Van Gogh y su pistola roñosa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Quisiera tener una pistola roñosa para pegarme un tiro como Van Gogh, aquel día de verano y de tanto sol que brillaban y saltaban hasta las balas pasadas de fecha como castañas en las ferias de los pueblos, cuando había pueblos, cuando había castañas que no habían atragantado a los coronavirus. Debiste sentirte muy mal Van Gogh metido en la hierba donde no muy lejos jugaban unos rostros bonitos con faldas de tejido barato que dejaban entrever unas piernas jóvenes y prometedoras como pasadizo secreto a la cámara del Richelieu para el paraíso que siempre, dicen las malas lenguas, le tenía preparado la Reina.. Debiste pensar que te ibas a matar, que te ibas para siempre. Y lo hiciste, aunque luego pasaras muchos días sufriendo, gimiendo, apenas visitado por cuatro curiosos, en aquella habitación tuya estrecha donde gemías porque no querías morir. Era en Auvers sur Oise, un villorrio muy cerca de París, que ahora, gracias, a la tumba tuya que enaltece el cementerio, se ha convertido en un lugar de peregrinación. Y la gente come mejor porque han llegado los turistas que quieren verte aunque sea en recuerdo. Has actuado como cuando vestido de cura laico ibas a dar de comer a los mineros de aquellas profundas y peligrosas minas belgas. No querías morir porque tenías mucho que pintar, todas esas maravillas tuyas que ya desbordan los museos y se meten en las cámaras acorazadas de ricachones que no saben que tienen doce Van Gogh que huelen a amarillo, el que tú inventaste. Pero los grandes hombres tienen que morir, te dijiste, porque tú sabías muy bien que eras uno de ellos, pero al mismo tiempo reconocías en tu educación protestante holandesa que morir es el fin de no se sabe qué. Un pecado grande.

Dime, Van Gogh, ¿te dejan pintar ahí donde estás ahora? Seguro que hay gente que hace corrillo alrededor de tus creaciones y que te jalean como en una corrida de toros. Ay, Van Gogh, cuánto te echamos de menos. Bueno, ya no quedáis ninguno. Ni Renoir que parecía el más sólido. El arte, que es el arte de vivir, se ha ido al carajo con vuestras muertes y ahora no hay más que simulacro, mentira, borrachines de la política, gentuza de la que el implacable cronista Emile Zola hablaba. Estoy seguro que si aquel día en que cogiste la pistola maldita y te fuiste a los campos hubiese aparecido Nana, sí, la que inventó Emile Zola, la de las carnes blancas y el triángulo encendido, no te hubieses suicidado tan mal, tan machaconamente. Porque Nana era una pobre muchacha que no sabía de arte pero mucho, infinitamente, sí, de hombres, y tú eras un hombre hecho de tierra de Holanda donde nacen los tulipanes y donde hoy se va en busca de droga.

Ya sé, pintor, que hay momentos que aunque sepas que eres el mejor, que nadie le arrancará a la vida un amarillo como el tuyo capaz de enseñarte que la vida es bella pero injusta, la desesperación está ahí, agazapada, como un chino a punto de comerse un perro. Llegaste a pintar aquel bar perdido en la provincia con reflejos amarillos que nadie veía porque en Arles se bebía aquellas hierbas de muerte sin mirar a nadie.

Tú eras de los elegidos y por eso sufriste. Yo ahora podrías darte diez o doce pastillas que calmarían tus ansias de dolor, tus ganas de llorar hasta que no quede nada. Allá en los sanatorios te ponían inyecciones del diablo sabrá qué, que te entristecían aún más. Y aquella loca, puta loca, bonita sí que era, que no te quiso porque no eras como los demás. Pero tienes que perdonarla, incluso ahora en esos cielos por donde sigues pintando, que la pobre no podía comprender tu pintura. Quizá ni tu hermano la entendía, pero la guardaba. Hasta que un día, tú ya te habías marchado, la inteligencia le vino al mundo y se descubrió que entre yerbajos, flores medio pisoteadas y bellos girasoles que sonreían al cielo machacado por el color y por líneas rotas del taranteo de tus manos, siguen sonriendo, ellos no se agachan, ellos no se rinden.

Sonreían al cielo aquellos girasoles esbeltos que tú acariciabas con esas manos que eran las retinas que comprendían al mundo, ese mundo que solo te ponía un vaso de absinto, para que te lo tomaras y callaras. Tampoco tú hablabas mucho. Quizá hasta eras orgulloso. Me da a mí que tal vez sabías que eras un genio y solo le hacías caso al loquero aquel al que visitabas regularmente.

Y cuando te cortaste la oreja por aquella señora que ejercía el más viejo y bonito oficio del mundo, ¿fue porque creíste que no la habías satisfecho? Pero ella declaró a los gendarmes, con una sonrisa feliz dijeron ellos, que fue como si un caballo de monta la hubiese atravesado. Pero es cierto, Van Gogh, tú querías el amor que reflejabas en tus cuadros, retorcido, profundo, sin límite. Y no lo entendiste. Nadie lo entendió. Porque es muy difícil.

Sabes que acaba de morir un tal Alphonse Chislain Vandes Berghe, al que todos conocíamos como Erick El Belga. Era un pintor casi paisano tuyo de un enorme talento, eso dicen, que desde siempre se había dedicado a la pillería. Robaba cuadro, los vendía, copiaba cuadros, los vendía. Y siempre con una sonrisa. Tenía 81 años cuando lo ha sorprendido la muerte, a ti no te sorprendió, tú la buscaste hasta que la encontraste. Había estudiado Arte en Bélgica, un país que tú conociste. Dicen que robó miles de obras de arte en cualquier rincón de Europa para riquísimos coleccionistas. Luego, dicen también quienes le conocían, se dedicó a la falsificación y dicen que creo obras geniales.

Vivía muy cerca de mi casa de mi isla africana. Estuve por ir a verle muchas veces pero nunca quise porque temía que me enseñara un cuadro tuyo, que yo le hubiese roto en la cabeza. Ay, Van Gogh, el arte, ese maldito arte que a ti te llevó a una muerte dolorosa y sin sentido y a él a un confortable hospital de Málaga, cerca también de por estos parajes. El belga casi tenía tu edad. Y una mujer que le apretó la mano mientras moría en un hospital de Málaga. Tú no tuviste a nadie para apretarte y decirte en el apretón que te quería. Que eras el único.

Ay, Van Gogh.