Memoria

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Cuando alguien me dice que no se acuerda de algo, me sonrió y me siento igualito. Porque tengo momentos en que no me reconocería en el espejo. Unos médicos dicen que son cosas del tiempo que no pasa igual para todos, otros hablan de despistes y los más listos están convencidos de que me importa un carajo la pregunta. Se oyen tantas estupideces al cabo del día, y no en la calle, porque yo no salgo siguiendo las más estrictas consignas del Alto Mando. Desde el mirador de mi terraza adivino la insensatez de la gente con solo verla. Cuando el Alto Mando dice que hay que llevar mascarilla ellos no la llevan, cuando el Alto Mando afirma que estamos mejor que ayer, ponen cara de que les están contando mentiras. No entienden los pobrecitos míos que en todas las guerras, y la que libramos con los chinos, bueno quiero decir con el coronavirus inventados por ellos, es una y de las gordas, hay quien manda y a quien obedece. Y a callar Mi padre era Coronel y tenía una fusta con la que se estaba golpeando constantemente las botas de montar. No sé qué animal o yegua montaba porque yo siempre le veía en un magnífico Studebaker norteamericano. Pero yo sabía, ya con cuatro años, que era la autoridad, y no lo dejaba pasar sin ponerme firme. Y cuando por casualidad comíamos juntos contestaba un “¡Sí, Señor!” o “¡No Señor!” que ya hubiera querido hacerlo Frank Sinatra en “De aquí a la eternidad.” Lo malo era en la escuela de monjas donde moldeaban mi espíritu cristiano. Cuando una profesora pronunciaba mi nombre, bueno el apellido de mi madre porque yo era bastardo, dejaba caer lo que tuviese en el pupitre, me cuadraba y gritaba con más brío todavía “¡Sí, Madre!” O “¡No madre!”. Porque dependía de las circunstancias y yo no era tonto del todo.

Cuando llegué desde Brasil a esta isla africana, donde el mar no toma vacaciones ni por Navidad, me hice amigo de un montón de … Bueno, ya no me acuerdo. Ah, sí, de las gaviotas que a veces hacían un alto en mi terraza. Pero me costó lo mío porque al principio mi costumbre del francés (mouette) hacía que mi amiga Juanita pasase y no la saludase porque había olvidado que en español era una gaviota. Entonces me inventé un método algo complicado. Pensaba en el animalito en francés, lo visualizaba y luego, por un conducto extremadamente de matemáticas a base de letras del alfabeto griego llegaba a acordarme que en esta parte del mundo esos pájaros se llamaban gaviotas.

Nunca tuve ese problema con las dos o tres novias que tuve primero en Tánger y luego en París. Las llamaba “Oye” inclinando el acento hacia la parte izquierda de la boca donde por cierto tenía un aparatito que a veces resbalaba y aquella pronunciación mía a lo gaucho podía terminar en catástrofe. Luego inventé, como tengo cierto talento para ello, largos coloquios que dejaban a las muchachas patitiesas. Algunas me quisieron más, una hasta me prometió matrimonio cuando tuviésemos catorce años y su padre se hubiese hecho con el imperio de neumáticos de camión de ocasión que el bandido argelino Abdelflika dominaba y le llenaba de dinares, que era entonces la moneda de Marruecos. Ahora no sé.

De mayor siempre andaba despistado, olvidando cosas, algunas pequeñas deudas, una cita con aquella muchachita de ojos rosados que andaba detrás de mi, y llegué a la conclusión de que olvidaba lo que no me interesaba. Ahora ya tengo edad para olvidar porque han sido muchos años recordando cosas, escribiendo miles de artículos, sin repetir ninguno. Total que de lo único que me acuerdo a ciencia cierta de que las mouettes, bueno las gaviotas que tanto me aman porque son muy feas y saben que solo yo les echo piropos que valgan la pena. Tengo años para olvidar a multitud de cabrones (dícese de alguien que no te gusta) que creyeron que porque yo era bastardo y guapo me iban a joder la vida. También debo decir que he olvidado a mucha gente que no merecía que se le recordase, como aquel diputado brasileño al que estuve a punto de partirle en su cabezota el teléfono portátil que acababa de comprarme y que además de valer una fortuna aunque fuese en moneda local pesaba casi una tonelada.

He olvidado a muchísima gentuza que no merecería mi amistad ni en tiempos del bicho chino, a cabrones patentados a los que enseñé a leer y a escribir y que ahora se creen periodistas, uno de ellos hasta cree que es la reencarnación de Balzac. Si quieren un consejo, aprendan a olvidar y a no recordar más que las cuatro o cinco cosas que han valido la pena en tu vida. Todo lo demás… Por eso, cuando me hablan de un cierto escritor peruano, Premio Nobel de Literatura ni más ni menos, me hago el sordo gilipollas y pregunto con la inocencia de los viejos: “¿Me estás hablando de aquel tipo que fue un gran castrista y ahora milita en la extrema derecha más elegante?”.

Y, por supuesto, me parto de risa cuando una agencia de prensa cubana, de la que me echaron por ser demasiado para ellos, anda desde hace semanas haciéndose publicidad y pretendiendo que son la verdad hecho verbo. Pero no dicen una palabra de la escasez de alimentos ni de las cabronadas de un régimen que no tiene nada que ver con el señorío de Fidel Castro.