Fantasmas multimillonarios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Estoy asustado porque sé que voy a morir, Nadie aparentemente repara en esto, que tenemos un comienzo, el nacimiento, y un final, sobre el que nadie te dice nada, como si quisieran darte una sorpresa de cumpleaños, aunque solo sea para un arribista, Jack Lemmon, y alguna amiguita, una Shirley MacLaine un tanto despeinada.Es que lo lees y no te lo crees. Dice el diario español El País que en lo más farragoso de la crisis del coronavirus en España, cuando la gente moría como en la Inquisición, un jefe médico de un gran hospital de los alrededores de Madrid dispuso y mandó: “Vamos a denegar la cama a los pacientes que más riesgo de morir tienen, Los sanitarios se prepararon para recibir órdenes políticas negando la cura a personas mayores…” La matanza de los inocentes. O de los que a los 75 años tenían algo que inventar que hubiese salvado al mundo. Pero qué importa. Eran viejos. Y el mundo es de los jóvenes imbéciles. Cuántos médicos Herodes ha habido en España a la chita callando en estas semanas.En la Alemania nazi de la que tanto se ha gritado histéricamente tenían una consideración parecida.Pero cuando terminó la II Guerra Mundial, en 1945, el llamado Tribunal de Nuremberg juzgo y ajustó muchas cuentas, a veces con gruesas sogas de cáñamo apretadas en la garganta, contra aquellos que habían participado en esta encerrona final. Hace unos años, en Ginebra, Suiza, se instaló un tribunal bastante calcado del de Nuremberg, con doctores en derecho que tenían que castigar a los malos. Que yo sepa se juzgaron a algunos bichos nefastos pero solo de la guerra de los Balcanes y algún que otro negro africano.Hay gente inocente que se pregunta si ahora se atreverán con médicos españoles como el citado que quería dejar espacio libre matando, asesinando, a los viejos. Bueno, al final decidieron que a los viejos no se les daría tratamiento curativo pero que no les faltaría la morfina y otros sedantes para que se lo pasaran de rechupete

No lo creo. He vivido demasiado para creer en la justicia.Ricky, el de “Casablanca” hubiese podido decir con la nostalgia del cigarrillo de cáncer: “Siempre nos quedarán los jugadores de fútbol como último refugio de la humanidad”. En Europa ya se está jugando al fútbol sin temor al bicho chino. Claro que cada jugador es una clínica privada de alto standing, con los mejores doctores, las mejores instalaciones. Juegan sin público para evitar contagios, y entre ellos cuando se dan un refregón se supone que es de mentirijilla y siempre están los equipos médicos al quite.

Con el Coronavirus nos hemos enterado que los ricos lloran pero que las estrellas de fútbol son los privilegiados que el Arcángel San Gabriel cuida día y noche. Aunque de vez en cuando se les vaya la cabeza y organizan un fiestorro, lo cual está terminantemente prohibido al resto de los mortales por estos tiempos de pandemia.Hay mucha envidia en lo que digo. O será porque ustedes no escuchan las emisiones deportivas de la España triunfal a sus héroes. Es como una misa en que se habla de millonarios, multimillonarios, como si fuesen asilados de las Hermanitas de la Caridad del Pobre.

Yo quisiera ser futbolista, bueno, claro, para experimentar ese gusto de saberme inmune, cuidado por todos los especialistas del bicho chino, mimados, mientras mis cajas fuertes se llenan más y más. Europa se ha vuelto majara. Como la vida de la mascarilla protectora es muy aburrida, los futbolistas se han convertido en los dioses de adoración perpetua.Alrededor de sus partidos fantasmas, con campos vacíos y sin más público que comentaristas y asistentes de todo, se oyen las vozarrones de los periodistas deportivas que resuenan como si de verdad hubiese un partido que no fuera fantasma en juego. ¡¡¡Goooool!!!

Hemos entrado en la engañifa. Imaginen el Maracaná vació salvo ese personal indispensable roto por gritos que simulan las mejores tardes de pases y de goles que rompen las porterías. Y Pelé sin enterarse.Quizá esto no sea más que una representación de nuestra propia vida, la de las apariencias. No se juega pero se crea el ambiente, se meten goles, pero sin público no vaya a ser que se escape un escupitajo y mate a un futbolista que cuesta cincuenta millones de euros. Yo también escribo sin público que me aplauda o me grite. Porque en el fondo todo es apariencia. El Coronavirus nos lo ha enseñado. Llevamos una mascarilla con la que medio nos ahogamos, pero no somos Zorro ni vamos a salvar a la hija del honesto hacendado.

A veces hasta nos ponen guantes y nos pasamos la vida lavándonos las manos aunque no sea la hora de comer, como de cuando chicos nos mandaban a enjuagarnos antes de coger el pan con chocolate. Probablemente no se lo creen, pero desde que todas estas reglas han sido impuestas se quiera o no desde Pekin (partidos de fútbol fantasmas, conducta de escuela primaria con las manos siempre bien limpias, nada de escupitajos) la vida ha cambiado completamente.

¿Quién iba a escribirle al coronel de García Márquez si apenas circulan carteros, cómo Vagas Llosa, Varguitas que le llamaban, iba a casarse con su tía (lean “La tia Julia y el escribidor”) si ya no se pueden dar besos por miedo al contagio? Poco a poco nos convertimos en una sociedad de eunucos, sin amores, porque son peligrosos, sin perversiones, porque el médico las prohíbe.

Nos quedan las tertulias del fútbol de la radio en la que parece que no ha pasado nada, que todo es como antes. Porque esos héroes del balón, con o sin público en los estadios, siguen siendo multimillonarios y la gente, la pobre gente que busca desesperadamente trabajo, los mira con los ojos cuajados de lágrimas como cualquier héroe del cine italiano de cuando se contaba la verdad. Era el neorrealismo, la época prodigiosa.

¡¡¡¡Gol!!! Pachucho ha driblado y ha conseguido crucificar al portero. Qué tiempos aquellos del Coronavirus.