Pepe, el tostadito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se balanceaba por la calle como las góndolas por los canales de Venecia, agarrado a un palo probablemente milenario y que había recorrido más miles de kilómetros que Gengis Khan. Una túnica negra le envolvía y no soltaba su palo más que cuando alguien le invitaba a sentarse a una mesa para tomar un café. A veces el café iba acompañado de un bocadillo, porque Pepe no nadaba en la abundancia, aunque nunca se quejara. Hacía frecuentes viajes desde esta punta sur de Europa a sus lejanas tierras africanas donde los que más le conocían decían que tenía una familia o dos, y muchos niños. Unas veces en avión, para el que ahorraba con la avaricia de una ardilla. Otras, Dios sabe cómo. Cuando aparecía entre las mesas de su café preferido, rondando, esperando, porque el que sabe esperar nunca se desespera, siempre se colocaba una sonrisa agradable, parecía que te estaba haciendo el favor de hacerte feliz con sus dientes blancos relucientes, la del mercader de cualquier ruta no de seda pero de arena fina, transparente, como para darse un baño, que él recorría en una dirección u otra, con sus pies deformes, apoyado en el palo, su compañero, su guardián. De los elegantes trapos que rodeaban su cuerpo sacaba entonces mil virguerías que habían viajado como él, miles y miles de kilómetros y que le procuraban sustento y algunos ahorrillos para la vuelta.Porque Pepe no era un emigrante como los que llegan constantemente a las costas europeas en busca de una vida mejor o, si no había más remedio, de un trabajillo que nunca se sabía. Era de esos emigrantes con caminar de campeones de marcha que ya llevaba en las piernas cientos, miles de kilómetros clavados en la arena de cien desiertos, de mil lunas y de noches largas y frías durante las cuales se liaba en su manto y luego el sol, el terrorífico calor que medía lo que vale un hombre.

Pepe –hablaba tan poco que casi nunca te contaba ni un cachito de sus hazañas andantes—lo solicitaba, nunca, jamás lo mendigaba. Paseaba entre nuestras mesas del café y yo nunca le oí pedirme nada. Pedía a su manera, proponía ciertas mercancías casi infantiles a quienes él conocía de otros tantos viajes, como un Simbad del pobre. Hace mucho tiempo que no le veo. La verdad es que ni sé qué edad tenía, porque con la piel más negra que el tizón y sus trajes fantasmagóricos era difícil catalogarlo. A veces, eso sí lo recuerdo, tenía una sonrisa, probablemente cuando había hecho una buena venta y ya sabía que tendría algo más para los suyos que le esperaban en el fondo del desierto, donde termina lo que nosotros llamamos civilización y empieza el mundo de la aventura. Para él era un camino cualquiera, aunque a veces te confiaba que esta vez iba a volver a casa –no decía el país, o yo no lo entendía, aunque hablaba español y francés como un recepcionista de un gran hotel, por avión. Se le llenaba la cara de felicidad.

Tengo un amigo al que le llamaban en sus tiempos, hace más de dos mil años, Jesús El Galileo. A veces, cuando he mirado a Pepe más de lo que la decencia permite, me ha dejado pensativo. Hablaba entre dientes, cuando no se dirigía a ti, porque era considerado y educado, educación francesa, se reía, y entonces si le mirabas en ese momento, sin que él se diera cuenta, sin que estuviese hablando contigo, veías otro Pepe.

Más de una vez, aunque pocas veces le ví, quizá las que él quería que le viese, y siempre sin pedir nada aunque quizá te aceptase un vaso de café, nunca una taza, me pregunté si ese amigo mío que es solo mío, Jesús el que nació en Belén, al que crucificaron, al que martirizaron, se parecía a él, en la expresión de sus ojos, en una cierta bondad que nunca supe captar a fondo. Nadie ha dicho nunca que Jesús no fuese negro, porque en aquellas tierras palestinas el color se confunde con la tierra, con el aire y el blanco no es un color de moda. No lo veo desde hace una eternidad. Y cuando lo pienso me doy cuenta de que las pocas veces que nos encontramos, tres, cuatro, siempre ocurrió en mi vida algo agradable, aunque fuese ese beso que anhelas y que no te dan nunca, porque creen que ya te ha pasado el tiempo de vivir.