Fotos sin alma

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hojear un álbum de fotos olvidado es uno de los ejercicios más peligrosos del mundo. Porque cuando lo ojeas (sin hache) puedes llegar a conocer el pánico irrefrenable del absurdo. Hablo de cuando una foto se obtenía con un aparato y un mínimo de esfuerzo, no las imágenes automáticas que surgen como panochas de los teléfonos modernos.Y las imágenes de aquéllas aprendices de actriz de los años sesenta en París te aparecen, casi medio siglo después, como la confirmación de un fracaso largamente barruntado.La sorpresa ha sido mayor para mí cuando he comprobado que las bellas fotos de la italiana Grazia, cómodamente enrollada en un sillón de cuero con sus largas piernas desnudas desafiando al mundo, o de la francesita Corinne, una muchachita larga como un suspiro desnudo, no tienen alma. Las veo como unas desconocidas borrosas cuando las conocí y a alguna probablemente amé. Se les ha ido la vida, como se le fue al gran reportero que las tomó, Jacques Gratpanche, el rey del flash, un muchacho francés al que la risa le chorreaba constantemente de los ojos. Se han perdido en el tiempo y por mucho que hurgo en mi memoria me cuesta trabajo reconocerlas.Todas ellas – fueron decenas y decenas – pertenecían a una extraña tribu que en esos sesenta poblaban los estudios de cine de Boulogne-Billancourt, en las afueras de París.Eran starlettes, aprendices de estrellas de cine en cierto modo, que durante semanas pateaban con sus costosos tacones comprados Dios sabe con qué sacrificios a la puerta de las oficinas de la película que iba a rodarse. De todas ellas sólo una llegó a la cumbre social. Consiguió cazar a un conde y hoy es una de las figuras más agraciadas de la aristocracia de Francia.Las demás… Algunas tal vez hayan llegado a viejecitas, abuelas o lo que sea. Otras se habrán muerto y ya no les quedará la preocupación de llegar. Bueno, exagero en mi rápido y radical balance. En realidad, unas cuantas de ellas “crecieron” y pasaron a la categoría superior, la de actrices y las menos consiguieron llamarse Brigitte Bardot o Catherine Deneuve.

Otra agraciada en ese sorteo de la fortuna fue Michèle Mercier, bellísima y algo arisca que tuvo la suerte de ser escogida para rodar una serie de películas de piratas en la que ella era la Marquesa de los Angeles, deseada por todos los filibusteros que surcaban los mares en technicolor Un amigo mío, el realizador Léonide Moguy, que inventó en cierto modo el cine social francés, fue quien la dio a conocer con una película suya muy comprometida socialmente, Donnez-moi une chance (Deme una oportunidad) consagrada precisamente a ese fenómeno de las muchachas francesas que abandonaban vidas honorables pero aburridas para intentar llegar al estrellato cinematográfica y al dinero, el fin y principio de todo.

Mis fotos sin vida me dejan mal sabor de boca. Ya casi no me atrevo a mirar otras en las que el protagonista soy yo, recién llegado a París. Y sigo sin atreverme a ojearlas. ¿No será que voy a arrancarles la vida que todavía pudiese quedar en ellas?La casualidad hace que salte a la pantalla de mi ordenador otra foto, ésta en color. Me la mandó un día un entrañable amigo cubano, Antonio Destefano, enorme pintor. La instantánea me fascina. Es la de una mulata que vende hortalizas en un mercado de La Habana. En medio de pimientos verdes y algo que parece ser patata hay otras dos señoras que respiran cuando las miro. Mi vendedora está de perfil y sonríe. Es joven, con esa belleza cachonda que sólo he visto en Cuba. El pelo lo tiene trenzado y el busto está ajustado por una blusa roja, un pantalón negro y un coqueto mandil amarillo que resalta el mate de su piel.

Sus pechos parecen dispuestos a escaparse y respiran hondo. La oigo vivir y casi puedo oírla hablar con un invisible comprador aunque no consigo entender lo que se dicen.Lo que más me fastidia es no saber su nombre. Pero ya la he colocado en mi ordenador como salvapantalla y cada vez que me ponga a teclear podré ver su delicioso perfil. Seguro que cuando menos me lo espere echará a hablar. Y la próxima vez que visite La Habana no habrá quien me impida ir a comprar pimientos.