España: cinco años con terroristas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Esto no pretende ser una crónica argumentada y abundante de una España que yo conocí.Cuando el país discurre por los senderos más vertiginosos desde la Guerra Civil (1936-1939) he querido dar un repaso a la España que pudo ser y no es todavía, a la España que nadie parece querer enderezar, donde mandan la corrupción, el paro y unas ambiciones desmesuradas de políticos que parecen cambiar el rumbo de su historia.Un rumbo truncado durante largos años de plomo por el terrorismo vasco de ETA, matanza absurda de una organización que hoy ha desaparecido. Algunos de sus miembros están en la cárcel, otros ya salieron y, lo más grave, los partidarios de esa sangrienta banda, cuentan ya en la política española, dominada en este año del coronavirus por el socialismo aliado a una extremosa organización política de extrema izquierda radical que parece querer cambiarlo todo. Estuve de corresponsal en Madrid precisamente cuando el ambiente era electrizante. A las circunstancias económicas que ya lleva padeciendo muchos años España, se agregaba sobre todo ese matar por matar cuando ya no existía ni el pretexto de un Franco autoritario y sanguinario.Cinco años pasé de corresponsal de la Agencia France Presse en Madrid de 1988 a 1992. Cinco años en que una de las principales preocupaciones de los españoles, aparte el paro endémico, sueldos bajos en comparación con el resto de Europa, era el terrorismo de ETA que no cesaba, pese a que nadie quería aquel ambiente de muerte. Ya al final de mi estancia se produjeron dos acontecimientos que fueron importantísimos para España, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. Pero me atrevería a decir que el ambiente era más respirable que ahora, cuando ya el terrorismo ha cesado y España es miembro de la Unión europea. Hoy, y tal vez algo tenga que ver el bicho chino que llena hospitales y cementerios, el ambiente es por momentos irrespirables, porque además, los españoles tienen que guardar una serie de precauciones como meses de encerramiento. El bicho ha hecho cambiar el país. Bares cerrados hasta hace muy poco, fiestas anuladas, y entre ellas la más grande de entre ellas, la Semana Santa de Sevilla.

Nada más llegar a Madrid me advirtieron: “La Agencia France Presse (AFP) figura en una lista de objetivos que la policía española ha incautado a los terroristas del Comando Madrid. Hay que tener cuidado”.Era como pretender que el sol no te diese cuando atravesabas la calle. Los malhechores del gatillo facilón, los asesinos a sueldo de lo absurdo, estaban por todas partes, con una infraestructura que pese a los esfuerzos más que denodados de la policía, la española y la francesa, les permitía cometer asesinatos con una frialdad y a veces una impunidad que helaba el alma.

Los seguros nos obligaban a tener guardas privados, es decir que no eran policía, en el despacho de la AFP situado en el Paseo de Recoletos 16, séptimo piso. Tres hombres que se turnaban las 24 horas con una buenísima voluntad pero que me parecían víctimas propiciatorias si algún día ETA decidía venir a visitarnos. Como director adjunto les di como norma que si alguien irrumpía con malas intenciones ellos se tiraran al suelo y no se movíesen para nada hasta que la policía interviniese.

Pero ETA sabía que bastaba con la amenaza para tenernos atemorizados, con lo cual pasabas el día mirando en los bajos de tu coche y cuando llegabas a la agencia, un soberbio edificio que ya ha desparecido, tratar de ser prudentes, lo cual era puro postureo, porque si no eres un profesional y no vas armado más que de tus convicciones religiosas poco puedes hacer frente a individuos con una pistola encañonándote. Se acostumbra uno a todo y nunca en el tiempo que me tocó sufrirlos sucedió nada importante. Salvo que llamaban, como a otros medios, para comunicar una fechoría. A mí me tocó una noche de guardia el aviso de que “el cadáver del señor Revilla (una especie de rey de los embutidos, que había sido secuestrado por aquellos miserables) lo encontrarán en un garaje que se encuentra situado….”

