Ay, Sinatra

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

Así que, no excusarás con el secreto tu dolor, antes tendrás que llorar contino, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón

Don Quijote de la Mancha En el batiburrillo de esta vida tan singular que nos ha tocado morir, Nancy Sinatra, la hija de un padre sin fin, y la maldición de las películas malas que suelen atiborran las carteleras de mi pueblo andaluz se me han cruzado en las meninges mientras intentaba olvidar París desde París. Pateaba una acera del delirante boulevard des Italiens cuajado de teatros, tiendas y recuerdos cuando me saltó al rostro la cara de Nancy, engendrada por la Voz en un momento de alto en su camino hace casi sesenta y cinco años. Conste, aunque a ustedes les importe un rabanillo sabroso de los que todavía se pueden comer, que yo de quien estuve enamorado toda mi vida, desde que tenía uso de oídos, era de Frank Sinatra y no de su hija Nancy, por muchas botas que se pusiera para andar en un Nueva York sin transportes públicos. Y, digo yo, ¿quién, hombre o mujer y mayor de cincuenta años, no sintió alguna vez por esa voz de oro la pasión desenfrenada? El caso es que el cantante ya es ese polvo en el que todos nos convertiremos pero su hija sigue existiendo y por lo visto con ganas de dar guerra. Y una de las cosas por las que he sentido tener que dejar París para volver a mi varadero del sur de España ha sido precisamente que en el Cine Rex de esa ciudad mágica y descorazonadora anunciaban a la Nancy en un concierto especial. Hace unos cuantos años-luz vi allí por primera vez en cuerpo y alma a Julio Iglesias. Los dos éramos jóvenes y él llevaba años sonriendo con su cordialidad de gallego de todas partes al inmenso éxito que recogía en el mundo entero y a los triunfos que obtenía cuando su voz aparecía en cualquier rincón de Francia. Aunque les cantase en español y hasta en gallego, los franceses, y sobre todo las señoras, le adoraban con ese amor infinito y si exigencia de contrapartidas que inspiran siempre los mitos. Aquella noche, en su camerino, charlamos un rato. Mi esposa apenas podía contener los nervios de estar junto al cantante que había llenado su ensoñación. El otro día – no olviden que era primavera fresca de las que suele conocer París – me fue imposible compararle con Sinatra que hasta su último suspiro cantó como probablemente cantan los ángeles, con el fervor del rezo. Y si no murió como Molière en un escenario fue porque el sueño americano no tiene traducción en francés. La noche de la gala de Julio Iglesias, con una sala a rebosar de entusiasmos y aplausos apenas contenidos, el español cantó también como los ángeles. Pero hace poco le ví y le escuche en la televisión francesa, donde asentó su éxito cuando estaba empezando. Ya no me pareció tan feliz ni cantaba tan bien. Sinatra siempre me dio la sensación, hasta con peluquín, que la vejez enaltecía su voz, como un regalo más del cielo. A Julio parecía faltarle fuelle, quizá fe. O tal vez lo que ocurría es que a mí también había dejado de iluminarme la esperanza.

Los periódicos franceses, que tejen frivolidad con la misma facilidad y alegría que los gusanitos la seda, recuerdan que Nancy Sinatra fue en sus mejores momentos una muñequita, “una vampiresa cándida”. ¡Qué cosas, mon Dieu! La verdad es que lo que recuerdo de ella es aquella lejana canción que la hizo más célebre que yo, The Boots Are Made for Walking. Pero cuando quiero perderme la pongo a dúo con su papá en Something

Stupid.

El otro día, en el almuerzo que siguió a la presentación de mi libro Historias de periodistas en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de Málaga, un historiador de cine, joven y recatado, me reconocía su amor insuperable y desesperado por Sinatra. Y concluimos que había que ser realmente imbécil de la penúltima generación para echarle en cara sus amistades con la Mafia. Sin que el vino nos hubiese alterado el juicio coincidimos en que cuando se es Sinatra puede uno aliarse hasta con el diablo.

Después de hablar de dos de las obras maestras de Sergio Leone, Erase una vez en el Oeste y Erase una vez en América, mi amigo el historiador entendía que no puede uno perder demasiado tiempo en ver una gran parte de las películas que salen en los cines y que es preferible rebuscar en los cajones para encontrar algo menos vistoso pero reconfortante.

Y esa misma tarde en que volvía a enamorarme le recordé algunos de mis “descubrimientos” gracias a canales cultos de las televisiones francesa y alemana. Noche de estreno de John Cassavettes con una Gena Rowlands patética en una caza indecente de su juventud. Era como mirarme en un espejo. En París, en una tardenoche de esta primavera europea caprichosa que flirtea con el viento y hace pucheritos con los aguaceros, encontré en otro televisor una mágica sorpresa titulada Deux heures à tuer con tres extraordinarios actores del cine francés, Pierre Brasseur, Michel Simon y Raymond Rouleau. El director, Yvan Govar, los mete en una estación francesa de un pueblo francés perdido en la inmensidad francesa con niebla de los años cincuenta franceses. Mientras ellos conjugan sus ansias, sus pasiones y sus fracasos en una especie de cajón de los recuerdos o de ratonera de lo que fue, fuera se oyen los silbatos de los gendarmes que buscan a un estrangulador de mujeres.

Entiendo que no entiendan mi emoción. Pero cuando un servidor era un periodista jovenzuelo en el París de los sesenta conocí de cerca la poderosa voz altanera y despreciativa de Pierre Brasseur, que heredó su hijo, otro actor inmenso, Claude Brasseur, las gesticulaciones ferozmente humanas de Michel Simon y el secreto de Raymond Rouleau.

Como postre aquella noche me tropecé con la fantasía delirante de Jean-Paul Belmondo cuando tenía fuerzas y años para enamorarse de una chiquilla en la película Joyeuses Paques, la indecible Sophie Marceau, que debió de ser pero no fue la siguiente Brigitte Bardot. En esa comedia sin pies ni cabeza, con acentos de delirium tremens del más puro vodevil, los pechos orgullosos de Sophie se confundían con los ojos inefables de Marie Laforet, musa de un cine que todos amamos. Y esa misma tarde, según caía el día, volví a enamorarme.