La crucifixión de Che Guevara (1967)
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El contraste de esta realidad palpable e inevitable, contraste casi cinematográfico, casi buñuelesco por lo incongruente, eran los cientos de miles de retratos de Ernesto Che Guevara que poblaban Cuba en un mudo recuerdo. Como todo o casi todo en este país de cine, la imagen está contada en « Una foto recorre el mundo », documental de trece minutos en color realizado en 1981 por Pedro Chaskel. La instantánea de ese primer plano en el que el Che parece mirar a un punto impreciso bajo una boina con la estrella de cinco puntas y una expresión indefinible. Por una vez no puede tildarse de exageración patriotera o propagandística y hasta oportunista el título de ese documental, porque esa foto hizo realmente algo más que dar la vuelta al mundo. Se afincó en cuarteles generales de revolucionarios como en las habitaciones de estudiantes idealistas. Más de cuarenta años después de que se difundiera todavía aparece como recuerdo de una cierta pureza perdida en las manifestaciones más diversas. Y no sólo izquierdistas en los cinco continentes. Hasta las derechas europeas llegaron a cantar al Che. Y todavía en los años noventa, en cientos de versiones de posters a veces hollywoodenses, ilumina alguna habitación de joven o simplemente de nostálgico. Quizá porque unos años después del triunfo de la revolución castrista en Cuba, él rompió con el poder, el Che sigue siendo un mito. En la célebre « Bodeguita del medio », el restaurante más típicamente retro de La Habana, en la plaza de la catedral, en puestos callejeros, al lado de imágenes de lo más variopinto, aquella foto que dio la vuelta al mundo sigue siendo un bestseller de la revolución cubana. Lo menos explicable podría ser por qué los cubanos esperaron veinte años para contar la historia de la instantánea más célebre del mundo. Porque el documental « Una foto recorre el mundo » data de 1981 y, como cuenta, la foto la realizó el fotógrafo Alberto Korda durante un acto oficial en La Habana en 1961. Pero si se le hace la pregunta a un « cubanólogo », lo más probable es que se encoja de hombros y sonría como quizá lo hacía el Che aquel día en que Korda le fotografió casualmente o no en medio de otros personajes oficiales en una de las tantas y multitudinarias manifestaciones que se realizaban entonces. Revolucionario mítico, se va a combatir a Bolivia y explica a Fidel en una carta fechada el primero de abril de 1965: « Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria… Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de tí, de los compañeros, de tu pueblo, que es ya mío… Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte! ».

Una noche de octubre de 1967 llega la agencia de prensa France-Presse la noticia de la muerte de Ernesto Che Guevara. Ha caído en una encerrona de militares bolivianos que lo han cosido a tiros.Incluso el anuncio de su muerte tiene mucho de cinematográfico. Aquella noche, el general boliviano René Barrientos da una recepción en el palacio presidencial de La Paz. Es tarde y la recepción está terminando. Detrás de un mueble de estilo colonial, un fotógrafo se ha arrodillado para guardar su material. Está a punto de incorporarse para marcharse cuando sorprende una escueta pero curiosa conversación. El presidente Barrientos está inclinado sobre el Nuncio Apostólico. Cuando el reportero aguza el oído está a punto de derrumbar el mueble de la sorpresa. El presidente acaba de decir casi en un murmullo: « Eminencia, puedo asegurarle que el Che ha muerto ». Y como en una película mala, el fotógrafo empieza a moverse hacia la salida, procurando que nadie le vea. Cuando llega a su oficina descuelga el teléfono y llama a un periodista de una agencia de prensa internacional : « Tengo un enorme scoop ».

Veinte minutos después, en un lugar tranquilo, el fotógrafo repite la frase del general Barrientos contra algunos cientos de dólares. En el mundo entero se esperan noticias del Che, cuya captura por las fuerzas bolivianas sí que ha sido anunciada pero no su muerte. Cuando en un cuartel de la sierra boliviana ya han cortado a su cadáver las dos manos para que la CIA no pueda dudar de que los bolivianos han conseguido matarle, el corresponsal no sabe cómo dar la información de su muerte o, más bien, vacila en cómo atribuirla a una fuente suficientemente seria pero sin que nadie pueda sospechar que se trata de un soplo. Finalmente se decide y en su Redacción central se recibe un despacho que lacónicamente dice más o menos : « LA PAZ- El Che ha muerto, según la más alta fuente presidencial ».

El jefe de turno que lo recibe en la AFP de París queda perplejo y hasta algunas horas después, cuando por fin consigue ponerse en contacto telefónico con el corresponsal, no descubrirá que « la más alta fuente presidencial » es el propio Presidente de la República, pero al que no puede citarse, ya que su declaración la había hecho de forma confidencial al Nuncio Apostólico. Años, siglos después, en una película del argentino Fernando Birri, su padre hablaba de él, como sólo sabe hacerlo un padre de un hijo, diciendo que « un buen día quiso domar a un perro e intentar cabalgarlo como si fuese un pura sangre ».