Cuando la policía llegó, tras mi llamada a Manolo Jiménez que era director de prensa de la Policía Nacional, no encontró más que un garaje recién pintado en el que ningún perro sería capaz de encontrar una pista. Más tarde, mucho más tarde, Manolo Jiménez, que era un tipo de lo más simpático, fue contratado por Televisión Española y se convirtió en todo un personaje de la farándula. Una bonita recompensa para alguien que había estado en las trincheras durante años.

Fueron cinco años que ni ETA consiguió aguarlos. Madrid era una ciudad encantadora, nada que ver con hoy, la gente era amable, quizá por el pánico de los bandidos que nunca sabías cuando iban a jugártela y hasta el final fue muy agradable. Ya sé, hablo como si hubiese estado e turismo pero los primeros años, para alguien que venía de un país donde esas cosas no existían, fueron formidables. Y tuve que jugar el juego, los comunicados, de ETA, los reportajes en el País Vasco, y el miedo que no podías soltarlo ni queriendo.

Ya al final, disfruté mucho con la Expo 92, un enorme éxito del primer ministro socialista Felipe González, quien tuvo el valor de introducir el primer tren a alta velocidad en España y pese a las bromitas del diario (socialista, nada menos) El País de que a 200 por hora era imposible que un tren no descarrilara en una vía española. Fue un exitazo aquel AVE que tenía su punto de llegada en la Expo Universal que ya marchaba a toda vela en Sevilla. El lujoso tren tenía como estación una carpa espléndida que nos daba la impresión de llegar al desierto.

Años aquellos muy difíciles sobre todo, ya lo he dicho, por los bandidos de ETA que daban un pistoletazo cuando menos te lo esperabas. Pero momento grandioso para Andalucía, de la que yo escribí, seguido por otros colegas extranjeros, que iba a ser la California de Andalucía. No sé ni cómo, todo se fue yendo al carajo cuando terminó la Exposición Universal de 1992.

Ahora, que vivo en mi isla africana andaluza, me da vergüenza recordar aquellos augurios míos. Andalucía vive una crisis más, ya ni le hablo del coronavirus, el paro es horroroso y los comedores sociales se instalan por doquier. Qué pobre California. Y que imbécil periodista… La pobreza es callada pero está más que presente aunque los españoles ya se han acostumbrado a que los niños tengan que ir a la escuela para que muchos de ellos puedan comer a mediodía por lo menos.

Todavía me pongo un poco colorado cuando alguien tiene la maldad de recordarme mis augurios para la región mayor y más bella de España.Los años han pasado y yo he vuelto a aterrizar en Andalucía, aunque ya sin Expo ni un AVE que cada día me decepciona más. Si ustedes hubiesen visto aquel primer tren… Felipe González había querido deslumbrar a los europeos y lo consiguió.Ya no tenemos a los muchachos de ETA, gracias a Dios y a todos los santos pero la situación es de pena. Ahora algunos que hasta estuvieron en la cárcel andan chuleándose de democracia y uno por lo menos no me extrañaría que tarde o temprano terminara como ministro o, por qué no, primer ministro. El número dos del actual gobierno, Pablo Iglesias, todo un programa eclesiástico, es un extremista de izquierdas que se dice estuvo ayudando a Chávez en Venezuela y tiene ideas sobre la democracia que ni a los venezolanos se les ocurriría.

España vive, agravada por el bicho chino que ha provocado muertos por centenares, en una constante guerra civil protagonizada por los partidos con los que el actual primer ministro, socialista Pedro Sánchez, que gobierna en un eterno sinvivir con una oposición que casi ni se mueve pero con unos aliados capaces de armas la marimorena. Como el vicepresidente, casi nada.

