Ana de Armas: si Oshima hubiese estado allí

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Ya se ha abierto la veda. Los chinos, esos amigos del alma que nos hacen bailar un amargo tango con un bichito de su invención, ya pueden comer carne de perro, que ellos adoran en el estómago y nosotros como animales de compañía.No tengo ninguna simpatía por los chinos desde aquellos terribles tiempos de Mao Tse Tung cuando el líder mal peinado inventaba la Revolución Cultural, construía ciudades con los solos músculos de sus hambrientos sujetos y presumía de un librito rojo que se extendió por el mundo como lleno de sabiduría pero que nadie leyó. Detesto los chulos que se comen la carne de perro, sin mirar en sus intestinos por si algún coronavirus puede aprovecharse para aterrorizar a los blancos, que en otros tiempos los maltrataron con aquella película de Ava Gardner y Charlton Heston, el más chulo de todos los actores engendrados y paridos por Hollywood. No tengo ninguna simpatía por los chinitos que en este terrible año 2000 tiranizar al mundo. Ah, sí, tienen una muralla absurda, comen guarrerías pero qué poco talento. Son mil millones de animales o unos pocos más. Pero las grandes potencias callan. ¿Dónde estará Akira Kurosawa, o cualquiera de los directores de cine japoneses que provocaban orgasmos universales con sus imágenes medio empapeladas en seda de azabache y voces roncas que se movía al ritmo del amor.Ay, Ana de Armas, cubana dicen que eres, que conquistaste al perdido Ben Affleck y te has convertido en una actriz  encantadora y recia.Eres fina como una hoja caída en la Place de la Concorde de París en otoño, cuando los jefes árabes todavía no han salido de sus borracheras en aquel hotel metido en un rincón que es uno de los más exquisitos del mundo.

La ví el otro día en una película bastante mediocre que hablaba de avispas a las órdenes de un francés. Y entonces no pude por más que preguntarme qué habría hecho con ella Akira Kurosawa en una cama perdida de un Miami que ni conozco ni me importa. Es la belleza refinada, como una aparición, chiquita parece, y seguro que linda lo es. El terrible director japonés la hubieses hecho gemir hasta la locura del último espectador y hubiese nacido un nuevo mito del amor que ya no cuentan porque no saben que gritar como recitaba la Callas no es cosa de poca monta.

Cualquier director de aquel Japón tan terriblemente castigado por la energía atómica norteamericana, como Yazujiro Ozu, Hayao Miyazakio y el fuera de serie Nagisha Oshima, con El imperio de los sentidos. Eran los años ochenta y aquella cinta de locura sexual entre el patrón de un hotel y una empleada hizo descubrir en Occidente que existía un cine purísimo dentro del sexo que nada tenía que ver con las burdas películas pornográficas que tan de moda se pusieron en Europa. En París había incluso un cine dedicado a este cine las veinticuatro horas del día.

Los japoneses nos enseñaron el arte de amar con los sentidos sin los aspavientos a los que nos tenían acostumbrados los occidentales cuando un hombre y una mujer se encontraban en posición horizontal. Nunca se trató un tema tan delicado, sobre todo para gente de los años ochenta – la dictadura de Franco acababa de terminar en la tumba solo cinco años antes—, un tema que en países como España eran tabú.

Y nunca nadie, ningún cineasta, trató el sexo con tanta delicadeza. Viendo el otro día “La red avispas”, una película de aficionado franco- cubana-brasileña hecha por un realizador francés, lo único bello era la cubana. Pero se nota, como dicen los eruditos, que es una actriz a la que la cámara ama. Ni siquiera Penelope Cruz, en un papel equivocado, conseguía hacerle sombra. Nada difícil porque “La red avispas” era una confusión de color. En medio de las avispas, Ana se echa en una cama estrecha para despedir al marido. Y te esperas lo que cualquier buen realizador hubiese conseguido sin ningún esfuerzo, una escena de amor estupendísima. Resulta una catástrofe que si yo fuese el realizador la cortaría. Y me retiraría.

Y no tuve más remedio que imaginar esa escena, con dos o tres minutos solamente más de metraje, dirigida por cualquier de los directores japoneses que les he citado. No quiero ni pensar lo que habría hecho Nagishe Oshima. Y no creo adelantarme mucho en pensar que nos hubiese obligado sin esfuerzo a recordar lo mejor de su inefable “El imperio de los sentidos”.Pero incluso a una actriz que promete le hace falta un director que sepa manejarla. Hoy ya Oshima imagino que solo andará por las cinematecas. Qué lástima. Ana, pudiste ser la segunda protagonista de ese imperio.