El filme discurre por la vida del Che pegando saltos que hoy son historia. Su eterna sonrisa y su gusto por las bromas pesadas: cuando le nombran gobernador del Banco de Cuba, pone a la gente del Fondo Monetario internacional al borde del infarto firmando los billetes de banco cubano con un chulo: Che.

Todo esto, más la emoción y muchas lágrimas, se plasman maravillosamente en la película documental de Birri, que es casi una larga entrevista con el pare del revolucionario que encantaría al mundo más por lo que dejó de hacer que por lo que hizo. Y cuando el ya viejo padrazo -moriría poco después en La Habana— dice con los ojos a punto de chorrear lagrimones: « Si hubiese podido le hubiera vengado », la sala del cine de la capial cubana donde tenía lugar el estreno mundial en diciembre de 1986 empezó a sollozar entre aplausos de agradecimiento al viejo argentino que les había hecho descubrir un personaje que los propios cubanos ni siquiera imaginaban bajo el uniforme verde olivo. Pese à la existencia de este documental que llega al alma, no se destaca en la filmografía del ICAIC ninguna superproducción a la gloria de ese hombre que para generaciones enteras encarnó el espíritu de la verdadera revolución. Una actitud de vida de ser, existir y morir que todavía en los archi consumistas años dos mil sigue representado una secreta esperanza.

Desde su nacimiento, el 14 de junio de 1928 en Rosario hasta octubre de 1967, cuando las fuerzas armadas le asesinan en Bolivia, la leyenda del Che iba a conocer un crescendo de gloria. El punto culminante de esa andadura que en otras circunstancias probablemente le habría llevado a ser santo, se situó el primero de abril de 1965. Ese día, según la versión oficial cubana, Guevara escribe a su compañero Fidel Castro la famosa carta cuyo facsímil es vendido en los puestos de la plaza de la Catedral de La Habana. Una especie de testamento en el que el Che dice adiós y da a Fidel una especie de recibo de hermandad y en la que además lo exime de toda responsabilidad en lo que va a sucederle en Bolivia. La carta contiene recuerdos y sentencias que son como un legado menos para los cubanos que para los jóvenes de todas razas y lenguas cuyas vidas tuvieron un fogonazo de esperanza con su actitud.

Nada más que con esta carta, que según la versión oficial cubana, consta de poco más de cinco cuartillas, con una escritura regular y recia, encabezada con el nombre de pila de Castro y se cierra con lo que podría ser una magnífica sinopsis de ese filme jamás rodado: « En una revolución se triunfa o se muere… Hoy todo tiene un tono menos dramático, porque somos más maduros… Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de tí, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío… Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos… Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor… En los nuevos campos de batalla llevaré la fé que me comunicaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté… ».

El entusiasmo de Fidel Castro por el cine no tiene nada de anecdótico y los hechos, aún cuando son vistos por sus más fieles seguidores, permiten pensar que se debía más a un frío cálculo político que a un prurito intelectual.

Desde el comienzo del cine en la época postcastrista se observa un marcado interés por convertir este arte en una herramienta capaz de servir ambiciones de Estado y de responder a necesidades de educación política. No obstante, sería injusto negar el impulso que gracias a eso recibió el cine cubano y de rebote el latinoamericano. Algunos realizadores latinoamericanos que se codean regularmente con el jefe del Estado cubano reconocen que al hombre le va mucho la pantalla grande.

Todos los años, en el mes de diciembre, durante el desarrollo del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, algunos de los más destacados nombres del cine de América Latina, entre ellos el chileno Miguel Littin, comparten una copa con Castro en el Palacio de la Revolución cuando los enormes salones de piedra y plantas tropicales se transforma en una gigantesca recepción. Ese día, en general el que clausura la muestra, a Fidel Castro se le ve deambular por el palacio enfrascado en intensas charlas que en general versan sobre el cine.

En esa noche del fin del festival, entre inmensos langostinos y botellas de ron, el uniforme verde olivo del propietario de la casa se confunde por momentos en largos parlamentos con la camisa blanca de alguno de los cineastas que todos los años acuden puntuales a la cita de La Habana, la única en la que, también es preciso reconocerlo, pueden ver todo el cine latinoamericano que se ha producido en el año, el hecho en su país y en casa de los vecinos. De otra forma tendrían que ir a unos de los festivales europeos (Biarritz, Arcachon, San Sebastián) donde todavía hoy se da cobijo a esa producción.