Me ha tocado vivir el año del bicho, aunque en el Parlamento parecen no enterarse, pese a decretar duelo nacional y que los muertos hayan tenido que ser alojados para que no se pudrieran en lo que fueran unas instalaciones de patinaje. En este momento, ya no se sabe si hubo más o menos muertos, porque cada día o de vez en cuando se acuerdan de algunos olvidados o de otros que se contaron de más. En todo caso, la pandemia ha servido para que se dejaran morir, según fuentes muy serias, a ancianos que hasta el momento de la extremaunción, si es que se la dieron, estuvieron hacinados en locales llamadas “residencias” “asilos”, con los cuidados suficientes para sobrevivir. Estamos prácticamente en el verano, la época del año en el que tradicionalmente todo el mundo de playas y bares se llena los bolsillos, porque no hay que olvidar que la principal industria del país es el turista. Todos los años los hoteles están llenos, al borde de un soponcio, y el dinero corre. Este año no es lo mismo. El chinito ha espantado a los turistas. El espacio aéreo todavía está cerrado y los hospitales no paran.

Es seguro que en cuanto puedan las playas se llenaran de españoles, porque es una tradición nacional tener una casa en la playa y los que no la tienen pues se apañan. Pero el ambiente está poco festivo en el momento en que tecleo esta crónica aunque los entendidos que manejan el turismo parecen tener la esperanza de que para julio, el mes clave de las vacaciones en Europa, las playas, en las que se están preparando complicados trechos para que la gente no esté muy junta y haya menos posibilidades de que el bicho contagie, darán todo de sí.

Y, quién sabe. Hay que tener esperanza porque es lo único que queda en la ruina de los pedidos que ya se están haciendo a la Unión Europea para que manden dinero fresco para poder ayudar a crear trabajo. El todopoderoso y terrible FMI, arruinador patentado de países, ya ha asomado su hocico. Es al menos lo que se murmura.Lo más terrible son los “debates” parlamentarios donde se habla de golpe de estado como me cago en tu madre y ya no se sabe si la extrema izquierda con la que gobierna Sánchez no querrá que las vacaciones sean para los suyos, pese a que exhiben doctrinas, por decir algo, de una violencia feroz, en la que en una sola semana han sido destituidos los tres principales personajes de la Guardia Civil, cuerpo de prestigio militar en la que los españoles tienen mucha fe.

Si comparo aquellos maravillosos cinco años en los que los que mataban a destajo no eran unos bichos exóticos sino hombres y mujeres, seres humanos, con los que estoy viviendo ahora me dan ganas de llorar. Porque por lo menos la gente de ETA tenía un “ideal” que no era solamente el de hincharse de ganar dinero y dejar que cada cual se las arreglara con su magro presupuesto.Había una derecha extremosa incluso después de la muerte de Franco, un partido socialista que se abría paso, líderes como Adolfo Suárez, pero incluso cuando se produce el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 hay una jerarquía, una especie de elegancia llena incluso de chulería cuando Adolfo Suárez y su amigo el general Gutiérrez Mellado desafían a los guardias civiles que parecían con ganas de matar a todo el mundo.Creo que fue una época que incluso con las bestias sedientas de sangre de ETA había un cierto respeto en la política, una cierta elegancia. Recuerdo un discurso de Felipe González en el que llamó a la prensa “`plumíferos”. Lo recuerdo sobre todo porque me chocó que los españoles que estaban conmigo en la tribuna de prensa no se hubiesen levantado y marchado. El caso es que cuando ya terminó todo, un tipo del socialista PSOE fue buscando a algunos de los periodistas, entre los que me metieron a mí, imagino que como testigo extranjero, por decir algo. Felipe nos esperaba en una pequeña habitación y alrededor de una mesa redonda nos sentamos poco. Entonces, el Presidente del Consejo se dirigió a uno de mis colegas que estaba a mi lado y no recuerdo muy bien pero su objetivo era excusarse por haber tratado a los periodistas de plumíferos. Y casi saliéndose de su sillón, con el vozarrón andaluz que nunca perdió dijo algo así dirigiéndose a un periodista que estaba a mi lado, es decir frente a él: “Pedro, ¿tú crees que yo sería capaz de llamaros plumíferos?”. Y el aludido, que dirigía uno de los grandes diarios de Madrid, agachó la cabeza y creo que esa fue toda su respuesta. Estábamos casi en el monte de los Olivos. Yo mismo me sentí afectado. Seguro que no había hablado de plumíferos y que nosotros habíamos oído mal.

