Cuba, sus médicos y el Nobel
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Soy escéptico porque el gobierno de Estados Unidos le ha declarado la guerra y cuando la principal potencia militar del planeta desenfunda hay quienes tiemblan.  No obstante, a nivel mundial prosigue una campaña para que se le conceda el Premio Nobel de la Paz a la brigada de médicos cubanos Henry Reeve, que en más de seis meses de la actual pandemia se ha desplegado en 46 equipos por 35 países a fin de ayudar a contener el virus, sin disminuir la capacidad de respuesta en la isla al mismo mal. En Cuba siempre hay a la mano un pariente o un vecino médico, enfermera o técnico en salud con vivencias en alguna de esas misiones que aquí se denominan “internacionalistas” desde que comenzaron en Argelia en 1963. Ahí radican los antecedentes de la brigada Henry Reeve, nacida 43 años después y especializada en socorrer en momentos de desastres lo mismo en el lejano Pakistán, cuando el terrible terremoto de octubre de 2005,  que en el norte de Italia, en momentos en que ese país era el epicentro del nuevo coronavirus y los hospitales estaban desbordados, y se dispuso incluso a auxiliar a Nueva Orleans, herida a fondo por el ciclón Katrina, hasta que Washington dijo NO.  Fuera de Cuba, la conocen los miles de pacientes atendidos, pero el resto mayoritario de mortales quizá solo sepa de ella por alguna breve nota de prensa o por las declaraciones de la administración Trump, que tilda a esos doctores de “esclavos” y acusa al gobierno de la isla de “trata de personas”, porque según Washington ellos “son obligados” a salvar vidas, y cuando la Casa Blanca se pronuncia por lo general gana portadas en todos los medios y los gobiernos toman nota. Claro que ese cuento en la isla no es vendible, ya lo he dicho, es improbable que en alguien aquí no conozca a alguno de estos hombres y mujeres especiales, porque hay que ser muy especial para llevar salud y convivir hasta en la selva.

La vida, sin embargo, no es en blanco y negro, donde hay heroicidad no falta la apostasía, y aunque son los menos también cuentan quienes han abandonado la brigada en busca de mejor vida y sabedores de la campaña estadounidense alinean sus declaraciones con las de Washington esperanzados en lograr una emigración que los bendiga, como benditos parecen ser esos médicos que ven en la salud una mercancía y disfrutan del negocio. Yo lo viví con mi hermana en el Hialeah Hospital de Miami. De arrancada no intervine en las dilaciones calculadas por respeto a mis padres hasta que convencido de que el tiempo pasaba y las pruebas se repetían para cobrarle al seguro tres veces más, enfrenté al bendito médico de cabecera y armamos una bronca en la que hasta salió a relucir Fidel Castro. Al final logré que a mi hermana la trasladaran al Jackson Memorial Hospital, aunque allá tampoco escapó a esa práctica.

Hay de todo en este planeta. Supe de Henry Reeve en las clases de historia de mi escuela, “El inglesito” le decían, y no fue hasta décadas después que profundicé en ese neoyorquino nacido en 1850, que vino a la isla por su cuenta a combatir con los cubanos contra el dominio de España, cayendo en combate con el grado de general de brigada en 1876, mucho antes de que por cálculo geopolítico el ejército de EU interviniera en la contienda. Reitero, soy escéptico, pero si a esta brigada, a este emprendimiento humanista no se le concede el Nobel de la Paz por temor a sanciones de Washington, todos volveremos a perder otro gran trozo de justicia merecida.