Padrenuestro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En estos tiempos de muerte a todo vapor se me están acabando los padrenuestros, ya saben esa oración ultracorta y profunda como el perdón que conoce cualquier cristiano aunque no le gusten las despedidas pomposas.Un estribillo para el que he echado cuenta y sí que me sobran padrenuestros para los pocos amigos que todavía me quedan.Por supuesto que no soy de esos que cuando hablan de amigos necesitan o dicen necesitar una calculadora electrónica para hacer un cálculo aproximado, más bien tirando por lo bajo y por el olvido.Cuando todavía no estaba recluido en esta isla africana sí que tenía que darme prisa con los padrenuestros, que a veces caían como lágrimas en la nota anunciando la desaparición. No me gusta lo de esquela mortuoria y menos lo de obituario. Ahora le verdad es que me sobran oraciones.Conste que yo soy de los que le echan un padrenuestro a cualquiera que haya muerto y del que me hayan enterado, aunque sea un puro conocido lejano. Un padrenuestro creo que nunca hace daño y nunca está de más. Y ni siquiera hay que comprarlo en la farmacia como las malditas mascarillas que han hecho millonarios a muchas grandes almas que seguramente no faltan nunca a misa los domingos, pero a la de doce, claro.Lo malo es que me temo que cuando me toque a mí pocos serán los padrenuestros que me seguirán.Pero lo principal es no tener un saco de remordimientos, aunque son indispensables porque la gente se muere sin avisar y ya ni siquiera me refiero al bicho chino que anda modificando constantemente las estadísticas demográficas. Lo peor es que la muerte te coja por sorpresa y entonces el padre nuestro no hay manera de encajarlo. Puedes perder a alguien, incluso a un amigo, horas después apenas de que os hayáis ensalzado en una de esas discusiones bobas y ociosas que en el oficio de la escritura se da mucho, porque por encima de todo está el orgullo, y los principales poseedores de ese invento argentino, el ego, que lo dice todo son sin duda los periodistas y los escritores, a menudo primos hermanos cuando no gemelos inseparables.

Desde ya lancemos al aire sin pensarlo ni contarlos padrenuestros a puñados por las víctimas constantes de la pandemia.Pero los viejos, que algún médico loco quiso condenar por inútiles en plena locura de la epidemia, también quieren vivir creando, no vivir por vivir. Ni vivir para prepararse a morir con morfina en fuertes dosis.Uno de los más grandes directores de cine españoles, Carlos Saura, hace caso omiso de sus 87 años y con el libreto de Mario Vargas Llosa, 83, va a montar en Madrid “La fiesta del chivo”, basada en la novela del ya viejo peruano. Varguitas, que le llamaba su primera mujer, la más bella del Barrio de Miraflores de Lima. Se les ve contentos de poder darse esa alegría, quizá la última, pero no quieren dejarla escapar. Luego vale la pena vivir. Aunque haya quien piense con envidia que para qué sirve el talento de que gozan. Pues, mire usted, para hacer feliz a otros viejos o jóvenes que aman lo que hacen y a los que les gusta el teatro, la literatura, el trabajo intelectual. La vida. Hay mucha envidia en quienes consideran que a partir de cierta edad, la morfina en dosis masivas es lo único que merecen los viejos, con talento o sin talento, se pasen sentado todo el día en un banco al sol escribiendo, componiendo a veces alguna maravilla.

A esas bestias sedientas de sangre que nada más que piensan en la rentabilidad, así les va a ellos, no les importa que uno de esos viejos, un científico, pudiese traernos la paz con una vacuna en esta guerra del bicho chino, maldito cien veces sea. Y el mundo, gracias al repugnante viejo, estaría salvado para siempre.  La envidia es mayor que todas las consideraciones. Imaginen que el vejete británico Alexander Fleming, que se fue con 73 años, se hubiese distraído jugando a las cartas o tratando de hacerse más rico, como los mataviejos, y se hubiese olvidado de inventar la penicilina, fue en 1928… Menuda catástrofe, porque esa penicilina todavía en 2020 cura y no para de curar, evitando todas las muertes inútiles. Y probablemente evitará millones de muertes en los años venideros. Pero la mayoría de nosotros ha heredado un ego de la peor especie, de los que son capaces de ahogarse antes de echarse a nadar, solo por fastidiar al vecino.Me temo que por mucho que se diga, por mucho que se cuente, nuestros orgullo absurdo y nuestro odio por gran parte de la humanidad sea más fuerte. Y la mayoría prefiera ahogarse en la piscina cuando un simple empujoncito con el pie en el suelo del fondo le hubiese salvado la vida. Y quién sabe si ese vejete corroído por la envidia de querer y no poder hubiese terminado inventando algo más grande todavía que la penicilina salvavidas.