Cuba, los padres y una deuda

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Mi padre fue un hombre duro y de su tiempo, creación de una época que reventó con el triunfo de la revolución en 1959. Como todos los buenos luchó en la cotidianidad de antes y después, hizo de la familia un templo y aspiró a que siguiera sus pasos, aunque la vida y sus caprichos terminaran por marcar caminos muy distintos. Nos despedimos sin llantos en un crispado aeropuerto de la capital cubana menos de una década después del comienzo de otra era en Cuba y corrieron 40 años –casi una vida-  hasta que volvimos a encontrarnos en otro país para mí desconocido. Él casi estaba de regreso luego de recomenzar de cero en Connecticut, norte helado de Estados Unidos, y cuando nos abrazamos, sin tiempo para reproches, me sentí seguro, experimenté ese sosiego que solo los padres son capaces de ofrecer. Mientras mi viejo se abría paso allá derrochando esfuerzo, aquí iba cuajando otra manera de vivir, crecía una sociedad distinta a la cual como muchos otros le entregué todo, poniendo al país por delante de familias y encumbramientos personales; cortando caña sin haberlo hecho nunca antes, abriendo trincheras a pico en las rocas, durmiendo poco, casándome tres veces y trayendo cinco hijos. Fueron tiempos de ir a cualquier parte a construir y a defender; a crear escuelas en lo alto de la Sierra Maestra, a cazar contrarios que querían reconquistar a tiros lo perdido; hubo tiempo incluso hasta para recolonizar la Isla de Pinos. Pero no obstante la distancia de todo tipo, los padres son siempre los padres, y están presentes aunque no estén. Cuando nos reencontramos la primera de las tres veces que pudimos vernos, le entregué la  versión inicial de una novela que escribí desde las entrañas de la revolución que él nunca compartió, y tampoco hubo reproche pese a ser uno de los protagonistas dolidos de esa historia junto a mi madre, su compañera de viaje por la vida.

Sé de otros padres que devinieron personas con el triunfo de la revolución y vieron con orgullo que sus hijos pudieron ser lo que ellos nunca habrían sido; sé de bondades y tragedias después de aquel 1 de enero, porque la vida es multicolor, y respeto a aquellos de la misma forma que admiro al mío, aunque siga en deuda. La última vez que nos vimos le prometí que volvería y nunca más me dieron visa de entrada al gigante del norte. Nos despedimos por teléfono una noche en que llamó para darme instrucciones de familia, como era su carácter, en premonición de lo que sucedió muy poco después. Igual ocurrió con mi madre, aunque Barack Obama había puesto en marcha una nueva política de acercamiento a Cuba. Ellos descansan a 45 minutos de vuelo de donde vivo, pero esa es una distancia enorme por el enfrentamiento entre Washington y La Habana, profundizado por Donald Trump, y a los 75 años, cargando heridas de todo tipo, dudo que pueda inclinarme algún día donde descansan ellos, pero nadie puede evitar que los lleve conmigo, que me sienta en deuda y los honre, una vez más en la distancia, cuando en esta jornada por obra de lo que sea les corresponde a ellos marcar pauta.