Mi pobre radio
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me la había comprado soñando en aquellos tiempos felices en que en Europa se decía que las mejores radios las fabricaban los holandeses. Ocurrió cuando llegué definitivamente a mi isla africana, ya seguro de que nunca más saldría de aquí, de que nunca más vería la luz de otras latitudes.Paso la mayor parte de mi tiempo escribiendo artículos, novelitas, que luego publico o me publican. Los artículos van a parar a un semanario digital que dirige mi hijo Tony con enorme talento, porque sobre todo es un hacedor de titulares que no he visto nunca. Juega con las fotos que no tienen derecho de autor y con todo lo que es gráfico para componer el vestido que mejor le va a un titular. Es un enorme editor. Tiene un gran talento pero él no se lo cree y creo que no le interesa. Y también escribe. Escribir por su cuenta cuando se ha pasado más de cuarenta años obedeciendo los mandamientos de un periódico, en mi caso una agencia de prensa, France-Presse, es una aventura singular porque te encuentras con la pantalla encendida sin que nadie te haya dicho de qué tienes de qué tienes que hablar. Tengo gente, en el mundo entero según la empresa que se ocupa de estas cosas, que me lee y a veces hasta me lo dicen. Es una gran aventura. Cuando publiqué mi primera novela, “Ojos verdes”, recibí una llamada de una señora que me invitó a tomar café para hablarme de ella. Joven, agraciada elegante, con medios –eso siempre lo ves por el lugar donde te ofrece el café—y con muchos menos años que yo.

Hablamos de un hijo que había perdido en un accidente de automóvil, como yo mi hija, y volvimos a encontrarnos, de una forma agradable. Hasta que me di cuenta que lo que ella buscaba no era un amigo sino el escritor-padre-victima que había tenido su misma desgracia y que podría estar siempre a su lado para levantarle la moral. La dejé plantada en su casa en el lugar más elegante de la isla. La literatura me ha dado muchas falsos amores. Una, a la que conocía por haber sido en cierto modo alumna mía en París, pronunciaba la B de Berrocal como si la hubiese escrito para una fiesta. No dejaba de sonreírme. Un día dejó de apreciarme. Yo era muy viejo para ella cuando le eché un piropo y además, recalcó, ya tenía un novio noruego. Ni siquiera me molesté en decirle algo. Aunque tener un novio noruego…

Sigue poniendo mi radio y escuchando algunos maravillosos programas de jazz, algunas majaderías propias de imbéciles a los que les prestan un micrófono probablemente por influencias familiares. La verdad, su consideración de viejo después de haberme casi idolatrado me llevó incluso a aficionarme a las crónicas de fútbol nocturnas, deporte que odio de la forma más visigoda que pueda imaginarse. La que llamé en mis memorias secretas la Dama de Rosa también parecía chiflada por mí o por mis escrituras. Creo que entre Hemingway y yo me hubiese preferido a mí sin mirar siquiera las cuentas corrientes de ambos. La radio me ha consolado de todas estas pérdidas de tiempo. Y sobre todo desde que he adquirido una indignación particular por las imbecilidades que dicen los comentaristas deportivos, me encuentro mucho mejor y hay noches que en lugar de dos tomo solo una pastilla.

Con todo y con eso, hay quien sigue escribiéndome, aunque no solo por lo que escribo. Tengo un señor que me escribe regularmente para reclamarme impuestos atrasados, porque desde que el coronavirus entró en nuestras vidas y el gobierno se arruinó hasta tener que pensar en llamar al FMI, está empeñado en que por ser extranjero, yo pague más que el resto de los mortales que viven en esta isla y tienen las mismas ventajas, aburrirse a muerte. Pero me hace gracia y me da pena. Lo imagino en una conversación de sobremesa hablando de uno de sus clientes, un periodista, que querría pagar menos… Se me pone la cara de hiena y le arrancaría su sonrisa. Aunque de verdad me pregunto si un pájaro así puede tener familia, y sobremesa, y carcajearse de un pobre al que quiere expoliar.

La escritura me ha dado muchos amores. En una presentación de un libro tuve que acudir a una amiga, es lesbiana, para que me quitase de encima a una enamorada o algo parecido. Hice que se arrojara en mis brazos de vez en cuando. La muchacha se entusiasmó y no sé cómo habría acabado aquello, si no huyo pretextando una llamada de Fidel Castro desde La Habana. (Nota. La anécdota es anterior al fallecimiento del líder cubano).

Y todo esto mi pobre radio lo sufre. Porque cuando las cosas salen mal, como cuando La Dama de Rosa decidió no dirigirme ni la palabra ni la pluma, me refugio en ella, busco la emisora adecuada y me harto de Beethoven. Ahora comprenderán si les digo que prefiero a mi radio en lugar de mis admiradoras. Ella está callada mientras yo no le doy a la tecla de puesta en marcha. La otra… Últimamente ha vuelto a las andadas y me escribe unas noticas sobre mis artículos que empiezan a reforzar mi amor por las crónicas futbolísticas. Mi última enamorada no podía dormirse sin haberse leído mi crónica del día siguiente. Y cuando le gustaba de verdad yo imaginaba que tenía orgasmos tan poderosos que tuve que tener cuidado con las comas. Y sobre todo con los puntos y coma, que yo detesto, pero que a ella le causaban una sensación de fluidez maravillosa. Ya me ha abandonado, como tantas otras, no es que hayan sido muchas pero no han parado, porque tiene un dominicano que le susurra Pepe Navaja cuando ella le dice que ha llegado el momento. A los escritores, a los cuentistas, a los que distraemos no nos quiere seriamente nadie. Somos puros pasatiempos. Están en plena lectura con los radares abiertos y cuando el avión turco te pide paso cierra las piernas. Todas unas putas, perdón señoras prostitutas ejercientes..