La gloria por unas monedas de más

El pensamiento es como un cuchillo. Lo puedes usar para untar mantequilla en una rebanada de pan o para rebanarte el cuello.

Giulio Cesare Giacobbe

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal  Jr.

En septiembre de 1972 tenían lugar los Juegos Olímpicos en la ciudad alemana de Munich. El francés Charles Bietry formaba parte del servicio deportivo de la AFP y el hecho de que hablase bastante bien alemán le valió probablemente mucho para que le incluyesen en el equipo de periodistas que la agencia mandaba para cubrir ese evento deportivo.La presencia de una nutrida delegación de Israel había hecho que las autoridades alemanas, que pocas veces han jugado con la seguridad, reforzasen la presencia policial en la villa olímpica, tanto más cuanto que el mes anterior habían sabido que un grupo de feyadines (guerrilleros o terroristas, a gusto del consumidor) habían salido desde Beirut. Los servicios secretos de Bonn también informaban de la posibilidad de que por aquellas fechas se produjesen atentados en Europa. Se hablaba de un plan para apoderarse de un avión de la compañía belga SABENA en pleno vuelo, una modalidad que se había puesto muy de moda. Todo esto hizo que la villa olímpica de Munich fuese un verdadero fortín. 15.000 policías y 12.000 soldados, 100 agentes de contraespionaje y el material más sofisticado, que incluía 25 helicópteros, estaban en pie de guerra para hacer frente a cualquier eventualidad. Pese a tamaña vigilancia, en la madrugada del 5 de septiembre de 1972 ocho terroristas consiguen saltar sin mayores dificultades las tapias de la villa olímpica y entran, disfrazados con ropa deportiva en las habitaciones de los atletas israelíes. Nueves de ellos consiguen escabullirse pero ocho quedan en manos de los terroristas y el entrenador de lucha Moshe Weinberg y el levantador de pesas Joseph Romino son matados a tiros. Otro atleta consigue saltar por una ventana y se escapa. En seguida que el gobierno tiene conocimiento de la catástrofe que se prepara se pone en movimiento para tratar de evitar algo peor. Los secuestradores han exigido un avión, otro de las peticiones que solían hacer. Hasta el aeropuerto llegan hacia las once de la noche en un helicóptero que el gobierno les ha facilitado como parte del trato. Llevan nueve rehenes. El comando, que había tomado el nombre de Krit Briian, nombre de dos pueblos borrados del mapa por Israel en 1948, quieren viajar a Egipto donde promete liberar a los nueve atletas a condición de que sean canjeados por doscientos palestinos encarcelados en Israel. En el aeropuerto militar de Fuhrstenfeldbruck creen que han ganado la partida y bajan del helicóptero con sus rehenes para abordar el avión que les espera con los motores en marcha. Pero de pronto la serena oscuridad de la pista es rota por poderosos focos que lo iluminan todo. Se oyen algunos disparos. Los palestinos matan a dos de los atletas israelíes antes de que los tiradores de elite de la policía alemana puedan intentar achicharrarlos a balazos. Después de la medianoche la policía pide que se rindan. Es entonces cuando uno de los terroristas del comando Septiembre Negro lanza una granada que mata a otros cuatro israelíes.

Las fuerzas alemanas les habían tendido una trampa que costaría la vida a los atletas judíos. Las pistas desde las que los feyadines esperaban partir ya son tomadas bajo el fuego de helicópteros militares que cruzan la zona. Los terroristas, cegados por los proyectores de la terminal aérea replican pegando tiros sin saber muy bien contra quien. Uno de los integrantes de Septiembre Negro que ya se veía abrazando a sus hermanos liberados de las cárceles israelíes lanza una granada. Cuando alguien decreta el alto el fuego el resultado es espantoso. Hay diecisiete muertos, entre ellos los nueve atletas judíos, cinco terroristas, un policía alemán y el piloto de uno de los helicópteros.

Lejos del campo de batalla, en las escaleras del ayuntamiento de Munich, varios periodistas esperan el fin de una reunión a la que asiste el alcalde de la ciudad. Al cabo de un rato le ven salir. Está muy abrumado, como si el mundo se le hubiese caído encima, pero no dice nada a los reporteros que le acosan para saber qué ha pasado con los atletas israelíes. No hay más que caras largas. El periodista de France Presse Charles Bietry habla un alemán impecable y casi sin proponérselo, oye como el alcalde le dice a uno de sus acompañantes: “Han muerto todos, han muerto todos”.

Bietry mira a su alrededor. Ninguno de sus colegas ha dejado la guardia y el acoso de los personajes a los que esperan sacar alguna información. Baja lentamente, para no llamar la atención más de la cuenta y se dirige a una cabina telefónica que se encuentra a pocos metros, en medio de la oscuridad. Se pone en contacto con la Redacción de París y dicta el flash que segundos después daría la vuelta al mundo y que a su regreso a París le valdría la jefatura del servicio deportivo, uno de los más buscados, y posteriormente un contrato de estrella con Canal+.

Días después de la matanza, me contaba: “Es cierto que yo oí al alcalde, con lo cual ya tenía la información con una fuente imparable. El problema era transmitirla. La cabina telefónica yo la había visto un rato antes pero lo que realmente me salvó es que cuando voy de reportaje siempre procuro llevar monedas sueltas para poder llamar desde un teléfono público.”

Tampoco había todavía móviles.