Felipe González marcó una parte importante de la vida política española. Ya en el extranjero era un personaje. Y se contaba en ciertos círculos que fue la amistad que le unía con los que dirigían entonces el Mercado común lo que hizo que España fuese aceptada en ese círculo que el general de Gaulle había iniciado como un club de bridge, con poquísimos jugadores. Hoy andamos por los 28 miembros.

Yo había pedido el puesto de Madrid, que entonces en la AFP había que solicitar cuando salía una vacante a ver si la dirección te consideraba apto a ese puesto, a causa de una película de la que no recuerdo el título. Era encantadora, todo el mundo era bello, todo el mundo era gracioso. Yo olvidaba una sola cosita que estábamos en 1988 y que pese a que ya llevase años enterrado en el Valle de los Caídos, desde donde ahora lo sacaron a trompicones, y que por muerto que estuviese el General, ETA seguía haciendo de las cosas. Claro que cuando el Director de Información me entregó mis credenciales en París olvidó decir, era un argentino- libanes temible, que Madrid no era ningún Beirut. En Madrid se mataba, se atentaba, se daban sustos de muerte y otras cositas. Lo único que me extrañó fue la prima de riesgo que me habían concedido. En aquel momento, las elegantes se cocían más en las piscinas de Beirut que en las de Madrid.

Pero todos esos detalles me importaban un bledo. Me iba a mi querida Madrid, donde yo no había puestos los pies que los fines de semana cuando iba para la reunión de Informe Semanal, la emisión de Televisión Española de la que yo había sido nombrado delegado para Francia y países de los alrededores.

Y todavía me recordaba de aquella venezolana de Miss Mundo que en un bar muy discreto y confidencial, donde me presentaron a Xavier Cugat, esa muchacha había sido nuestra guía nocturna. Uno de los directores de TV Española y otro cuyo rostro no recuerdo se había unido a nuestra expedición cultural y así aterrizamos en una casa cuartel de la Guardia Civil abandonada en una calle perdida de Madrid. Alguno de mis acompañantes la conocía de otras expediciones porque allí fuimos a parar con la venezolana, licenciada e Matemáticas, que quería enseñarnos los fundamentos de no sé qué.

Nos metimos en aquel lugar que daba toda al exterior y donde quedaba una habitación, seguramente conocida de mis guías porque allí pasamos media noche con la licenciada. El único problema es que el cuarto de baño estaba al otro extremo de aquel caserón y te podían ver desde la calle cualquier sereno curioso, llamar a la Guardia Civil y al día siguiente estábamos los tres en las portadas de la prensa nacional.

Noche curiosa y estudiosa.Y empezó mi vida en Madrid. Nada más llegar adoré aquella ciudad, tanto más cuanto que me había alojado por consejo de no sé quién, en un hotelito de la calle de la Aduana que en tiempos era el de los toreros que se vestían allí antes de ir a la plaza de las Ventas para vérselas con el morlaco que les había caído en suerte.

Amé Madrid como solo amé Roma, La Habana y París. Amé aquella ciudad hasta el delirio. Aunque, claro, tenía sus inconvenientes, Una noche que con el mejor periodista español que llegué a conocer, Javier Celigüeta, estábamos cubriendo el Festival de Cine de San Sebastián, nada menos que de los ventanales del Hotel de Londres, que daban a la Concha, al salir, casi en la puerta nos encontramos con un tipo muerto, o eso parecía. En todo caso no se movía y parecía que le habían sacado de una película de acción. Estaba acribillado. Javier, como buen huésped y vecino de San Sebastián, al que no le gustaba fastidiar a sus invitados con tonterías, nos contó una peliculita y yo, aunque novicio de asesinatos callejeros, comprendí que había habido un enfrentamiento entre policía y gente de ETA.

