La Maravilla Roja

Soledad de Lucas | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

 

 

 

 

 

 

Soy amiga de mis amigos. Los defiendo a capa y espada. Ojo con tocármelos. Los quiero un montón. Y tengo la suerte de que, algunos, comparten mi pasión por los coches. Y a ésos también los quiero; aunque estén como cabras.

– Sole, ¿qué haces?
– Pos nada. Regreso a casa después de tomarme una Coca fresquita en el bar del chino al lado de mi casa, que es el único abierto en Domingo. Ya sabes que los chinos no cierran nunca.

– ¿Te apetece una pizza para cenar?
– Sí!!
– Pues paso a buscarte en 25 minutos.

Genial. Me atuso, adecento un poco, me pongo mis tacones domingueros, y lista. Cuando salgo del portal, sé que mi amigo está entrando en mi calle; no lo veo aún, pero oigo rugir un motor de 500 caballos que habrá asustado a todos los vejetes de mi bloque. No me equivoco. Aquí está, con el Quadrifoglio Verde color rojo Alfa, que me alegra el corazón porque me recuerda a mi primer Alfa, también de ese rojo agresivo… Es precioso, también por dentro. Design italiano en su máxima expresión.

– Pues creo que lo voy a llevar al taller.
– ???  Y eso?
– Pues creo que hace un ruido extraño, la tracción suena, vibra, a cierta velocidad. Bueno, ahora me dirás tú.La verdad, a mí me encantan los coches, pero de técnica y mecánica sé poco, así que habría debido confesar que de mí para eso no se puede fiar. Y habría querido hacerlo, de no ser porque no tengo oportunidad, porque ya me he hundido en el asiento por el acelerón que ha dado. Atravesamos mi pueblo en un santiamén, envueltos en un rugido atronador que atrae todas las miradas.

– Ahora en la autopista te pongo todos los cilindros, y escuchas. Ah, porque resulta que íbamos solo con tres cilindros, fíjate tú. Esta maravilla tiene dos turbos, y la posibilidad de desconectar tres cilindros si no necesitas (o no quieres, mejor dicho) potencia. En la autopista lleva los seis. En pocos segundos, noto lo despacio que circula todo el mundo. Cada vez más despacio. Huy, pero qué mantas, qué domingueros, nunca mejor dicho… hasta el Porsche es un manta… .. me da por mirar la velocidad que llevamos. 270 km/h.

Quiero hablar, pero estoy muda.
– ¡Ahora, Sole, ahora! ¿Lo oyes?

Yo no oigo nada, porque después de veinte años con los aviones, estoy medio sorda. Y aparte de eso, estoy demasiado ocupada rezando como para concentrarme en oír nada. Además, es raro… con el que tenía antes, lograba llegar a 310 km/h; con éste, solamente logro 280… ¿no te parece raro? Yo le miro con ojos de cordero en Pascua, y logro musitar un «…raro, raro…yo que tú reclamaba…», porque pa’ chula, yo. Aunque no sé si lo he dicho en italiano, español, o francés, porque mi cerebro no procesa. Está ocupado en rezar.

Llegamos al restaurante. Cuando aparca, puedo comprobar la calidad del cuero de los asientos, que ha aguantado estoicamente mis uñas clavadas hasta las cutículas. Al menos, ahí se justifican los 90.000€ de coche, sí…Me bajo de la maravilla roja, los tacones me tiemblan, y me encuentro a mi Ángel de la Guarda agarrado como puede al alerón trasero, con un ala medio desplumada y la otra chamuscada por el calor que despiden los frenos, maldiciendo en enoquiano la fecha de mi nacimiento, diciéndome que a ver qué me creo yo, que él no es ningún arcángel y no le pagan por esto, y amenazándome con dimitir si no cambio de amigos.
Le entiendo, le entiendo perfectamente.

El restaurante es de un amigo suyo. Napolitano. Así que hace unas pizzas de las que quitan el sentido. Y yo degusto la mía, que me sabe a recompensa, mientras mi amigo explica al dueño del restaurante y resto del personal (que se está haciendo fotos a tutiplén con la maravilla de 500 caballos) sus vicisitudes conduciendo. Claro, el napolitano quiere probarlo.
– ¿Vienes, Sol?

Yo les miro y sonrío educadamente, declinando la oferta porque prefiero seguir degustando mi mozzarella de búfala campana y después mi tiramisù. «Yo os espero aquí «.Cuando vuelven, yo ya me estoy terminando mi segundo limoncello, para digerir bien mi pantagruélica cena. El napolitano está pálido como un zombie.

– ¿Qué tal? – pregunto yo con sonrisa inocente.
-… creo haber perdido diez años de vida en la última rotonda… -me responde secándose el sudor que perla su frente-.¿Pero tú no tienes miedo?
– Oh, no, qué va… – ¡toma chulería castiza! – Yo estoy acostumbrada a esa velocidad…

No especifico que yo, a esa velocidad, sólo voy en circuito. Y conduciendo yo. Lo cuál me da más seguridad (a mí, y a mi Ángel de la Guarda).Estoy por pedirle las llaves para conducir yo de vuelta a casa (pese a los dos limoncellos) cuando, por fortuna, me anuncia que los frenos deben enfriarse, y por lo tanto volvemos tranquilamente con tres cilindros. Uffff, oigo suspirar tranquilamente a mi Ángel, que al final ha decidido no abandonarme y se acomoda relajado detrás de mí. Aaah, qué felicidad, la autopista a velocidad humana, al ritmo de un Fiat Panda…

– La próxima vez te llevo a cenar a Varese, a ti que te gusta la carne, conozco un argentino genial – me dice cuando llegamos a la puerta de mi casa.
– Vale – le miro fijamente-: pero conduzco yo.
– Sin problema… pero podrías habérmelo dicho, te hubiese dejado conducir también hoy. No lo he pensado, que también tú eres una Alfista, perdona…

No se cosca, de por qué se lo digo. Da igual. Está como una chota verbenera, pero le quiero mucho porque es generoso y bueno como él solo. Nadie es perfecto.Cuando entro en casa, me falta poco para besar el suelo, como el Papa.Y mañana, cuando conduzca mi pobre Alfa, un vulgar Twin Spark de tan solo 120 caballos, a velocidad de tortuga reumática, seré feliz como un cascabel. Y hasta pondré una gorra de copiloto a mi Ángel de la Guarda. Porque hoy se ha ganado el sueldo…