Viejos indispensables

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No ser un rutilante joven (menos de 60 años) es un pecado ominoso en una Europa cada día más decadente porque en lugar de aprovechar la sabiduría o simplemente la experiencia de hombres y mujeres de cualquier profesión los jubilan, los echan, los desperdician, los desprecian.Salvo en algunos países donde los “recuperan” para seguir explotando la experiencia adquirida en más de sesenta años, ya sea como elementos superiores de una empresa, consejeros o enseñantes. Pero la tendencia de los políticos es mandarlos a la calle para que le expliquen al sol las mil ideas que tienen en la cabeza, fruto de toda una vida de reflexión. Seguramente porque ahora los que mandan son en general jóvenes inexperimentados, y bastante baratos, y tienen miedo a la experiencia, madre de todas las ciencias, de todo el saber que da el poder. En Francia por ejemplo empresas multinacionales procurar emplear a sus más brillantes “jubilados” porque saben que ellos saldrán ganando y que los jóvenes a los que enseñen adquirirán una experiencia que solo se consigue con los años, con el trabajo de mucho estudio.El caso es que, en general, los viejos están muy mal vistos en Europa, que jubila tanto y sin la menor consideración por la sabiduría, la experiencia, que tienen que recurrir a la mano de obra extranjera para ciertos trabajos de poca monta. Pero a veces es más grave. Durante la crisis del Coronavirus se han dado intentonas, de liquidarlos limpiamente, sin piedad ni caridad, negándoles la entrada a los hospitales y en vez de curarlos mantenerlos sedados para que se mueran poquito a poco. Orden dada en Madrid por un alto jefe de los servicios sanitarios, un médico de esos cuyo juramento es curar a cualquiera. Pero que yo sepa ni el individuo ha sido metido en la cárcel y ni siquiera lo han expulsado de la profesión que él confundía con la de director de matadero.

Stepheng Hawking falleció a los 76 años y durante gran parte de su vida había dado expresión a las teorías más revolucionarias desde una silla de ruedas electrónica que él mismo convertía en un espectáculo al tiempo que la ciencia seguía sirviéndose de sus ideas. Según ciertos criterios anti edad imperantes en esta Europa decadente donde los políticos con talento son muy pocos, Hawking, dado además su enfermedad, debería haber sido liquidado con el bonito eufemismo de la eutanasia. Y, naturalmente se hubiesen perdido descubrimientos importantísimos. Pero eso no hubiese tenido importancia. Las modas son las modas. Tuvo más fama la inventora británica de la minifalda, Mary Quant, una muchacha de unos treinta años, que el descubridor de la penicilina.

No sé si se venderían más minifaldas que penicilina, que inventó un viejo llamado Alexander Fleming fallecido a los 73 años de edad. O si aquellos trapos fueron más útiles que todas las vacunas ideadas por Louis Pasteur, otro viejo, que todavía hoy permite los más grandes descubrimientos ya que cualquiera que tenga encima una vacuna contra la fiebre amarilla puede intentar encontrar lo impensable en las regiones más peligrosas de Brasil.

Pero seamos un poco menos serios. Acaba de morir en España un tipo que se llamaba o era conocido como Erik El Belga. Tenía 81 años y ha fallecido de una operación. Durante toda su vida fue un ladrón de obras de arte y luego optó por la faceta de falsificador. Es decir que durante un montón de años, hizo feliz a un sinfín de gente. Porque gracias a sus chanchullos de robos y de creaciones hizo que muchas pinturas que nadie o casi nadie podía ver porque estaban en museos privados o simplemente en un país adonde se necesitaban los medios de un billete de avión y de una habitación de hotel para admirarlas.

Dicen que era un viejo simpático y ha pasado muchos años viviendo en un pueblo del sur de España, cerca de mi isla africana, donde la policía y los coleccionistas más exquisitos sabían que estaba,Durante parte de esos 81 años que le permitieron estar vivo hizo feliz a mucha gente, porque no todo el mundo tiene la posibilidad de contemplar otras que él imitaba, robada o creaba.

Ya ven, otro viejo que ni la policía se atrevía a meter en la cárcel.

No creo que con veinte años tuviese ese talento.

Pero da igual, estoy seguro de que hay mucha más gente que se acuerda de que el gangster norteamericano Dillinger, al que el cine hizo célebre, pereció cuando tenía 31 años que dos de los más grandes pintores del mundo, que todavía siguen dándonos las alegrías de su arte inconfundible, Pierre Auguste Renoir y Edgard Degas fallecieron con 78 y 83 años, y se fueron porque en aquellos tiempos no había célebres científicos como Pasteur o Fleming que tal vez les hubiesen prolongado la vida.

Pero, ¿y a quien le interesa hoy todo esto, cuando la única preocupación de la gente, desde que nacen casi hasta que los meten en un cajón, es conseguir que sus imbéciles teléfonos portátiles les den fotos, juegos, y mil inutilidades más? Sin querer tomar partido, creo que hubiésemos disfrutado más si Elvis Presley hubiese vivido más de los 42 años que marcaron el fin de su vida, porque seguramente hubiese seguido engendrando canciones que alegran todavía la vida, que si Al Capone, el gangster más feroz de todos los bandidos amamantados por Estados Unidos, país al que convirtió en un estercolero, se hubiese ido de este mundo a los 48 años, o no hubiese nacido, porque fue la desgracia de todo un país.

¿Pero qué importan todas estas reflexiones? Nada, absolutamente nada.Y menos todavía porque una parte de los lectores que están leyendo este artículo no saben nada o casi nada, para ser redentores, de los personajes de que les he hablado. Quizá se acordarán de Rita Hayworth, lo cual siempre demostraría una cierta culturilla cinematográfica, mundana y geográfica.