Pero nos fuimos al cine tan tranquilos, en el centro de la ciudad, una maravilla de arquitectura donde nos esperaban las clásicas alfombras rojas. Estábamos esperando para entrar a la sesión del Festival , diciendo sandeces, cuando mi inefable Javier me pego un empujón y cuando quise darme cuenta, aunque no habíamos bebido más que un par de copas, me encontré debajo de una mesa de mármol y hierro hasta donde me llegaba un griterío en eusquera, los partidarios de ETA preferían la lengua materna. Y las otras mesas de mármol fueron transformándose en refugio como el mío. Cristales rotos, maldiciones en por lo menos tres lenguas, porrazos indefinibles. Al cabo de un buen rato todo volvió a la calma, Javier me sacó de mi refugio y nos fuimos a ver la película de la noche, el drama de un oficial de la Guardia Civil que se entera de que su hijo es etarra y trafica con drogas. Un pastel que supongo se servía en muchas casas en aquella época.

Al llegar al hotel, nos encontramos un revuelo de Policía Nacional y otro muerto. Javier desapareció para ir a informar. Yo era el buen invitado al que no se le podía estropear una noche de visita a una de las ciudades más bellas de España así como así. Qué tiempos aquellos. Adoré España, cinco años estuve en Madrid, como un turista flamenco, quiero decir de la otra parte de Bélgica, donde hablar francés se considera alta traición.

Volvimos a Madrid y seguí amando España, aunque aquella mañana me hubiese encontrado una motorcilla encima de la acera de nuestro portal que me pareció de mal gusto. Cuando subí a la AFP, el vigilante de turno se precipitó al teléfono y en menos de lo que canta un gallo en el campo oímos llegar dos patrullas como en “Starky y Hutch”, serie norteamericana que estaba muy de moda en la televisión. Habían creído que la moto estaba allí para hacer volar el edificio. Cuando llegó el 23 F, el intento de golpe de Estado, España había estado al borde de un golpe de Estado cuando un teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero se presentó en el Parlamento que sesionaba en aquel momento, pegando tiros y profiriendo amenazas. Por televisión –las cámaras habían quedado en marcha, cosa que no sabían los malísimos pretendientes a golpistas—y pudimos ver al oficial de la Guardia Civil queriendo dar órdenes al entonces Presidente del consejo, Adolfo Suárez, que tenía a su lado a su vicepresidente, el general Gutierrez Mellado. Los dos se levantaron, pese a que el guardia civil quería que se sentaran a tiros, y el líder del Partido comunista, Santiago Carillo, también dio prueba de chulería española y no le hizo caso al uniformado.

Qué tiempos los de aquel Madrid donde cuando llegabas con tu auto al parking de la Plaza de colón, la AFP estaba muy cerquita, te ponías de rodillas para ver si veías algo sospechoso debajo del coche. Imagino que era una artimaña de la policía para distraernos porque si el más tonto de los terroristas hubiese querido ponernos una bomba no creo que manchándonos los pantalones con aceite de coche hubiésemos evitado nada. Que bella era la vida en Madrid, no me canso de repetirlo. Vivíamos en la calle Apolonio Morales, cerca del estadio Bernabeu y junto a la embajada de un país árabe de los que tienen petróleo para comprarse equipos de fútbol enteros. Cuando teníamos gente a cenar, al caer la noche la atracción era sacarlos a la piscina que daba a mi casa y en el tejado de enfrente aparecían de pronto unas siluetas negras y amenazadoras armadas hasta los dientes. Eran los guardianes de la embajada pero siempre conseguía impresionar a mis visitantes.

