Esos adorables “viejitos” del cine
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando ruge la marabunta, que no la de Clark Gable, y atropellan el cine geniales realizadores jóvenes-viejos que quieren reinventar la cinematografía sagrada de Meliés, la presencia en las carteleras de clásicos como el sueco Ingmar Bergman y el francés André Téchiné confiere al auténtico cine una dimensión que se había casi olvidado con los Harry Potter y otras menudencias.Da pena ver cómo algunos quieren reinventar ese cine que nos ha dado tanta felicidad. Imagino que cualquier día Casablanca reaparecerá revista y corregida por uno de esos viejos-jóvenes que tan satisfechos parecen de sus inventos que califican de películas y que a veces hasta la crítica, tan inculta como ellos, dice adorar. Confieso sin excesivo rubor que no había visto La pianista, con Isabelle Hupert, que en su día había despertado aclamaciones entre los que tienen por misión reseñar lo que ven en las pantallas. Tuve oportunidad de padecerla la otra noche y me convencí más que nunca que muchos de los individuos que ejercen como críticos son tan inconsistentes y bellacos como los que perpetran esos filmes invisibles. La Hupert, que en Francia siempre ha pasado por una actriz intelectual, se dedica durante casi dos horas a darnos lecciones de perversión amorosa que habría dejado admirado por su compleja estupidez al refinado marqués de Sade. Para vomitar, guardar el producto y mandarlo por correo certificado a los autores de ese desatino. Lo peor es que la gente se acostumbra a aplaudir bobamente esas películas y al cabo de un rato es incapaz de distinguir lo bueno de lo malo. Confieso, segunda estación de la mañana, que Ingmar Bergman me ha fascinado en su siglo de oro como la serpiente a los conejillos. Aunque, desde luego, mi alma de Lawrence sin Arabia y sin dunas no ha estado hecha nunca para resistir a una comunión en una misa nórdica.

Pero celebro con toda mi alma que el autor de la magistral Escenas de la vida conyugal vuelva al tacho sin acordarse de que ya ha cumplido todos los años que tenía que cumplir y que se ha muerto. (Tengo un tendero que acaba de fallecer a los 83 pero el hombre sólo se rompía el alma aconsejándome tomates de primera que luego resultaban estar más pasados que mi genialidad).

Me he acordado del sueco – vean lo linda que es la mente, no recuerdo su rostro pero sin embargo podría hacer una foto mental de su intérprete preferida, Liv Ullmann, ¿por qué será, Dios mío? – viendo a un probable camionero británico o inglés como dicen algunos de ellos cuando quieren ser finos instalarse en una mesa de al lado para ingerir algunos lingotazos de ese brandy español que a ellos, pobrecitos míos, les sabe a coñac. Se los bebió de un tirón pese a que el vendaval del desierto le había metido en la copa panzuda por lo menos cinco gramos de arena de la playa. Y siguió ladrando, bueno hablando.

Veinte años estuvo Bergman sin decir esta boca es mía y luego se despertó con un título musical, Saraband, que los críticos se han apresurado a calificar de obra maestra. (Cuando vuelva a funcionar mi video ya les diré porque por el momento el pobre está en coma, quizá inducido por la perspectiva de visionar el filme. En todo caso, vean el capítulo sobre los críticos).

Treinta años después reaparece en el objetivo del sueco el matrimonio de Escenas de la vida conyugal con “algunos planos sublimes” (y mi reproductor de video que se empeña en aguarme la fiesta). Dos mujeres y una historia. Una de ellas es Karin por la que el protagonista de las conyugales escenas siente “una autoridad incestuosa”. “En el vacío dejado por Anna, la esposa bien amada, ha instalado a Karin, que es al mismo tiempo su hija, su esposa, su alumna…” Lo dice un crítico pero ya empieza a gustarme esta cinta.

(Y mi video que sigue sin funcionar). Sobre todo que, según la susodicha fuente cinematográfica, el protagonista, suelta desde sus 86 abriles: “Todos somos analfabetos del corazón”. Esta sentencia me ha dejado de piedra o, como dicen quienes entienden de lingüística, me ha petrificado. Perdone, Mr. Bergman, pero eso ya lo había pensado, dicho y escrito a un servidor y nadie le ha hecho puñetero caso. Y ningún crítico ha apuntalado mi experiencia de la vida con esos calificativos que usted tanto se merece pero que, bueno…

Con envidia o sin dinero, saludemos la vuelta del infierno o del cielo de Bergman porque finalmente es el único sueco que ha entendido el cine inventado por un francés. Y de Francia a Suecia hay una eternidad. De lo que me regocijo, de lo que se me llena el alma de bondad bondadosa es del regreso de a las pantalla del mejor cineasta francés del intimismo más rubensiano de todos los tiempos. Hablo y grito de André Téchiné, otro de la generación perdida, aunque no tanto como la de Bergman, ya que es un chaval de 77 años y tiene toda la vida y toda la muerte por delante.

En mi quehacer de crítico siempre he actuado con flechazos. Adoro o detesto una película. Era el mes de mayo de 1993 y Techiné presentaba en el Festival de Cannes Ma saison preferée (Mi estación preferida) con una pareja genial, la bellísima hasta la vomitera Catherine Deneuve y el loco de Daniel Auteuil, un actor que apenas se conoce en el extranjero pero que tiene todos los genes de la genialidad. Sobre todo desde que estuvo casado con Emmanuelle Béart, una de las actrices francesas que ha marcado mi vida como sólo la marca las líneas de la Venus de Milo vistas desde las escaleras del museo del Louvre de París.

Ma saison preférée fue uno de esos momentos de gozo profundo que un crítico vive pocas veces en su vida de compromisos e insensateces. (Pero no les voy a contar ni el argumento de la película, así la buscarán en las videotecas) Me enamoré de la manera de contar de este hombre que no goza de la celebridad que debería conocer. En diciembre me marché al Festival de La Habana y allí me esperaba la divina sorpresa, Fresa y chocolate, la película del cine cubano que lo propulsó por el mundo entero como si fuese una canción de los Beatles. Dos maravillas en tan poco tiempo…

Ahora, Techiné ha vuelto a contratar a la inaccesible, al menos para mí, Catherine Deneuve, y al rudo Gérard Depardieu – que cada día me hace pensar más en los camioneros ingleses que me cruzo a la hora de tomar en la playa mi descafeinado con leche – para realizar Les temps qui changent (Los tiempos que cambian). Una historia sencilla como la vida misma. Ella (mi inolvidable sexagenaria Deneuve) se va a vivir a Tánger, una ciudad de Marruecos en la que yo viví y amé hasta que el periodismo me obligó a tomar un barco para Marsella, culpa de mi mala cabeza de joven reportero intrépido. El (Depardieu) la ama desde siempre y decide abandonar Francia para reunirse con ella, aunque sabe que está casada, es decir que está en la posición ideal para conquistarla, como a todas las mujeres. Quiere resucitar el amor loco que vivieron treinta años atrás.

Qué maravilla, hermanos, de ver que a los sesenta existe otra vida amorosa, que pueden volverse a comenzar todas las aventuras que dieron a nuestra vida esa gracia y ligereza que nos hacía joven ante la gente. Se lo debemos a Techiné. Que Dios le conserve ese talento juvenil.