Cuba, Rosa María Payá y lo que está por ver

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Era otro julio caluroso cuando reporté los funerales de Oswaldo Payá, fundador del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) –MILENIO/ Internacional/25 julio 2012-, y conocí a su hija, Rosa María. Seguí después su trayectoria dentro y fuera de la isla, y hace pocos días, el 10 de julio, el noticiero nocturno de la televisión nacional me la descubrió sentada junto a Donald Trump en Miami, mientras el gobernante hacía campaña a favor de su reelección y decía que “Estamos luchando para liberar a Venezuela, para liberar a Cuba. Han pasado ocho años desde aquel verano en el que Rosa María saltó al protagonismo político al acusar al gobierno de la muerte de su padre, intentó después sin éxito reanimar al MCL y por último comenzó a desplazarse entre La Habana y Miami haciendo campaña hasta que al parecer, no lo sé, se asentó en Florida. Nunca admitió el resultado de las investigaciones sobre el fallecimiento de su progenitor (“accidente de tránsito”, según concluyeron); y hasta rechazó las declaraciones del español Ángel Carromero (miembro del Partido Popular) y el sueco Jens Aron Modig, quienes viajaban en el auto que el 22 de julio de 2012 se estrelló contra un árbol causando la muerte de Payá. «A nosotros no nos dio ningún vehículo por la parte trasera (como aseguraba Rosa María), simplemente yo iba conduciendo, me percaté de un bache y tomé las precauciones de cualquier automovilista que es accionar el freno levemente. El coche perdió el control, no recuerdo señales», aseguró Carromero, quien conducía el auto. Todas las evidencias apuntan a la veracidad del accidente. No obstante, quiero suponer que la muerte de un padre en circunstancias como esas es tan estremecedora que puede sepultar cualquier valoración serena y hasta admito las sospechas, aunque no esté documentado que tras el triunfo de la revolución en 1959 se siguieran practicando en la isla los asesinatos extrajudiciales, como hicieron los “Tigres de Masferrer” y hacen en otras partes los llamados Escuadrones de la Muerte o algunos servicios especiales de Estados Unidos. En esta larga vida de reportero he tenido vivencias sobre el valor de la ética, como aquella en la capital de Angola, donde un amigo me hizo la revelación siguiente, que escribo por primera vez: “Tenemos localizado a Savimbi (el carismático jefe de las guerrillas de la UNITA) y la forma de envenenarlo, pero Fidel dijo que de eso nada, que eso no es honorable, que tiene que ser prisionero o caer en combate”. En fin, las denuncias de Rosa María sobre la muerte de su padre se diluyeron. Sin embargo, cuando el 10 de julio leí en el Nuevo Herald a esta ingeniera pidiéndole a Trump, a nombre de los cubanos, “que incrimine judicialmente a Raúl Castro, que nombre al Partido Comunista como una organización terrorista y que corte todos los fondos que van al régimen”, me pregunto cuál es la aspiración de los sectores de la oposición, la disidencia o la contrarrevolución cubana, o como usted quiera llamarla.

Respeto el derecho a la opinión propia y a defender lo que se cree, pero cuando la actual administración republicana ha llevado a límites insólitos la guerra no declarada de EU contra la isla, complejizando la vida nacional a extremos de los que no escapan ni viejos ni jóvenes, ni mujeres ni niños, ni creyentes ni ateos, ni sanos ni enfermos, ni revolucionarios ni contrarios, “para liberar a Cuba”¿?,  es inevitable preguntar, ¿cuál es la ética de estos opositores?; ¿a qué cubanos representan?, ¿qué futuro espera a este país si esas visiones se imponen?  Aunque quizá la respuesta la haya dado sin proponérselo un señor de padres cubanos nacido en EU, el legislador Mario Díaz-Balart, quien sentado al otro lado del gobernante y haciendo también campaña, afirmó según el Nuevo Herald: “La historia lo registrará como el presidente que libera a este hemisferio del socialismo (…) Estos regímenes no sobrevivirían otros cuatro años del presidente Trump”.