Un té para el alma
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

No sé si el té fue uno de los expolios más cometidos por los ingleses cuando tenían un imperio y no un primer ministro esquizofrénico. Probablemente se lo llevaron de algún país como consiguieron la planta de caucho que arruinó a Brasil y enriqueció a los británicos en lejanas plantaciones de Asia. Todavía queda en Manaus, en lo más profundo de la selva brasileña, un maravilloso Teatro de la Opera que los magnates del caucho brasileños construyeron para sus señoras y sus queridas en medio de la selva cuando el caucho les había hecho ricos. Dicen que fue un británico quien se llevó la planta maravillosa para hacerse rico pero no pudo arramplar con el teatro y supongo que se le partió el alma cuando tuvo que dejarlo donde afortunadamente está. Pasé una noche con los fantasmas de esta Opera copiada más o menos de la de París y construida con los más bellos y costosos materiales que los arquitectos encontraron en Europa. Me fui cuando uno de ellos tuvo la osadía de invitarme a un té. No obstante, el té bien negro y fuerte hervido como si la caldera la pusiera el diablo sirve para templar el alma. Pero hay días que no. Ayer fue uno de ellos. En la paz de mi terraza la taza me esperaba a punto cuando, Dios o el diablo sabrán cómo, se me atravesó en la mesita de cristal fabricada en Malasia una botella de Pinot Noir, un vino tinto que los catalanes venden –no sé si lo cultivan o si prefieren el método british—y que es algo fuera de lo común. Me pregunto, esta tarde de viento huracanado anda emborrachándome en las preguntas, si Ernest Hemingway se hubiese volado la cabeza que imaginó “El viejo y el mar” de haber tenido, como yo, ya hasta abierta, con el corcho haciendo guardia, una botella de esas.

Digamos que yo en mi terraza no tenía ninguna escopeta al lado de la botella y del té porque no sé lo que habría elegido. Porque ya saben ustedes que hay días para todo, para el té, para el vino y para la escopeta. Cualquier filósofo del mercadillo se lo dirá si le compra una novela de Zane Grey por dos euros.El caso es que cuando hube transferido el Pinot a mi estómago, tras un paso rápido y gustoso por la boca no me dio tiempo a filosofar más. Pero me quedé con un complejo de culpabilidad terrible. Uno es así. Afortunadamente no había fusil al horizonte. Estuve muy apesadumbrado un buen rato mirando la taza de té y me acordé de aquellos soldados de su Majestad Británica que a base de rapiña crearon un imperio, empezando por la India. Y entonces me asaltó una duda. Recordé a un guapo actor, Charlton Heston, que en la excelente película Jartum vestía esa chamarra roja con condecoraciones doradas y lazos enamoradizos. Y se me vino al magín que lo que más bebían los oficiales de aquel cuerpo expedicionario contra los árabes, no sé cuáles de ellos, se preparaban para los ataques con lanzas y banderitas dándose previamente unos lingotazos de brandy, ese coñac francés al que ellos le habían robado hasta el nombre. No se lo metían entre pecho y espalda durante la batalla sino cuando iban o volvían victoriosos, nunca perdían faltaría más, para asistir al baile del gobernador.

Eso sí, cuando la dama de sus sueños lo llevaba a un rincón y en una escena digna de una novela de Emile Zola ella se alzaba sin el menor pudor la pesada falda suficientemente para que el oficial pudiese desabrocharse el alma, alguien traía té.Ahora que he llegado aquí mi problema es qué haré mañana. Comprarse una chamarreta roja con el calor y el bicho chino merodeando no es muy conveniente. Lo mejor será que me beba el té una vez que él se ponga a punto, ni caliente ni frio, como la novia de Charlton Heston en Jartum. Pero cuando te has sometido a un encierro voluntario por miedo al bicho que tan gentilmente nos han mandado los chinos, que cada día le dan más alegría a las bolsas del mundo –efecto del pánico que su regalito ha creado entre los occidentales, dicen los más entendidos—es difícil decidir. Porque no te puedes pasar el día escribiendo y hacer como si no vieras la caja de Pinot Noir que tu señora trata de ocultar como quien no quiere la cosa. Pero esta vez les juro que no habrá más que té en mi visor, un té negro y fuerte, que una vez a la temperatura ideal es un alivio para los tormentos del alma. Nada más que tengo que acordarme de aquellos ejercicios espirituales que yo nunca hice cuando pertenecía a la Acción Católica de Tánger y que nos enseñaban a impedir que el diablo se saliera con la suya. Me beberé el té como un sacrificio necesario. Pero claro, con lo imprevisible que está la vida en estos tiempos de bichos chinos, si mañana Dios o quien sea decide que me tropieces con otra botella de Pinot Noir… La tentación no es como el cartero y nunca llama dos veces.