Dicen que a Fidel no le gusta que le contradigan. Lo seguro es que a él sí que le gusta dar lecciones incluso en el dominio del cine. Lo mismo que se mete en la necesidad de plantar o no plantar tampoco le hace ascos a la hora de lanzarse en discusiones con profesionales del Séptimo Arte. En una clausura de un festival habanero pilló con la guardia baja a más de un cineasta que en la sala del Teatro Carlos Marx tuvieron que aguantar la lección magistral que el Comandante les dictaba desde el escenario. Durante un buen rato—parece que para él no pasa el tiempo cuando toma la palabra– les enseñó el arte y la manera de lo que él entendía por hacer cine, elogió lo que le pareció bien en el quehacer de los presentes y no tuvo remilgos la hora de criticar técnicas e incluso algunos puntos precisos relativos a la mismísima organización del festival recién celebrado.

Ese interés tiene, por supuesto, aspectos menos exquisitos. Su pragmatismo de gallego lejano le ha enseñado a aprovechar y explotar las cosas y las circunstancias cuando se le ponen a tiro. No olvidemos que para él el cine reviste tal importancia que decretar su reorganización de la mano de un amigo de la mayor confianza fue uno de las primeras decisiones que tomó al llegar al poder. Intuía o sabía que las imágenes iban a servirle de mucho en aquella etapa y desde el comienzo las utilizó a fondo a la hora de lanzar mensajes a sus compatriotas o cuando quería martillearles algo en la cabeza. Siempre ha entendido que el cine es un arma maravillosa. Este convencimiento puede llevarle a protagonizar situaciones que en otros hemisferios parecerían por lo menos curiosas. Como cuando en diciembre de 1986 estaba inaugurando la sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en Santa Bárbara. En un momento de la charla informal que mantenía con los periodistas y los estudiantes de cine presentes, Fidel Castro mandó que le trajeran cables de las agencias internacionales de noticias y leyó un artículo fechado en París en el cual se hablaba del éxito que estaba teniendo en aquellos momentos en Europa el cine latinoamericano. Otro caso bastante sonado es el que protagonizó el diario « Granma », órgano del Partido Comunista cubano y en realidad la única fuente informativa cubana que sale a la calle y la que permite a los periodistas extranjeros conocer alguno de la realidad oficial leyendo lo que dice, lo que deja de decir y lo que puede leerse entre líneas.

Siete de la mañana. Una habitación del Hotel Capri de La Habana en la que dicen durmió más de una vez el cantante Frank Sinatra cuando los adinerados norteamericanos y sobre todo la flor y nata de la Mafia norteamericana pasaba eternas vacaciones en Cuba. El día todavía no se ha abierto paso a través de las polvorientas cortinas del ventanal que cae sobre el mar. Es el primer viaje del periodista « centroeuropeo » y todavía tiene en la cabeza las imágenes de la llegada al aeropuerto José Martí: el minucioso control de policía, la oscuridad de una madrugada anegada en una humedad vertiginosa, el autobús que se niega a arrancar, la belleza de unas muchachas que esperan a no se sabe qué viajero. El timbre del teléfono le arranca a duras penas de sus sueños. Mira su reloj de pulsera y descuelga. Al otro lado del hilo, una voz se presenta como director de « Granma ». Entienden que le piden permiso para publicar en el diario una crónica suya enviada a su agencia al llegar a La Habana en la que mostraba su lógica sorpresa ante el gigantismo del Festival de La Habana.

Cuando llega a la delegación de su agencia son apenas las nueve y media. Una de las empleadas le trae un « buchito », una taza de un magnífico café cubano que quita el sueño. El director local anda liado con el teléfono. Le dicen que están averiguando por qué no ha salido todavía « Granma ». Normalmente, cuando se retrasa la edición es porque se está preparando algo que normal y fatalmente va a interesar a la prensa extranjera. Media hora más tarde llega la explicación. El retraso ha sido para poder publicar el artículo del que le había hablado por teléfono el director del diario. Efectivamente, la crónica aparece en el diario que por fin llega a dos columnas y con recuadro de destaque.

Por la tarde, un compañero de la prensa nacional cuenta que el artículo había sido leído la noche anterior por Fidel Castro, que acostumbra a seguir la actualidad internacional directamente a través de los despachos de las agencias noticiosas mundiales. El mismo informante agrega con sorna que después de leerlo, había preguntado a sus asesores por qué no lo había visto en las páginas de « Granma », que está suscrito a esa agencia. Finalmente, siguen contando, el director del principal medio de comunicación de la isla tuvo que escuchar a altas horas de la noche algunas observaciones del propio Fidel, lo que le llevó a sacar de la cama sin contemplaciones al autor de la crónica, al que al día siguiente daría personalmente las gracias invitándole a una charla informal en los locales del periódico, cosa poco habitual, al menos en aquellos tiempos.(De “Cuba, Revolución y dólares”, 2002, del mismo autor)