Tomé el avión de regreso con un recuerdo que me ha perseguido toda la vida y que lo he relatado más de una vez.Una noche que yo estaba de guardia, hacia las once y media, sonó el que nosotros llamábamos el teléfono verde con teclas negras. Era el que solía utilizar ETA para avisarnos de alguna fechoría seguros de que en seguida avisaríamos a la Policía Nacional.

Cogí el auricular con el pánico de siempre. Pero era la voz de una niña de seis o siete años:

-Oiga, ¿es ahí el cielo?

-Bueno, hija, nunca me han llamado así. Pero dime lo que quieres.

-Mi papá falleció hace una unos meses y mi mamá no quería darme su teléfono, porque me dijo que estaba en el cielo. Por fin esta noche, después de mucho llorar, me lo ha dado… Quisiera hablar con él, es que lo echo tanto de menos…

-Claro, hija. Lo que ocurre es que en este momento tu padre, que como tú sabes es un hombre muy importante, está en conferencia con Jesús y no les puedo molestar. Pero le dejo el recado y ya verás cómo te llama.

Con las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas pude contestar al guardia que nos protegía contra ETA que se acercó inmediatamente:

-Tranqui, era solo un noruego que buscaba a su esposa en un burdel de la Calle Fleming…

Hice unas averiguaciones pero Antonio, el guarda, me explicó que sería imposible localizar la llamada porque aquella línea estaba blindada y los operarios solo entregaban los números que transitaban por ella al alto mando del antiterrorismo. Me quedé sin conocer a la chiquilla aunque en esta isla africana donde termino de teclear estoy seguro de que más de una vez me he tomado una copa en la playa. Es una impresión. O tal vez una ilusión. He vuelto a la tierra donde pasé años gloriosos en mi infancia, es lo que yo llamo ahora mi isla africana, porque no se parece a nada que yo hubiese conocido en la llamada España. Desde aquí, junto a la playa, a través de las radios, los periódicos, las habladurías, las necesidades que se palpan en la gente, te das cuenta de que España ha cambiado mucho, horriblemente. Nada que ver con la que yo conocí de 1988 a 1992.

España se ha convertido en un lugar fastidioso, aburrido, donde no se habla más que de política, ahora del bicho, claro, pero de nada agradable. Es como si fuera otro país. La gente está malhumorada, herida diría yo y el gobierno, en Madrid, reina en una discordia entre un Presidente socialista y vicepresidente comunista o Dios sabe qué que está relamido por la ambición. Lo quiere todo para él. Quiere ser todo. Mandar en todo. Destruirlo todo. Volverlo a construir a su antojo. Dicen que estuvo en Venezuela, en Irán. Es un tipo raro, que quiere ser encantador pero no puede. El vicepresidente segundo, precisemos, Pablo Iglesia, lo quiere abarcar todo, desde la metalurgia hasta las letras.

Huele mal en España. Dos o tres veces que he estado estos últimos tiempos en Madrid, el polvo impedía respirar, las calles estaban mustias, solitarias. Tomar una copa no tenía el mismo encanto que cuando en 1988 llegué y los bares del Paseo de Recoletos eran un encanto. Por allí andaba mucho el que entonces era ministro del Interior, hombre de fuerza y fuerte, José Luis Corcuera, rodeado de amigos o de compinches en aquellos pabellones a la Eiffel. Ahora es un socialista retirado que dice muchas verdades. Pero temo que nadie le escucha.

Ya no me gusta España, el país que yo conocí en su peor momento, cuando los destructores asesinos de Eta mataban, corrían y se escondían. Ahora los que no están en la cárcel, que pronto saldrán, ya no tienen que correr, alguno que otro tiene cargo público. Son héroes y los descendientes de sus víctimas sollozan en el silencio de los cementerios. La España que yo veo parece más un cementerio.