alcohol corría por sus venas y el dueño del chiringuito les sacaba los cuartos. Y no hay paredón. Esta es la vida en estas tierras maravillosas del sur de España, con sus playas, que tienen que cerrar las fuerzas del orden para evitar que de noche los cretinos armen otra fiesta y las ambulancia tengan que recoger a unos cuantos. Pero qué más da. España es el recordman de la pandemia en Europa. Una copa para el señorito.