La congoja de la arena

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La arena del desierto se mete entre las cortinas de las ventanas y los bañadores de los turistas que están felices en la playa de enfrente, por donde seguramente también andará el bicho ese chino que nos ha cambiado la vida.La tristeza es el peor catarro del ser humano. Es esa arenilla donde ni Paul Bowles invitaría a nadie a tomar un té verde encima de una duna lejos de aquel Tánger maravilloso, la ciudad internacional donde todo era posible, donde creíamos que un día encontraremos el sendero que dejó Jesús cuando subió al calvario. Difícil saber si algún día volveremos a nuestras estúpidas querellas de hace solo unos meses, cuando cada cual seguía su camino sin pensar que la mala fe, el odio, la imbecilidad del maligno, de ese Primer secretario que se cree el amo del mundo y soltó al animal diabólico., sembrando un miedo bestial que ninguno de nosotros había conocido. ¿Cómo tomaríamos un té en lo alto de una duna con una mascarilla en la boca, esa mascarilla que es como un bozal y que nos manda obedecer las imbecilidades que ni habíamos imaginado?Quizá esté acabándose el mundo y no nos han mandado tarjeta de invitación. La política tremendista se ha apoderado del mundo, vuelven los extremos que parecían desterrados, estamos en un ruedo donde no se sabe quién nos lidia, nos lidian. Hemos vuelto a la castidad de aquellos novios que apenas se besaban con los labios a una distancia prudencial, como si siguiera imperando el código Hays, que permitía los besos olvidadizos de la realidad en el cine. Ahora los enamorados tienen la impresión de estar jugándose la vida cada vez que se besan. ¿Será que el pecado ha vuelto? Tengo miedo, pánico, de que no volvamos a conocer nuestra vida de antes, llena de defectos, de monstruosidades, pero libre, libres de cometer errores, porque la vida está hecha de errores, pero de libertad. Un tipo en Pekin ha dado al mundo entero un bicho mediante el cual es posible impedir que la gente se salga de la acera, que se le obligue a andar seis pasos una detrás de otra, a llevar una mascarilla, como en tiempos de la peste, a lavarte constantemente las manos. Estamos encerrado en un código que ha dictado un bicho mandado para que obedezcamos todos los caprichos de la virtud ultrajada. Me pregunto cómo será la vida de las prostitutas, que desde el comienzo del mundo han tenido un papel muy importante. Ahora, con tanta reserva, tanta prohibición. Se morirán de hambre o tratarán de reconvertirse en profesores de educación nacional. Nos han roto la fantasía. ¿Imaginas a unos niños que solo pueden jugar de tres a cuatro, ir por la calle como si fuera un desfile en Pekin o en Pionyang, esa Corea del Norte de la que ahora ya nadie habla mal, ni se cachondea del tupé de su jefe supremo.

Quizá es que nos preparan para ponernos en fila rumbo al infierno. Porque ya lo dijo el Papa, que no sale del Vaticano, el diablo existe y hay que tener cuidado con él. Todos fueron carcajadas cuando reconoció la identidad de Satán y su influencia en nosotros. Ahora nadie se ríe. Ni reza. Ni se flagela públicamente en una procesión multitudinaria porque este año ya no hubo ni Semana Santa. ¿Volveremos a meternos, a apretujarnos en la secta del cristianismo de después de la crucifixión de Jesús? ¿Será que Jesús va a volver porque en realidad nunca comprendimos nada de lo que nos dijo cuando andaba por Palestina predicando, él el judío convertido por un tal Juan El Bautista? En Europa comprarse un coche es hoy más barato que nunca, aunque poca gente tiene dinero porque el paro nos corroe y las filas delante de los comedores de las organizaciones caritativas son cada vez más largas. Como en una guerra. Falta el sonido de los cañones. Pero todo es discreto. Nadie sonríe. Nadie llora. Quizá porque ya no hay lágrimas.

Llora la arena de mi playa porque sabe que la gente le tiene miedo. ¿Quién te dice a ti que en un montón no se esconde un bicho de los de Flan el Mandarín? Pero nadie hace nada. Hay manifestaciones porque han matado a un negro en Estados Unidos, una novedad en el país del racismo, y nos rajamos las vestiduras a diez o veinte mil kilómetros. Pero nadie se echa a llorar por las calles porque han muerto cientos de miles de miles de personas, sobre todo viejos (“es que hacen menos falta”, me comento una devota de rosario y velo negro) debido a la cobardía de los países occidentales que todavía no le han dicho al Secretario de China, vamos el dictador, peor que Mao Tse Tung, Xi Jimping, que o entrega la vacuna que se jacta poseer o China es arrasada.

Pero, ¿Por qué ponen ustedes esas caras de dolientes catequista que no van a la iglesia? ¿Ya han olvidado, o es que no lo han sabido cuando en agosto de 1945 el pacifista presidente de los Estados Unidos, Roosevelt, un país civilizado, bombardeó dos de las más bellas ciudades de Japón, Hiroshima y Nagasaki porque los japoneses habían arrasado la base militar norteamericana de Pearl Harbour porque les dio la gana? Y además metió en campo de concentración a todos los japoneses que había en Estados Unidos, aunque fuesen norteamericanos de nacimiento. Ahora no ha pasado nada. Se ha “escapado” el bicho y todos morimos poquito a poco, con mascarillas y estupideces en la cabeza. Última hora. Parece que hay un brote de coronavirus en Pekin. ¿Quién dijo que las casualidades no existen?