Noventa minutos de felicidad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

 

 

Las películas intelectuales no llegan al espectador  | Andrzej Wajda

Nunca he visto llorar a un cocodrilo, ni siquiera a los yacarés que en el pantanal amazónico esperan con paciencia angelical el imprudente baño de una vaca. Pero lo harían, y a moco tendido, si les dejasen ver algunas películas que pueden abrir las puertas del alma. Películas escasas, para las que se necesita un talento que hoy casi siempre se malgasta en describir una violencia urbana tan apocalíptica como a veces falsa o en contar tremendismos que a nadie deberían interesar. En este oficio nuestro de ver, apreciar y criticar ese cine que tan bien y a veces tan requeté mal refleja la vida, con sus realidades y sus fantasías, hay raros momentos de auténtica gracia. Instantes de esa felicidad absoluta que hacen que hasta los ojos más curtidos por las pantallas se pongan a bailar un fandango. A lo largo de los años, el cine se ha nutrido y de vez en cuando sigue haciéndolo de emociones divinas que te hacen pensar que merecía sentarse en una butaca. Uno de los grandes entre los grandes brasileños, Nelson Pereira dos Santos, llegó a guisar Cinema de lágrimas que nos permitió patinar por la sensibilidad a flor de piel de una cinematografía latinoamericana pero no olvidada. Cinema de lágrimas es Los chicos del coro, noventa y tantos minutos de delicia inestimable que en Francia, su país de origen, recogió el aplauso incondicional de nueve millones de espectadores lo que en plena y constante crisis del cine europeo es un regalo suntuoso. Por una vez hay que atribuirle todo el mérito al productor, Jacques Perrin, que además es un excelente actor y sin quien el cine moderno francés no sería del todo lo que es.

Hombre de una sensibilidad exquisita había hecho posible un gran momento como Le crabe tambour, centrado en la vieja guerra de Indochina, que luego heredaron los norteamericanos y pese a que la convirtieron en guerra de Vietnam fue otro desastre más. La primera vez que el orgullo yanqui era vapuleado. Perrin ha querido que saliera del cajón del olvido en el que tantas cosas y tantos están un cuento titulado Les choristes (Los chicos del coro), verdaderamente el momento más delicioso de magia en la pantalla con que me he tropezado en años. Es algo sencillo como lo es el mejor foie-gras, sin especies ni condicionantes. Después de la II Guerra mundial, en un orfanato de Francia con sabor a reformatorio, un grupo de niños está ganándose los galones de futuros bandidos o sencillamente de desgraciados a perpetuidad. Hasta que aparece un profesor (el inimitable, espléndido y generoso Gérard Jugnot) y decide hacerles cantar. Está convencido de que pueden liberarse las angustias con el canto, que el alma puede limpiarse cantando, que la libertad de la que ellos no han visto nunca el color se consigue dejando que la voz llegue al cielo. Y nace un coro formado por el abandono de padres, la desidia de las instituciones y la desesperanza de unos chiquillos, apenas adolescentes, a los que de entrada se les hacía negado el derecho a soñar.

Soñar es, no lo dude usted un momento, el verbo más importante en cualquier lengua. Los niños de esa escuela que recuerda a las más terribles padecidas por las criaturitas de Charles Dickens aprenden a declinar ese verbo con deleite, comprendiendo instintivamente que la libertad está quizá a la vuelta de la esquina de un estribillo. Hace años largos viví a una emoción similar en la salle Lumière del Palacio de Festivales de Cannes, durante la primera proyección de la mañana. Cuando acabó la película y comenzaron a desfilar los créditos ningún sillón se disparó como era costumbre cuando todos los periodistas salían corriendo para empezar el día describiendo para sus lectores las primeras impresiones de la primera película. Cuando las luces se encendieron, unos y otros nos enjugamos con más o menos disimulo los ojos. Habíamos llorado de emoción. ¿Qué mejor premio puede tener una película?

Cuando Los chicos del coro terminó de proyectarse el otro día en esta ciudad más septentrional que nunca de Africa, la sala enmudeció. Entonces me ocurrió algo terrorífico. Me di cuenta de que durante toda la proyección había estado conteniendo la emoción. Pero no había podido llorar. Era, es, terrorífico. Me han quitado el permiso para llorar, el más elemental de los derechos humanos. Aunque tal vez lo perdí hace años en una carretera nocturna y alevosa del centro de Europa cuando un coche se estrelló con todas mis ilusiones.

Déjenme que les cuenta ya que estamos que la tan hablada película de Clint Eastwood Million Dollar Baby me ha hecho rechinar los dientes. Imagino que ya a estas alturas de la pelea saben que va de una muchacha ya entrada en la pendiente de los treintaipico que quiere ser boxeadora. La entrena el rudo y duro Clint, que cuantas más arrugas tiene menos se cree uno que sea tan macho. Se enamoran pero nada se dicen, por supuesto. El filme es una delicia durante más de una hora. Hasta que la boxeadora tiene un mal día en el cuadrilátero, la noquean y queda totalmente paralizada. Y la película da el vuelco que nunca debió dar. Le pide a Clint que la mate, vamos que la eutanasie, cosa que él terminará por hacer. Me fastidia profundamente que un hombre que desde que Sergio Leone le filmara en Almería, Spain, vestido de vaquero de opereta, inventando el plano más corto del mundo para sus ojos grises mientras la armónica de Ennio Morricone se paseaba en la lejanía, hasta su madurez pasada de hoy ha escalado todo lo que se puede conquistar en el cine como cimas, caiga en un fatal sentimentalismo de anoréxica por vocación y eche a perder un momento más de felicidad. Sobre todo que a su lado tenía para ayudarle en la tarea al negrazo Morgan Freeman. Ella creo que se llama Hilary Swanks. Olvídenla.