Cuba y el viaje a la eternidad de otro de sus imprescindibles
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Han pasado 72 horas y las expresiones espontáneas de cariño y de respeto no decaen. ¿Qué tuvo y tiene este personaje para estremecer hasta los cimientos de la nación?, ¿cuál es su magia, que sigue aunando a las gentes más diversas, aun después de la partida ?.  Quizá el misterio radique en haber sido siempre un cubano auténtico y consecuente, tanto en el anonimato de sus primeras andanzas, como en los tiempos de esplendor, cuando le rindieron beneplácito reyes y presidentes. El doctor Eusebio Leal Spengler, uno de los intelectuales y oradores más prominentes en el último medio siglo en Cuba, falleció el 31 de julio en su Habana “víctima de una penosa enfermedad”, según dijo un escueto parte oficial. Después, la familia informó que sus cenizas serían preservadas a fin de rendirle tributo póstumo en el Capitolio, cuando el nuevo coronavirus lo permitiera. Sin embargo, desde la misma tarde del día infausto, como anticipo de lo que será ese homenaje, los cubanos encontraron las formas de agradecer a este hombre su entrega a la reconstrucción y restauración de una ciudad que agonizaba. Sábanas blancas fueron colgadas en balcones, evocando la popular canción del trovador Gerardo Alfonso dedicada a la capital de los cubanos; se multiplicaron las simples hojas de papel blanco puestas por cualquier parte con dos palabras “Gracias Leal”; se hizo fila para dejar constancia de lo que cada quien sentía en un libro de condolencias abierto en su oficina; y por toda la isla corrió el tributo: “Cuando lo olviden los hombres, lo recordarán las piedras”, había sentenciado la laureada escritora cubana Fina García Marruz.

Nacido en la capital cubana el 11 de septiembre de 1942, Leal se transformó en una de las personalidades más populares en la isla por su labor de restaurador del llamado Casco Histórico, en la Habana Vieja. Por su dedicación, esa porción de la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 y cientos de familias residentes vieron transformadas sus vidas en apartamentos totalmente reconstruidos, contrario a la intención de los burócratas de entonces, que apostaron fuerte por repartir a todos esos moradores entre otros barrios, matando así sus raíces y tradiciones. Nací en la calle Jesús María de La Habana Vieja y sé lo que se siente por lo que hizo este creador, nacido en una de las ciudadelas de la capital. “Perdónenme que haya tenido que estar un poco sentado, porque estoy un poco fatigado; pero la fatiga no es el resultado de lo que no ha podido vencerme, ni derrotarme, es que vengo caminando hace mucho tiempo, hace muchas décadas, hace muchos siglos, el verdadero misterio es que yo viví hace siglos en otros cuerpos y estuve aquí cuando se construyó el castillo”, dijo herido ya de muerte en 2019, al asistir a la inauguración de la restauración del Castillo de Atarés, una de las fortificaciones coloniales de La Habana.

Extraño hombre éste, orgulloso de ser católico y comunista –no se hizo cura “porque me gustan mucho las mujeres”-; criatura curiosa que a los 25 años de edad y con apenas sexto grado de escolaridad entró a la Oficina del Historiador de la ciudad; un día incluso se acostó sobre la única calle de madera de la ciudad para impedir que la asfaltaran; y en paralelo a su quehacer de restaurador empírico llegó a cursar estudios universitarios alcanzando la Licenciatura en Historia en 1975. “Luego comencé el lento ascenso, a partir de leer los libros, mejor dicho, de leer con pasión los libros de las más disímiles temáticas: las ciencias naturales, la geografía, la historia como devoción, la oratoria como forma de comunicación, huyéndole siempre a la temida realidad de mis innumerables faltas de ortografía, que debía ir venciendo”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

No alcanzará nunca el espacio para contar a quienes leen desde lejos la dimensión de este cubano, por ello solo agrego para aquilatar lo que se ha ido, uno de los razonamientos del poeta y trovador Silvio Rodríguez: “Con su partida nos quedamos más huérfanos de mujeres y hombres patriotas y revolucionarios, que no sienten ni actúan por esquemas prefabricados, hombres y mujeres de caracteres disímiles, aunque de humanidades coherentes, en quienes las ideas no son pretexto de penitencia (propia y ajena) sino de emancipación y conocimiento”.