Hemingway, el torero y la muerte
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Emborrachadas de viento de levante, las olas aplastan la arena como la vida y la muerte exacerban el entendimiento en un Mar adentro que no es el que se extiende allende la playa en esta mañana de invierno con mucho sol caliente y un descafeinado con leche en este pueblo del sur de España, mi isla africana, que fuera pesquero y que es el más septentrional de Africa. Mar adentro es el título de una película española muy festejada en esos guateques cinematográficos donde se fragua la celebridad barata en función casi siempre de valores ajenos y a veces casi enajenantes. “Por muchos premios que le den no pienso ver esta película”, me dice con la rotundidez que le caracteriza un amigo con gafas negras, abogado sentimental. “Es una vergüenza que se haga apología de la muerte con el pretexto de la eutanasia”. Desde una sabiduría burlona adquirida a pulso en tribunales y plazas de toros – también fue torero este hombre – recalca: “La muerte no es bella como la arruga se coja por donde se coja”. Le indigna que a través de Mar adentro alguna gente haya podido promover ese suicidio ayudado que es la eutanasia. Y tiene razón este viejo picapleitos que dejó el toreo “porque me daba mucho miedo” y después de que un par de astados lo revolcasen por la arena aguada de algunos tentaderos. Que duda cabe, el cine es peligroso y su liturgia aún más porque abraza a multitudes. Hubo niños que quisieron volar como Superman, antes de que este héroe de la mitología norteamericana quedase varado en un sillón de ruedas. Y lo peor es que las salas oscuras siguen teniendo magia hasta en los multicines.

Aunque una gran parte de mi vida la he pasado frente a las pantallas que durante noventa o ciento veinte minutos nos hacen violar vidas que nada tienen que ver con nosotros, sigo rindiéndome a esa magia. Sobre todo cuando el agua de la lluvia invade un plano largo y las gotas rebotan en el asfalto de una noche de cine negro como si quisieran llorar. La muerte ha dado al cine tan grandiosos momentos como el amor que en sus diferentes vertientes y declinaciones es la razón de ser de miles de filmes. La muerte gangrenosa de Las nieves del Kilimandjaro. La muerte empalagosa de Love Store. La muerte de la humanidad en De aquí a la eternidad. Ese estado que nos iguala a todos y para el que no se necesita más que estar vivo.

Pero en la actual y descomunal crisis de valores que atraviesa Europa, algunos, muchos, como mi amigo el abogado metido a novillero, piensan que las apologías no son buenas y que es mucho más sano enaltecer el valor de vivir sea como fuere y no la cobardía de morir. Hace unos cientos de años, durante la presentación de un libro, hablé largo y tendido del suicidio como “remedio”. Era una noche de invierno y tenía el alma caída. Mis tres amigas me echaron una bronca y tuve que hacer casi un mea culpa patético y cobarde. Unos días después, durante una inauguración de algo, hasta creo que era de una biblioteca, esos cubículos que casi nadie frecuenta en esta Europa de los 28 y te rondaré morena, un profesor se me acercó y antes de que pudiese devolverle el saludo me estaba echando una bronca fenomenal por haber, según él, hecho una apología del suicidio. Sólo la presencia de otro profesor amigo mío impidió que me zarandease como me merecía.

En la playa, mientras el sol veraniego calienta el tinto Rioja de una copa, mi amigo el abogado me cuenta la historia de Juan Belmonte, considerado por los puristas como un enorme “lidiador” que no “torero”. Es un personaje de los años veinte que por lo visto – mi incultura alcanza todas las ramas del saber – hacía temblar los cosos, esas plazas redondas de grandes dimensiones donde el juego consiste en que un señor vestido como una verbena consiga matar a un toro al que por supuesto nadie le ha dicho que estaba allí para que lo descabellaran en vivo y en directo.

Después de escuchar su historia te das cuenta de que tal vez de ese montón de toros asesinados le vino el amor por la vida que en su forma más absurda conduce a una pasión desenfrenada por la muerte. La que el propio Juan Belmonte ejecutó en su propia persona en una de esas fincas suntuosas y repletas de mal gusto y de cabezas de toros cercenadas que en España tienen los toreros de postín. Pero no fue tan sibarita como Ernest Hemingway que, según dicen aunque vaya usted a saber si es verdad porque ya se sabe que la realidad no es más que la sombra de la mentira piadosa, se suicidó con un rifle carísimo de la muerte que llevaba siempre en sus cacerías africanas.

A Juan Belmonte, dicen, cuentan, murmuran aunque yo no lo vi, la imaginación no le daba para tanto y confió su asesinato a una vulgar pistola sin mayores apetencias literarias. De una vulgaridad absoluta. La mejor lección de exaltación de la vida, de fe en el vivir, que he recibido no me la dio el cine sino un médico de Brasilia. Tenía unos 75 años y su paciente, un servidor, andaba por los 60. Después de auscultarme encendió un pitillo, sonrió y me miró fijamente: “Esto es cosa de la edad. Los años nos desgastan. No hay tratamiento”. En ese momento se abrió una puerta disimulada por una cortina y entró una muchacha que apenas si había dado unos pasos fuera del zaguán de los veinte años. Era bonita como sólo puede serlo una brasileña cuando lo es. En los brazos llevaba un crío de apenas un año. “Tiene usted una hija muy guapa”, dije sin poder aguantarme. El médico, que me recordaba al Vittorio de Sica maduro de aquellas interminables comedias de la vida, desgastó su sonrisa: “No es mi hija, es mi mujer. Y el niño es mi hijo”. Y tras pensárselo un poco concluyó: “Este es mi remedio contra la enfermedad de los años que pasan y nunca dan marcha atrás. Aplíqueselo”.